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America versus Africa

Las migraciones no se realizan ya por desplazamientos compactos sino por infiltraciones sucesivas entre los “indígenas”, demasiado exangües y distinguidos para rebajarse a la idea de un “territorio”. Tras mil años de vigilancia, las puertas se abren… Si se piensa en la larga rivalidad que existió entre franceses e ingleses, y franceses y alemanes después, se diría que todos ellos, debilitándose recíprocamente, no tenían más objetivo que precipitar la hora de su hundimiento común para que otros especímenes de humanidad tomaran el relevo. La nueva Völkerwanderung, al igual que la antigua, suscitará una confusión étnica cuyas fases no pueden preverse con claridad. Ante cataduras tan dispares, la idea de una comunidad mínimamente homogénea resulta inconcebible. La posibilidad misma de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ésta ocupe, no existía ya entre los autóctonos, el deseo de salvaguardar ni siquiera una sombra de identidad. Del millón de habitantes que tenía Roma en el siglo III de nuestra era, sólo sesenta mil eran latinos de origen. Cuando un pueblo realiza la idea histórica que tenía la misión de encarnar, se queda sin motivos para preservar sus diferencias, para cuidar su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros.

 Después de haber dominado los dos hemisferios, los occidentales se están convirtiendo en el hazmerreír del mundo: espectros sutiles y ultrarrefinados, condenados a una condición de parias, de esclavos claudicantes y lábiles, a la que quizás escapen los rusos, esos últimos blancos. Ellos poseen aún orgullo, el motor, la causa de la historia. Cuando una nación deja de poseerlo y de creerse la razón o la excusa del universo se excluye a sí misma del porvenir: ha comprendido al fin ?por suerte o por desgracia, según la óptica de cada uno. Y si esto desespera al ambicioso, fascina en cambio al meditativo ligeramente depravado. Sólo las naciones peligrosamente avanzadas merecen hoy nuestro interés, sobre todo cuando mantenemos relaciones poco claras con el Tiempo y giramos en torno a Clío por necesidad de castigo, de flagelación. Es esa necesidad la que incita a realizar cualquier obra, tanto las grandes como las insignificantes. Todos trabajamos contra nuestros propios intereses: no somos conscientes de ello mientras actuamos, pero si analizamos cualquier época advertiremos que nos agitamos y nos sacrificamos siempre por un enemigo virtual o declarado: los protagonistas de la Revolución por Bonaparte, Bonaparte por los Borbones, los Borbones por los Orleans… Tal vez la historia sólo debiera inspirarnos sarcasmo, quizás no posea objeto… Aunque sí, lo posee, y más de uno incluso, lo que sucede es que los alcanza al revés. El fenómeno es universalmente verificable. Realizamos lo contrario de lo que perseguimos, avanzamos en contra de la hermosa mentira que nos propusimos; de ahí el interés de las biografías, el menos molesto de los géneros dudosos. La voluntad nunca ha servido a nadie: lo más discutible de cuanto producimos es lo que más apreciamos y aquello por lo que nos infligimos mayores privaciones; esto es tan cierto de un escritor como de un conquistador, de cualquiera en realidad. El final de un individuo invita a tantas reflexiones como el final de un imperio o del propio ser humano, tan orgulloso de haber accedido a la posición vertical y tan temeroso de perderla, de volver a su apariencia primitiva y de terminar su carrera como la había empezado: encorvado y velludo. Sobre cada ser pesa la amenaza de un retroceso hacia su punto de partida (como para ilustrar la inutilidad de su recorrido, de todo recorrido) y quien consigue librarse de ella da la impresión de escamotear un deber, de negarse a jugar el juego inventándose un modo de degradarse demasiado paradójico.

C.

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África versus América – La Fuerza del Paradigma

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El rescoldo del viejo régimen

Los reyes de Castilla y Portugal aprovecharon guerras civiles entre musulmanes, para ampliar sus “conquistas” : el ocaso de los Benimerines o Marines, coincide con intento de Enrique IV, de hacerse con el territorio, comprendido entre los del cabo Cabos de Ajer al de Bojodor; Pedro de Vera conquistó Gran Canaria, Palma y Tenerife, aprovechando a la conmoción, que acompañó a la toma del poder por los Utasi; la guerra de Lugo y la operación colombina, se desarrolló paralela a la entrada de los “Morabitos”, en la escena política.

Abdalah Mohamed, experto en el Corán, técnico en hierbas y sanador, que se decía descendiente de Mahoma, se afincó en el Sus, no tardando en conseguir gran predicamento. Previsor, mandó a los hijos a la universidad del Cairo, destacada en el mundo árabe. Debidamente instruidos al regreso, toparon con gobernador del Xarife , desacreditado por corrupto. Le envenenaron, porque el pueblo no le echaría en falta. Puede que el Xarife sospechase la causa de óbito, pero satisfecho al haberse quitado un indeseable de encima, recompensó a los hermanos, nombrándoles para el cargo, que ejercieron en mancomún. Fieles a su benefactor mientras vivió, muerto concluyeron que nada debían al heredero, alzándose con reino del Sus. Conquistados los de Dará, Fez y Marruecos, instauraron la dinastía de los morabitos.
 
Prestigioso probar que los cristianos no eran invencibles, los hermanos asaltaron la plaza portuguesa de Arcilla, arramplando con artillería, municiones y pólvora. Asustado el Cardenal Cisneros, temió repercusión de la tarascada en la conquista de Castilla, reflejándose el miedo en sendas provisiones de 13 de agosto y 14 de septiembre, de 1516. Recordando la prohibición de vender armas, artillería y pólvora a los moros, acusó a los mercaderes andaluces con factor en Marruecos, de procurárselas, avezando en el manejo a los “enemigos de la fe”, a más de avisar con desvergüenza, de las armadas que se preparaba España, contra el Islam. Haciendo responsables a los andaluces, de que los moros se atreviesen a pelear contra cristianos, en la mar y la tierra, prohibió a los castellanos, en general, tocar en puerto de infieles, dando a los factores dos meses de plazo, para repatriarse, bajo amenaza de serias represalias. Que el Cardenal pudiese aplicarlas a residente en Marruecos, indica las existencia de una Berbería, en la disfrutaba de autoridad, impensable en el norte de África.
 
A 15 de enero de 1517 se publicó real orden, decretando que las mercancías destinadas a Marruecos, transitasen por plaza de cristianos. Alarmada Cádiz, población de mercaderes, el Cabildo celebró reunión extraordinaria, acordando mandar apoderado, en busca de Carlos V, para hacerle ver que causaba serio perjuicio a los gaditanos, sin afectar a los moros, pues no faltaban monarcas europeos, dispuestos a venderles las armas que pidiesen, pugnando Francia e Inglaterra por ocupar, en Berbería, el sitio de los andaluces, en calidad de proveedor, siendo el rey de Portugal, primer beneficiario de la ley. Declaradas su plazas puerto de transito obligado a tierra de moros, de personas y mercancías, las haría prósperas, arruinando a Cádiz.
 
