La partitocracia española al servicio del NOM

Existe el criterio muy extendido de que revolución equivale a cambio violento e incluso sangriento de un sistema político e ideológico por otro, pese a que existieron procesos revolucionarios de mayor o menor calado sin derramamiento de sangre. También se entiende como evolución un proceso lento y más o menos prolongado de cambio desde el interior del propio sistema, encaminado a su perfeccionamiento e incluso hasta alcanzar resultados que podrían calificarse de revolucionarios, si bien, y pradójicamente, algunos de ellos hubieron de reprimir reacciones mediante el uso de la fuerza. Y cabría considerar regeneración el saneamiento de los órganos dañados del sistema y de la sociedad mediante la recuperación de su vitalidad. Respecto de reversión o revisionismo puede decirse que se concreta en el intento de cambiar la situación establecida para enlazar, otorgándole nueva vigencia, con un pasado más o menos remoto, idealizado o falseado, mecanismo que precisa de la coacción institucional para consumarlo

EL mundo cruje bajo los efectos de la revolución democrática, cuyas líneas maestras  expuso Rockefeller, David (diciembre de 1996) ante un selecto público financiero y empresarial en el Círculo Económico de Nueva York. Estrategia mundialista a la que no tardaría en sumarse Mihail Gorbachov, sionista como Rockefeller y cuya contribución al desmantelamiento interno de la URSS fue resolutiva.

Las ideas básicas del discurso de Rockefeller eran las siguientes: la revolución democrática de los años ochenta atribuye a los individuos y a las instituciones privadas un papel superior que a los Estados; el Estado benefactor y sus programas de ayuda social han periclitado y son insostenibles; la reducción de las competencias del Estado está convirtiendo a las empresas en enormes e ineficaces burocracias; el proceso de cambio operado por el capitalismo se ha logrado con muy elevados costes humanos, los cuales entrañan el peligro de que las grandes corporaciones y sus dirigentes sean contemplados de nuevo como explotadores y delincuentes; además de obtener ganancias, los líderes empresariales deben contemplar también las necesidades de los trabajadores y de la comunidad; el malestar y el desencanto de los ciudadanos podrían desembocar en la reasunción por los gobiernos del papel que cumplieron antes de la revolución democrática; para evitar los dos anteriores riesgos, las empresas deben incluir en sus rendimientos la dimensión social ; la solución radica en que los líderes empresariales sean empresarios y filántropos a un mismo tiempo; para cumplirlo, el empresario estadista y benefactor debe derivar parte de sus beneficios a las fundaciones.

La revolución democrática exigía por tanto la desaparición de los Estados-Nación. Lo que sólo podría lograrse como primer paso mediante su destrucción interna y su integración en estructuras supranacionales. Y para el predicamento del empresario-Estado benefactor había que arrumbar el Estado del Bienestar keynesiano. También que las grandes sociedades multinacionales se apoderaran del tejido financiero y productivo de las naciones.

Rockefeller ratificaba la estrategia del Nuevo Orden Mundial y de ahí que situara la operatividad de la revolución democrática en los años ochenta. Fue precisamente en 1985 cuando Gorbachov inició las reformas, conocidas como glasnot y también como perestroika, cuyo antecedente habría que buscar en los llamados Papeles de Novosibirsk, promovidos por Andropov. El Movimiento Revolucionario Sionista, motor de la revolución bolchevique, había cumplido su misión “histórica” de impregnar de determinismo materialista a grandes capas sociales, sobre todo en Europa. Era llegado el momento de fundirlo y confundirlo con el otro determinismo materialista, también de origen iluminista. Me refiero, obviamente, al liberalismo capitalista.

