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El bronce fue la primera aleación verdaderamente útil obtenida por el hombre. Tanto, que dio nombre al período prehistórico de su alumbramiento. Empuñada con valor y suficiente crueldad, una espada de bronce conquistaba el mundo. ¿Pero qué es el bronce? Pues es, fundamentalmente, cobre con un 5% de estaño. Tan sólo ese poco estaño convierte la maleabilidad y ductilidad del cobre en la acerada dureza del bronce. Igual sucede con las sociedades, que una pequeña proporción de cierta clase de hombres convierte un rebaño mansurrón en una fiera horda.

En la guerra, los más duros son los que se señalan y son represaliados; o los que van al frente y, consecuentemente, son los que mueren. Quizá el paradigma de la ciudadanía valerosa sea la alemana de la Segunda Guerra Mundial; ésa que defendió Berlín hasta la extenuación: decenas de miles de jóvenes, casi niños, cayeron ante los fusiles rusos.

Por suerte para Alemania, casi todas sus hembras en edad de merecer fueron violadas repetidamente y preñadas por los eslavos rusos, que tampoco eran cobardes precisamente, muchos de ellos venían de defender Stalingrado o Moscú. De ahí que Alemania se alzara en pocos años y siguiera teniendo su espíritu ciudadano incólume. Pero en la extenuante Guerra Civil Española el esperma de los muertos indomables no fue sustituido más que por la espermatorrea de los cobardes, los estraperlistas y los meapilas.

Los muertos en la Guerra Civil —las cifras son realistas— fueron unos 500.000, más o menos. La mitad, murieron en los frentes. Unos 60.000, en las retaguardias, en bombardeos, o como efectos colaterales. La estimación de muertos fuera del frente, los ejecutados, fusilados, como consecuencia de la Guerra Civil Española puede cifrarse en 190.000. De ellos, unos 50.000 fueron muertos en la retaguardia de la zona republicana; y otros 100.000, en la retaguardia de la zona franquista. A estas cifras hay que añadir alrededor de 40.000 muertos en la represión que siguió a la guerra en forma de prolongadísimo goteo de ejecuciones sumarias —sin garantías procesales, o sea, viles asesinatos—.
Se calcula que, como consecuencia sólo de esos fusilamientos, hubo una merma de natalidad en España de unas 600.000 personas; y si se toma como base el total de muertos en la Guerra Civil, de unos 2.000.000 de personas que vivirían hoy. ¿Lo veis? Es el 5% de la aleación que nos falta a los españoles: Esos “no nacidos” hubieran sido los valientes capaces de oponerse al franquismo y al postfranquismo, dignos hijos de quienes eran. Franco, ese grandísimo hijo de puta, sabía todo esto. Y no dejó ni uno. Como si fuera un jardinero experto en las leyes de Mendel y en la teoría de Darwin, lo que dejó vivo era fiel portador de esa cobardía genética que él cultivó con mimo, porque le iba en ello su supervivencia como tirano.

Así es, amigos lectores: cosa de las aleaciones, el bronce durísimo puede volver a ser manso cobre si se le esquilma el estaño. Los españoles, por culpa de la Guerra Civil, y de la tiranía franquista de 40 larguísimos años que le siguió, perdieron casi toda su hombría, y su resiliencia de buen bronce se fue transmutando en blandenguería cuprínea de borregos baladores: “¡Franco, Franco, Franco!”. Y los más mansurrones corrieron a ocultar su profunda y repugnante cobardía en las iglesias.

Y medraron como coadjutores, acólitos, sacristanes, monaguillos, santeros, campaneros, cabilderos, miembros de patronatos, organistas, cantores, niños de coro. Y los más listos se hicieron de Colores, o del Opus, o de los Guerrilleros de Cristo Rey, o de los Legionarios de Cristo. ¡Y esa morralla genética ha resultado ser, además, la más prolífica!

Cambiando astutamente las proporciones de la aleación, fusilando muchísimo, impartiendo innúmeras extremaunciones, con el antiguo bronce con el que se forjaron cañones y bayonetas, con los millones de broncíneos y bien puestos pares de cojones de tantos españoles —cuyo pecado fue tratar de traer la modernidad a España, aunque fuera con siglos de retraso—, la Iglesia del Glorioso Movimiento Nacional fundió campanas que aún suenan graves, que tañen lúgubres a muerto desde las altas torres de las catedrales que adoquinan el Estado de las Autonomías. El muerto, de cuerpo presente aún, es España.Mess.
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Imaginación, creatividad, lenguaje, comunicación, cualidades de autoorganización, afectos: tales son los paradigmas subversivos que alientan en todos los saboteadores culturales. Desde los vínculos entre la cultura underground y la acción política, el nombre colectivo de Wu Ming, como el seudónimo-que-cualquiera-puede-utilizar, sirve para designar la creación y la inteligencia colectiva, la guerrilla de la comunicación, la literatura-guerrilla, el sabotaje comercial. Léanse por ejemplo estos dos libros de Luther Blisset: Pánico en las redes: teoría y práctica de la guerrilla cultural, Literatura Gris, y Wu Ming, Manual de la guerrilla de la comunicación, publicados por Virus, escrito conjuntamente con el colectivo A.f.r.i.k.a.