De alvinas o marisma el término, a más de reducido, suspendido el trato directo con Berbería, los vecinos se verían obligados a emigrar, quedando puerto estratégico del reino, a merced de quien quisiese ocuparlo. Evidente que la razón asistía a los gaditanos, Carlos V dejó en suspenso la pragmáticas, en atención al “mucho oro e otras cosas” que importaban de África. No habiendo causa geológica demostrada, para suponer el Norte de África productor de oro, en siglo relativamente cercano, habremos de admitir que aquel trato y comercio, se desarrollaba en diferente escenario.
 
Lope de Sosa era gobernador de Gran Canaria y alcaide de Santa Cruz, cuando “los moros de Berbería”, entraron en el puerto de la Mar Pequeña. Como en Arcilla, quemaron la torre, arramplando con cañones, armas y pólvora. Pasadas dos semanas, Fernán Darias Saavedra, señor de Lanzarote y Fuerteventura, yerno de Sosa, recuperó los restos, quedando en Santa Cruz, como alcaide accidental. Cesado el suegro a primero de agosto, esperaba sucederle, pero el Emperador no estaba dispuesto a perpetuar enojoso recuerdo del pasado. Queriendo borrar las Canarias americanas, en enero de 1518 nombró gobernador de Canarias, lejanas e inéditas, a un Pedro de Castilla. Alcaide de su Santa Cruz particular, tenía su residencia tan “apartada” de la Santa Cruz , a orillas de la Mar Pequeña , que el rey separó la alcaidía de la Torre , del cargo de gobernador.
 
A 5 de septiembre de 1519, el Emperador nombró alcaides pro-indiviso, de la “torre de la Mar Pequeña “, con 100.000 maravedís de tenencias, a Luis Zapata y Francisco de Vargas, cortesanos dispuestos a cobrar, pero sin intención de mudarse a la alcaidía. Autorizados a nombrar teniente, que recaudase quinto y parias, organizase los rescates, impidiese pasar armas a los “moros” e hiciese la guerra, se designó para hacer entrega de la torre y ejercer el cargo, al “que fuese” gobernador de Tenerife, por ser la autoridad más cercana, es decir a Pedro Fernández de Lugo, residente en San Cristóbal.
 
La entrada de los Morabitos en Santa Cruz, inquietó a los gaditanos. Temiendo que repercutiese en libertad de comercio precario, los ediles mandaron regidor a Valladolid, para conseguir que la permisión temporal de tratar con Berbería, fuese cambiada en derecho permanente. Informados de los entresijos del real pensamiento y de los reales fantasmas, escogieron por arma seguro, otorgado a portugueses y castellanos en 1480, para frecuentar las “escalas de mercadores” . Vinculado a una Guerra de Guinea, que se quería enterrar con la Guinea , Carlos V entendió el mensaje. En atención a que Cádiz fue puerto de Berbería, desde que se fundó, yendo y viniendo sus navíos libremente, no era razonable abortar un tráfico, que a cambio de paños de mala calidad, rechazados por los castellanos, aportaba cada año 200.000 ducados en oro, 100.000 cueros de vaca y 10.000 quintales de cera.
 
Hombre sensato el monarca, prolongó indefinidamente la licencia para tratar con Berbería, cediendo de paso a clamor general, contra la concentración del tráfico de Poniente en la Casa de la Contratación. Mejor preparado que sus abuelos para administrar la paz, pese a su afición a la guerra, renunció de someter la realidad a la ley, para adecuar la ley a la realidad. Los oficiales de la Contratación de Sevilla extenderían licencias para navegar a Indias, en barcos “sueltos” o en flotas, pero los navíos, entonces con arqueo medio de 200 toneladas, no remontaría el río, hasta el Muelle de la Muelas. Serían “visitados” en Bonanza, ahorrándoles tiempo y riesgos. Difícil de controlar el barco suelto, el Emperador impuso el cuaderno de bitácora, a los navíos sometidos al control de la Casa , describiéndolo como “libro”, aquel en el que serían consignadas las costas avistadas y los puertos en que mojasen, sin que fuese preceptivo consignar anécdotas e incidencias del viaje. En los años que siguieron, la Casa de la Contratación se extendió, instalando agencias en cuantos puertos conectaban con Indias, incluidos los del Cantábrico, que pese a la prohibiciones, nunca rompieron el contacto con las pesquerías de Berbería o Bacalaos.
 
En decadencia la factoría portuguesa de Santa Cruz del Cabo de Guee o Aguer, Juan III se propuso reactivarla, canalizando el comercio con los reinos del Xarife, por su aduana. Tratando entre iguales, convenció a Carlos V. Regresando a la idea de Cisneros, hizo pregonar que cuentas mercancías tuviesen por destino Berbería, habrían de ser desembarcadas y registradas en plaza de cristianos. Intuyendo la causa, los gaditanos replicaron de inmediato, acusando al rey portugués de manipular la realidad y al Emperador, para expulsar del mercado musulmán, a la competencia andaluza. Bastaría cargar la mano en tasas y derechos, para que no pudiesen competir con los portugueses. Comprendiendo que no les faltaba razón, Carlos V fingió ceder a la voluntad del portugués, pero mandó la provisión a vía muerta, haciéndola preceder de pesquisa.
 
Terminada en mayo de 1532, las respuestas son reflejo de una burguesía variopinta, en la que estaba representado el liberalismo, junto a la reacción más intransigente. Juan de Salamanca, residente en Cartagena, declaró que prohibir a los españoles tocar en puerto musulmán, implicaba privar a los propios de mercado ventajoso, para darlo a extraños, calificando los sevillanos de “imposible”, el intento de suprimir el comercio directo con los “moros”, siendo sacrificio inútil prohibir a los castellanos, procurar armas y trigo a infieles, porque otros se lo llevaría. Estando Francia preparada para ocupar el vacío, que dejaba Castilla, el Emperador, para impedir el tráfico, tendría que poner armadas, en todas las rutas de la mar.
 
El licenciado Campillo, de la facción integrista, prestó al Emperador un poder que nunca tuvo, suponiendo que sería suficiente llamar al orden a los reyes de la cristiandad, advirtiéndoles que de tratar con moros, por puertos no autorizados, les secuestraría barco y mercancías, para que renunciasen. Un tal Polanco, de la misma cuerda intelectual, propuso sin ironía, prohibir a los castellanos pisar tierra de moros, en especial a los descendientes de judíos, pues el trato con el Islam, favorecía el regreso al credo de origen. Prohibidas las compañías mixtas, formadas por cristianos y musulmanes o judíos, los castellanos habrían de negociar, sin salir de plaza de cristianos, incluso los rescates de cautivos.
 