Apenas un mes más tarde de la conferencia de David Rockefeller celebró su reunión anual el Foro de Davos, al que acudieron “los dos mil dueños del mundo”, según el reputado periodista de la izquierda francesa Jean Daniel. De su crónica en “Le Nouvelle Observateur”, dos reveladores párrafos:
“Si el marxismo se define, entre otras cosas, por una creencia en el determinismo económico, todos estos capitalistas son increíblemente marxistas. Desde luego, no es la primera vez que se observa una visión similar entre el economicismo de los liberales y el de los marxistas, pero en Davos es difícil concebir que exista algo fuera de la economía, a excepción tal vez, y esto supone una novedad, de una voluntad de mejorar su control, de corregir los errores, de prever los fracasos. Es lo que en el programa llaman preocupación social y humana”.

“No he tenido la impresión -escribía Jean Daniel- de que esos hombres creyeran en él (en el progreso) como se creía en el siglo XIX (…) Sin ser siempre conscientes, están más instalados en la teoría de los ciclos que en el progreso lineal, en la bíblica sucesión de años de hambre y años de abundancia que en la fe en una marcha ineluctable hacia un mundo radiante”.
De nuevo la identificación entre marxismo y liberalismo capitalista que en la práctica ha ido harto más allá de su común fundamento determinista. Parece obvio que no les preocupaba mejorar el mundo, sino el control del mundo en su beneficio. Y la aceptación implícita de que la teoría de los ciclos concuerda con los procesos de recesión, previstos o provocados, siempre aprovechados para engordar las arcas de las grandes familias financieras de las que Rockefeller es portavoz. ¿También ahora?. [Por supuesto]

No estaría completo el cuadro de la conspiración hacia el Gobierno Mundial sin una referencia a otras operaciones que acompañan a las de índole económica y social de la revolución democrática. Aludo a las encaminadas asimismo a la destrucción de los soportes morales, religiosos, históricos y culturales que prestan cohesión y solidez a los pueblos y al entramado institucional de los Estados-Nación.

El siempre tramposo José Bono trató de justificar su anómalo enriquecimiento con el argumento de que ojalá España tuviera una concepción calvinista del cristianismo. ¿Y por qué persiste en equivocar a las gentes al proclamarse católico, aunque en los suburbios de la heterodoxia? Desde la perspectiva calvinista, meollo del liberal capitalismo, especialmente impreso en la conciencia norteamericana, Bono sería ensalzado. Pero sería pecador impenitente para la Iglesia católica y la moral civil de ella derivada.
Sostenía Juan March que el primer millón de pesetas -de pesetas de hace un siglo- habría de conseguirse como fuera y sin parar mientes en principios; y que los siguientes llegarían rodados. La lectura del añejo libro “El último pirata del Mediterráneo” confirma que no paró en barras a la hora de llevar a fin su propósito. Bono debió aprender la lección. ¿Pero sólo Bono? La corrupción se ha adueñado del sistema desde la cabeza a las uñas de los pies. El totalitarismo partitocrático es algo así como un sistema circulatorio con sangre envenenada. La sangre inoculada por el determinismo materialista y que la revolución democrática bombea de continuo sobre las sociedades occidentales y las subdesarrolladas que también persigue esclavizar.

No es esta la ocasión de explicar la concordancia ideológica entre calvinismo, luteranismo e iluminismo. Pero queda apuntada por cuanto de ahí proviene el mantenido acoso a la religión católica y a su Iglesia, inicialmente solapada desde el capitalismo liberalista y brutal por su rama revolucionaria marxista. Fundidas ya ambas, la persecución se ha hecho implacable en todos los frentes, sin que falte el concurso de la masonería para su prejuzgado aniquilamiento. La índole del desguazamiento cristiano de Europa adquirió inocultable dimensión en el proyecto constitucional del muy relevante masón Giscard d´Estaing, al que no por casualidad se le asignó el encargo. Tampoco, la catadura de quienes la mayoría de los gobiernos concernidos seleccionaron para trabajar a sus órdenes.

No es ocioso exhumar al hilo de las anteriores reflexiones unos textos premonitorios del entonces cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación de Doctrina de la Fe, en el Simposio Iglesia y Economía, celebrado en Roma en noviembre de 1985.

