Conclusión

Cuando se repasa la totalidad de los movimientos del pasado se observa que se trata de una transformación en una dirección muy determinada. A medida que avanzamos entre la multiplicidad de los datos aislados hasta encontrarnos con las estructuras y las coacciones de la interdependencia del pasado, se va dibujando claramente una armazón sólida de procesos en la que se integran los datos desperdigados. Al igual que antaño los observadores transitaron por muchos caminos falsos y callejones conceptuales sin salida antes de conjugar todas las observaciones sobre la naturaleza en una visión armónica de las leyes naturales, en nuestra época comienza a perfilarse una imagen armónica de las leyes históricas y del cosmos humano con todos los fragmentos del pasado humano que se amontonaban en nuestras cabezas y en nuestros libros, merced al trabajo de muchas generaciones. Permítasenos resumir una vez más con algunos trazos, y desde un punto de vista determinado, las aportaciones de nuestro estudio a este cuadro armónico desde la perspectiva de lo que nos sucede a nosotros mismos: las modificaciones anteriores del entramado social adquieren rasgos nítidos para el observador cuando éste las compara con los acontecimientos de su propio tiempo. En este caso, como sucede a menudo, la observación de los sucesos actuales ilustra la comprensión de los pasados y la profundización en lo que ha sucedido aclara lo que está sucediendo: muchos de los mecanismos de interdependencia de nuestros días prosiguen los cambios del pasado en el sentido de consolidar la estructura de la sociedad occidental.

Como hemos mostrado, en las circunstancias de la más extrema desintegración feudal en Occidente comienzan a actuar determinados mecanismos de interdependencia que conducen a la integración de territorios cada vez más extensos. De las luchas de competencia y de exclusión de los pequeños señoríos, de los pequeños centros de dominación política, que, a su vez, surgieron de luchas de exclusión entre unidades aún menores, surgen paulatinamente algunos vencedores y, por último, resulta vencedora absoluta una de las unidades en lucha. El vencedor se convierte en centro de integración de una unidad de dominación mayor; constituye el núcleo monopolista de una organización estatal en cuyo marco muchas de las zonas o grupos humanos que antaño se hallaban en competencia libre se integran en un entramado más o menos unitario, más o menos denso y de mayor extensión.

Hoy día, estos estados constituyen también sistemas de equilibrio de asociaciones humanas en competencia libre, como antaño lo estaban las pequeñas unidades que hoy forman parte de sus territorios. Estos estados se enfrentan unos a otros con intensidad creciente bajo la presión de las tensiones, bajo la coacción de los mecanismos competitivos que mantienen a nuestra sociedad en un movimiento permanente de lucha y de crisis. Por lo demás, las diversas asociaciones de dominación rivales son interdependientes, y cuando una de ellas deja de progresar, no incrementa su poderío, corre el riesgo de debilitarse y de caer en una situación de dependencia frente a los otros estados. Como siempre que hay una situación de equilibrio con una tensión competitiva creciente y sin un monopolio central, los estados pode-rosos, los ejes principales de este sistema de equilibrio, están inmersos en un movimiento infinito de espiral que les fuerza a un proceso imparable de expansión y de engrandecimiento de su poder. El forcejeo para asegurarse la supremacía y, en consecuencia, para constituir consciente o inconsciente-mente centros monopolistas en territorios más extensos no puede detenerse. Y si por ahora sólo se trata de averiguar quién ejercerá la hegemonía sobre algunas partes del mundo, el aumento de interdependencias en zonas más y más extensas hace que ya se perfilen en el horizonte las luchas por la hegemonía en un sistema de interdependencia que abarcará a toda la tierra habitada.

En la actualidad, al igual que en el pasado, ese mecanismo de interdependencia del cual hemos hablado tan a menudo en estas investigaciones afecta al destino de los hombres y les obliga a modificar sus instituciones y el conjunto de las relaciones humanas. Estas experiencias de nuestra propia época contradicen la idea dominante hace ya más de un siglo en el pensamiento occidental, la idea de que un sistema de equilibrio de unidades en competencia libre —estados, empresas, artesanos o cualquier otra cosa— puede mantenerse indefinidamente en esta situación de equilibrio inestable. Hoy, como en el pasado, esta situación de equilibrio de una competencia monopolista tiende a constituir monopolios. La razón de que esta situación de equilibrio sea tan profundamente inestable y tan probable que se transforme en otra cosa, puede deducirse de la explicación general ofrecida más arriba sobre los mecanismos de competencia y de monopolio 155.