De paso se opuso a que entrasen en puerto de Portugal, para no pagar derechos a rey extranjero, calificando de intolerable que lo hiciesen en puerto de moros, sometiéndose a la humillación de ser registrados por infieles. Tradición que musulmanes pululasen libremente, por las villas portuarias de Andalucía, considerando peligroso el contacto, por el riesgo de contacto ideológico. Polanco pidió que se designase un único puerto para recibirlos. Yendo más lejos, el licenciado Valcárcel aconsejó prohibir a los moros de Allende, entrar en lugar de cristianos, pues con pretexto de “contratar”, se enteraban de lo que convenía mantener secreto.
 
Acusados nuevamente los andaluces de exportar herramienta de guerra a tierra de moros, metiéndola por los puertos de Torocuco y Tafetana, Carlos V cortó por lo sano, canalizando el tráfico con Marruecos, por “Santa Cruz, puerto de Portugal”, en la conquista de Juan III. Publicada la provisión, el corregidor de Jerez, encargado de hacerla cumplir, por desconfiar la corona, de los ediles locales, el juez, replicó con contundencia, digna de gaditanos. No había mercader que llevase piedra de azufre, salitre, cobre, hierro o acero ,a los puertos mencionados, porque siendo abundante, los andaluces compraban todo esto a los moros, para venderlo en Castilla y puertos europeos.
 
Achacó la denuncia a la mala lengua del rey de Portugal, empeñado en canalizar el tráfico por Santa Cruz del Cabo de Guee, teniendo arruinada su aduana, las malas maneras y abusos de los oficiales, que fijaban los derechos a capricho. Probado que la palabra de un rey, “dura cuanto es su de voluntad”, que Juan III fijase a los castellanos derechos iguales, a los que pagaban los portugueses, carecía de significado.  Demasiado lejos Santa Cruz, para pedir socorro a España, el castellano habría de dejarse extorsionar, echando el viaje a pérdidas. Elevados los derechos de entrada, al cobrarlos de salida, por llevar las mercancías a tierra de moros, el precio a que se ponían, para no vender a pérdidas, las ponía fuera del alcance de la demanda. Siendo igualmente altos los que pagaban moros y judíos, por entrar en la plaza, no acudían a comprar, abasteciéndose en Tafetana y Torocuco, puertos en los que judíos y moros eran francos, pagando el cristiano los mismo derechos, que el rey de Portugal exigía a sus vasallos. El Emperador, uno de los monarcas más despiertos de nuestra historia, al comprender el mensaje, dejó las cosas como estaban.
 
Luisa Isabel Álvarez de Toledo
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Las Revelaciones de la Fauna y la Flora

Mármol de Carvajal, cautivo en tierra de moros, ganó el favor de Mahamete de Marruecos, acompañándole a la conquista de Guinea, en calidad de favorito. Rescatado y restituido a la patria, sería fruto del viaje obra voluminosa, publicada en 1572, al amparo de Felipe II. Buen conocedor del África americana, el narrador adapta la información adquirida, al imperativo de documentar el mito del “descubrimiento”, mudando lo que vio en el Poniente Atlántico a un Levante, que al ser para él desconocido, dio lugar a contradicciones, reveladores por flagrantes.
El cauce de los grande ríos africanos, que desembocan en el Atlántico, es navegable, pero fuertes desniveles orográficos, impiden remontarlos desde el mar, al formar cataratas próximas a la desembocadura. Al ignorarlos el autor, extrapoló la orografía americana a la africana. En circunvalación ideal del continente, iniciada en el Nilo, nombra uno tras otro los ríos, cuyas barras pasaban los portugueses, en busca de oro, negros y especies. Midiendo por leguas, de las que entraban 17’5 en grado, menciona 7 ríos, navegados 300 leguas o más, cuyos afluentes eran navegables. Delta con dos bocas o canales, responde probablemente al Orinoco. Determinante el dato, confirma que podemos situar los topónimos donde mejor nos parece, pero no mudar orografía, climas y paisajes. Tampoco botánica y zoología, al menos en medio natural, pues con ayuda de la técnica, hoy es posible cultivar cualquier cosa en cualquier parte.
 
Apegados los historiadores a las creaciones del gremio, en especial a las inspiradas desde el poder, son muchos los hechos, que aparecen enmarcados en entorno imposible. Nicolo y Antonio Zenó viajaron a una Vinlandia en decadencia, en torno a 1395. Del periplo destaca convento dominico, habitado por frailes procedentes de Noruega, Suecia e Irlanda, custodios de biblioteca de “libros latinos”, recopilados por saga de obispos, iniciada en tiempos de Erik el Rojo. Tropical la vegetación del entorno, los técnicos de la historia lo sitúan en Groenlandia, por haber decretado que los vikingos no bajaron al sur. Subsanan el problema dotando al cenobio de microclima tropical, efecto de volcán próximo. Prestándole cualidades de estufa, justifican anómalas plataneras y otros frutos, imposibles en el Ártico. La Saga de Erik el Rojo ubica la sede episcopal en Galdar, ciudad documentada en la Gran Canaria, en 1490. Encontrado el dato, hubiese sido razonable revisar el paradigma, tratando de averiguar dónde llegaron exactamente los vikingos. Pero no queriendo poner en entredicho la palabra de pontífices y reyes, se trasladó fauna, flora y entorno a latitud imposible, transmutando sin sonrojo, los hielos en invernadero natural, como cambia en trópico regado, el sequeral de la costa Atlántica del norte de África, haciendo feraces las arideces de Canarias y el archipiélago de Cabo Verde, islas volcánicas tan escasas de agua, que de no acudir a las desaladoras, sería imposible mantener a la población. No fue en Canarias si no en Santo Domingo, donde dominicos viajeros a Indias, a principios del siglo XVI, conocieron el plátano, el coco y el mango, recibiendo limosna de la riquísima Arana, que aparece como propietaria de 42.000 cabezas de bovino, en 1535.
 
Se da la India por patria al algodón, pero en Cabo Verde, las matas adquirían categoría de arbusto, criándose el papagayo. Tuvo un ejemplar la condesa de Niebla, fallecida en 1405. Aparece en su inventario, además de almaizares de algodón y esclava canaria cristiana. Juan de Valera, mulato, tratante de esclavos, natural de Cabo Verde, residente en la isla de Santiago, en Rivera Brava, regaló “papagayo pardo” y “esclavillo negro”, a su amante Catalina del Puerto, en Puerto de Santa María, antes de 1500. Papagayo con pavo real adjunto, aparece en orla de real albalá, auténtica e intocada, fechada en 1468. En cuanto a los almaizares de algodón, los encontramos en real arancel, repartido en 1491. El velo que tenían por costumbre usar determinados musulmanes, era prenda de uso en casa de los duques de Medina Sidonia. Cubre la cabeza del primero, yacente en San Isidoro del Campo. El tercero, fallecido en 1507, poseía esclavo canario, que los hacía a domicilio. No tendrían importancia en la investigación que nos ocupa, de no haber esgrimido Bartolomé Colón, los almaizares o velos de algodón de colores, que envolvieron las perlas rescatadas por el hermano, como prueba de que Cristóbal estuvo en Paria. Más significativos que el pavo real de la orla de 1468, son las dos pavas y otros tantos pavos comunes, comprados en Sanlúcar en 1503, para llevarlos a Melilla. Mexicano y estadounidense el animalito, debía ser ignorado en Andalucía, porque México no se “descubrió” oficialmente, antes de 1521.
 