Sintonías de la guerra psíquica contra el capitalismo que sostiene al Imperio, guerra a la guerra, batalla político-cultural contra los medios de comunicación que avasallan la riqueza constituyente del lenguaje y de la imaginación creadoras. Manipulación de la iconografía pop en un sentido emancipador, lucha por la producción de sentido desde los territorios de la inmanencia, implantación de la filosofía y de la democracia, en fin, en la calle. Porque esta revolución no tiene rostro.

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Si algo caracteriza a los políticos es su hipocresía, su mezquindad, su nula capacidad intelectual y, sobre todo, el absoluto desprecio que tienen a la libertad de las personas. Así, los cráneos privilegiados del Ayuntamiento de Madrid (véase Gallardón y Ana Botella) han tenido la brillantísima idea de empapelar todas las estaciones de metro con una campaña publicitaria en contra de la prostitución que nos dice lo siguiente: Tú dinero hace mucho daño. Porque tú pagas, existe la prostitución.

Todo ello bajo una imagen que muestra un prostíbulo de carretera con el nombre “Club Tráfico de armas” en un caso y “Club Explotación de Mujeres” en otro. En la radio se pueden escuchar cuñas como la siguiente: Soy un billete de 50 euros, y he visto muchas cosas… mi dueño es un proxeneta, y ahora estoy con muchos compañeros, porque nos van a cambiar por un kalashnikov… Tu dinero hace mucho daño. Porque tú pagas existe la prostitución. La idea es culpabilizar al cliente insistiendo que su dinero es la causa de la explotación de la mujer y el tráfico de armas. Además de derrochar demagogia, es una memez, qué duda cabe.

Veamos. Si se tuviera que resumir todo el liberalismo en una sola idea ésta seria que cada ser humano es propietario absoluto de sí mismo. Esto significa que cada persona debe ser la única que tome decisiones sobre su vida y sus propiedades, entre ellas su cuerpo. Las personas, por tanto, pueden mantener relaciones sexuales con quien consideren oportuno siempre que las dos partes estén de acuerdo. Una prostituta es simplemente una persona que intercambia voluntariamente servicios sexuales a cambio de dinero. La palabra clave es “voluntariamente”, es decir, que se cumple lo siguiente: La cooperación se basa en el contrato, en donde cada parte le entrega voluntariamente una cosa a alguien. Se basa en la simetría porque las dos personas mantienen una posición de igualdad. No hay niveles ni subordinación. Cada uno de los participantes persigue sus propios fines. El tercer punto es importante porque algunos nos intentan convencer de la necesidad de la ilegalización con el argumento de que la prostituta realmente no quiere hacer ese trabajo y está explotada.

Pero la verdad es que la relación entre prostituta y cliente se establece porque ambos creen subjetivamente que saldrán beneficiados con el intercambio. Un intercambio es económicamente posible solamente entre personas cuyas valoraciones de los bienes y de los medios de intercambio difieren en direcciones opuestas. Cuando existe una desigualdad en las valoraciones subjetivas. Cada uno valora el bien que va a adquirir en mayor grado que el bien que ya posee. Por lo tanto, las dos partes ganan porque, de lo contrario, el acuerdo no tendría sentido y no se efectuaría.

La prostituta, como todos nosotros, ejerce la función empresarial. Persigue un fin que ha descubierto que subjetivamente es importante para ella e intenta encontrar el medio que subjetivamente cree más adecuado para lograr ese fin. Y simultáneamente renuncia a otros fines y medios que considera menos importantes según su propia escala valorativa de fines. (Es importante señalar el carácter esencialmente subjetivo que tienen los fines, medios y costes.) Ha valorado los pros y los contras de las distintas opciones que se le presentan y se ha decantado por la más atractiva (económicamente o por otros motivos). ¿Por qué no se merece entonces los mismos derechos que las demás profesiones?. Los servicios que presta la prostituta pueden ser a cambio de dinero y/o de otros bienes y servicios. A muchos lo que realmente les molesta es que haya dinero de por medio. Pero, ¿por qué la legitimidad de un acuerdo va a variar dependiendo de si se efectúa con o sin dinero?. Si el intercambio (practicar sexo a cambio de dinero) no viola los derechos de nadie, ¿con qué derecho alguien puede inmiscuirse y prohibir un acuerdo voluntario y libre entre dos personas? . Ninguna opción moral concreta justifica la prohibición y la ilegalización de la prostitución. En este sentido, la posibilidad de prostituirse es un derecho humano.La prostituta tiene todo el derecho de explotar su cuerpo como quiera.

Un aviso para navegantes, es decir, moralistas, feministas y demás liberticidas: que sea un derecho no quiere decir que se tenga que ejercer. En ningún momento estoy recomendando a la gente que se prostituya. Simplemente estoy diciendo que es una decisión estrictamente personal que no incumbe a terceros.

Una prostituta no es ninguna víctima. Se convierte en tal cuando el Estado ilegaliza la prostitución y la deja sin cobertura ni derechos legales, como veremos a continuación.