Y hoy, al igual que antaño, el impulso originario de estas transformaciones no parte sólo de los objetivos y coacciones «económicas» ni tampoco de los motivos y agentes políticos también aislados. Dentro de esta competencia estatal la consecución de «más» dinero, o de «más» medios de poder económico, no son el verdadero y último objetivo de la acción cuya máscara o excusa sería la expansión del ámbito de dominación estatal, la consecución de un mayor poder político y militar. Los monopolios regulares o irregulares del poder político y los de los medios de consumo y de producción económicos están inseparablemente unidos sin que uno de ellos constituya exclusivamente la base real y el otro exclusivamente una «superestructura». Los dos conjuntamente, de acuerdo con su respectiva posición, producen tensiones concretas en el entramado social que llevan a un cambio del mis-mo. Los dos conjuntamente son la cerradura de las cadenas con las que los seres humanos se maniatan. Las mismas coacciones de interrelación actúan en las dos esferas de interdependencia, en la política y en la económica. Así como la tendencia del gran comerciante a engrandecer su empresa se origina en último término en la presión de las tensiones del entramado humano que le rodea, y en primer término en el riesgo de disminución de su ámbito de posibilidades y en la pérdida de autonomía que sufrirá si tolera que las em-presas rivales se hagan mayores que la suya; de igual modo, bajo la presión de las tensiones de su entramado, los estados rivales se empujan mutua e inevitablemente en el torbellino de la espiral de la competencia. Algunos de-sean poner fin a este movimiento vertiginoso, a esta traslación del equilibrio entre competidores «libres», así como a las luchas y a los cambios que estas traslaciones provocan; a lo largo de la historia la fatalidad de las interdependencias de este tipo ha sido siempre más fuerte que tales deseos. Y hoy día, las relaciones interestatales, que no están reguladas por un monopolio internacional de la fuerza, tienden de nuevo a la creación de monopolios particulares de violencia y, en consecuencia, a la constitución de unidades de dominación de magnitud superior.

En nuestros días encontramos ya las formas previas de tales unidades de dominación mayores: los estados unidos, los imperios o las federaciones. Todos son relativamente inestables. Si antaño nunca pudo predecirse el resultado de la lucha secular de los señoríos territoriales, tampoco hoy puede decidirse ni es claro que se decida dónde estará el centro y dónde las fronteras de las nuevas unidades de dominación que han de surgir del actual enfrentamiento entre los estados. Al igual que antaño, tampoco ahora podemos prever cuánto tiempo pasará antes de que esta lucha, con sus acciones y reacciones, haya alcanzado su término. Y como los habitantes de aquellas pequeñas asociaciones en el curso de cuyas luchas fueron creándose paulatinamente los estados, tampoco tenemos hoy 156 mas que una vaga idea de la estructura, la organización y las instituciones que caracterizaron a esas unidades mayores de dominación, a cuya constitución tienden las acciones de hoy, tanto si los actores lo saben como si no lo saben. Solamente una cosa es cierta: la dirección en que avanza nuestra interdependencia. Las tensiones competitivas interestatales no pueden suavizarse dada la intensidad de las tensiones que caracterizan a nuestras estructuras sociales y en tanto no se estabilicen monopolios de violencia física y organizaciones centrales para unidades de dominación mayores, a través de combates cruentos o incruentos, en el marco de los cuales muchos de los «estados» más pequeños consigan integrarse en una unidad de carácter superior. Así pues, la maquinaria del proceso de interdependencias no presenta solución de continuidad alguna en el cambio del entramado humano occidental desde la época de la más absoluta desintegración feudal hasta la actualidad.

Algo análogo sucede con los otros movimientos de la «actualidad». Todos ellos ofrecen un aspecto distinto cuando se les considera como momentos dentro de esa corriente a la que, según los casos, llamamos «pasado» o «historia». Dentro de las diversas unidades de dominación, se observan hoy luchas de competencia libre no monopolistas. Pero en numerosas ocasiones las luchas de competencia libre están llegando a su fin. Por doquier observamos que el resultado de estas luchas, en las que se emplean armas económicas, es la constitución de organizaciones monopolistas privadas. Pero si antaño, en la creación de monopolios fiscales y políticos en provecho de dinastías principescas concretas, se hacían visibles las fuerzas que habían de llevar a una ampliación del poder de disposición, ya mediante la subordinación del ejecutivo monopolista a un poder legislativo de elección popular, ya mediante alguna otra forma de «estatización», también en nuestros días son inequívocos los síntomas de que las fuerzas de la interdependencia están tra-bajando para limitar el poder privado sobre las más jóvenes organizaciones monopolistas —las organizaciones «económicas»— y de que además están acercando su estructura a la de las antiguas organizaciones monopolistas pudiendo alcanzarse así, quizá, una conjunción organizativa.

