¿Cuál es la identidad europea?

En Europa ni siquiera se conoce lo que significa libertad política, como libertad colectiva. Tampoco se sabe lo que es garantía institucional de la libertad, pues todo se confía, como en los tiempos de las Monarquías ejecutivas, a la idiosincracia mas o menos liberal de los gobernantes de turno. Si tuviera que elegir un solo elemento que distinga al espíritu europeo, no podría señalar el judeo-greco-romano ni el cristiano, pues también fueron integrados en el espíritu americano. Tampoco la inclinación a la ciencia y la tecnología o a la industrialización y el arte, puesto que son comunes. Somos distintos por la preferencia que damos a la cuestión social en la legislación, y a la demagogia socialdemócrata en el lenguaje. La elevación de los salarios por encima del mínimo vital se hizo allí por motivos económicos optimistas y aquí por razones políticas pesimistas.

Los pueblos no se unen por la identidad del factor histórico que los separó, ni para eliminar las rivalidades que agostaron sus posibilidades nacionales. Sin un peligro común que las amenace de inmediato, las naciones semejantes en desarrollo solo pueden unirse para superar la dependencia, impotencia o incertidumbre en que el presente las sitúa, ante un futuro de dominación globalizada. Si no es para hacer algo distinto en el mundo, bien está que las naciones europeas se constituyan en una unidad dominada. Así, la potencia americana no tendrá que desperdigar y coordinar su acción dominadora sobre 25 naciones.

Europa no ha sido la patria del humanismo ni suelo propicio para su arraigo. El humanismo europeo ha sido asunto de eruditos y filólogos. Grecia no tuvo conciencia de su humanismo, a no ser que confundamos cultura y civilización. En todo caso, lo agotaron los sofistas. En Roma, una familia aristocrática lo importó de Grecia para escándalo de la cultura republicana tradicional. El cristianismo, como las demás religiones reveladas, no puede ser humanista sin contradecirse. El espíritu europeo, con su dualismo cartesiano, dejó cojos los andares humanos. La pierna derecha, con botas de siete leguas, avanza sobre las cosas extensas de la técnica. La izquierda, de zocos en colodros, se arrastra, adelante y atrás, cargada con las cosas intensas del alma, sin moverlas una pulgada.

El humanismo nació en China como “armonía del ritmo de la hora física con el ritmo de la hora moral”. La conciencia del tiempo se crea en Asia con simultaneidad o duración. Por eso el brahamanismo, no siendo humanista, puede explicar el humanismo budista, donde la ternura de Buda, equivalente a la caridad de Cristo, permitió prescindir del sacerdocio. La diferencia del humanismo hindú con el chino consiste en que aquél es una religión y una moral sin historia, mientras que éste es una política, una historia y una ética. Ghandi introdujo la política y la historia con un ardid humanista. No el de su resistencia pasiva y boicot a las manufacturas inglesas, eso concernía a la acción práctica, sino el de una acción espiritual acorde con la religiosidad india. Convenció a las masas de que la Independencia era cuestión de dignidad y lealtad consigo mismo, de honorabilidad con los demás, antes que un asunto político o de logro material. La no violencia hizo protagonista de la historia a masas hasta entonces despreciables. En la misma época, Europa experimentó lo peor de la humanidad, y Asia, lo mejor del humanismo.

Aunque intervengan otros factores, los grandes fracasos políticos, como el de la Constitución de la UE, deben explicarse ante todo por grandes causas políticas. Más potente que la idea de federar a los pueblos bajo una sola bandera ha sido la idea nacionalista de mantenerlos no ya separados sino enfrentados a muerte. Esto explica que los federalistas europeos se inspiraran en los movimientos culturales y económicos donde el nacionalismo parecía inclinarse ante el internacionalismo, como en Francia bajo el Segundo Imperio, o había sido superado en federaciones interiores, como en Suiza o Alemania. Por eso, se debe transformar la UE en una Federación basada en la democracia de sus Naciones, y no en la oligarquía de sus Estados de partidos.

El pasado colonialista, por ejemplo, puede justificar la desconfianza ancestral de África y Asia hacia Europa, pero el actual neocolonialismo de EEUU, que hace benigno al europeo, no es ya elemento diferenciador entre las madre-patrias de los pueblos occidentalizados. Esto no significa que la uniformidad de la industrialización, la tecnología, la economía de consumo y la comunicación instantánea hayan borrado por completo las diferencias culturales que la economía de producción produjo en los pueblos agentes de la civilización occidental. Las semejanzas formales son engañosas. Unas mismas instituciones y una misma legislación pueden encarnar diversos espíritus nacionales, así como recrear valores éticos tan divergentes como los de la Europa protestante y la católica. ¿Cuál es la identidad europea?

A.G.T.

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