Consecuencias de la prohibición.
Si de algo nos advirtió el gran Frédéric Bastiat fue de la necesidad de tener en cuenta las consecuencias no previstas de las acciones humanas y en particular de las políticas. La experiencia de la ilegalización de la prostitución es instructiva porque muestra claramente los resultados desastrosos de tratar de suprimir una actividad pacífica y voluntaria mediante una ley coactiva (e ilegítima).

1) Abandono institucional: las deja sin derechos ni protección. Éste es el punto más importante. En el anterior artículo comentamos que la prostitución no dejaba de ser una profesión como cualquier otra en la que dos personas efectúan una transacción voluntaria. Ahora habría que añadir que sin instituciones adecuadas una verdadera economía de mercado no es posible (Coase). Lo cual significa que sin el apoyo del Estado de Derecho, la prostitución no puede ejercerse sin inseguridad jurídica y social. La ilegalización hace que dejen de ser sujetos éticos. No están regulados ni sus derechos ni sus obligaciones. Las prostitutas están desprotegidas y se les puede maltratar. Se les puede secuestrar, pegar, violar, robar y forzar a prostituirse. Están en una situación discriminada y sin derechos. Se ha demostrado que las prohibiciones no acaban con el problema sino que lo único que hacen es empeorar las condiciones de trabajo de las mujeres que seguirán ejerciendo. Trabajan en malas condiciones de seguridad, limpieza, higiene y tranquilidad. Sabemos que no vivimos en un mundo ideal y que siempre se seguirán produciendo injusticias y abusos aunque se legalice la profesión. Sobre todo conociendo la nula eficacia e ineptitud de quién tiene que protegernos (véase Papá Estado). Pero lo que se debe buscar es lo siguiente: garantizar los derechos a aquellas mujeres que deciden trabajar en la prostitución y limitar los abusos que hoy ejercen sobre ellas en los burdeles. Una vez legalizada la prostitución, las que quieran continuar en la clandestinidad (para no pagar impuestos) lo harán voluntariamente y bajo su responsabilidad. Deberán asumir los riesgos.

2) La ley no funciona, no consigue lo que se propone (reducir la prostitución). Es bien conocido que la prostitución es tan antigua como la humanidad. Y todo parece indicar que la humanidad no está para muchos cambios, porque la prostitución sigue siendo demandada enormemente pese a su ilegalización. Atendiendo a la gran cantidad de dinero que mueve, podemos asegurar que el mercado más antiguo de la historia no parece que vaya a desaparecer. Y sin embargo, pese a no violar los derechos de nadie, está ilegalizada. ¿Cómo puede el Estado decidir si se tiene que reducir una determinar profesión? ¿En base a qué? ¿En base a que a los políticos les parece una actividad denigrante? ¿Intrínsecamente perversa? ¿Deshumanizante? Quizá debieran entonces reflexionar un poco sobre su propia profesión. El objetivo que hay que proponerse no es reducir la prostitución, sino reducir las víctimas del tráfico de blancas y personas. Y eso se consigue legalizando la profesión para establecer claramente la distinción entre prostitución voluntaria (decisión propia) y prostitución coactiva (esclavitud), y persiguiendo fuertemente la segunda.

3) Convierten a gente honesta y pacífica en criminales. La ilegalización produce la estigmatización social y persecución de una trabajadora honesta y pacífica. Muchas veces los bancos son reticentes a concederles préstamos y las aseguradoras prefieren evitarlas. Sufren el menosprecio y la discriminación que todos conocemos.

4) Crea “mercados” en donde la competencia es violenta y no pacífica como en los legales.No están basados en el contrato y la cooperación. Aumenta la violencia y la inseguridad ciudadana

5) El precio del servicio es mucho mayor en un mercado negro que en un mercado legal competitivo. Todo producto en un mercado negro tiene un precio más alto porque la falta de oferta y falta de competencia provocan la escasez de los servicios que la gente considera indispensables. Llega al mercado una menor cantidad que la demandada. Existe más demanda que oferta y los clientes están dispuestos a pagar un precio más alto por el servicio que se les prohíbe. Además hay que pagar al intermediario clandestino.

6) Los servicios en los mercados ilegales son de una calidad menor que en los mercados legales competitivos. La falta de competencia y de legalidad hace que no haya ni el control ni las exigencias que se darían en un mercado legal.

7) Provoca una delincuencia asociada.Los enormes beneficios del mercado negro incentivan que los criminales violentos entren. Provoca una delincuencia asociada, a menudo muy violenta. Existe un submundo ilegal en el que se da inmigración ilegal, extorsión, tráfico de drogas, falsificación de documentos y delitos económicos que aumentan la delincuencia y la violencia. La legalización ayudaría a luchar contra el resto de actividades.

8) Hace que el sistema de justicia sea más corrupto.La legalización acabaría con un foco importante de corrupción que aumenta en todos los niveles del Estado debido a la gran cantidad de policías, jueces y demás autoridades que han sido comprados, sobornados o extorsionados por las mafias, creando un gran ambiente de desconfianza por parte de la población hacia el sector público en general.