Lo mismo cabe decir de las otras tensiones que provocan cambios dentro de las diversas unidades de dominación, así como de las tensiones entre quienes disponen de determinados instrumentos monopolistas como si fue-ran una propiedad hereditaria y quienes no disponen de tales instrumentos, dependiendo en tal caso de las oportunidades que el señor monopolista otorga, y no en una competencia libre sino en una competencia regulada. También aquí nos encontramos ante un movimiento histórico que absorbe todos los movimientos ascendentes anteriores, al igual que una gran ola de la pleamar absorbe todas las olas menores y las arrastra en la misma dirección. Más arriba, en la exposición del mecanismo del monopolio, hemos mostrado con carácter general, que, dada una cierta fuerza en la presión de las tensiones, el equilibrio que preside las tensiones entre señores mono-polistas y servidores del monopolio tiende a invertirse con mayor o menor rapidez. También hemos mostrado que en los tiempos primitivos de la sociedad occidental se daban ya movimientos en esta dirección. Los encontramos en el proceso de la feudalización, por ejemplo, si bien aquí, al principio, solamente se trataba de una inversión del tipo citado dentro de la clase alta; por lo demás esta inversión, en perjuicio de la minoría y en beneficio de la mayoría, coherente con el bajo grado de división funcional, lleva a la desintegración del poder sobre las oportunidades monopolistas, a la disolución de los centros monopolistas.

Cuando avanza la división de funciones y, con ella, la interdependencia de todas las funciones, la traslación del centro de gravedad no se concreta ya en la tendencia al reparto de las oportunidades monopolistas, antes centralizadas, entre muchos individuos aislados, sino en la tendencia a organizar de distinto modo el poder sobre los centros de monopolio y las oportunidades monopolistas. Este cambio puede observarse con toda claridad en la primera fase de esta transformación, en la lucha de las clases burguesas por disponer de los antiguos centros monopolistas, los primeros que se establecieron en la Edad Moderna, que hasta entonces se habían considerado casi como una propiedad personal fundamentalmente de los reyes y parcialmente de la nobleza. Las oleadas ascendentes de nuestra época son más complicadas por una serie de razones. Lo son primeramente porque hoy no solamente se da una lucha por conseguir los antiguos centros de monopolio fiscal y político, por un lado, y por otro controlar los modernos centros de monopolio económico que están constituyéndose, sino porque hay una lucha simultánea para hacerse con los dos tipos de monopolio. No obstante, el esquema básico de las fuerzas de interdependencia que actúan en este sentido es también muy simple: toda monopolización hereditaria de oportunidades que se de en una familia concreta provoca tensiones y desproporciones específicas dentro de las organizaciones correspondientes. No hay duda de que en todas las organizaciones sociales este tipo de tensiones modifica el entramado relacional y, por lo tanto, también las instituciones, aunque si la diferenciación es escasa y si la clase alta está compuesta por guerreros, tales modificaciones no serán muy importantes. Las organizaciones sociales con una diferenciación social más rica son infinitamente más sensibles a las desproporciones y a los tras-tornos funcionales que siempre acarrean estas tensiones, pues les afectan antes en su totalidad y las desequilibran más duraderamente que a las organizaciones menos diferenciadas. En algunos casos estas organizaciones presentan no una sino varias vías para resolver las tensiones y la dirección de esta superación está inevitablemente predeterminada por la causa que originó las tensiones, por su génesis: no es posible resolver las tensiones, las des-proporciones y los trastornos funcionales que se derivan del poder sobre las oportunidades monopolistas en interés de las minorías mientras no se haya superado esta organización del poder. Ciertamente, lo que no cabe decidir en este caso es cuánto tiempo será necesario para llegar a esta superación, ni cuánto tiempo se esta-rá luchando por conseguirla.

