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Critica literaria

 

Todo el mundo sabe qué es Blade Runner: la magnífica película retrofuturista de Ridley Scott que en los años ochenta supo imprimir un salto cuántico en el tratamiento de las imágenes y su relación con un mundo que iba incorporando cada vez más atributos espectaculares al mismo tiempo que se hacía más siniestro y opresivo. En la primera versión estrenada, al final de los créditos, una enigmática nota agradecía a William Burroughs el préstamo del título. De manera sorprendente, la sensibilidad del autor de El almuerzo desnudo aparecía relacionada con un film que, sin embargo, lograba adelantarse a los postulados estéticos de William Gibson. La ecuación artística de Blade Runner daba así una vuelta de tuerca definitiva a sus planteamientos narrativos. Una novela de Philip K. Dick (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?) escrita a finales de los sesenta se veía transformada audiovisualmente en una pieza contemporánea del ciberpunk sin dejar de conectarse, por otro lado, con figuras carismáticas de la fusión de ciencia ficción y vanguardia literaria como Burroughs. Era difícil imaginar que pudieran conjugarse más ingredientes para conferirle una proyección cultural aún mayor a las atrevidas especulaciones del filme (cuya mejor réplica literaria sigue siendo la novela Noir de K. W. Jeter, aún inédita en español, y no cualquiera de las secuelas venales que este inventivo autor también perpetró).

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La que se llama novela moderna, la que nace con el Quijote, se inserta en un camino que es único y el mismo desde la fábula oral. Genios como Flaubert y Dostoievsky posibilitan que, en el siglo XX, el más intelectual de la historia, ese camino se bifurque en dos. Como no es el tema de este artículo, diré simplemente que esos dos caminos, válidos ambos en el sentido de que los dos responden a preocupaciones espirituales de su tiempo, son la novela intelectual (Huxley, Mann, Camus, Hesse…) y la novela estética (Faulkner, Virginia Woolf, Claude Simon, Michel Butor, Max Frish…), que a veces se funden, sobre todo en obras como El empleo del tiempo, No soy Stiller, La revuelta, La ternura del hombre invisible…). No he de decir que, salvo en casos muy extremos -Robbe-Grillet, Samuel Becket, Claude Ollier, Pinget- es muy difícil encontrar el producto químicamente puro, especialmente en la segunda tendencia.

¿Qué ha pasado después? Yo no sé qué ha pasado en otros lugares, pero sí lo que ha pasado en España donde, en contra de lo que pudiera parecer y lo que cabría esperar, en lo que a literatura se refiere, ha sido menos traumática la guerra civil, tan trágica, que la transición de la dictadura a la modalidad esperpéntica democracia a la alemana. Salvo en el enfoque de algunos temas -y el tema nunca es literariamente determinante-, no hay ruptura entre las novelas de Sender, Aub, Barea, Serrano Poncela, etc. y las de Castillo Puche, Matute, Laforet o Aldecoa.

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almudenagrandesHija de un celtíbero, que mereció que en su distrito urbano le conocieran por el sobrenombre de Picha de Oro, por sus hazañas bélicas y el buen uso que hizo siempre de su atributo, la protagonista coral de las novelas de Almudena Grandes es una mujer refinada, sutil, en todo momento a la caza del pensamiento más profundo, de la expresión galana. Su weltanschauung, siempre incardinada en el sitz im leben, se ha constituido en la más influyente para las generaciones más jóvenes que la siguen devotamente.

Resaltaron con fuerza todas sus virtudes aquel día en que, triste y deprimida –según relata en su “chef d’oeuvre” Malena es un nombre de tango–, en su casa –la residencia de los Grandes mayores—se dispone a acudir a la cita de un amigo que la ha llamado, en un VIPS. Por la calle, nerviosita ella, dice estar segura de que le va a ocurrir algo trascendental, decisivo, que cambiará el rumbo de su vida. Y ese algo importante y transformador ¿saben ustedes lo que fue?. Pues que un desconocido con el que se cruza en el pasillo que va desde la barra hasta el salón, se la folla por el procedimiento de urgencia. Sólo a una gran escritora como Almudena Grandes se le puede ocurrir una escena tan patética y, a la vez, gloriosa. Pertenece, como digo, a su novela Malena es un nombre de tango, de grata recordación.