“La incógnita del futuro”:
“A lo largo de los pasados treinta años -denunció el purpurado- la miseria ha aumentado en el mundo en magnitud escandalosa”. No obstante, señaló, ese desenlace preocupaba ya en los años cincuenta, periodo en el que “los desequilibrios internos entre los grandes sectores de la economía mundial han puesto en peligro el libre juego del mercado”. Se intentó entonces remediar el problema “mediante obras de desarrollo”. Pero, recordaba el cardenal Ratzinger, “ya no podemos subestimar el hecho de que esos intentos, en su forma actual, han sido un fracaso y que el desequilibrio se ha tornado aún peor”. Y con una consecuencia inexorable: “Grandes porciones del Tercer Mundo, que habían puesto grandes esperanzas en el desarrollo, ven ahora en la economía de mercado la causa de su miseria, y la juzgan un sistema de explotación, una estructura de pecado e injusticia. Y así, empiezan a juzgar atractiva como alternativa moral la economía centralizada, a la cual pudieran volverse con fervor prácticamente religioso, y la cual pudiera tornarse de veras en contenido de su religión. Porque mientras la economía de mercado confía en los efectos que espera del egoísmo y de su automática restricción por otro egoísmo competidor, aquí parece dominar la idea de una justa conducción centralizada, un sistema cuyo propósito es dar iguales derechos a todos y distribuir igualmente todos lo bienes entre todos”.

¿Pero adónde conduce realmente el  impulso del liberalismo determinista al centralismo de los gobiernos que practican un peculiar totalitarismo neomarxista o el de aquellos otros inmersos en feroces guerras tribales o por el asalto al poder? No olvidó el cardenal Ratzinger unas citas que lo explican:
Recordó  “la teoría de Max Weber de la afinidad interna entre capitalismo y calvinismo, entre la formación de un orden económico y una idea religiosa determinante”. (Motivo éste de que lo apuntara anteriormente).

Rebatió, asimismo, la tesis de Adam Smith de que “la moralidad y el mercado son incompatibles, puesto que las acciones morales voluntarias violan las reglas del mercado y el propio mercado eliminaría al empresario moral”. ( Tesis determinista, anoto yo, que dos siglos más tarde llevaría Friedman al extremo, y explica el trasfondo ideológico de la corrupción y la podredumbre en que están sumidos los Estados, los gobiernos, los partidos, las estructuras económicas y la sociedad actuales. La perversión viene de lejos y ha adquirido en España dimensiones y cobertura institucionales).

Recordó también estas palabras de Theodoro Rossevelt en 1912: “Creo que la asimilación de los países latinoamericanos será larga y difícil mientras estos países sigan siendo católicos”. (El indigenismo bolivariano, añado, marcha en esa dirección. Lo que propone la duda de si su beneficiario final no es otro que el Nuevo Orden Mundial y de ahí la pasividad estratégica de Washington ante la deriva de Chávez y sus satélites).

Otra cita se refería a Rockefeller, quien “hablando en Roma, en 1969 – recordaba el purpurado-, recomendó que se sustituyera a los católicos de allá (Iberoamérica) por otros cristianos, empresa que, como sabemos, ahora está en plena marcha”.

Y daba el cardenal un paso más adelante en la denuncia: “La coincidencia de Lenin con la tesis de Sobart de que el marxismo no tiene mayor contenido moral, sino sólo leyes económicas”. Igual para liberalismo que para marxismo, proseguía Ratzinger, “la moralidad se reduce a la historia de la filosofía, y la historia de la filosofía degenera en estrategia de partido”.