Por último algo muy parecido sucede en nuestra época, con el comporta-miento de los individuos y con toda la red de sus funciones psíquicas. A lo largo de este trabajo, hemos pretendido demostrar que la estructura de las funciones psíquicas, los modos habituales de orientar el comportamiento, están relacionados con la estructura de las funciones sociales, con el cambio en las relaciones interhumanas. Tarea distinta es la de estudiar estas correspondencias en nuestra propia época. Resulta bastante fácil enunciar algunos principios generales. Las coacciones de interdependencia que hoy están provocando evidentemente una modificación más o menos rápida de las instituciones y una transformación de las relaciones interhumanas, se hacen sentir con igual fuerza en las correspondientes modificaciones del carácter y de la estructura espiritual de los hombres. También en este campo obtenemos una imagen más clara de lo que nos sucede cuando lo consideramos como un avance en una dirección determinada en relación con los movimientos del pasado en los cuales se origina el presente. Las conmociones provocadas por otros movimientos de ascenso también obligaron a flexibilizar las pautas de comportamiento de las clases altas. Con anterioridad a la consolidación de cada nueva pauta se da siempre una época de revolución. Las formas de comportamiento no solamente se transfieren de arriba abajo, sino también de abajo arriba en consonancia con el cambio en el centro de gravedad social. Así, por ejemplo, en los movimientos de ascenso de la burguesía, el código de comportamiento cortesano-aristocrático perdió mucha rigidez. Las formas de trato y de convivencia social se hicieron más flexibles y, en parte, se vulgarizaron. Los tabúes estrictos que los círculos de clase media habían impuesto a ciertas esferas de comportamiento, especialmente al comportamiento en relación con el dinero y con la sexualidad, se generalizaron, con diversas graduaciones, a círculos más amplios, hasta que, con la desaparición del equilibrio de las tensiones, con las oscilaciones entre flexibilidad y rigidez y con los altibajos de la lucha, los elementos de los esquemas de comporta-miento de las dos clases acabaron en un código único de comportamiento.

Las olas ascendentes en medio de las cuales vivimos son distintas de todas las pasadas por razón de su estructura, por más que prosiguen los movimientos anteriores y arrancan de ellos. No obstante, en nuestro propio tiempo también encontramos manifestaciones concretas con estructuras similares a las anteriores. También hoy encontramos cierta flexibilización de los es-quemas de comportamiento heredados, un ascenso de ciertas formas de comportamiento desde abajo, y una mayor interpenetración de formas de comportamiento de diversas clases sociales; observamos asimismo una mayor rigidez en amplias esferas de comportamiento y cierta vulgarización en otras.

Períodos de este tipo, períodos de transición, ofrecen una ocasión especial para la reflexión: las antiguas pautas son parcialmente inadecuadas y todavía no existen pautas sólidas nuevas. Los hombres se sienten inseguros a la hora de orientar su comportamiento. La propia situación social hace que el «comportamiento» sea un problema agudo. En estas fases —y quizá so-lamente en estas fases— los hombres ponen en cuestión gran parte del comportamiento de generaciones anteriores que éstas consideraban absolutamente natural. Los hijos inician su reflexión en el punto en que los padres la abandonaron; comienzan a preguntar por las razones allí donde los padres no veían razón alguna para preguntar: ¿por qué hay que «comportarse» de una forma determinada aquí y de otra allí? ¿Por qué está permitido esto y prohibido aquello? ¿Qué sentido tiene este precepto de buenos modales y aquel o-tro moral? Las convenciones que varían transmitiéndose de antiguo de gene-ración en generación, sin comprobación alguna, se convierten en problemas. Y gracias a la movilidad social, gracias al trato más frecuente con personas de otras convicciones, aprendemos hoy a considerar las cosas con mayor distanciamiento: ¿por qué el esquema de comportamiento alemán es distinto del inglés? ¿Por qué el inglés es distinto del americano? ¿Por qué la estructura de comportamiento de todos estos países es distinta a la del Oriente o a la de los pueblos primitivos?

Las investigaciones precedentes tratan de dar algún tipo de respuesta a estas preguntas. En realidad solamente se ocupan de problemas que «se encuentran en el ambiente». Pretenden aclarar estas preguntas en la medida de las fuerzas del autor y abrir un camino que, con la colaboración de otros, pueda hacerlas avanzar en el fuego cruzado de los debates. Por lo que hemos visto, los esquemas de comportamiento de nuestra sociedad, que se inculcan al individuo a través de la modelación desde pequeño como una especie de segunda naturaleza y se mantienen vivos en él por medio de un control social poderoso y muy estrictamente organizado, no pueden entenderse en virtud de fines humanos generales y ahistóricos, sino como resultado de un proceso histórico, derivado del sentido general de la historia occidental, de las formas específicas de relación que se producen en tal proceso, y de la fuerza de las interdependencias que en él se transforman y se

constituyen. Al igual que el conjunto de la orientación de nuestro comportamiento y del en-tramado general de nuestras funciones espirituales, estos esquemas son polifacéticos: en su constitución y en su reproducción participan los impulsos emocionales tanto como las funciones racionales, instintivas y relacionadas con el yo. Hace tiempo que se ha convertido en costumbre explicar la regulación a que está sometido el comportamiento de los individuos en nuestra sociedad como algo racional, algo fundamentado en la reflexión racional. El resultado de nuestras investigaciones indica que esto no es correcto.