9) El Estado convierte actividades pacíficas en criminales. Este punto es importante. Hay que derogar el artículo 188 del Código Penal, que prohíbe el proxenetismo, es decir, el dedicarse a la prostitución como empresario. Prohíbe que se establezcan relaciones laborales entre prostitutas y empresarios. Impide al empresario establecer tratos comerciales entre la prostituta y otra persona, aun con el consentimiento de las mismas. Hay que derogarlo porque hay que reconocer a la prostitución como profesión. Debe tener los mismos derechos laborales que las demás profesiones. La prostitución se tendría que poder ejercer de forma autónoma o en contrato con algún empresario. Tienen que tener la posibilidad de establecer sus propios negocios.

10) Provoca un aumento de poder y gasto estatal. Supone un gran recorte de libertades (impuestos, intervenciones, vigilancia) porque una enorme cantidad de recursos van destinados a prohibir y perseguir actividades pacíficas consensuadas en vez de perseguir a los verdaderos criminales y delincuentes. Hay gente que defiende la legalización sólo por los elevados impuestos que recaudaría el Estado. A mí me parece que ésta sería precisamente una gran razón para no legalizarla. Además está demostrado que incentiva el que muchas prostitutas que ejercen por decisión propia lo hagan en la clandestinidad para no pagar impuestos.
Conclusión: La conclusión es que el Ayuntamiento se ha gastado nuestro dinero (que tanto nos cuesta ganar) en una campaña paranoica que no tendrá ningún tipo de resultado. En la próxima campaña para criminalizar al ciudadano seguramente nos mostrarán al niño negrito africano famélico muriéndose de hambre y dirán que es debido a que hay gente que paga por servicios sexuales. Aunque yo propondría la siguiente: “Porque te quitamos TÚ dinero, NOS lo podemos gastar en campañitas liberticidas diversas”. ¿Qué tal?.

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Lo que el dos de mayo paso fue que, en una situación de colapso del Estado, con un ejército extranjero dueño de España y con la familia real “retenida” fuera del país, lo que quiere decir que “puso pies en polvorosa” con la pasta producto del saqueo a los españoles, se produjo una insurrección popular contra los invasores; insurrección que no parte de la conciencia de ser español o de buscar la independencia como pueblo libre, sino como pueblo necesitado de monarca. Necesidad que fue alimentada por personalidades relevantes de la monarquía absoluta, distinguidos miembros del clero, militares patriotas y elementos de las clases más burguesas afines, asistidos por mansos serviles como artesanos, campesinos o curas de barrio.

Los españoles de antes de 1808 no tenían una clara conciencia de pertenecer a una comunidad política, sino que necesitaban un monarca que reinase sobre ellos. La nación no la entendían como la conformada por hombres libres, sino que la identificaban con una corona y con la religión. Así se lo imbuyeron en sus cabecitas, según se puso de moda hacerlo a lo largo del siglo XVII. Esa idea de comunidad nacional es precisamente la que recoge la Junta de Valencia en julio de 1808 cuando solicita, antes que ninguna otra, la formación de una junta central que unificara a todas las juntas locales.

Toda la Nación está sobre las armas para defender los derechos de su Soberano. Cualquiera que sea nuestra suerte, no podrá dejar de admirar la Europa el carácter de una Nación tan leal en el abatimiento que ha soportado por tanto tiempo, por puro respeto a la voluntad de sus Soberanos, como en la energía que ahora muestra, falta de tropas, y ocupado su territorio y las fortalezas de sus fronteras por un ejército francés sumamente poderoso. No es menos digno de admiración, que tantas provincias diversas en genio, en carácter y aún en intereses, en un solo momento y sin consultarse unas a otras se hayan declarado por su rey (…) Es indispensable dar mayor extensión a nuestras ideas, para formar una sola nación, una autoridad suprema que en nombre del Soberano reúna la dirección de todos los ramos de la administración pública. En una palabra, es preciso juntar las Cortes o formar un cuerpo supremo, compuesto de los diputados de las provincias, en quien resida la regencia del Reino, la autoridad suprema gubernativa y la representación nacional”.

Este texto, importantísimo, condensada toda la doctrina política vigente en la España de 1808 hasta nuestros días, régimen franquista incluido. Los españoles –de todas las provincias, sin excepción- llevados al convencimiento de que son una nación identifican su derecho con el de su soberano, el Rey. Es decir, los españoles luchan para ser súbditos y no hombres libres.

Por eso algunos interesados historiadores y los viejos monárquicos que van de republicanos dicen que : “ no hay contradicción entre el sentimiento nacional y la lealtad al monarca, por absoluto que éste sea. Las Cortes, que se consideran representantes de la nación, son además las regentes del reino mientras el Rey está ausente. Que no se diga, pues, que en la España de 1808 no había una idea de nación, y que lo que se produjo el dos de mayo no fue un acto de honra popular”. (y una mierda).¿Que podemos decir a todo esto?, pues, claramente, que la celebración, por parte del régimen fascista monárquico juancarlista del bicentenario del Dos de Mayo está sirviendo a la pretensión de renovar la servidumbre del pueblo a unos monarcas que se colaron de tapadillo y que no representan legítimamente a nadie. Pero lo verdaderamente importante es saber si ese “bravo pueblo” necesita aun hoy de un monarca y de un régimen político que los fagocite como hace desde el dos de mayo.

