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La Fiera

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Lo mejor es comenzar metiendo miedo en el cuerpo. Basta recordar aquella imagen de Barceló, encaramado en un andamio, participando en una video-conferencia con Moratinos & Cia. Eso es, no tengo otra palabra mejor para caracterizarlo, demoledor. Luego vino, como todo el mundo sabe, la escandalera de lo que un tertuliano, en mi presencia, calificó como la “mamandurria” (se refiere a la cúpula de la ONU). Cuando todavía estaban cayendo chuzos de punta pasaron por Televisión Española un documental sobre el asunto que era un exponente estricto de propaganda política. Allí podíamos ver, entre alabanzas y éxtasis místicos del cuerpo diplomático, al pintor heroico empuñando una manguera descomunal de la que salía un material que parecía infecto. Pero el horror estético no terminó con aquel remake de las Cuevas del Drac; resulta que Barceló quería ir a la Bienal de Venecia. Se le antojaba y no tenía pudor a la hora de pedir algo que no se le podía negar después de la soberbia contribución a la ornamentación de la “alianza de civilizaciones”. Es el primer caso, que sepamos, de artista que se auto-invita y de comisario que cobra conciencia de que lo es por obra y gracia de la prensa. ¿Cómo iban a impedir que tomara posesión del Pabellón de España en los Giardini después de su aparición estelar en el video de la ceja? Además es precisamente ese gesto de perseverar en el desastre, sostenerla y no enmendarla lo que, desde el retorno del último de Filipinas, nos caracteriza. Los políticos están hartos de la tropa del arte que primero pide las “buenas prácticas” y luego monta en cólera cuando nos representa el que, según dicen “los que saben”, es el mejor pintor del mundo mundial. Como unas plañideras oxidadas entonan la letanía de que el arte español no sale de sus fronteras y precisamente cuando asume el brazalete de capitán uno que habita igual los desiertos de Malí que las callejas parisinas, nos ponemos como hienas a reírnos y a buscar la carroña.

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La literatura del «establishment», los títulos que, con mejores o peores artes (en todo caso, con artes que no tienen nada que ver con méritos literarios, sino con prácticas de mercadotecnia), copan los canales de venta y los medios de comunicación, destacan por su asombrosa falta de calidad, su indigencia estética, su cortedad de pensamiento. Con ser todo esto grave, lo peor de esta literatura, de esta novelística en especial, es que a la manera del caballo del Atila está dejando arrasado el campo; en su afán por arramblar con cuanto pueda venderse está convirtiendo el terreno literario en un solar.

En su empeño por hacer descender la literatura al gran público, al público comprador (so capa de que están promoviendo la cultura), las grandes editoriales, como Alfaguara y Planeta, y los escribientes al uso no tienen empacho alguno en hacer descender consecuentemente el nivel estético (uso indiscriminado del lenguaje simplón, que no es lo mismo que sencillo), el nivel técnico (historias fáciles, sin segundas, sin mensaje) y el nivel de pensamiento (no hay que hacer pensar a la gente, no sea que alguno se ofenda o se sienta molesto). La excusa es que lo importante es «comunicar», lo que cuenta en el fondo de todo es «contactar con el público», al precio que sea; la realidad es que lo que importa es «vender», «a cuantos más mejor», «haciendo todas las concesiones que haga falta». Este principio de la «comunicación» a toda costa (repetimos que falso, porque lo que cuenta en literatura no es conectar con muchos sino conectar con sinceridad y profundidad) se ha convertido en la regla de oro, en el principio estético por antonomasia de nuestros tiempos, un dogma que nadie osa rebatir.

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“La vida política es insoportable”, “si fuera político dimitiría”, ha declarado no hace mucho en un programa de televisión, pero lo cierto es que el magnate José Manuel Lara Bosch mueve los hilos de los principales partidos políticos de España a su antojo, siempre en beneficio de su estructura empresarial.

Lara es un claro ejemplo de lo que puede ser considerado como el Poder en este país. Es uno de los empresarios más ricos de España (no aparece en Forbes al no cotizar sus bienes en bolsa), y su conglomerado empresarial abarca sectores tan dispares como la biotecnología (Plasma Biotech), el mundo financiero (Banco Sabadell) y, especialmente, el sector mediático y editorial (Planeta, Atresmedia, La Razón, Onda Cero, Casa del Libro, y un extremadamente largo etcétera).

Pero el de Lara no es un poder coyuntural, como el político, cuyos líderes van rotando con el tiempo, sino estructural: su cargo es heredado (su padre José Manuel Lara Hernández inició el imperio), y en su biografía puede comprobarse que dispone de un título nobiliario creado en el siglo XVII: es Marqués del Pedroso de Lara. Por lo tanto, Rajoy, Aznar, Mas o Griñan, pasarán, la familia Lara permanecerá.

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Esta fue la expresión que utilizó en 1930 Ortega y Gasset para denunciar el intento del Rey de saldar sin rendir cuentas de los ignominiosos años de la dictadura de Primo de Rivera, utilizada por la monarquía como burladero, dando paso al gobierno Berenguer como si nada hubiera ocurrido. Ochenta y tres años después los Borbones promovidos por otro dictador, Francisco Franco, parecen repetir la apuesta.