Hemos comprobado 158 que la racionalización así como la configuración racional y la justificación de los tabúes sociales, sólo es un aspecto de un cambio que abarca el conjunto de la organización espiritual, tanto los aspectos impulsivos como los del yo y los del super yo. También se ha demostrado que el motor de este cambio de la auto-orientación psíquica son las fuerzas de interdependencia en una orientación determinada, las transformaciones de las formas racionales y del conjunto de la red social. Esta racionalización es coincidente con una diferenciación considerable de las cadenas funcionales y de la transformación correspondiente en la organización de la violencia física. El presupuesto de la racionalización es un aumento del nivel de vida y de la seguridad, una mayor protección frente a la supeditación o aniquilación físicas y frente a la irrupción de los miedos incontrola-bles que caracterizan más clara y frecuentemente la existencia del individuo en sociedades con monopolios menos estables de violencia y con una menor división de funciones. En la actualidad estamos tan acostumbrados a la existencia de estos monopolios de violencia, así como a la mayor calculabilidad del ejercicio de la violencia, que apenas somos conscientes de la importancia que tienen para la estructura de nuestro comportamiento y de nuestro espíritu. Apenas somos conscientes de la rapidez con que se vendría abajo y se destruiría lo que llamamos nuestra «razón», así como esa orientación previsora, desapasionada y diferenciada de nuestro comportamiento, si se transformara el equilibrio de temores dentro de nosotros y en torno a nosotros, si los miedos que cumplen una función en nuestra vida aumentaran o disminuyeran notablemente de pronto o, como sucede en muchas sociedades más simples, hicieran ambas cosas al mismo tiempo, es decir, aumentar y disminuir simultáneamente.

Una vez que hemos establecido estas correspondencias abrimos el camino para considerar el problema del comportamiento y de su regulación a través de los mandatos y prohibiciones vigentes en la sociedad. El equilibrio de temores, como el conjunto de la economía del placer, es diferente en cada organización humana, en cada clase y en cada fase histórica. Para comprender la regulación del comportamiento que una sociedad prescribe e inculca a sus miembros, no es suficiente conocer los objetivos racionales que se aducen para justificar los mandatos y las prohibiciones, sino que es preciso retrotraernos mentalmente a los fundamentos del miedo que moviliza a los miembros de esta sociedad y, sobre todo, a los guardianes de las prohibiciones, obligándoles a regular su comportamiento. En consecuencia, se consigue una comprensión mayor para las transformaciones del comportamiento en el sentido de una civilización cuando se es consciente de en qué medida dependen estas transformaciones de los cambios en la estructura y la organización de los miedos sociales. Más arriba hemos bosquejado la orientación que toma esta transformación : disminuye el temor, los miedos inmediatos que sienten unos individuos frente a otros; en cambio, aumentan comparativamente los miedos mediados o interiorizados. Y tanto los unos como los o-tros se hacen más permanentes. Las oleadas de miedo y de temor ya no ascienden de forma tan marcada para volver a descender quizá pronunciada-mente sino que, con oscilaciones pequeñas en comparación con las fases anteriores, suelen mantenerse a una altura media. Y, como hemos demostrado cuando éste es el caso, el comportamiento toma un carácter «civilizado» con muchos escalones y grados. Aquí, como en cualquier parte, la estructura de los miedos no es más que la respuesta psíquica a las coacciones que los hombres ejercen sobre los demás dentro de la interdependencia social. Los miedos constituyen una de las vías de unión —y de las más importantes— a través de las cuales fluye la estructura de la sociedad sobre las funciones psíquicas individuales. El motor de esa transformación civilizatoria del comportamiento, como el de los miedos, está constituido por una modificación completa de las coacciones sociales que operan sobre el individuo, por un cambio específico de toda la red relacional y, sobre todo, un cambio de la organización de la violencia.

Con harta frecuencia han creído y creen los seres humanos que los mandatos y prohibiciones que regulan su comportamiento recíproco, al igual que los miedos correspondientes, son algo superhumano. A medida que se profundiza en las conexiones históricas en cuyo curso se han constituido y transformado las prescripciones y los miedos, va imponiéndose al observador una idea que es de gran importancia para la comprensión de nuestra acción, así como de nosotros mismos; va imponiéndose la idea de que los miedos que movilizan a los hombres son creación de los hombres. Sin duda que la posibilidad de sentir miedo, al igual que la posibilidad de sentir alegría son un rasgo invariable de la naturaleza humana. Pero la intensidad, el tipo y la estructura de los miedos que laten o arden en el individuo, jamás dependen de su naturaleza y, por lo menos en las sociedades diferenciadas, tampoco dependen jamás de la naturaleza en la que vive, sino que, en último término, aparecen determinados siempre por la historia y la estructura real de sus relaciones con otros humanos, por la estructura de su sociedad y se transforman con ésta.