En la weltanschuung almudenense, follar o no follar that is the question. En este sentido, es memorable aquella escena en que su hermana (de Malena) Reina irrumpe en su dormitorio y le da el parte de guerra, sin mayores circunloquios:

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“Si el mundo literario español fuese un mundo literario serio, el libro de Antonio Enrique Canon heterodoxo, aparecido en enero (DVD Ediciones, Padre Claret, 21, 08037 Barcelona), habría sido ya declarado el más importante del año. Pero el mundo literario español no es serio, y hasta es posible que sea silenciado o tratado echando fuera el balón de esa verdad que tan dañina estimarán, lo digan o no, los mandarines. Por otra parte, los que no saben, los que no quieren saber, los que callan, los que mienten, los indolentes, los cobardes, los que aún esperan unas migajas de la Academia, de las cátedras, de las fundaciones “culturales”, de las editoriales que reparten lotería, de los suplementos literarios de los medios poderosos sabrán en seguida que es un libro peligroso: por honrado, por sincero, por valiente, por anticanónico, por revolucionario y heterodoxo.” Esto escribía yo en 2003, al inicio de la recensión que escribí en La Fiera sobre el libro mencionado. Hoy quiero escribir algo más amplio, con las ideas que me suscitó su lectura.

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En las circunstancias actuales no hay nada que esperar de la literatura. La literatura es una mercancía como cualquier otra, sujeta al modo de producción, distribución y consumo impuesto por la industria capitalista, y dotada —desde los dispositivos de la Institución literaria— con ese “aura” de excelencia que tiene la función de un valor añadido dentro de los circuitos de intercambio.

 A esta situación responde la bagatela conformista que hace furor en los últimos años (esa literatura insulsa, apática, escrita por buenos chicos, complaciente con todo y con todos: una literatura sin esperanza). Pero también desde aquí cabe abogar a partir de ahora no exactamente por una literatura del afuera, como por la escritura misma en tanto afuera de la literatura. Es decir: una escritura que la Institución literaria tenga que expulsar de sí, igual que el organismo expulsa un cuerpo extraño.

Lowry perseguía la iluminación.

Proust, la rama dorada del tiempo.

Dostoievsky consumió su vida en la defensa militante de una quimera absurda a la que él denominaba “el Cristo ruso”…

El Grial que persiguen los escritores de hoy puede nombrarse con sólo dos palabras: fama y dinero. Su deseo es un deseo cutre, de tonadillera o de paleto; y da la medida exacta de la riqueza y la profundidad de su experiencia, como también —sobra decirlo— de su lamentable catadura moral.

Hoy la nómina de los escritores está compuesta mayoritariamente —y a partes iguales— por imbéciles y por canallas, sin que haya que excluir en absoluto que estas dos notas definitorias puedan darse a la vez en un mismo sujeto.

La literatura, en sus momentos más afortunados, era un campo de expresión y de conocimiento de lo humano, así como una exploración de sus posibilidades y de sus modos de experiencia inéditos. Para que esto pueda ser así, obviamente, resulta imprescindible que haya una sociedad que lo necesite y lo reclame… Y estaría de más recordar que el capitalismo de guerra funciona precisamente sobre el trasfondo de la represión sistemática y el “docto” desconocimiento de lo humano (consumados por el discurso de la ciencia y la invasión totalitaria de los dispositivos de la “comunicación”), como también sobre el cierre programado de cualquier horizonte de posibilidad, y el control y la monitorización crecientes de las formas de la experiencia.

A fecha de hoy, pues, este panorama de pesadilla orwelliana se traduce en un estado de narcosis generalizada (apuntalado sobre lo que la psiquiatría de Janet denominaba un “descenso del nivel mental”); con lo cual todo llamamiento a la responsabilidad y la transformación por parte de la conciencia artística no puede sino hundirse en ese territorio profundamente gelatinoso de la opacidad social.

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Viriato Pérez, condenado por plagio

 Para este espectacular número, destinado a ser leído hasta en las Antillas Andorranas, teníamos preparado el siguiente:

 Envido a Pérez Reverte.- ¡Acuérdate de lo que te digo, chulo machista, bacalao de Pernambuco, cateto envanecido, mamón, pederasta frustrado, antiguo! Acuérdate de que pulvis eris et in Pérez Reverteris… Te atreves con todo el mundo, sobre todo con los analfabetos, los soldados rasos, los putos, las tanguistas, los guardias de la porra, las colegialas y los ministros cesados, pero no te atreves con La Fiera, mamarracho. ¡Con las ganas que tenemos nosotros de tumbarte en la camilla donde diseccionamos a los tontos del culo con carnet de primera! El propio Drácula te afeitaría el trasero, mientras Belmonte te enjugaría las babas y Rico te la sostendría (la palangana, se entiende). Mary Luz Bodineau, directora en funciones permanentes de La Fiera Literaria.