Traigo en este punto a colación un texto iluminador del discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del profesor Jesús Fueyo Alvarez bajo el título de “Eclipse de la Historia” (1981). Aunque referido al marxismo, es evidente que también lo ha hecho suyo el Nuevo Orden Mundial como fundamento de la revolución democrática, de igual manera que también se apropió de la estrategia diseñada por Gramsci para el desfondamiento y manipulación conceptual del lenguaje encaminado a sumir a las gentes en la confusión y paramejor dominarlas. Explicaba el profesor Fueyo Alvarez:
”Esta apoteosis de la Historia (la de Marx), que al mismo tiempo es su transfiguración ahistórica, tiene una grandiosidad mesiánica y todos cuantos han puesto su atención sobre esta verdadera escatología marxista no han dejado de subrayar su profunda afinidad con las religiones de salvación que postulan una superación definitiva del tiempo y del mundo. Para Henri Lefèbvre, que ha dedicado todo un libro a la exégesis del fin marxista de la Historia, supone e integra éste, el fin de todos los procesos de alineación: el fin de la religión por la critica radical, por la transformación práctica y el enriquecimiento de las relaciones sociales; el fin de la filosofía, (y de la racionalidad contemplativa, sistemática) por la realización de los proyectos filosóficos concebidos desde Sócrates a Hegel; el fin del hombre (y de la antropología abstracta) por la sustitución de relaciones sociales complejas pero transparentes, a las relaciones disociadas sus abstracciones vagas y en determinaciones ciegas; el fin de las ideologías y de la “verdad” abstracta, por la sustitución de la verdad concreta, a las representaciones e interpretaciones de las clases dominantes; el fin del Estado, por cuanto que la gestión social de los medios de producción y de los asuntos generales, sustituye a las relaciones basadas sobre la propiedad privada de los medios de producción, el poder político y la represión policial; el fin de la economía política, por el tránsito a la abundancia, dado que la economía política no es más que la ciencia de la penuria y el arte de repartirla; el fin de la moral, por el retorno a una costumbre razonada; el fin de la historicidad, basado en los determinismos económicos y las luchas de clases; el fin de las clases creadoras y/o productoras de historicidad”.

No sólo resulta significativa la coincidencia entre los finales marxistas denunciados por el profesor Fueyo Alvarez y los finales implícitos en el discurso de David Rockefeller tres lustros más tarde. Harto más sugestivo resulta la comprobación de que comparecen en los textos del entonces cardenal Ratzinger antes reproducidos. Si queremos penetrar en la hondura de la batalla que se libra entre cristianismo y satanismo habremos de seguir con atención los documentos pontificios, además profundizar en su contenido y exigencia de comportamiento. También para no dejarnos engañar por las prédicas con que se nos bombardea de continuo bajo apariencias progresistas.

La Secretaría General de la ONU se ha convertido en una de las piezas clave de la estrategia y la operatividad del Nuevo Orden Mundial, junto al entramado de organizaciones, fundaciones y sectas que componen los círculos exteriores de la Orden de los Iluminados a las que más de una vez me he referido en mis crónicas. Brazos del poder oculto, del que, afirma Manuel Freytas, “los políticos no son nada más que un fusible. Además de su función gerencial al servicio de los grandes grupos económicos, están para preservar el anonimato de los centros de decisión que controlan el poder real”.

No deja de ser simbólico en este aspecto lo que Rodolfo Llopis dijo a Jesús Barros de Lis en ocasión de la famosa reunión de Munich (1962) y creo haber reproducido alguna vez. Le explicó que para ser secretario general de la ONU se exigían dos condiciones: ser socialdemócrata y pertenecer a la masonería. Un socialista que asistía a la reunión añadió con sorna: “Y si además es maricón, mucho mejor”. Más de un titular de la secretaría general de la ONU reunió las tres condiciones. Es de sobra conocido. Nada de insólito encierra que la ONU abandere el neomalthusianismo en todos sus perversos aspectos, la homosexualidad, la descomposición de la familia y la destrucción de los valores morales.

La proyección sobre España de todo lo que antecede esclarece la entidad de la versión esperpéntica de la revolución democrática en que se ha empeñado Rodríguez Zapatero hasta conducirnos al desastre. Cierto que la Constitución de 1978, aquejada de legitimidad de origen, dejaba abiertas las puertas para avanzar en el proceso. Pero se necesitaba al frente del gobierno un personaje ignorante, malévolo, sumiso y sin principios para llevar adelante la destrucción de España como Estado-Nación, la animalización de la sociedad y la batalla contra la Iglesia católica.