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El régimen monárquico se apresta a conmemorar la fecha del 2 de mayo de 1808. Como ocurrió en la celebración del centenario del descubrimiento de América, cabe esperar que aproveche la ocasión para asestar otro golpe a la memoria colectiva dentro de su programa de desnacionalizar España como un hecho histórico, como una nación cuya unidad ha sido consolidada por la historia. Ya han empezado a entonarse cánticos a favor de los afrancesados, un grupo minoritario dentro del conjunto de la nación a la que no representaba, como demostró el levantamiento y la lucha posterior.

Los afrancesados, partidarios del despotismo ilustrado, tenían buenas razones frente al espectáculo que daban los Borbones afincados en España, y hasta es posible que José I hubiese sido mejor gobernante. Sin embargo, no se recordará un hecho muy importante: que José I era el rey legítimo según las reglas vigentes de la soberanía. Lo que quiere decir que el levantamiento del dos de mayo y los hechos que le siguieron fueron una rebelión contra la monarquía legítima y legal. Pero los españoles no le reconocieron la legitimidad por considerar que, en realidad, era una monarquía impuesta sin consultar la voluntad de los españoles. Fue una rebelión en toda regla contra el principio monárquico.

La rebelión general fue un hecho espontáneo en todas las regiones o provincias de entonces. Móstoles fue el detonante. En todas ellas se formaron Juntas por la urgencia del caso, pero decididas a someterse a un poder unitario, la Junta central, representativa de toda la nación. En ello destacó por cierto la de Cataluña. Los catalanes pidieron que, en lo sucesivo, “no se hablase más que del santo nombre de España”.

Aquella rebelión contra una monarquía legal, y legítima de acuerdo con las leyes y costumbres de entonces, pero impuesta, se transformó en una revolución en la que emergió la nación española como un todo, dueña de sí misma, de su voluntad para quitar o poner reyes. De ahí arranca la historia de la España contemporánea hasta nuestros días, en que la división es una consecuencia lejana de la historia interna de la dinastía restaurada, más interesada en sí misma que en la nación que la había repuesto. Las dos restauraciones posteriores fueron en realidad instauraciones debidas a la voluntad de grupos de intereses y no al deseo de la nación: en ninguno de los casos fue consultada.

Si fuese una empresa honrada la traída y llevada “memoria histórica”, inventada por el régimen actual con mentalidad de película del Oeste para quedar como el bueno, imaginándose así justificaciones para dividir la nación, tendría que comenzar por recordar estos hechos fundamentales. Pero no llegará tan lejos porque no le conviene, lo que demuestra la falsedad de esa memoria histórica y del régimen. Será como un fantástica falsificación histórica del estilo de la Enciclopedia Soviética.

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De las diferentes modalidades que existen para la caza del político, todas poseen particularidades que les otorgan un marcado estilo propio y que las hace únicas. La selección de la técnica depende del tipo de terreno, la cantidad de cazadores, si se van a utilizar perros o no y, sobre todo de las preferencias personales del cazador.

Un político no llega al poder por descuidado. Cuando la cacería es uno a uno, las mejores chances para abatirlo las otorgará un buen aguardo, montado como corresponde. Dejaremos aquí de lado las técnicas de caza corporativas tales como las batidas y aquellas en las que se emplean perros de rastro y agarre y concentrémonos en los lances en las cuales el cazador enfrenta a solas a su presa. El acecho, aguardo o emboscada, la más común de las técnicas requiere paciencia, resistencia a las inclemencias climáticas y, sobre todos, no es para personalidades ansiosas. La caza con perros y cuchillo o con armas de fuego exige coraje, habilidad en el manejo del cuchillo y un buen estado físico, además de tener sólidas nociones de equitación en los casos en que se emplea caballería, mientras que el rececho, la forma menos común de cazar políticos, demanda astucia, conocimiento y persistencia, pues el animal político no es imbécil y tonto del todo.

A pesar de sus diferencias todas ellas poseen algo en común; son apasionantes. El acecho, el tópico que nos preocupa hoy, consiste en algo más que apostarse en el primer lugar de nuestro agrado, esperando que la suerte nos regale un padrillo de aquellos. Aguardar exige del cazador saber cómo, cuándo y dónde apostarse, y en particular como sobrevivir las condiciones del aguardo, que puede ser prolongado, de siglos incluso, en ocasiones bajo condiciones climáticas adversas. No cualquier lugar es bueno para armar un apostadero. Hacerlo, por simple que parezca, tiene sus secretos. No menos importante es el poseer una noción cabal de cuándo y hasta cuando apostarse.

A esto se le suma el hecho de que el político es capaz de desplegar una asombrosa cantidad de trucos para evitar caer en una emboscada, trucos y mañas que el cazador debe conocer para poder anticipar sus movimientos y evitar el esquinazo. Basados en su comportamiento, intentaremos diseñar una estrategia de caza coherente. Clásico cebadero montado con euros sobre una pequeña mesa. El apostadero sobre uno de los árboles en el fondo es apenas perceptible.