Pérez Reverte condenado por plagio.- Escrito lo anterior, nos enteramos de que el bravucón perdulario Viriato Pérez, además de lo dicho en el punto anterior y epígono de Alejandro Dumas y los entreguistas del siglo XIX, es un plagiario. En la revista Interviú, incansable en su persecución de los/las “escritores/ras” corruptos/tas, leemos la siguiente noticia: Tras un largo proceso judicial, la Audiencia Provincial de Madrid acaba de condenar por plagio al escritor y académico Arturo Pérez-Reverte. Así se desprende de la sentencia, en la que se da la razón al guionista Antonio González-Vigil, que acusó al famoso novelista de haberle copiado el guión de la película “Gitano” estrenada en el año 2000. Ante esto, el Consejo de Feroces Notables, por unanimidad y alevosía, decidió poner a investigar a nuestros redactores de élite, ya que La Fiera, en un gesto de ferocidad bien entendida, se había personado en el procedimiento como acusación particular experta en literaturas comparadas. Nuestros sabuesos han podido añadir otros datos:

Responsable del fallo ha sido una mujer. No podía ser de otro modo. Solamente una de ELLAS sabe actuar con decisión y valentía cuando se trata de adoptar una postura contraria al giro de la noria del sistema, en el que el audaz cocinero de la nave capitana en Lepanto se incardina desde la invasión romana.

La juez, que nunca se anda con chiquitas ni medianas ha condenado al delincuente a indemnizar a su víctima con 80.000 euros, que Pérez no tendrá dificultades en abonar, puesto que es el que más vende.

La víctima es, como se ha dicho ut supra, un honrado guionista cuyo trabajo pasó por las manos del fantoche, al que se le pegaron, según el perito, hasta setenta y siete pasajes, unos más importantes que otros. Algunos, muy importantes, como para que pueda caber duda. Unos y otros pasaron al guión de Pérezcristo titulado “Corazones púrpura”. Algo que a nadie puede extrañar en un pseudoescritor acostumbrado a escribir sus blasfemias literarias sobre las obsoletas plantillas de los entreguistas del siglo XIX.

Podrá el malvado recurrir, como ha exhalado, y hasta ganar el recurso, puesto que está bien dotado de argollas y ganchos en el corrupto sistema que domina la cultura hodierna en nuestro país. Pero haberlo, hailo.

Lucía Tirado

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Que  la realidad actual de España se resiente de un  ancestral descuido de la investigación  científica y de la educación  es un tan triste como indiscutible hecho. Una lacra que afecta no sólo a nuestro papel en la historia moderna, o al troquelado de nuestra mentalidad colectiva sino a un territorio  para el cual aún las más elementales mentalidades no pueden dejar de ser sensibles: nuestra potencialidad económica. Y semejante situación no es resultado de ninguna predisposición genética,  como pensaba Salvador de Madariaga, cuando afirmaba que somos un pueblo más dotado para la literatura y la pintura, para la milicia , la navegación de altura o la mística, que para la ciencia. Es el  resultado de la desatencíón que, tanto los dirigentes políticos como nuestro capitalismo han prestado al saber científico, hasta convertir en heroico el esfuerzo de excepcionales investigadores españoles, tenaces y sacrificados.  Si miramos a los sucesivos gobiernos históricos es  evidente que sólo la II República afrontó decididamente esta tara. Y tampoco la política de la actual etapa democrática, atenta sólo a los problemas de apariencia más inmediata y a dirigir la economía por los fáciles caminos del ladrillo y el turismo,  se ha preocupado  de remediar esta histórica deficiencia. Así no es de extrañar nuestra escasa competitividad y el déficit de nuestra balanza comercial.

En estas páginas un reciente artículo de Carlos Martínez Alonso, Secretario de Estado de Investigación, aborda la necesidad de fomentar la actividad científica de cara al desarrollo económico español. Evidente y encomiable tesis, aunque no deja de sorprender ver  tal tesis contradicha  en la práctica por la reducción de la partidas dedicada a investigación y a educación en el actual proyecto de presupuestos. El autor de dicho artículo,  glosando la figura de Pasteur, insiste en los beneficios que la investigación ha deparado   a la Humanidad, para concluir la conveniencia de un maridaje entre la actividad  científica y la empresa. Un tópico que, en mi opinión, requiere ser analizado, pues semejante relación se presta a complejos y contradictorios desarrollos.

