Abandono amoroso

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El medio más poderoso para embellecer una cosa o una criatura es amarla. Pero siendo la atención, fragmentaria, y la inclinación, inconstante, lo bello se presenta de manera gradual y contrastada. Solo podremos asociar la idea de perfección a una concepción de la belleza que se sumerja en un “sentimiento oceánico” o “en una especie de silenciosa desaparición de toda nuestra existencia en lo inmenso” (Freud). Los afanes cotidianos, las circunstancias y el entorno más próximo, se empequeñecen ante ese vasto horizonte. En el estado de flotación anímica que la fusión amorosa comporta, las cosas pierden su gravedad opresiva.

Cuando los guardianes del orden real amonestan a los que han sucumbido a los encantamientos del amor, exhortándoles a abandonar las ilusiones acerca de un estado de cosas, están también incitando a que se abandone ese estado de cosas que necesita ilusiones. El amor es una ficción esencial, un error necesario, una anestesia, una esperanza de salvación en una selva de egoísmos.

Lo que sucede, según Denis de Rougement, es que “el amor feliz no tiene historia. No hay relato sino del amor mortal, esto es, del amor amenazado y condenado por la propia vida. Lo que exalta el lirismo occidental no es el placer de los sentidos, ni la paz fecunda de la pareja. Es menos el amor consumado que la pasión de amor. Y pasión significa sufrimiento. Eso es lo fundamental”. La angustia de lo imposible.

Si el amor es la religión menos costosa (o “más barata”, como decía Pavese), la clave de su invención y entendimiento será teológica, sacrificial. Los amantes ocupan el lugar de las personas del Dios trinitario, y ofrendan al absoluto su renuncia y sufrimiento. Jamás el amor inflama a Tristán tanto como cuando se encuentra alejado de su dama. Las separaciones de los amantes responden a una necesidad interna de la pasión. “Si aman el obstáculo y el tormento que de él resulta, es porque el obstáculo es una máscara de la muerte, y la muerte es la garantía de una transfiguración, el instante en que lo que era noche se revela como luz absoluta” (Rougement). La agonía romántica que ha surcado nuestro imaginario se alimenta de un deseo de muerte.

Si la muerte es lo que sentimos cuando estamos despiertos, resulta crucial no estar dormidos. Esta fue la divisa de Don Juan, que quiso ser sobre todo un burlador de la muerte. Y por eso se mantenía desvelado noches enteras con el pretexto del amor. No quería cerrar los ojos a la verdad que sentimos cuando estamos despiertos: a la certeza inaplazable de la muerte. Por eso, de la aventura, importa menos su contenido que la forma, intensa, extrema, con que nos hace sentir la vida.

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