Sus scrofa, político español, usurpador, mentiroso, o simplemente chancho, como se lo conoce en distintas latitudes, es un animal lleno de virtudes. Entre las más notorias tenemos las siguientes; taimado, rencoroso, paciente, audaz, ágil, tozudo, inteligente, desconfiado, pero sobre todas las cosas, tiene un olfato tremendo para detectar la pasta y un oído como para hacer palidecer los nuestros.

De lo único que carece es de honestidad. Su hábitat preferido son los chalet de 500 millones en montes bajos, de hojas caducas, y achaparrados. En esos lugares el político, después de las estafas y mentiras del día, es el rey. Sin embargo, no desprecia otras áreas inaccesibles y de poca o ninguna densidad humana como los bajíos y cangrejales, donde se alimenta de caviar, crustáceos y peces. En este tipo de territorios encuentra protección durante el día, por la noche, al sobrarle dinero paga servicios de seguridad. Si dentro del monte existen fuentes de agua es probable que el político nunca abandone el lugar. Si lo hace será de noche y porque tenga que dejar precipitadamente su hábitat y, desde luego, sólo por motivos de seguridad, aunque se dan ocasiones en que detecta con su olfato negocios productivos. Solo así saldrá de su escondrijo. Su peso suele estar en 80 kilos, que es el peso máximo de sus antecesores, de dónde deriva. El peso promedio de un macho puro y bien desarrollado ronda los 85 kilogramos.

Cuando el límite superior es excedido significa que probablemente no estamos en presencia de un político puro, si no de un mestizo producto de la cruza con político autonómico, lo cual ocurre con frecuencia, y que se conocen con el nombre de político hecho a sí mismo. Los políticos tienen eso. El político es un verdadero omnívoro capaz de ingerir todo tipo de moneda, dólares, euros, yenes, etc. Superando con creces a otros tipos de animales como insectos, víboras, hienas, y demás carroña, especialmente hábiles para la sustracción de lo ajeno.

Esto debe de ser tenido en cuenta en todo momento, ya que todos aquellos lugares donde se encuentren estos potenciales alimentos son aptos para montar un acecho y evitar que se adelante montando él una campaña política y en ese caso estaríamos perdidos. Apostadero aéreo rústico apto para políticos, cérvidos y suidos. Las paredes laterales son importantes para ofrecer alguna seguridad al cazador, y para minimizar sus movimientos. La evolución del color de pelambre del jabalí es la siguiente. Hasta los seis meses en el poder presentan un color rojizo, que se va oscureciendo a medida que llena su bolsillo, y al año pasan a ser lo que se conoce como bermejos. Es más su pelambre comienza a tornarse, como decíamos, más obscura hasta alcanzar su color definitivo que puede ser azul, verde obscuro, gris con la punta de las cerdas más claras o de una tonalidad color canela, tonalidad que viene determinada por el grado de confianza que tenga en sí mismo.

En todos los casos las mujeres político son de cerdas más obscuras que las del resto del cuerpo. El diseño anatómico del político es de un robusto cilindro de punta cónica montado sobre dos fuertes y cortas patas, con un poderoso tren delantero y anchos hombros, rematado por una aguda jeta. Todo el conjunto se halla recubierto de una piel gruesa y resistente al insulto y la posible y continua queja, en comparación al tamaño y peso del animal. La mayoría de los cazadores tiende a pensar que el político presenta una resistencia anormal al impacto, lo cual es un error.

Sí bien los machos presentan un engrosamiento de la piel en la zona pectoral, del cuello y de los hombros, el mismo es incapaz de oponer una resistencia coherente a cualquier proyectil moderno cargado con la verdad. El político está considerado desde el punto de la caza mayor como un miembro más del grupo de los animales ladrones y gremialistas de piel semi-blanda aunque peligrosísimos. Si bien este adefesio de la naturaleza nunca ganará premio alguno en concursos de belleza, su extravagante diseño es muy conveniente para lograr un desplazamiento rápido dentro de lugares sucios, como son calles, mercados, y en general sitios en los que huela la presencia de humanos.

Cuando es necesario cubrir terreno sucio rápidamente, el político simplemente busca los matorrales más densos y si es posible con espinas, apunta hacia delante y horada un túnel, dejando atrás, cansado y malherido, a cualquier perseguidor, ventaja que emplea sabiamente buscando las zonas más impenetrables para residir, como son las instituciones del Estado. Por ello, y porque rara vez se deja ver durante el día, intentar atraparlo al rececho, o de a pié y sin perros en estos lugares tiene un destino incierto, por no decir que es una pérdida de tiempo.

El político tiende a desplazarse siempre bajo cobertura y con las sombras. Su estrategia consiste en moverse despacio, utilizando en todo momento el viento para detectar el peligro, y con su oído funcionando en el máximo grado de alerta. En estos dos sentidos se basa su sistema de detección del peligro, ya que si bien su visión diurna no es mala, la nocturna deja mucho que desear. Siempre se dijo que los políticos poseen una mala visión.

Últimamente se ha cuestionando esta idea, y se piensa que la visión diurna de estos elementos puede ser similar a la del votante corriente. Esta estrategia de detección del peligro y evasión, si bien altamente efectiva, presenta puntos vulnerables; la avaricia, su afán de notoriedad, en ocasiones el deseo sexual, y el hecho de que el político depende de las consignas que recibe del político jefe. Y estas fisuras son las que se pueden aprovechar a favor a la hora en que decida salir a la luz y así poder abatirlo.