Nos encontramos aquí, de hecho, con una de las claves imprescindibles de todos aquellos problemas que nos planteaban la regulación del comportamiento y los códigos sociales de los mandatos y de los tabúes. No se consigue que el adolescente regule su comportamiento si no es por el miedo que le inculcan los demás. Sin el mecanismo de estos miedos inculcados por los adultos, la cría humana jamás se convertirá en un ser maduro que merezca el nombre de ser humano y su humanidad será tan imcompleta que su vida no le producirá suficientes alegrías y placeres. Los miedos que los adultos suscitan en los niños pequeños consciente o inconscientemente enraizan en éstos y, en parte, se reproducen de modo más o menos automático. A través de los miedos se modela el alma impresionable del niño, de forma que, al crecer, aprende a comportarse de acuerdo con las pautas correspondientes, tanto si esto se consigue aplicando los castigos corporales directos, como mediante la renuncia o las restricciones de alimento y de placer. Los miedos de origen humano, los internos y los externos, tienen también a raya a los adultos. Todos los miedos son suscitados directa o indirectamente en el alma del hombre por otros hombres; tanto los sentimientos de pudor, como el miedo a la guerra, el temor de Dios, los sentimientos de culpabilidad, el miedo a la pena o a la pérdida del prestigio social, el temor del hombre a sí mismo y el miedo a ser víctima de las propias pasiones. Su intensidad, su forma y la función que cumplen en la organización espiritual del individuo, dependen de la estructura de su sociedad y del destino que éste tenga en ella.

Ninguna sociedad puede subsistir sin canalizar los impulsos y las emociones individuales, sin una regulación muy concreta del comportamiento individual. Ninguna de estas regulaciones es posible sin que los seres humanos ejerzan coacciones recíprocas y cada una de estas coacciones se transforma en miedo de uno u otro tipo en el espíritu del hombre coaccionado. No hay que hacerse ilusiones, la producción y reproducción continua de los miedos humanos por medio de los hombres es algo inevitable e inexcusable siempre que los hombres traten de convivir de una u otra forma, siempre que sus anhelos y sus acciones se interrelacionen, ya sea en el trabajo, en la convivencia o en el amor. Pero tampoco debemos creer o imaginarnos que los mandatos y los miedos que hoy dan su carácter al comportamiento de los hombres tengan como «objetivo», en lo esencial, estas necesidades elementales de la convivencia humana, y que, en nuestro mundo, se limitan a las coacciones y a los miedos imprescindibles para un equilibrio de los anhelos de muchos y para el mantenimiento de la convivencia social. Nuestros códigos de comportamiento son tan contradictorios y tan llenos de desproporciones como las formas de nuestra convivencia, y la estructura de nuestra sociedad. Las coacciones a las que hoy está sometido el individuo, así como los miedos correspondientes están determinados, en su carácter, en su intensidad y en su estructura, por las coacciones específicas de interdependencia de nuestro edificio social de las que hablábamos más arriba: por las diferencias de nivel y las poderosas tensiones que las caracterizan.

Conocemos los movimientos y los peligros en los que vivimos, y más arriba hemos hablado de las coacciones de interdependencia que determinan su orientación. Las coacciones, tensiones e interdependencias de este tipo, son las que suscitan los miedos en la vida de los individuos en mayor medida que la coacción simple de la colaboración social. Las tensiones entre los estados que luchan entre si por conseguir la supremacía sobre zonas de dominación cada vez más amplias dentro del mecanismo de competencia se manifiestan en renuncias y restricciones muy concretas por parte del ciudadano; implican una mayor presión laboral y una inseguridad profunda para el individuo. Y todo ello, las renuncias, la intranquilidad, la mayor carga laboral, suscitan miedo, tanto miedo como la amenaza directa a la vida. Y lo mismo sucede con las tensiones dentro de las diversas unidades políticas de dominación. Las luchas imprevisibles de competencia libre entre los hombres de la misma clase social, por un lado, y las tensiones entre las distintas clases y grupos por otro, dan lugar a una situación de intranquilidad continua para los individuos, así como prohibiciones y limitaciones determinadas. Todo lo cual suscita unos miedos específicos: miedo al despido, miedo a la posibilidad de estar a merced de los poderosos, miedo a padecer hambre y miseria, como sucede con las clases más bajas, miedo a la decadencia, a la disminución de la propiedad y de la autonomía, a la pérdida del elevado prestigio y de la alta posición, todo lo cual tiene una gran importancia para las clases medias y altas de la sociedad. Precisamente los miedos de este tipo, los miedos a la pérdida de lo diferenciador, del prestigio heredado o heredable, como se ha demostrado más arriba, son los que han tenido hasta hoy una importancia decisiva en la configuración del código dominante de comportamiento. También se ha comprobado que estos miedos son los más propensos a la interiorización. Son estos miedos y no el miedo a la miseria, al hambre o al riesgo físico inmediato, los que echan raíces en los pertenecientes a estas clases, en consonancia con el tipo de educación que tuvieron, bajo la forma de miedos interiorizados que les condicionan automáticamente bajo la presión de un fuerte super-yo, y con independencia de todo control por parte de los demás.

