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Architecture is the objectification of the values humans hold essential to living: these values are made concrete by building and using the structures that form our environment.


Architecture has three attributes. (An attribute is that which is essential to a system–without which the system either ceases to be or becomes something else.) It shelters a human’s life; produces an efficient arrangement of space and utilities; and expresses the best of human life (the values that make life possible and worth while).

Architecture distinguishes between existence and living. The attributes of shelter and arrangement are primarily utilitarian. The attribute of expression is primarily aesthetic. All three must be harmoniously integrated, one with the other.

Architecture is created by transforming problems of shelter and arrangement into the expression of an explicit lifestyle, aesthetically practicing specific values. Utilitarian concerns–bricks, boards, aluminum, glass, steel–are the medium of the architectural art.

Architecture is the sound track to a person’s life; expressing, leading, teaching, sometimes pushing–generally providing embellishment, highlight, focus, punctuation to that life and its meaning.

The three attributes must be in harmony, but they do exist in a natural hierarchy. The structure, or shelter, may allow a few feet one way or another and still properly shelter. Arrangement may allow a few inches (for most concerns) and still be efficient. Expression is usually a hairline concern: aesthetics is the fine tuning of the system.

The function of architecture is to create a proper environment for human beings according to their nature as a race, and as individuals. To function, architecture must be an expression of life, as well as a shelter for it. In a masterpiece work, one can find no element that does not reflect all three attributes of architecture as one.

Lifestyle and use is the basis of all architectural theory and practice. In art, the artist eliminates the insignificant by focusing on what is important (to the artist). The art of architecture allows nothing to become unimportant by making every action within the environment an act of living art. This is done by expressing the essence of those values deemed important to life in concrete form, and by practicing those values through creative ritual and ceremony.

Architecture and the architect are not only expressing the values of a culture but creating the physical environment that alters, reinforces, expands or negates those values.

Architectural philosophy cannot start with design philosophy but must constantly address the focus: what is (can be) a human be-ing; what is (are) the proper life styles for human beings?



Great architecture is a self-aware process.
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Antes de publicar la Crítica del Juicio en 1790, Kant ya había abordado en 1764 el argumento de lo bello y lo sublime en un breve opúsculo titulado Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime1. Es interesante que en esta obra Kant, desarrollando el tema en cuatro secciones, hace más un abordaje descriptivo de las semejanzas y diferencias entre lo bello y lo sublime, privilegiando “más bien el ojo de un observador que el de un filósofo”, como él mismo dice al inicio del texto. En la Crítica del Juicio, en cambio, el tema será retomado en toda su profundidad y estableciendo la relación del elemento estético con los otros elementos del pensamiento kantiano ya que la facultad del juzgar hará una especie de función intermediaria entre el entendimiento (razón pura) y el actuar (razón práctica) mediante la reflexión que posibilita subsumir lo particular en lo general.
Conviene recordar, en referencia al tema que nos ocupa, que Kant toma como punto de partida para su Analítica de lo sublime, lo que ve de común entre la facultad de juzgar lo bello y la de lo sublime: “lo bello coincide con lo sublime en que ambos gustan por sí mismos, y, además, en que ambos presuponen no un juicio que se defina por los sentidos ni lógicamente, sino uno de reflexión; en consecuencia, (…) el placer va asociado a la mera exposición o a la facultad de ésta, de suerte que, en una intuición dada, la facultad de la exposición o la imaginación se considera concorde con la facultad de los conceptos del entendimiento o de la razón, resultando así favorable a la última. De ahí que también las dos clases de juicios sean individuales y, sin embargo, se presenten como teniendo validez general para todo sujeto, a pesar de que no aspiren sino al sentimiento de agrado y no a un conocimiento”. Lo extenso de la cita nos permite sacar varias conclusiones interesantes: primeramente, dice Kant que tanto en lo bello como en lo sublime hay un juicio de gusto el cual no se debe ni a un placer sensible (lo deleitable) ni a uno racional (lo bueno). Esto es posible por la mediación de la imaginación que, lejos de ser una facultad pasiva, simplemente reproductora como hasta el momento se la podía considerar, pasa a ser una facultad activa que establece una suerte de concordancia entre lo individual del juicio de gusto (de lo bello o lo sublime) y la validez universal de tal gusto aplicable a todo hombre. A mi entender en esta cualidad activa o productora de la imaginación, podrá Kant fundar posteriormente la autonomía del arte y del gusto estético ya que no necesita estar ligado ni a conceptos ni a fines prácticos, se mueve entre ambos.