Los fenicios comercializaban añil o índigo, cuyo origen es planta conocida por pastel o glasto. De uso común en la Europa medieval, es considerado originario de la India, como el algodón. Pero el que transportaban barcos documentados, por haber sido robados en la mar, procedía de Guinea o Berbería. En tiempo de la guerra de Guinea, el “pastel” era carga que denunciaba al que frecuentó los “rescates”, sin licencia de la Corona. Perdida la guerra, el rey de Portugal recuperó el control de su “conquista”, cerrándola al castellano, que no pasasen por la taquilla portuguesa, pagando las debidas licencias y el quinto de la carga. Dedicados los excluidos al corso, porque de algo tenían que vivir, lo practicaron tan cerca de casa, que alejaron a los extranjeros, de los puertos de Castilla, desapareciendo de Sevilla “oro, cera, cobre, añil y cueros”, productos que atraían al comercio. Depreciando el almojarifazgo por falta de clientela, mermó la renta, ausentándose los aspirantes al arriendo. Alarmada la Católica, en 1480 quiso enderezar la situación, dando real seguro a los navíos, que trajesen géneros de Guinea, amenazando con pena de muerte, y confiscación de bienes adjunta, al vasallo que intentase robar a extranjero. En 1490, carabela de Charles de Valera, alcaide de Puerto de Santa María por el duque de Medinaceli, dedicada al corso, tomó carabo de moros procedente de Berbería, con carga de caballos, cueros y añil, apareciendo el pastel y añil entre “otras tinturas”, en el arancel de 1491. En los siguientes lo encontramos en la rubrica de los productos procedente de Indias, más concretamente de las Canarias, cargándolo la flota de Nueva España. Al encontrarse en Berbería a mejor precio que en puerto de cristianos, los andaluces del siglo XVI viajaban al Safi en busca de pastel, añil, botas de cochinilla, perlas, aljófar, oro hilado, piedras preciosas, ámbar y cera de palo, introduciéndolo por “calas ocultas”, de Tarifa y Vejer.
 
Bernáldez circunscribe el cultivo del pastel a la isla de Palma. Fernández de Oviedo, que identifica el istmo de Castilla del Oro, con La Española, extiende el cultivo hasta el sur de Nueva España. Estancado por la Corona, al ser liberado en 1572, se multiplicaron plantaciones e ingenios. En 1576, Guatemala produjo 600 arrobas de panes, exportando a principios del siglo XVII, una media de 11.600 arrobas al año, lo que representaba ingreso de medio millón de pesos para la provincia. Al no identificar Berbería con América, la historia registra en el siglo XVIII, hallazgo el pastel “salvaje” en Venezuela, achacando su introducción en las Antillas menores y las Guayanas a ingleses, franceses, holandeses y daneses. Comercializado por la Compañía de las Indias Occidentales, en 1743 se cultivaba en las tierras bajas del Misisipí y Virginia.
 
Los naturales de Castilla del Oro, llamaban xiliquite al pastel o glasto. Conocido el producto refinado como añil o índigo, el químico francés Nicolás Lemery, que publicó su obra en el siglo XVII, le da por patria las Indias Occidentales, señalando que el mejor procedía de “Gati – malo”, es decir, Guatemala. Vegetal de difícil aclimatación, Juan Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia, dotado de sentido de la iniciativa tan agudo como ruinoso, importó técnico de Portugal, oriundo de Madeira, en la primera mitad del siglo XVI, imaginando poder cultivarlo en Vejer. Rotundo el fracaso pero olvidado, la Sociedad Económica de Amigos del País, repitió el error en el siglo XIX, repartiendo entre propietarios andaluces simiente de pastel, procedente de Guatemala, acompañada de instrucciones, tan puntuales como inútiles. Sembrado en el Coto de Doñana, donde fructificaron fugazmente algunos frutos americanos, como la caña dulce, el glasto volvió a fracasar. En el arancel de 1491, la “goma” o caucho, aparece en la misma rúbrica que el pastel. Producto de Brasil cuya exportación estuvo prohibida, los franceses lograron robar simiente en el siglo XIX. Aclimatado en Indochina, hundió la economía brasileña. Descubierto por entonces en el África Ecuatorial, la explotación a la parte de Gabón, fue tan desconsiderada, que los colonizadores no tardaron en extinguirlo, cuando menos en las zonas accesibles.
 
La chumbera común, conocida en Andalucía como de vallado, es el hábitat de la cochinilla. De no haber sido dibujada por Fernández de Oviedo, como curiosidad americana, la creeríamos aborigen o cuando mucho, importada del norte africano. Introducida en la costa de Conil y Chiclana no sabemos cuándo, en los libros de cuentas figuran cosechas de grana. Parecía floreciente pero el insecto se esfumó, dejando por recuerdo la chumbera, portadora de fruto, que en Francia se conoce como “higo de Berbería”.
 
Género de Indias la grana, procedía de Nueva España, sin perjuicio de que se encontrase en una Berbería, sin relación con Argelia, colonia, donde la explotaron los franceses del siglo XIX. Un Alonso de Lugo mercader y sanluqueño, sin relación con el conquistador de Canarias, fletó en 1469 la nao portuguesa Santa Clara, cargando mercancías de diferentes propietarios, con destino a Londres. Obligado el barco a meterse en Ceuta por los vientos, fue abordado y robado por carabela de Fernán Darías Saavedra, alcaide de Tarifa, pleiteando contra Lugo vecino de Baeza, propietario de 4 balas de grana en grano y 17 arrobas en polvo, que llevó a bordo, considerando de justicia que le fuese devuelto el grano o su valor.
 
Ignorando que el origen oficial de la caña dulce se ubica en la India, Bernáldez observó que nacía espontáneamente en la isla de Palma, ratificando Antonio de Ulúa, científico del siglo XVIII, al escribir que la planta era espontánea de Brasil. Los primero españoles que estuvieron en isla de Santa Catalina, sin duda la del Caribe, comprobaron que la caña se daba “muy bien”, sin necesidad de plantarla, notando que en la misma isla había gallinas, iguales a las de España. En el siglo XIII, entraba azúcar en los puertos de Barcelona y Valencia, concluyendo ciertos historiadores, que los musulmanes la cosechaban en la Albufera valenciana y el Turia, a más de estar generalmente admitido, que se cultivaba en Granada. No es posible negar que así fuese, pues según Alonso de Palencia, los musulmanes españoles tuvieron maíz o panizo, cultivo que parecen haber abandonado los moriscos, sometidos a los cristianos. En todo caso la caña dulce debió extinguirse, pues a 10 de julio de 1493, los Reyes Católicos dieron carta de naturaleza a los hermanos Agostín y Martín Centurión, genoveses, porque ofrecieron plantar caña y hacer azúcar en Málaga, Granada y Almuñecar, a más de introducir ciertas “labores” de paño, sedas y lanas.
 