La preocupación permanente del padre y de la madre sobre si su hijo asimilará o no las pautas de comportamiento de la clase propia o de una superior, sobre si podrá mantener o aumentar el prestigio de la familia, sobre si podrá sostenerse en las luchas de exclusión de la propia clase, suscitan unos miedos que rodean al niño desde pequeño, especialmente en las clases medias con voluntad de ascenso en grado mayor que en las clases altas. Los miedos de este tipo tienen una importancia decisiva en la regulación a que se somete al niño desde pequeño y en las prohibiciones que se le imponen. Estos miedos, que quizá sólo parcialmente sean conscientes en los padres y en gran parte actúan de modo automático, se transmiten al niño a través de los gestos al igual que de las palabras; contribuyen decisivamente a la constitución de ese círculo de miedos internos que limitan el comportamiento y la sensibilidad del adolescente, y que le obligan a aceptar una determinada pauta de sentimientos de vergüenza y de desagrado, una determinada forma de hablar y unos modales específicos, tanto si lo quiere como si no lo quiere; incluso las prescripciones que se imponen a la vida sexual y los miedos automáticos que suscitan no nacen hoy sólo de la necesidad elemental de regular y equilibrar las necesidades de muchas personas que conviven, sino que tienen su origen, en parte muy considerable, en la elevada presión de tensiones en que viven las clases altas y, especialmente, las medias de nuestras sociedades.

Estos miedos se encuentran en estrecha correspondencia con el miedo a la pérdida de las oportunidades de la propiedad y del prestigio elevado, a la degradación social, a la disminución de las oportunidades en la dura lucha de competencias que influyen de modo decisivo en el niño a través del comportamiento de los padres y de los educadores. Incluso cuando, en ciertas ocasiones, las coacciones y los miedos inculcados por los padres acaban consiguiendo precisamente lo que trataban de evitar, esto es, cuando el adolescente resulta ser incapaz de triunfar en las luchas de competencia, debido a los miedos automáticos que le han inculcado ciegamente, cuando no consigue aumentar o mantener su prestigio social elevado, incluso en estos casos los gestos, las prohibiciones y los miedos paternos proyectados en los niños transfieren siempre tensiones de carácter social. El carácter hereditario del monopolio y del prestigio social se manifiesta directamente en la actitud de los padres en relación con sus hijos y el niño experimenta los riesgos que amenazan a este carácter y a este prestigio, así como el conjunto de tensiones propio del en-tramado humano en que vive, antes de saber nada de todo ello.

Esta conexión entre los miedos externos, condicionados directamente por la posición social de los padres y los miedos internos, los miedos automáticos del adolescente, es un fenómenos de un alcance mucho mayor que el que hemos expuesto aquí. No hay duda de que se conseguirá una comprensión mayor de la organización espiritual del individuo, así como del cambio histórico en los caracteres de las sucesivas generaciones, cuando estemos en una posición mejor que la actual para observar y reflexionar sobre la sucesión de las generaciones. Pero algo está ya claro: la profundidad que alcanzan en el espíritu del individuo los diferentes niveles, las relaciones y tensiones de la propia época.

No es posible esperar de personas que viven en medio de estas tensiones y que oscilan inocentemente de culpa en culpa, que se comporten de un modo que —como parece creerse hoy tan a menudo— suponga el punto culminante de la civilización. Se trata de un mecanismo complejo de coacciones de interdependencia que, a lo largo de muchos siglos, produce una transformación paulatina del comportamiento hasta alcanzar nuestra pauta actual. Estas coacciones son las que operan en el sentido de seguir modificando los comportamientos para trascender a nuestra pauta civilizatoria. Nuestro entramado social no es definitivo y mucho menos un punto culminante de una civilización, como tampoco lo es nuestra forma de comportamiento, nuestro nivel de coacciones, mandatos y miedos.