Si nos centramos más directamente en las diferencias entre lo bello y lo sublime que Kant presenta en la obra en análisis, poder comenzar diciendo que lo bello en la naturaleza “afecta a la forma del objeto” lo que hace que la misma se presente como limitación; lo sublime, contrariamente, no puede encerrarse o circunscribirse a ninguna forma de un objeto, “se representa en él o mediante él, lo limitado, aunque concebido, además, como
totalidad”. De ello podemos deducir, junto con Kant, que lo bello se halla ligado a la cualidad y lo sublime, en cambio, a la cantidad. En sus Observaciones sobre el asentimiento de lo bello y lo sublime, Kant expresaba de un modo más “fenomenológico”, por así decirlo, los sentimientos que ambos juicios despiertan: lo sublime conmueve, lo bello encanta. La figura del hombre absorbida por el sentimiento de lo sublime, es seria y alguna vez fija y elevada. Al contrario, el vivo sentimiento de lo bello se manifiesta por cierto esplendor brillante en los ojos, por la sonrisa, y muchas veces por una alegría estrepitosa. Alguna vez el sentimiento de lo sublime se halla acompañado de horror o de tristeza; en algunos casos de una tranquila admiración, y en otros se halla ligado al de una belleza extendida sobre un vasto plano. El placer que produce lo bello es más directo y positivo, la imaginación juega y se adquiere una sensación de calma apacible; lo sublime agrada indirectamente ya que lo intenso de la cantidad provoca un desbordamiento que deja sin respuesta o sólo admiración y respeto ante “lo imponente”. Esto es lo que Kant llama “agrado negativo”.
Pero Kant señala una diferencia aún más importante entre lo bello y lo sublime: lo bello se presenta como “predeterminado” para nuestra facultad de juzgar, como que entrara en coincidencia perfecta con lo que a ella compete constituyendo así el placer; en cambio lo sublime, casi se nos impone y “puede parecer inapropiado para nuestra facultad de representación y como si violentara la imaginación y, no obstante, tanto más sublime se juzga”.
Refiriéndose a lo sublime específicamente, Kant expone que lo ilimitado puede ser tomado en dos acepciones: lo ilimitado en su extensión, que nos da lo sublime matemático, o lo ilimitado en potencia, que es lo sublime dinámico. Al hablar de lo sublime matemático, Kant se está refiriendo a “lo absolutamente grande (…) lo grande por encima de toda comparación”. Lo sublime es aquello en comparación a lo cual toda cosa es pequeña, al punto tal que nuestra imaginación se ve superada y debe dirigir su intuición no ya a la naturaleza sino a las ideas. Esto es lo que Kant llamará la facultad suprasensible que llevando a la imaginación más allá de los sentidos le hará posible tener una idea de lo infinito. De este modo lo sublime ya no será el objeto “sino el estado de ánimo provocado por cierta representación que da ocupación a la facultad de juzgar reflexionante. (…)
Sublime es lo que, por ser sólo capaz de concebirlo, revela una facultad del espíritu que va más allá de toda medida de los sentidos”.
Por otra parte, lo que Kant llama lo sublime dinámico, se presenta en la naturaleza como una fuerza superior a cualquier resistencia, lo que provocará en nosotros sentimientos de temor, dado que no nos es posible resistirlas u oponernos a ellas. Este temor despierta en nosotros una superioridad para elevarnos sobre tal impotencia y juzgar como pequeño lo que nos aqueja ya que en nosotros hay una tendencia mucho mayor a tal impotencia.
Digámoslo mejor con el mismo Kant: “lo sublime no está en ninguna cosa de la naturaleza, sino sólo en nuestro espíritu, en cuanto somos capaces de adquirir conciencia de ser superiores a la naturaleza en nosotros y, con ello, también a la naturaleza fuera de nosotros (en cuanto influye en nosotros)”.

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El amor instintivo, atracción a primera vista, fascinación que al instante y al unísono transforma cuerpo y alma de enamorados, no tiene arte, no procede del arte y sucumbe ante la sospecha de arte. Compuesto de artificio y habilidad, el arte de amar es incompatible con el amor natural y espontáneo. No es amor lo que pone su procura en la busca de ocasiones y objetos sexuales para poseer, como tampoco si la pone en la cuidada diligencia de sujetos amantes. Donde hay arte de amar objetos de deseo, como en el de Ovidio, o deberes de amante, como en el de Fromm, no tiene cabida el amor recíproco enajenado del mundo. El enamoramiento de mujer y hombre, único del que me permito hablar, es radicalmente original. No se confunde con los demás sentimientos amorosos. Un texto tan celebrado como el de Saint Exupery (“yo que, como todos, experimento la necesidad de ser reconocido, me siento puro en ti y voy hacia ti, tengo necesidad de ir allí donde soy puro”), a pesar de su equivocidad, no se refiere al amor, sino a la amistad. Palabras que no son apropiadas al amor absolutista, ni serían dichas por el amor exclusivo de enamorados que no sienten estar necesitados de ser reconocidos en la necesidad de ser correspondidos.
El amante correspondido no se siente puro, como dice el poeta, en la pureza del otro, ni va a él para sentirse puro. Entre los tipos de pureza en los sentimientos morales, ninguno iguala o supera la del amor en sí del enamorado, que no es amor de si mismo ni para si mismo, que no quiere poseer sino ser poseído, que desea dar más que recibir, que expande su egoísmo transformándolo en oceánico altruismo. El amor puro, por la pureza del objeto amado, no es pureza de amor, pero inspira y alimenta esos sublimes amores que se vierten en vocaciones de entrega abnegada a la caridad, la ciencia, el arte..
Si en el amor de enamorado hay pureza de amor, pero no pureza del amor, es por su inmanencia correspondida en otra inmanencia, por sentimiento con pureza de amor sin la pureza del amor trascendente o vocacional. No hay amantes de vocación. El amor genuino, tan íntimo y pudoroso como personal y consuntivo, no cristaliza. Si parece inefable, o incluso incomunicable, no es tanto por defecto de vocabulario erótico o de acción novedosa, como por exceso de pasión no posesiva. Se sabe hablar de lo que se posee, no de lo que te posee. El amor que se preocupa de su duración ha comenzado a marchitarse, a temerse, a postergarse en aras del afecto común que se cristaliza.
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