Centros azucareros Madeira, la isla de San Miguel, Arguim, Santo Tomé, Mogador y Gran Canaria, el azúcar aparece en el arancel de 1491 y siguientes. A principios del siglo XVI, se consideraba género de Granada, Madeira, Canarias y Brasil. De Indias en los siglos siguientes, procedía de Canarias y Berbería, sin que aparezca el de Antillas. La ausencia de la documentación, no es óbice para que la historia oficial, explique con reiteración la introducción de la caña en estas islas. Variadas las versiones, la más extendida supone los primeros esquejes procedentes de Granada. Llevados por Colón en 1493, vecinos de Concepción de la Vega los plantaron en La Española, haciendo el primer trapiche el alcalde Pedro Atienza, en 1506. Una segunda versión atribuye la importación de la caña a los 4.000 negros de Guinea, especialistas en cañaverales e ingenios, importado por Pedrarias, adjudicando Benzoni la novedad a genoveses, que tuvieron durante mucho tiempo, el control del azúcar canario. Fernández de Oviedo cuenta que Gonzalo de Velosa, con la colaboración de canarios, puso el primer cañaveral de La Española, instalando trapiche de caballos en Nigua. Otros atribuyen la plantación primigenia a Tomás Castelló. Y la construcción del primer ingenio al catalán Miguel Ballester, con ayuda de operarios canarios y portugueses. En 1548, de los 60 ingenios que había en las islas, 35 estaban en Santo Domingo
 
Asombrosamente precisa la historia oficial, ubica la introducción de la caña dulce en Gran Canaria, el año 1494. Pero Alonso Fernández de Lugo, “conquistador” con Pedro de Vera, en 1480, beneficiario del repartimiento que siguió, tenía cañaverales e ingenio, en 1489, siendo requerido ante los tribunales por el jurado Pedro Fernández, por deuda de 2.500 fanegas de azúcar. Mal debían ir las finanzas de Lugo, pues el mismo año carpintero de Gran Canaria, le reclamó 20.000 maravedís por dos negros y cuatro bueyes, que compró sin pagarlos, ganado mayor supuestamente ausente de la isla. Entre los bienes de los duques de Medina Sidonia, a principios del siglo XVI, figuran tributos en azúcar, cañaverales e ingenios, en Gran Canaria y Tenerife, figurando como socio Mateo Viña, genovés y regidor de Tenerife. Juan de Guzmán dio en arriendo y a censo cañaverales en el Río Grande del Taoro, antes de que Alonso de Lugo le pagase deuda contraída, a causa de la conquista de Tenerife, con diferentes partidas de canarios esclavos y hacienda, entre los ríos Abades y Abona. En 1506 quiso el Duque explotarla, construyendo ingenio y poniendo cañaveral en Montana Gorda, franja de tierra de calidad superior, de más de una legua. Obligado regar en verano, tiempo de seca, proyectó juntar el agua de los dos ríos, que flanqueaban la propiedad depósito, situada en lo más alto, para ser distribuida en el llano, por acequias forradas de madera de teca y calafateadas. En la mayor se harían dos molinos, con otras tantas piedras, para proveer de harina a la haciencoa y los pobladores, que habrían de explotar la tierra a censo. Pagado el tributo en especies, sería embarcado en puerto fluvial, cercano a propiedad, dotada de arboleda suficiente, para proveer 20.000 cargas de leña al año, necesarias para elaborar el azúcar. Escasa la caña en la “isla”, los plantones se trajeron de Gran Canaria. En el sur de la Tenerife actual, se encuentra la región de Abona. De suelo volcánico, no hay ríos ni fuentes, ni huella de que los hubiese en otro tiempo. Los ríos Abona y Abades, perfectamente reales, estuvieron en otra parte, que también se llamó Tenerife.
 
En el siglo XVII, holandeses, ingleses, franceses y daneses, se asentaron en el levante americano, las Antillas menores y el istmo. En 1628 “introdujeron” la explotación de la caña en Barbados y Jamaica, con esquejes traídos de Pernambuco. Poco más tarde se cultivó al sur de las Indias Inglesas, hoy Estados Unidos. Propietaria Francia de Guadalupe y Martinica, apostó por la calidad. No faltaba azúcar de la Indias españolas, en el siglo XVIII, pero por el puerto de Bonanza entraba de las islas francesas, por ser considerada superior a la de producción española.
El origen americano del maíz o “panizo”, no se pone en duda. Pero el hecho que se cultivaba en la Granada musulmana. Enrique IV, inventor de la Reconquista y de la Castilla unitaria, se propuso borrar de la península el reino musulmán. Planificada guerra prolongada, en 1456 ordenó dos entradas al año. Según el cronista Palencia, en primavera para quemar las “mieses” de trigo, cebada y centeno; en otoño para hacer lo mismo, con las cosechas de “mijo y maíz” o “panizo”. No habiendo un tercer cereal, que se coseche en esta estación, sería interesante averiguar por qué “se trajo de Indias” el maíz, que aparece entre los bienes de Juan de Guzmán en 1507, sembrado y almacenado en Vejer. Según el Dikr, se cultivaba en Nayran, ciudad del Yemen, siendo evidente que de no conocerlo, Erik el Rojo, colonizador de Vinlandia, no hubiese comparado el ruido de los remos, chocando con el agua, con el entrechocar de los granos de maíz.
 
La orchilla es liquen tintorero, utilizado como sucedáneo de la púrpura. Aún cotizada en el siglo XVIII, el P. Sarmiento se felicitó, al descubrirlo en acantilados de Pontevedra, aún siendo de explotación imposible, por escaso. La presencia es lógica, siendo Bayona el puerto natural de arribada de Indias. Los Peraza, propietarios de las Canarias menores, cosechaban más de ochocientos cahíces de orchilla. En 1477 lo compraba el genovés Riberol por asiento, a 10 doblas cahíz, puesto en las islas. Monopolizada la producción de las islas mayores por Juan de Lugo, mercader sevillano, al no querer perderla halagó a los reyes en 1480, aportando importantes préstamos para la conquista de Canarias. Terminada, los Católicos no le tuvieron en cuenta, concediendo el monopolio de la orchilla de Gran Canaria, Tenerife y Palma, al comendador Gutierre de Cárdenas. Complicada la recogida y conservación del género, Cárdenas hubo de recurrir a Juan de Lugo. Precavido, se hizo extender provisión a su nombre, otorgándole la exclusiva de la recogida y exportación de orchilla. En 1494 Cárdenas denunció a mercaderes, con factor en las islas, que compraban y exportaban la orchilla, sin respetar su privilegio. Estancada la de Cabo Verde por Alfonso V, a la muerte de Cárdenas, los Católicos incorporaron la orchilla de las Canarias a la corona. En 1503, creada la Casa de la Contratación, la explotación de la orchilla de las Canarias, las “partes” de África próximas, Tagaoz, Cabo de Aguer y la Mar Pequeña, quedó a cargo de sus oficiales. Responsabilidad de la Casa cuanto tocaba al continente americano, de proceder la orchilla de otra parte, hubiese quedado al cuidado de diferente organismo.
 
