La devastación y la propiedad

La devastación tiene el doble objeto de someter y domesticar a las criaturas humanas y no humanas, por un lado, y de acaparar bienes y personas, por otro. Los bienes acaparados, los botines de las extorsiones, son la parte material del Poder: Se desposee para poseer. Así se matan dos pájaros de un tiro: se desposee a las criaturas de lo que les es propio, creando un estado de carencia y necesidad que los hace manipulables; y por otro, se logra la acumulación material que es la base de todo Poder: la propiedad.

No, no es lo mismo el Poder que se origina con la devastación y la extorsión de la vida, que los fenómenos propios de la vida, que para mantenerse no cesa de producir más de sí misma y derramarse.

La retención de materia y energía en un ente orgánico (el aire que inspiramos) no es un proceso terminal, ni un fín, sino un momento del fluir. La materia y la energía que cada ente orgánico retiene en un momento dado, es sólo un tránsito por su organismo para volver a fluir
hacia el exterior. Lo determinante es el fluir. La vida es fluir, no es acaparación; la acaparación es un aspecto secundario del fluir. El patriarcado es una sociedad construída sobre una serie de modos y maneras de acaparación  y  que son esencialmente dos: la propiedad y el dinero, que vienen a ser lo mismo. La propiedad y el dinero se han convertido en fines en nuestra sociedad. Son materialmente acaparaciones, desvitalizaciones de lo vivo, abstracciones de la muerte porque se realiza matando la vida.

En nuestra sociedad todos los bienes materiales y las personas son propiedad; es un mundo basado en la devastación de la vida y en el sistema carencia/propiedad, según el cual para sobrevivir y no carecer, hay que poseer. Carencia y propiedad forman un dúo falaz. Lo que la
propiedad y la posesividad significan en realidad es lo contrario de lo que pretenden significar: la desposesión de la abundancia de la vida. La propiedad es desposesión; lo que se entiende por ‘riqueza’ es, en verdad, desvitalización, carencia y pobreza.

La raíz de la posesividad humana radica aquí: para no carecer hay que poseer, puesto que han devastado el entorno –el continuum– que era propio de la criatura humana, y que nuestra sabiduría filogenética esperaba encontrar al nacer. Desde que nacemos hemos aprendido que
necesitamos poseer un mínimo de personas (mi mamá, mi papá) y de cosas (mi casa, mi coche) para sobrevivir.

Aunque las relaciones vitales no son de acaparación, sino de derramamiento de los fluidos que producimos, la posesividad que se crea a lo largo de la crianza y de la educación es un dispositivo sumamente eficaz para que cada criatura interfiera en la autorregulación de su propia existencia, bloquee su fluir, y entre en la dinámica social de la retención y de la acaparación, estableciendo, en el mejor de los casos, relaciones de trueque, de comercio de lo acaparado. Este dispositivo, es lo que se llama ‘ego’, y toda la codificación de fenómenos y sentimientos que acompaña a la identidad. Cuando se pierde la posición de reconocimiento del propio deseo y el vivir deja de ser derramamiento y fluir espontáneo, y cuando se quiebra la confianza en el entorno propicio para nuestra vida, filogenéticamente establecida, entonces el vivir se convierte en impulso acaparativo; el deseo se ha convertido en miedo a carecer, y el mensaje codificado que recibimos es que nuestro anhelo de vida se resarce con la
apropiación.

El ciudadano Kane colecciona obras de arte y al morir dice la verdad de su anhelo: Rosebud. Vivimos como si la acaparación fuera a resarcir el deseo negado. Así se configura el individuo adaptado al entorno devastado, que lucha en el campo de batalla de la competencia por la posesión. Del ser deseante, disuelto, fluyente y confluyente en un tejido social de ayuda mutua, se pasa al ente acaparador y al invento metafísico del ‘yo’, definido por los deseos que reprime, por lo que acapara, por lo que es capaz de conquistar, por la cuota de Poder que detenta.Tanto tienes, tanto vales.

Ahora nos dicen que las criaturas humanas son posesivas ‘por naturaleza’, que el afán de poseer es innato. ¡Qué más quisieran! Volvemos a apelar al testimonio de Bartolomé de las Casas, que dejó escrito cómo era la vida humana en aquellas islas del Caribe que en el siglo XV todavía no habían sido absorbidas en la civilización patriarcal; y entre aquello que más sorprendía a sus mentes cita precisamente la ausencia de sentido de posesión de las cosas, el desprendimiento, la hospitalidad incondicional, la generosidad por el mero reconocimiento de la vida humana, el ofrecimiento de cuanto tenían, y la confianza absoluta en la reciprocidad de sus congéneres.

Y ahí está la dura tarea que tienen los profesionales de la psicología de apuntalar individuos que no pueden sostenerse en esta sociedad; esfuerzos que han hecho aparecer conceptos como el de ‘auto-estima’ y ‘autoafirmación’, que ya por sí solos indican la carencia emocional y afectiva que caracteriza las patologías psíquicas.
Entonces nos proponen altas dosis de auto-estima para aguantar la falta de estima y la autoafirmación para aguantar la falta de reconocimiento. Autoestima y autoafirmación porque así sin más no tenemos la estima y el reconocimiento propios de nuestra condición de criaturas; toda esta nueva profesión y tarea que cada vez tiene más mercado, nos prueba que ésta no es nuestra sociedad ni nuestro entorno ni nuestro continuum y que nos cuesta mucho
sobrevivir en ella.Tenemos que tener incorporados cantidad de mecanismos para automáticamente medir lo que podemos dar y lo que podemos recibir. Hay que nadar y guardar la ropa, cuidar la imagen, guardar las apariencias y cerrar la puerta de casa con llave.

La vida humana, decía Kropotkin, está hecha para expandirse, para dar sin cálculo; se confía en la reciprocidad, decía de las Casas, y se derrama graciosamente, porque la reciprocidad es un hecho tan propio de la vida como el derramamiento, y por eso el intercambio se produce sin cálculo. Hasta que se pierde la inocencia.
La criatura humana pronto aprende que no puede contar con la reciprocidad, y según va perdiendo la confianza, va aprendiendo también a calcular lo que puede obtener de cada situación, el trueque, la valoración mercantil de las cosas y de las personas, la ley de la oferta y de la demanda, etc. etc. Sin necesidad de psicología, el refranero popular ya lo dice, tanto tienes tanto vales, y todos queremos más.

Estamos viendo, pues, que la posesión es desposesión, y la desposesión, propiedad; que es el Poder quien organiza la carencia en la abundancia de la producción; y entonces la riqueza de esta sociedad se hace de esa carencia, de la devastación; y así nos encontramos con que lo bueno es malo y lo malo, bueno. Y por eso decimos que hay que revolucionar la semántica, para entender lo que ocurre en este mundo, para entender la Realidad desde la vida. Hace unos 5000 años, nuestra especie  modificó los mecanismos de autorregulación y sustituyó la fraternidad por el fratricidio.

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