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Estupendo

Un desnudo insólito

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En la National Gallery de Londres, un óleo, de 1,23 por 1,75, atrae la mirada de todos los visitantes. Lo correcto del trazo, la idoneidad del color y lo acertado de la luz llaman tanto la atención como la belleza de la modelo, que, yacente sobre una tela sugestivamente esbozada, de espaldas al que la contempla, ve reflejada su imagen en el espejo que un niño alado sostiene con ambas manos en el ángulo oscuro de la tela. No es otro este lienzo que la «Venus ante el espejo» del maestro entre los maestros : Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Pintado en los alrededores del año 1657, casi al final de su vida y en el cénit de sus facultades plásticas, esta obra culmina una existencia de trabajo, cuya única meta no fue otra que la de alcanzar la perfección en el difícil arte del pincel.

Traspuestos los primeros momentos de embebecimiento ante la belleza que se nos ofrece, y tras el asombro en que nos sumerje lo perfecto y arduo de su ejecución, cuando nos evadimos de la inmersión en lo estético (no sin esfuerzo, tanto es el atractivo del cuadro) y pasamos a reflexionar sobre el tema representado y la forma en que ha sido tratado, quedamos sorprendidos, inquietos, heridos en ese profundo repliegue del alma humana que en todo hombre deja anidar su caudal de ideas prefabricadas, y en el que halla cabida la de suponer una cierta aversión por el desnudo por parte de la pintura renacentista española.

«Ave raris» es ciertamente un desnudo en la pintura de nuestros maestros, pero más aún en Velázquez, si de una mujer se trata. ¿ Qué significa este desnudo dentro de la obra velazqueña ? Queramos o no, nos vemos forzados a buscar una solución intelectual que nos devuelva el reposo.

La Venus ante el espejo, tema del lienzo de Velázquez, inmortaliza un caso evidente de narcisismo especular. ¿ Cómo podía este pintor, dominado por esa fuerza invisible y permanente que matiza su pincel siempre bajo el mismo signo, enfrentarse con el cuerpo desnudo de una mujer? Pues tan sólo de una forma: retirándole en parte sus atributos de feminidad, ¡Y qué atributo más femenino que el de la postura de entrega, de expectación, de esa actitud prometedora con que los demás maestros de la pintura han plasmado en sus telas la imagen de la mujer desnuda! . Velázquez la vuelve de espaldas a esta realidad tan femenina y la sumerge en una actitud de entrega a sí misma, actitud mucho más viril que femenina. Velázquez, al proyectar el cuerpo y la mente de su modelo ante el espejo en que se refleja la curva elástica de su silueta, sustrae lo más femenino de la mujer: la invitación al que la contempla.

Cuando Velázquez pintaba su Venus, Rubens daba la pauta de la mujer femenina por excelencia : pletórica, carnosa, expectante. Nuestro maestro de un pincelazo barre el modelo prevalente y nos lanza en una dimensión desconocida. Cierto que Rubens, en pleno barroquismo de expresión plástica, ha rellenado las paredes de nuestros museos de una pléyade de figuras exuberantes, de un torrente abrumador de carne rubia, tan poco habitual, que no sería justo el enjuiciar la línea de conducta de nuestro pintor a través de la obra de aquél.

Mejor será que posemos nuestra mirada sobre otro contemporáneo de Velázquez, Poussin, y que establezcamos una comparación entre las Venus que el genio particular de cada uno ha legado para recreo de nuestro espíritu contemplativo. La «Venus acostada», de Poussin, despliega ante nuestros ojos la estampa de una joven reclinada, suavemente tendida, en una postura de reposo vigilante. El perfil de su rostro, del rostro de una muchacha que acaba de doblar el cabo tormentoso de su pubertad, no nos permite afirmar si está durmiendo o sueña tan sólo. La posición de la pierna derecha en flexión, el escorzo del brazo del mismo lado que parece impedirnos el acceso a sus pensamientos, nos invitan a considerar que esta doncella de facciones voluptuosamente redondeadas hace desfilar por su mente un ensueño amoroso. A sus pies, y en confirmación de esta sugerencia, un ángel regordete, un amorcillo, entresaca una flecha de un carcaj en cuya oquedad resuena aún el eco tembloroso de la anterior pasión que despertó, dudando entre herir a la doncella o dejarla sumisa en su intacta virginidad.

Frente a esta imagen en la que la inocencia sueña con dejar de serlo, Velázquez en su Venus perfila la silueta de una mujer cuya carne elástica, tensa, guarda junto a la pureza de la línea la frialdad de una doncellez apretada sobre sí misma. Frente a la carnosidad cálida, generosa, infantil, de la Venus de Poussin, la estilización correcta, eurítmica, tensa, de la Venus velazqueña nos hace olvidar que estamos frente a una mujer, para mi gusto la más bellamente interpretada por pintor alguno.

Y así, ese desnudo, en principio insólito en la pintura española del siglo XVII, deja de serlo al desentrañarnos su esencial interrogante: La Venus de Velázquez no es una mujer, es tan sólo, simplemente, un intento de mujer ante el espejo.

A.B.

Written by PtPk

February 24th, 2010 at 10:40 pm

Posted in Pintura

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