A veces es preciso poder atraerlo hacia un lugar abierto utilizando algún señuelo, como puede ser un maletín negro de cuero y donde la ventaja visual esté de lado del cazador, apostándose fuera del alcance de su olfato y oído. Una vez advertidos ya podéis comenzar a apostaros en lugar conveniente. ¡Buena caza.

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Sólo en las repúblicas bananeras (dictaduras solapadas) y en las monarquías cocoteras se produce el sometimiento complacido de los gobernantes a los poderes fácticos, religiosos o económicos. Y sólo en las monarquías cocoteras como la España degradada que nosotros llamamos, como Carlos Rojas, La Españeta , ese sometimiento se puede producir con el tinte folkclórico que ha adquirido aquí desde que gobierna el partido bicéfalo, pero no bifronte, que nuestro amigo Manuel Blanco Chivite llama el PPSOE, y puede desembocar en espectáculos tan grotescos, antieuropeos, anticulturales y productores de vergüenza por delegación en las personas serias y honradas, como la Fiesta del Planeta, con la presencia unas veces de un miembro del Gobierno de la nación –doña Carmen Calvo, ministra de Cultura-, uno de la realeza y el presidente de la Generalitat , amén de más de un millar de esos escritores, artistas, cineastas, profesores, empresarios, etcétera, que forman parte de lo que los medios de comunicación consideran “lo mejorcito de nuestra sociedad”.

Todo el mundo sabe que el Premio Planeta –como el Alfaguara, el Primavera, el Nadal y todos los demás que convocan las fábricas del libros para galardonar uno que ellas van a publicar- es un chanchullo, el mayor chanchullo de los varios chanchullos que cada año se producen en este terreno, pues cada vez son más las editoriales que imitan el procedimiento, desde que la corrupción se enseñoreó de todos los estamentos del país y pasó a formar parte de nuestras formas de vida. “¡Tonto el que no delinca!” parece ser ahora el saludo de los que van a saltar al ruedo ibérico. Pero a lo que iba: voy a contar lo que sucede y cómo sucede, a sabiendas de que no cuento nada nuevo para quienes están “en esto”, en su escueta desnudez y bajo un chorro de luz:

Con meses de antelación, se sabe quién va a ser el ganador o la ganadora, y no por causa de una indiscreción o un chivatazo, no. Es el propio editor quien lo “filtra”, sabiendo que los periodistas tontos –un cincuenta por ciento del gremio- darán a la “noticia” el tratamiento que a él le conviene. La cosa tiene todas las trazas de una estafa a los demás concursantes, pero los chicos de la prensa lo toman como una gracia del muy pícaro de Don José.

Don José es muy pícaro sí, pero la clase de picardía que se gasta sólo se puede ejercer si se está rodeado de cretinos. Y ése es el caso. Hasta los primeros sesenta, la gente creía más o menos en el Planeta, que, por lo demás, nunca ha descubierto a un escritor, como el Nadal al principio sí lo hizo. Después el chanchullo se hizo norma, y hay que decir que sin mediar engaño. En una entrevista publicada en el diario “Pueblo”, en octubre de 1965, Don José I declaró: “la publicidad cuesta mucho y los lectores dan poco. Para eso se han inventado los premios literarios”. Hay que decir que a quien hablaba así le importaba una remolacha la cultura, vendía libros como podría haber vendido pasamontañas y era técnicamente analfabeto, pese a lo cual la Corona española le otorgó un marquesado “por su labor en pro de la cultura”. Se comprenderá que, partiendo de aquella norma, cuanto más se hable del asunto, mejor; sea para decir bendita sea tu alma, sea para gritar maldita sea tu estampa. Y a mí esto, desde su punto de vista de comerciante, me parece inobjetable. Lo que considero un crimen de lesa cultura es que un miembro del gobierno o de la casa reinante “por la gracia de Dios” se convierta en publicitario del pícaro y nos haga pagar a todos la operación, mediante el uso en su beneficio de la radio y la televisión públicas. Para colmo, ocurre que todas, absolutamente todas las novelas elegidas para el masivo lanzamiento son literariamente deleznables: unos bodrios de ésos que, según la doctrina de la Casa , “puedan entender hasta las porteras”, con argumento estilo culebrón, formalmente desfasadas, sin inteligencia, imaginación ni literariedad.

También Don José II hizo en su momento declaraciones aclaradoras en Televisión: confesó que su papá le había aconsejado muchas veces que tuviera siempre contentos a los periodistas y a los políticos. Y, por supuesto, a los componentes del jurado, como personal de la casa. Sería interesante conocer qué necesitan unos y otros para estarlo. Lo que sí sabemos es que paso previo al logro de la felicidad es una abierta disposición a hacer el indio: esos Pujol, Prieto, Gimferrer, Marsé, Regás, etc., profesores universitarios, académicos, escritores, que fingen reñidas y espaciadas votaciones antes de abrir el sobre “secreto” y “desvelar” lo que estaba decidido –se trata de un encargo- con meses de antelación; o –caso de los chicos de la prensa, la ministra de Cultura y los componentes de su séquito- a tomar por hecho cultural lo no que no es más que una operación publicitaria, de publicidad, por todo lo dicho, engañosa, inmoral.