No vivimos ya en los tiempos de Pasteur o de nuestro Ramón y Cajal, cuando con su microscopio enfocaba sus preparaciones histológicas en una modesta bohardilla. Hoy la parte más importante de la investigación científica se realiza por equipos dotados de un material, con frecuencia  altamente costoso, y financiados con programas que suponen importantes inversiones. Cuando transitamos de la revolución industrial, generada en los talleres de los artesanos, de la etapa “paleotécnica”, en la terminología de Mumford, a la “neotécnica”, las realidades descubiertas por la ciencia serán la base de los avances tecnológicos. La ciencia ha adquirido el rango del más alto poder. Y los ansiosos de poderío económico o bélico caerán como aves de presa sobre ella.

Ciertamente la relación entre ciencia y técnica ha sido históricamente íntima.  . La revolución científica de la modernidad, como señaló Hauser, se gestó en los talleres artísticos del Renacimiento. Galileo frecuentaba los arsenales y dialogaba con los artesanos. Pero, como a los grandes científicos creadores, le guiaba el afán del conocimiento desinteresado de la realidad y la admiración ante la naturaleza. Einstein en su “Mein Weltbild” ponderaba la contemplación de naturaleza como el sentimiento grandioso en que se volcaba su anterior religiosidad. Y, cuando su famosa ecuación entre materia y energía había abierto el camino hacia la bomba atómica, tanto él como Russell condenaron el desarrollo de esta terrible arma, que, en manos del imperialismo sigue amenazando a la humanidad.

Así lo más noble del hacer científico, de la teoría pura, ha sido inmolado  en aras de su eficacia . La Universidad humboltiana el modelo científico de Universidad fue reemplazado por la Universidad  como “estación de servicio de las necesidades sociales” según la gráfica expresión de .los críticos..No pretendo  desvalorizar las aportaciones del desarrollo científico a la sociedad. Pero ¿cuáles son estos desarrollos y a quién sirven? ¿ A quién corresponde programarlos y financiarlos? En los EEUU se viene gastando tres cuartas partes de la I/D a la investigación militar y las empresas capitalistas atienden mucho más en su propia lógica al beneficio que al desarrollo humano. Hace ya décadas el movimiento estadounidense “Science por the people” señalaba como la investigación médica atendía preferentemente a las enfermedades propias de las formas de vida de las clases económicamente superiores y relegaba  las enfermedades laborales .o las propias de las razas discriminadas. El feminismo, por su parte, ha denunciado la relegación radical que los problemas de la mujer padecen en el desarrollo de la medicina. El que fue representante de España en la OMS el doctor Pedro Caba me relataba, hace tiempo, los incesantes conflictos entre las grandes empresas farmacéuticas y los representantes del Tercer Mundo.

 Una oleada crecientemente poderosa trata de supeditar la investigación  científica y la enseñanza universitaria a los intereses mercantiles. La maniobra se disfraza con  un atractivo valor de servicio a la sociedad, Pero  con ello, además de yugular la investigación pura, se establece el gobierno de la dirección empresarial sobre la actividad científica. Es necesaria la relación de la investigación con la actividad productiva. Pero es imprescindible el control democrático para que los productos se dirijan al desarrollo humano planetario y no al dominio de los privilegiados.

Carlos París

La Fiera Literaria

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“Hay que ver los esfuerzos que hace Javier Marías por no escribir una novela y, al final, no le sale ni siquiera otra cosa”

Alfredesen Rubalcabasen, director de la Academia Sueca

En su entrevista exclusiva con Mary Luz Bodineau, directora en funciones permanentes de La Fiera Literaria, el prohombre nórdico añadió: “Nosotros, que estamos deseando concederle el premio Nobel, le hemos mandado recado con ese chico, Marcelo Armas, que es un buen lameculodsen, aconsejándole que aprenda a escribir si quiere que se cumplan los fervientes deseos del mencionado lame y de García Posada, Pozuelo Yvancos, Cebrián, Ignacio Echevarría, Paco-Cervantes Rico, Mainer, Basanta y los dos Villanueva, Santos y Darío.

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