Según Fernández de Oviedo, se cogía en México, Tierra Firme, la Isla de la Orchilla y “asilvestrada” en campos de Venezuela. No exenta de riesgos la recolección, pues se encontraba en los acantilados, el “cogedor” trabajaba metido en un gran cesto, pendiente de maromas. En los aranceles del siglo XVI al XVIII, la orchilla aparece como género de Indias, exclusivo de las Canarias.
Se encuentran caracoles de la familia de los múrices, en las costas de la Provenza francesa, Inglaterra y otros mares. Pero su “púrpura”, escasa y de mala calidad, no sirve para teñir. Las “conchas” o caracoles de la púrpura, utilizadas desde la antigüedad, se encuentran en el Caribe, el sur del Golfo de México y el Pacífico centroamericano. En el siglo XVIII Antonio de Ulloa, observó cómo los indios de Nicoya y Guatemala, teñían hilos de algodón, con el “jugo” que destilaban los caracoles de la púrpura. Habla Pulgar de las “conchas de la mar muy grandes”, que se cogían en las Canarias, para cambiarlas por oro en la Mina. En 1478, la armada de Juan de Rejón, formada para conquistar por segunda vez Gran Canaria, zarpó con la flota, que había de pelear en Guinea. Prevista la carga de retorno, los justicias de Canarias habrían de recoger cuantas conchas pudiesen, entregándolas a los oficiales de la corona, para trocarlas por oro en la Mina. En 1490 Inés de Peraza arrendaba la cogida y pesca de múrices, en Fuerteventura, cotizándose la unidad en la isla, a 15 ducados. En 1497, año en que entró en vigor el Tratado de Tordesillas, los Católicos incorporaron los múrices a la corona, quedando obligados los pescadores, a entregar las conchas a los “justicias”, a cambio de precio “justo”, fijado por el comprador.
 
Después de la muerte del príncipe D. Juan, se alteró el destino de las conchas, al hacer recaer la sucesión de las coronas de Castilla y Aragón en la Infanta Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Embarazada, la Reina creyó cumplido el sueño de la unidad peninsular y americana. A 22 de enero de 1498, Antonio de Peñalosa fue nombrado “cogedor” de las conchas. Dotado de hombres y bestias, habría de acopiarlas, registrando la cosecha por unidad, ante escribano, en presencia del gobernador o su representante, para enviarlas al rey de Portugal, comprador de la totalidad, por necesitarlas para “rescatar” oro en su Mina. Muerta la infanta, seguida del hijo, la alteración política se reflejó en los múrices. Quedaron “estancados” para la corona castellana. El 15 de junio de 1501, el veedor Antonio de Torres, a cuyo cargo estaban los rescates en Berbería y la Mar Pequeña, fue nombrado “cogedor” de las conchas, en las tres Canarias mayores. Poco despué, victoria de Alonso de Lugo en Saca, abrió a Castilla la isla portuguesa de San Miguel, que se extendía de Panamá a Honduras, sede de importante Mina, emprendiendo Colón el cuarto descubrimiento, que habría de permitir reemplazar el trueque por el despojo. Devaluados los múrices, Torres fue privado de personal. Para cumplir el mandato, hubo de asociar a la corona, con el genovés Mateo Viña, regidor de Tenerife, plantador de caña y tratante de esclavos, que a cambio de la mitad de la cosecha, deducidos los gastos, tomó a su cargo la recogida de las “conchas”.
 
Sin interés para los castellanos, Fernández de Oviedo menciona los múrices, a título de curiosidad: “los reyes antiguos” usaban las “ostras”, “para teñir sus vestiduras de púrpura”. En su tiempo seguía comprándolas el rey de Portugal, para trocarlas por oro en la Mina, pero a precio módico. Se cogían en la costa de Castilla del Oro, hasta Villa Rica, en el sur de Méjico y a la parte del Pacífico, desde el Golfo de San Miguel o Panamá, hasta Nicoya, siendo particularmente abundantes en el de Ortiña o Nicaragua. Pulgar silencia la utilidad de las conchas de Canarias, achacando el precio que alcanzaban en la Mina, a la creencia de que protegían del rayo.
 
El “palo de rosa” también procedente de Indias, aparece en los aranceles como exclusivo de Canarias. Apreciado en marquetería, debe su nombre al olor y color de la madera. Se produce en Brasil y el sur de Méjico, pero sobre todo en Belice, habiendo sido exportación principal de la colonia inglesa, en la primera mitad del siglo XX.
 
La cera de “Berbería” o de “palo”, de color amarillo, más barata que la blanca y de uso múltiple, únicamente se encontraba en el puerto de Safi. En 1602, el Xarife pidió licencia para mandar criados a Lisboa, en busca de pedrería, e introducir en España de 800 a 1.000 quintales de cera, para amortizar viaje y adquisiciones, con el producto de su venta. Produce esta cera palmera, que se cría al norte de Brasil. En el siglo XVIII Antonio de Ulloa, miembro de la expedición de Jorge Juan, la encontró en las fuentes del Amazonas. Conocida la palmera como “Palma de Guinea”, al abundar en Brasil, estando ausente de la Guinea africana, el apellido creó dificultades a los historiadores. Buscando explicación, la encontraron alambicada, recogiéndola Verissimo Serrâo. Encontrada por los descubridores de África, conquistadores hacendosos, la introdujeron en las Indias de Portugal. Extendiéndose prodigiosamente, desapareció de su patria de origen, sin explicación posible. De difícil digestión el supuesto, al ser utilizada la cera de esta palma en la industria actual, el problema se subsanó cambiando el apellido por Carnauba, nombre del puerto donde embarcaba la cera de “palo”.
 
