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lanada.

La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción cada hombre es artista completo, es el presupuesto de todo arte figurativo, más aún, también, como veremos, de una mitad importante de la poesía. Gozamos en la comprensión inmediata de la figura, todas las formas nos hablan, no existe nada indiferente ni innecesario. En la vida suprema de esa realidad onírica tenemos, sin embargo, el sentimiento traslúcido de su apariencia: al menos ésta es mi experiencia, en favor de cuya reiteración, más aún, normalidad, yo podría aducir varios testimonios y las declaraciones de los poetas.

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Catrab

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orfeo-y-la-tradicion-orficaLa discusión sobre la naturaleza y el alcance del orfismo ha dado lugar en épocas pasadas a respuestas dispares y exageradas. Unos afirmaron que lo órfico desempeñó un enorme papel en la religiosidad y en la filosofía griega antigua, otros lo consideraron un fenómeno marginal e incluso se llegó a negar su propia existencia. La situación cambió radicalmente con el hallazgo de nuevos documentos fundamentales (como las laminillas de oro, el Papiro de Derveni o las láminas de hueso de Olbia) que arrojan nueva luz sobre la cuestión y que vuelven a apoyar la existencia de lo órfico. De ahí que el título hable de un «reencuentro». Libro de consulta que permite un acceso rápido y cómodo al estudio del orfismo y de la figura a la que se atribuía este movimiento religioso, el mítico poeta Orfeo. En él, se analizan en detalle los aspectos literarios, filológicos, filosóficos, artísticos, religiosos y doctrinales más relevantes y significativos de lo órfico, brindando una panorámica general y sintética de cada uno de los temas tratados, y permitiendo también dar respuestas precisas a quienes aborden el estudio del orfismo desde sus respectivos intereses y especialidades. La obra va dirigida a todos aquellos que se sienten atraídos por la fascinación que siempre ha ejercido la enigmática figura de Orfeo, la poesía y las creencias órficas, en la confianza de que, con su ayuda, sabrán encontrar respuestas y plantearse nuevas y sugerentes preguntas.

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Roland-Barthes

Quizá sea Fragmentos de un discurso amoroso (1977) el libro de no-ficción más sorprendente jamás escrito (valga la exageración como muestra que quiere acertar en la diana), una penetrante antología del sentimiento del amor y sus secuelas. Roland Barthes consigue una proeza, alejarse del academicismo sin abandonar un lenguaje estructural, además de un éxito de ventas homérico para alguien que ha dedicado su esfuerzo intelectual a la semiología (otro caso similar sería Umberto Eco). La tirada original (Editions du Seuil) había totalizado 15.000 ejemplares, publicándose a lo largo de 1977 otras siete ediciones: 79.000 ejemplares. En 1989 se habían vendido 177.000 (decimosexta edición francesa).

A modo de sujeto ficcional, Barthes reconstruye las escenas amorosas y las figuras que dan vida y muerte al enamorado. Una vez más, lenguaje y realidad componen la veracidad de un lugar para la cotidianidad. Las certezas del lector son las pulsiones vivenciales de la escritura, arrojadas a la comunicación, que el autor ha experimentado. En mayor medida, Penas del joven Werther (1774), de J. W. Goethe, cosechó un éxito parecido (o aún mucho mayor) en plena apoteosis del romanticismo alemán provocando una conmoción en toda Europa. El wertherismo, sujeto amoroso en la cúspide del deseo, del desgarro por amor, se vive como una epidemia social en oposición a la racionalización incipiente de Occidente, y como expresión radical de la conjura romántica. Alfredo Paz ha calificado esa sensibilidad desmedida como el mal del deseo (A. Paz, La revolución romántica, 1992, cap. 7, pag.55 y siguientes), el deseo angustiado incapaz de alcanzar su objeto. Werther, como prototipo del romanticismo centro-europeo, es el sujeto enclaustrado en su propio deseo.

Barthes utiliza el Werther de Goethe como hilo argumental de la escenificación amorosa. Las figuras reseñadas en el libro, ya sean actos de afirmación o negación, vienen a desposeer al ser del sujeto amoroso. Sin embargo, no hay diagnóstico para la enfermedad romántica. Esta se hace inherente a la estructura socio-política de la época. Lo que hay son los síntomas de la experiencia interior que, desde la circunstancia erótica, George Bataille elevó a la categoría de lo sublime. Werther es aniquilado por su deseo: los actos deseantes se convierten en gestos del fetichismo. El síntoma de este desgarro se visualiza cuando Werther besa la cinta que Carlotta le ha dado. El enamorado es un exiliado: todas las escenas le arrojan fuera de sí mismo.

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Luces de B

La acción en un Madrid absurdo, brillante y hambriento.

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