Como si el “escándalo Nóos” no fuera ya claramente el “caso Familia Real”, los herederos de aquella saga de predestinados, al amparo de una Constitución que les blinda con el autocrático privilegio de la impunidad, pretenden pasar de nuevo página y endosar a beneficio de inventario el presunto latrocinio practicado con una pericia propia de las organizaciones criminales. Sin embargo, ya no valen excusas tipo “lo siento, no volverá a ocurrir”. No estamos ante una cacería de elefantes. Son personas las afectadas, millones, seres humanos, aunque súbditos por mor de una transición infringida al pueblo llano por el consenso de las cúpulas partidistas, las mismas instituciones que han permitido que la crisis desatada por los poderes financieros se impute a los trabajadores. Hoy, aquí y ahora, aunque el silencio atronador de los medios de comunicación del sistema, la indigencia intelectual de nuestra rancia “intelligentsia”, el absentismo cómplice de los púlpitos y la declinación ética de los sindicatos mayoritarios lo solapen, el sufrido pueblo español empieza a clamar desde lo más sentido “delenda est monarchía”.

Concebida bajo el axioma vitalicio de una colectiva “presunción de inocencia”, el interés de una Familia, que como su patrocinador político no responde más que ante Dios y ante la Historia, está directamente enfrentado al bien común. Otra vez confunden el interés del general con el interés general. Literal y clónicamente. Porque, gracias siempre al amparo de una Constitución pret a porter, el Jefe de la Casa Real es también el jefe de las Fuerzas Armadas, el Generalísimo. Pero ni siquiera la extrema coacción que esa medida supone para los ciudadanos puede utilizarse en una democracia para reeditar la devotio ibérica. Como metaforiza la sabia sentencia, a veces es justo y necesario que un hombre muera por todo un pueblo, pero nunca al revés, que un pueblo muera por un solo hombre. Y de eso hablamos en estos momentos. De la situación de emergencia humanitaria a que están llevando al país la bárbara explotación de los poderosos cobijados bajo esa capa de Luis Candelas que llaman Marca España, el saqueo de la riqueza nacional acumulada durante generaciones y la lacerante derogación de los derechos conquistados con sacrificios sin límites. Como afirmó el admirable Miguel Torga “la única manera de ser libre ante el poder es tener la dignidad de no servirlo”.

 La commedia é finita.

 Rafael Cid

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Crítica acompasada de Un calor tan cercano, de Maruja Torres

 Apenas se leen unas pocas páginas de esta novela, se advierten dos cosas: 1ª.- Que su autora está convencida de que cualquiera puede escribir una novela; que no hay más que ponerse a contar cosas. 2ª.- Que Torres no tiene ni idea de lo que es una novela. Resulta evidente que nunca ha tenido un momento de reflexión sobre este género. Sin duda, debe de estar encantada con aquella memorable chorrada que Juan Palomo, uno de los puntales del ABC Literario, cita casi todas las semanas -añadiendo con arrobo indisimulable: Cela dixit-, la cual afirma que novela es todo aquel libro debajo de cuyo título se puede poner la palabra novela. Esto es una falsedad (sobre todo si partimos de la idea -que, incomprensiblemente, no todos los novelistas comparten- de que una auténtica novela es una obra de arte literario) y sólo puede habérsele ocurrido a alguien que, como Cela, no ha sabido nunca lo que es una novela. La novela es una forma de expresión de los valores estético-literarios que, como tal, tiene unas reglas que se pueden y deben obedecer y transgredir, multiplicar y reducir y, todo ello, desde cada obra particular, desde su estructura única e irrepetible, no desde ninguna preceptiva. Siendo complicado e intentando complicarle la vida al lector, diré que es una forma de expresión de los valores estético-literarios construida por un novelista, merced a una gracia especial que le otorga Satanás, no Dios, pues, como decía Julien Green, “la novela es un género peligroso”. (V. en mi Teoría de la novela, Barcelona, Anthropos, 2005, mi refutación a la boutade de Cela, en la que tanta ineptitud se ampara.)

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Desde estas fieras páginas no nos hemos cansado nunca de arremeter contra esos críticos poltrones, cobardes y venales que sostienen el actual y lamentable estado de la cosa literaria. Tipos como Sanz Villanueva, García Posada, Ignacio Echebarría, Rafael Conte, Darío Villanueva, Pozuelo Yvanco, Carlos Mainer (y tantos otros, la lista es muy amplia y abarca a casi todos) que, en un claro ejercicio de negligencia, seguramente interesada, no critican en absoluto (aún más, fomentan y publicitan) esas obras “literarias” que con una escandalosa falta de valores estéticos e incluso de una sintaxis medianamente correcta acaparan las listas de ventas y dominan el panorama. Acaso, sí, cuando la mentira amenaza con resultar escandalosa, o más sencillamente, cuando se pone de moda ser rebelde y “denunciar”, entonces denuncian la escasa calidad de las novelas y poemas que se “fabrican” (nunca mejor dicho) actualmente, pero sin dar ningún nombre concreto, sin señalar a nadie en particular, sin ni siquiera extender la acusación a un colectivo, a una editorial, a un ente físico, sino hablando en general y tan por lo extenso y abstracto que enseguida sus palabras se pierden en el limbo. Allí les tendremos, apenas una semana después, alabando y calificando con cinco estrellas y como obra maestra definitiva todo aquello que hacen los autores que venden o los autores en torno a los cuales suena el dinero, y silenciando, ninguneando, o, lo que es más ruin, cebándose para demostrar que son críticos implacables con los maletillas que empiezan o con aquellos que no tienen suficiente dinero para comprar un elogio de su erudita pluma.

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