El “pimiento de Indias”, también conocido por “pimienta” o guindilla, en tiempo de los Reyes Católicos se llamó “manegueta” como en Portugal y por deformación “malagueta”. Indiscutido hasta la fecha su origen americano, sorprende que nadie haya reparado en que aparece en documentos, anteriores al “descubrimiento”. En agosto 1475, Isabel mandó armada a las “partes de África y Guinea”, para hacer la guerra a los portugueses. De retorno habrían de traer”oro, esclavos y manigueta”, petición imposible de no conocerla. Prueba de que los españoles eran aficionados a la guindilla, que se mencione la “menegueta” o “manigueta”, en las licencias expedidas para “rescatar” en Guinea y la Mina de Oro. Que Fernández de Oviedo dibuje la planta del pimiento, entre las de Indias, indica que al menos en la España en que vivió, era desconocida. Llamado “aji” por los americanos, se consumían profusamente en las “islas” y Tierra Firme. Rojos y verdes, los pimientos, en función al momento en que se cogen, explica el cronista que tenía forma de “vaina” o eran redondos “como guindas”. Los grandes se podían comer crudos, por ser dulces, pero no los pequeños, pues la “pimienta de Indias” “quema mucho”.
Es probable que otras especies vegetales americanas, fuesen conocidas en Europa antes del “descubrimiento”, como lo fueron algunas animales, destacando el “gato cerval”. Americano según Fernández de Oviedo, en el arancel de 1491, entre las pieles de “salvajina”, aparecen las de “gato cerval”. Lo era probablemente el de algalia, conocido como “gato de Berbería”. Almizclero, se importaba con regularidad. Introducidos en los pinares de Sanlúcar y el Coto de Doñana, se aclimataron, siendo quizá ascendiente del “gato clavo”, inventariado en el siglo XVIII, según dicen desaparecido. No lo menciona Oviedo, que atribuye el almizcle a “zorrilla”.
 
Si en lo que se refiere a los vegetales, salvo en el caso de la caña, no se niega presencia precolombina en América, aunque se les preste diferente origen, como en el caso del algodón y el pastel, en lo que toca a los animales, en especial domésticos, es frecuente que se atribuya su introducción a los españoles, negando la presencia de los desaparecidos. No sabríamos que hubo canguros en América, de no dibujarlo Fernández de Oviedo, pese a que la descripción del gato “chucha”, sólo puede referirse a un marsupial. De pelo negro, manos y patas rubias, con bolsa en el vientre, albergue de las crías, desapareció víctima de una carne sabrosa. Afirman muchos que no había perros en Indias, pero el cronista nos dice que estaban representadas diferentes especies caninas, además del lobo y la hiena. Generalmente salvajes, en Castilla del Oro era doméstico el “gozque”, incapaz de ladrar. Los indios lo cebaban, para convertirlo en cecina.
 
Mencionado el camello, probablemente dromedario, por cronistas que los vieron en las costas del Istmo y Tierra Firme, donde eran utilizados como animal de trabajo, se niega su presencia, aventurando que los españoles daban este nombre o el de oveja a la llama, sin reparar que oriunda de las alturas de los Andes y peluda, difícilmente hubiese podido sobrevivir en tierras calientes. Diezmados los camellos pero no exterminados, los actuales son considerados de importación, como los negros, quizá por aparecer repetidamente en la Crónica de Guinea, escrita en el siglo XV por Zubara. Encontramos el camello, entre otros escritos, en el relato de Alfonso Gonçalves. Estando en las inmediaciones de la Punta de la Galera escapó a toda vela, por no enfrentarse a tropa de azenegues alárabes de a pie, encabezados por jeques, que montaban caballos y camellos, blanco uno de los últimos. Marginal durante mucho tiempo la arqueología, en continente que se considera “nuevo”, correspondió a los geólogos el hallazgo de depósitos óseos, en los que se encontraron restos de camélidos, mamuts y caballos, denunciando puntas “clovis”, la intervención del hombre en su muerte.
 
El “ñú” es el avestruz americana. Aficionado Felipe II a coleccionar animales exóticos, embajadores y agentes en la corte del rey de Marruecos, le hicieron llegar diferentes partidas de camellos, carneros de Guinea y avestruces, desde Berbería. Embarcadas en el puerto de Santa Cruz, enlazaban en el de Azamor, con los puertos de Tetuán y Tánger. En el globo de Cornelli, destinado a Luis XIV, aparecen cazadores de avestruces en el Amazonia. Conservados en Argentina, la ciencia justifica su presencia, esgrimiendo argumento contundente, que no admite al referirse al hombre ni a otras especies: alojados los antepasados del “ñu” en la Pangea, no desertaron de la parcela americana, antes de producirse la escisión. Viajando con la tierra, al parar en clima similar, evolucionaron en la misma dirección que sus parientes africanos, siendo el avestruz australiano, el más fiel a las formas de origen.
 
Víctima de las cualidades milagreras, de carácter afrodisíaco, que se atribuyeron a su cuerno, los portugueses de la Crónica de Guinea, debieron cazar los últimos rinocerontes de los ríos, siendo contados los que debieron sobrevivir en 1470, año en que Alfonso V, al confirmar Sixto IV el monopolio del reino de Fez, concedido a su corona por Martín V, declaró regalía real plantas y maderas tintoreras, orchilla, gatos de algalia y “dientes” de “unicornio”, cerrando aguas y costas al intruso. Dientes de unicornio aparecen entre los objetos personales, que dejó el duque de Medina Sidonia, fallecido en 1507. Comprador de dos “dientes de elefante”, procedentes de Guinea, a su muerte conservaba uno, llamado propiamente “colmillo”, por los testamentarios. El 1478, usando el título de reyes de Portugal, pero teniendo la guerra perdida, los Católicos limitaron las potestades del receptor de quinto de Guinea. Reemplazado Lillo por Gonzalo de Guadalajara, se reservaron la facultad de extender licencias, para rescatar en Guinea y África, oro, metales preciosos en general y especies. El apoderado podría otorgarlas para rescatar esclavos y “dientes de elefante”, en los “rescates” de la Manegueta y la Mina de Oro. Depósito de colmillos encontrado en la región de Santo Tomé, certifica de tráfico que nos hundiría en la perplejidad, de no ser por el relato de Bernaldo de Ibarra, testigo de Diego Colón ya mencionado, vecino de Santiago en Indias. No habiendo participado en el cuarto viaje, en 1514 habló por terceros, refiriéndose a “patada” de elefante, impresa en el barro de un “estero” “al que fue a beber”, encontrada en Veragua. Es probable que el cuento no sea cierto. Pero Ibarra no hubiese hablado de elefantes, de no haberlos visto en su entorno. Pacheco, vecino de Bonao, que participó en el viaje, usó símil zoológico más modesto. En Veragua vio “pisadas” de cabras, puercos, felinos y “patadas grandes, como de una yegua”, especies todas ellas, que se movían en libertad por el continente.
 