En los países serios –Alemania, Reino Unido, Francia, Italia-, donde se premian, por instituciones culturales independientes, libros ya publicados, estos montajes cocoteros no se pueden producir. Aquí, en la Españeta , deformación grotesca de la cultura europea, sí: las editoriales se autopremian y las autoridades culturales, y en ocasiones hasta el Jefe del Estado, participan en el cachondeo que se forma para engañar al público, al que mantienen en la creencia de que, comprando el bodrio premiado, adquiere la mejor novela del año. Poco o nada sabemos de agricultura, sanidad, defensa, etc. De cultura lo sabemos todo. Por eso podemos sentenciar que, al menos en el departamento que aquí la rige, se ha instalado en la mentira

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España es una entidad geográfica, histórica y política, reconocida como Nación por todos los Estados del mundo, desde hace cinco siglos y dotada de idioma propio, segundo de la civilización occidental; respetada por las naciones vecinas; habitada por más de 45 millones de personas: integrada en la Unión Europea; enriquecida con un patrimonio cultural y artístico de envergadura mundial; instalada desde hace décadas en un nivel de vida decoroso y caracterizada, negativamente, por su incapacidad para la investigación científica, la creación de ideas y el amor a la libertad.

Desde la Revolución Francesa, España no ha tenido sabios, pensadores ni estadistas. Las ideas dominantes en la opinión pública, salvo la riqueza de pretextos del miedo al cambio, no son de origen español. Y la tradición autoritaria del Estado ha impedido el nacimiento de un espíritu crítico en la sociedad. Ni siquiera durante los breves periodos republicanos.

Las rebeliones contra la última República no se fundaron en la libertad de la sociedad civil, ni en la individual, sino en la autoridad de las organizaciones institucionales. La militar y eclesiástica, en la derecha. Las de partidos y sindicatos, en la izquierda. La II República fue concebida por unas y por otras como Re-Total, según la expresión acuñada por Sieyès en su discurso (20 de julio de 1795) a la Asamblea constituyente del Directorio, que Mussolini realizó con el fascista Estado total.

La Monarquía propaga que sus instituciones son republicanas. Pero la diferencia entre las vestiduras monárquicas y el cuerpo estatal que revisten, aleja de la Re-pública a la Monarquía y la acerca a la Re-total. Con la variante, frente a la re-totalidad de la dictadura, de que la res pública monárquica está repartida entre Autonomías, partidos, sindicatos, medios de comunicación y financieros que viven al calor de lo público y lo estatal.

El miedo al cambio regaló la Re-publica a la Monarquía de Franco. Y los partidos estatales la convirtieron en Re-Privada, desnacionalizando al Estado para repartirlo en Autonomías Re-privadas, y re-privatizando las empresas públicas y los servicios estatales más rentables. El sentido histórico de la Transición no está tanto en la constitución del poder oligárquico que sustituyó fácilmente a la dictadura, dada la cultura autoritaria de los gobernados, como en el enriquecimiento de los medios informativos que hoy la celebran, en la distribución de riqueza entre partidarios del poder, en la formidable acumulación de capital financiero y en el analfabetismo acrítico de las nuevas generaciones.

La función histórica de la República Constitucional viene dictada por la necesidad de dar a la sociedad civil el protagonismo de las libertades públicas y, especialmente, el de la libertad política, para que la res pública sea el asunto común de los ciudadanos. Del mismo modo que, en épocas ideológicas, la izquierda pedía la nacionalización de las empresas de servicios públicos, la era de la verdad, sin ideología, exige la republicación del secretismo de Estado y la republicanización de la vida política, hoy privativa de los partidos estatales, para extenderla a toda la ciudadanía.

Pero la acción de republicar y de republicanizar no consiste en un acto que el Estado pueda decretar en virtud de su autoridad, sino en un proceso continuado de humanización, unificación y nacionalización de lo público, que solamente la acción societaria puede emprender, con iniciativas libres y horizontalmente convergentes, para que emerja de su seno una sociedad política intermedia, que interprete las necesidades y represente los intereses de la sociedad civil ante el Estado.

Dada la naturaleza estatal de los partidos, en la Monarquía de Juan Carlos no existe sociedad política alguna. Solo sociedad estatal y sociedad civil. Aquélla es una sinarquía o sindicato de poder sin control. Ésta, un conglomerado informe de millones de individuos sin poder, que vacan a sus ocupaciones, sin preocuparse no ya de la República que les conviene, sino hasta de la res publica que en todo caso les concierne.

Sólo un potente movimiento de ciudadanos, intolerante de la disolución monárquica de la conciencia nacional, de la inmoralidad pública y de la negación de la libertad política a los españoles, puede llevar a buen fin el proceso de republicación y republicanización de la sociedad. Y a ese fin, la teoría pura de la República Constitucional necesita ser completada con un praxeología del proceso republicano, que pueda orientar las acciones por el camino, el ritmo y intensidad que la situación y el momento determinen, sin hacerlo depender de la inteligencia y la voluntad de una sola persona.

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