Es muy difícil con tales antecedentes sustraerse a la sospecha de que la matanza de los trenes de Atocha respondió a una oscura conspiración amañada en el exterior para que Rodríguez ocupara el poder y se convirtiera en instrumento dócil de la estrategia del Nuevo Orden Mundial contra España. De la venganza, en suma, del iluminismo contra una España que en varias ocasiones había frustrado sus planes durante los dos últimos siglos. La última, la victoria sobre el comunismo en una guerra que lo fue realmente de liberación, la permanencia de Franco al frente del Estado Nacional hasta su muerte en en una cama de la Seguridad Social que había creado y dejando tras de sí una España próspera y socialmente avanzada. La paradoja de una revolución realizada por un pragmático regeneracionista cuya continuidad sabía imposible, conocedor como era de que el NOM no lo permitiría.

Ocurrió, sin embargo, que los conspiradores no valoraron en sus justos términos la catadura del personaje elegido para sustituir a Aznar en cumplimiento del truco de la alternancia cada dos legislaturas. Creyeron que se trataba de un émulo del encantador de serpientes Felipe González, al que fue necesario desmontar cuando, cumplida su tarea destructiva, podía ganar unas nuevas elecciones a despecho de la alternancia. Pero descubrieron, aunque tardíamente, que se trataba de un mediocre irrecuperable, de un paranoico incurable, de un extremista enfatuado, de un malvado escondido tras la careta de una sonrisa estereotipada y tan descerebrado como la partida de miserables de que se ha rodeado. Dejo a la iniciativa de los lectores que escojan la acepción que crean más apropiada de entre las muchas que el diccionario ofrece, menos la de menesterosos que en ningún caso se les puede aplicar.

El rodriguismo ha reducido la teoría gramsciana, por ejemplo, a una inacabable antología de gilipolleces nacidas de un extraño y anómalo furor uterino, como la última de Trinidad Jiménez, titular de un ministerio sin apenas competencias, de sustituir en la Sanidad los términos habituales de niño y niña, o el genérico de bebé, por el de criaturas. Estúpido y ridículo feminismo a ultranza, empecinado en borrar los tres géneros gramaticales con la pretensión inútil de que sólo reste el dominante femenino. Y naturalmente, el neutro de la homosexualidad, al parecer el más acorde para Rodríguez con los objetivos de la revolución democrática. Gilipolleces y memeces retóricas de las que en otros ámbitos, incluidos los de mayor entidad para el futuro de España, se ha demostrado Rodríguez un cultivador empedernido, además de un mentiroso compulsivo.

La actual recesión económica era previsible si nos atenemos a la teoría de los ciclos que fue la cuestión principal en torno a la que se desarrolló el debate determinista en el Foro de Davos de comienzos de 1997. La quiebra de Leman Brother fue el pretexto para provocarla. Pero al NOM se les ha ido de las manos y ahora le es indispensable succionar dinero a mansalva de los contribuyentes para salvar a los bancos acreedores; y con ellos, a las economías de los atrapados y debilitados Estados-Nación. Resulta, no obstante, que Rodríguez se había pasado muchos pueblos en su afán de cumplir el mandato de corromper el armazón institucional y a la sociedad, además de debilitar nuestra economía para convertirla en pasto propicio de la especulación financiera internacional. Hasta el punto de convertir España en gravísima amenaza para la frágil estabilidad europea e incluso mundial. Le han llamado al orden desde Berlín, París Bruselas, Washington y hasta Pekín.

Pero una vez más ha improvisado. Se ha ido por las ramas, en vez de podar las raíces dañadas y sanear el tronco. Se ha enrocado en su esquizofrénico ego político y parapetado tras los miles de enchufados y trepadores que se han enriquecido en mayor o menor cuantía al amparo de la corrupción y a costa de un pueblo empobrecido, especialmente de una clase media proletarizada que fue la que hizo posible la traslación pacífica hacia un totalitarismo partitocrático que la ha traicionado.
I.M.

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