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Algunas frases.-

El mensaje de que «mi Reino no es de este mundo» se vio reemplazado por la doctrina de los dos poderes (según la cual la autoritas sacrata pontificum y la regalis potestas serían mutuamente complementarias); después dirán que el emperador o el rey no eran más que el brazo secular de la Iglesia, pretensión ésta formulada en la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII y que no es depuesta oficialmente hasta León XIII (fallecido en 1903), lo que de todas maneras no significa gran cosa. La Cristiandad occidental, en cualquier caso, «fue esencialmente creación de la Iglesia católica», «la Iglesia, organizada de la hierocracia papal hacia abajo hasta el más mínimo detalle, la principal institución del orden medieval» (Toynbee).

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Otros se han consagrado a la palabra, se han construido una cabaña con palos y quejidos, con noches y más noches y más humo. Tengo aquí yo también la palabra, como un tumor doméstico: tropezamos en el cuarto de baño, desayunamos juntas, nos acercamos, a veces nos hacemos desaparecer. Es palabra también. Se me crece al lado, casi no pongo resistencia, casi que me acuerdo de retenerla y tengo su papel y tengo sus tinturas preferidas. Aquí no hay divinidad. No hay nada sacro. Nos magreamos en pijama y batín, nos babeamos con el aliento caliente de la primera hora. Hay cuando se me sube a las piernas como un perro en celo y hay cuando me recela. Bastante a tientas, sí, bastante derramadas, bastante de no entendemos demasiado, a ver si moldeándonos, a ver si haciendo otros paralelos. Qué se yo. Está aquí, tumoral y turgente, tan gemidora, tan arrebatada. Me la comería toda.

 Olivia Martínez

 

 

 

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Un día en un aeropuerto, en un retraso de más de seis horas de esos que llaman “por motivos técnicos”, absolutamente desesperada, me compré un libo de autoayuda para ver si me servía para un momentazo por el que estaba pasando. El libro era algo titulado “Tú puedes hacer algo por ti”. El autor no mentía, lo dejaba todo en tus manos y él se embolsaba unos euros. Era un sofista de la escuela de Atenas (Las Vegas).

En el tercer párrafo,  decía que si te muestras mal, tienes que sonreír y que al imitar la sonrisa, se supone que tu estado cambia. Aseguraba que para acostumbrarse hay que sonreír mucho. Y como entrenamiento proponía que hay sostener un lápiz entre los dientes. Creo que fue el mentor de Zapatero (de él me quedé traumatizada de la sonrisa perpetua).

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I. Aún hoy sorprende que un hombre haya suscitado tantos odios y rechazos por haber creado un sistema de pensamiento que condena la hipocresía, la mentira y la falsedad. Es decir, que haya nombrado las máscaras que mantienen al ser humano en la esclavitud y el sometimiento.

Han pasado varios siglos y todavía la obra de Spinoza sigue siendo marginal. Sus teorías no forman parte de los filósofos, aunque es importante para los no filósofos y los académicos. Los grandes pensadores de la humanidad como Goethe, Freud, Marx, Nietzsche y Einstein han trabajado en el “clima de las ideas de Spinoza“, según escribió Freud. En los últimos treinta años se han suscitado reapariciones del pensamiento spinoziano. Sin embargo, su obra esta signada por un anatema. En este sentido, su condición de judío yace en el corazón mismo del odio que se le profesa. Pero no, en esta ocasión, como incentivo para los antisemitas, sino para azuzar contra él a sus propios hermanos de tradición. Por ello, si ser judío ha tenido durante milenios el triste significado de ser víctima de persecución y ostracismo por oscuros prejuicios no cabe duda que Spinoza ha sido el judío de los judíos. Como veremos más adelante, hay razones para que este amable y silencioso pulidor de lentes siga originando tantas resistencias.

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Marc Chagall

Te hablo de todas estas escamas. Te lo digo así, porque así me está entrando. Y hoy está todo empapado. Te hablo de cerca.
¿Sabes? He perdido los puntos de referencia. Creo que fue en el cambio de hora, cuando las mañanas ya no eran de noche. Empecé a dejar de entender qué significaba dormir. En cambio, tenía sentido estar frente a la encimera quitándole las bridas a unas judías verdes. Frente al fregadero, para limpiar la taza del desayuno -ronroneo: agua tibia, espuma.- Detrás de mi, en este mapa que es un rectángulo, había un segundero que parecía querer acelerarse. El silencio doméstico se dejaba hacer por cada una de las estancias.
¿Qué quieres que diga yo frente a eso? Esto es todo lo que puedo lograr entender un poco. Lo otro, los otros, esos ruidos de allí, lo real… Yo no comulgué, ¿verdad? Yo no dije sí. ¿O sí que lo dije cuando era las otras? Da lo mismo.
Lo cierto es que tengo estas escamas. Este silencio. La fotografía de una mujer de espaldas frente a la encimera.

Olivia Martínez

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No sé a qué velocidad morimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren porque ya lo han vivido todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste y sencilla vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En ese certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos impeceptiblemente. No hay indicios registrables a diario.

Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piense esto un poco a fondo. Del pasado se posee una impresión enteramente huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Chile hace casi dos veranos. Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en las Margaritas. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. Es la misma memoria falible que altera a su antojo mi vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido la vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

La mujer de la foto de Mark Story debe contar poco de la naturaleza tosca de su piel. No tiene palabras con las que matizar el origen de todas esas formidables arrugas. Es una travesía hueca, se mire por donde se mire. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hechos, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariblemente hechizan. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comúnes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se advierta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire. Seguro.

Emilio

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