Se da además el peligro permanente de guerra. Las guerras no son sola-mente, por decirlo una vez más con otras palabras, lo contrario de la paz. Como hemos demostrado más arriba, las guerras entre pequeñas sociedades pertenecen a los instrumentos, hasta ahora imprescindibles en el curso de la historia, de la pacificación de las grandes sociedades. Por supuesto, la sensibilidad del edificio social, así como el riesgo y los trastornos que implican los conflictos bélicos para todos los participantes crecen a medida que se hace más intensa la división funcional y mayor la dependencia recíproca de los rivales. En consecuencia, en nuestra época sentimos una inclinación creciente a realizar las luchas interestatales de exclusión con medios de violencia distintos, menos peligrosos. Pero es suficientemente claro el hecho de que, en nuestro tiempo, al igual que antes, las coacciones de interdependencia desembocan en estos enfrentamientos, en la constitución de monopolios de violencia sobre zonas cada vez más amplias del planeta con lo que, a pesar de todos los sobresaltos y luchas, contribuyen a su pacificación. Y, como hemos dicho, tras las tensiones que se dan en distintas partes de la tierra, y en buena parte sepultadas en ellas, se perfilan las tensiones del escalón siguiente en el proceso. Pueden verse ya los primeros trazos de un sistema planetario de tensiones compuesto por ligas de estados, por unidades superestatales del tipo más diverso, como preludio de las luchas de exclusión y de supremacía sobre toda la tierra, presupuesto para la constitución de un monopolio planetario de la violencia, un instituto político central y de pacificación.

Lo mismo sucede con las luchas económicas. Como vimos, la competencia económica libre no es lo contrario de un orden monopolista. En todo caso, esta competencia trasciende sus propios límites y se convierte en su contrario. Vista también en esta perspectiva, nuestra época no es, ni mucho menos, un punto final o culminante por cuanto que en ella se producen procesos parciales como en los períodos de transición de estructura similar. También en este aspecto nuestra época está llena de tensiones sin resolver, de procesos de interdependencia sin decidir, cuya duración apenas es previsible, y cuyo proceso particular no es predecible, puesto que sólo su dirección está decidida: la tendencia a la limitación y superación de la competencia libre o, lo que es lo mismo, de la propiedad monopolista sin organizar, la transformación de las relaciones humanas con la que el poder sobre las oportunidades deja de ser tarea hereditaria y privada de una clase alta para convertirse en una función social y públicamente controlable. Y también en este aspecto se anuncian en la actualidad las tensiones del próximo escalón, las tensiones entre los funcionarios altos y los medios de la administración monopolista, entre la «burocracia» de un lado, y el resto de la sociedad del otro.

Únicamente cuando se hayan solucionado y superado estas tensiones interestatales e intraestatales podremos decir con mayor razón de nosotros mismos que somos civilizados. Únicamente entonces puede hacerse desaparecer del código de comportamiento que se inculca al individuo corno super- yo, todo aquello cuya función no solamente es destacar su superioridad personal, sino su superioridad hereditaria; pueden hacerse desaparecer las coacciones que determinan en su comportamiento la necesidad de distinguirse de los otros individuos, no por sus realizaciones personales, sino por las posibilidades de propiedad y de prestigio que le diferencian de los grupos inferiores. Únicamente entonces podrá limitarse la regulación de las relaciones interhumanas exclusivamente a aquellos mandatos y prescripciones necesarios para conservar la elevada diferenciación de las funciones sociales, así como el alto nivel de vida y la gran productividad del trabajo que tienen como presupuesto una división creciente de las funciones, y limitar, asimismo, las autocoacciones a aquellas restricciones que son necesarias para que los hombres puedan convivir, trabajar, y gozar sin trastornos y sin temores. Sola-mente una vez que se hayan dulcificado las tensiones entre los seres huma-nos, las contradicciones que se dan en la estructura de las interrelaciones humanas dulcificarán las tensiones y contradicciones en el interior de los hombres. Solamente entonces podremos asegurar que, en vez de ser una excepción, es una regla el hecho de que el ser humano encuentra ese equilibrio de su espíritu que solemos definir, con grandes palabras, como «felicidad» y «libertad»; un equilibrio duradero o, más bien, la congruencia entre su que-hacer social, entre las exigencias de su existencia social de un lado, y sus inclinaciones y necesidades personales del otro. Únicamente cuando la estructura de las interrelaciones humanas tenga este carácter, cuando la colaboración entre los hombres, fundamento de la existencia de cada individuo, funcione de tal modo que todos los que trabajan en la larga cadena de tareas comunes puedan alcanzar aquel equilibrio, los hombres podrán decir de sí mismos con razón que son civilizados. Mientras no llegue ese momento se encuentran en el proceso civilizatorio, obligados a seguir diciendo: «La civilización no se ha terminado. Constituye un proceso».

0 comments
Submit comment