Empeñados los ortodoxos del “descubrimiento” en marcar diferencias, que hiciesen del Nuevo Mundo universo, sin relación con el antiguo, forzaron la ficción hasta caer en el absurdo. Excluidas del continente las especies domésticas en general, convirtieron en Arca de Noé las carabelas de Colón, en el segundo viaje. Bernáldez y Fernández de Oviedo, demasiado cercanos para negar los hechos, coinciden en que al ser la flota de armada, formada para hacer la guerra a Portugal, el “descubridor” embarcó soldados, no pobladores, cargando a título de despensa, como en todas armadas, vacas, carneros y gallinas en vivo. Testigo presencial Bernáldez, tuvo la humorada de inventariar los equinos. Partida de 24 caballos, 10 yeguas y 3 mulas, reflejan elección a todas luces inadecuada, de tener intención de multiplicar la especie.
 
Diferentes las gallinas americanas de las europeas, en 1542 Orellana las descubrió castellanas, bajando el Amazonas, hallazgo carente de significado, porque en las inmediaciones estaba la plaza portuguesa de Mazagán. Más significativas son las encontradas de la misma raza, en Nueva España, Yucatán, la isla de San Mateo y la de Santa Catalina. Expulsados oficialmente los cerdos del continente, según Fernández de Oviedo eran tan abundantes en La Española, en los inicios del Siglo XVI, que se descastó la isla de puercos cimarrones, para salvar las plantaciones de caña. Por el mismo tiempo había “grandes hatos de cerdos e innumerables monteses” en las Antillas, Tierra Firme y Nueva España, no tardando México en remitir tocinos a España. En la región de Cumana se criaban los “baquiras”, con ombligo en el lomo. Introducidos los europeos, no prosperaron. Aguirre y compañeros, bajando el Amazonas, fueron obsequiados con ágape de tortugas y puercos, en el primer pueblo de Guinea.
 
Negada la presencia de cabras y ovejas en el continente, no faltan pruebas en contrario. Reputada de estéril la costa caribeña de Castilla del Oro, se decía que al ser el clima inhabitable, las gallinas no ponían, las vacas no se preñaban, ni las mujeres parían. Escasamente poblada Nombre de Dios, como más tarde Portobelo, quedaba en campamento al que acudían los mercaderes, al anuncio de la flota, siendo abastecida la población, estante y flotante, desde Panamá. Queriendo los Austrias población que frenase a los corsarios, buscaron especie de importación adaptable, que garantizase el plato. Al “probar mal” las vacas trajeron cabras, de Canarias, Cabo Verde y “pequeñas” de Guinea. Según Oviedo, únicamente se aclimataron las últimas.
 
Más caro el carnero que la vaca, por preferirlo el andaluz, teñido de musulmán, de haber sido especie de importación en Indias, la escasez lo hubiese encarecido, aún siendo escueta la población castellana. Pero ocurre que en La Española de principios del siglo XVI, el carnero se vendía a real, como en Andalucía. Conquistado México por Cortés en 1521, las primeras estancias para ovejas se repartieron en 1525. Creada “Mesta” a la castellana en 1537, para desgracia de los indios labradores, en 1579 se censaron los rebaños. La media de cabezas por propietario, era de 200.000. Pizarro se hizo con Perú en 1531. En 1537 se repartieron 2.000 indios – pastores entre los colonizadores, responsable cada uno de rebaño de merinas, que oscilaba entre las 800 y 1.000 cabezas. Según viejos tratados de “agricultura”, las “merinas” deben el nombre a la condición de “tras marinas”. Entraron en Castilla por la mar a iniciativa de Alfonso XI de Castilla, por producir lana de mayor calidad, que las churras autóctonas.
 
No es el continente que conocemos por África, rico en caballos, lo cual no impide que al ser aficionados los pueblos islámicos, se encuentran inmejorables, pero de crianza privada, no habiendo noticia en los últimos siglos, de la presencia de mandas salvajes. Al no estar extendido el uso del caballo en África negra, son raras las representaciones de jinetes, siendo más evidente las presencia del caballo autóctono, en Europa y Asia. Conocida la raza “árabe”, procedente de Oriente Medio, no lo fue menos la “berberisca”, variante de perfil acarnerado y “cuello al revés”, representada en España. Su origen se ubica en Marruecos, concretamente en el Sus. Para León el Africano, “Sus” fue río que partiendo de región mediterránea, cruzaba el Sahara bajo la tierra. Al emerger en las inmediaciones de la costa, según el autor, creaba microclima tropical, apto a la selva y la pradera. Perdido aquel paisaje hace poco más de tres siglos, según los historiadores, la geología no ha encontrado indicio de pradera, en la planicie de arenas, que el Africano también llamó “Sus”. La fundación de la ciudad de Mogador inmediata, está debidamente documentada, habiendo sido iniciada por el Xarife de Marruecos, en 1760, en lugar inadecuado para que prosperen equinos en libertad.
 
Angla Caballos, mencionado en la Crónica de Guinea desde 1436, conservó su nombre hasta el siglo XVIII, sin más cambio que el del arcaísmo “angla”, por la modernidad de “puerto”. Estuvo en el Golfo de Honduras, en el Puerto Cortés de nuestros días, siendo probable que debiese su nombre al embarque de equinos, no al desembarco. De la familiaridad de los naturales de Yucatán con la especie, nos informa anécdota recogida por Landa. En los primeros tiempos de la conquista, un maya “asió a un caballo por la pierna y lo detuvo, como si fuese un carnero”. Se puede hacer, pero a condición de conocer la anatomía del caballo. En 1503, Juan de Guzmán dio 50.000 maravedís a un tal Saldaña, para que le comprase caballos berberiscos en Allende.
 
La evolución desde el “eohippus”, con alzada de perro de salón, antepasado de todos los equinos, hasta el “petizo”, coetáneo del hombre, se puede seguir en Sudamérica, a través de restos encontrados, siendo frecuente en el caballo americano característica, que introducidas en caballos europeos por vía genética, no tarda en perderse, la piel “rosa” o albina. Mediado el siglo XX, la proporción de caballos blancos “piel rosa”, en Brasil, era de un 10%. Y mayor la de los overos o píos, que la alternan con la capa oscura común. Complicado justificar la extinción del equino, en continente de amplias llanuras, abundante en pastos, donde son frecuentes los hallazgos de depósitos óseos, en que aparecen restos de equinos, con puntas clovís, se apela a seca que asoló Brasil, al final del pleistoceno, para eliminar especies varias del conjunto del continente, entre las que figuran el caballo y el mono. El último debió regresar por su pie, pues los conquistadores lo mencionan, sin pretender haberlo introducido, quedando excluido del desastre el cérvidos, por estar representado en el arte precolombino, junto con el bisonte, que según versión actualizada del poblamiento de América, arrastró al hombre en su estampida, haciéndole “descubridor”.
 
La única prueba de la ausencia de negros en el continente, es el testimonio de los conquistadores. En el caso de los equinos, se suma la ausencia de representación, en el arte tradicional. Sin embargo no son los únicos seres excluidos de una expresión, fuertemente condicionada por el imperativo religioso. Según la historia, los primeros caballos que pisaron las Indias, arribaron en las carabelas de Colón, que zarparon en el otoño de 1493. Cargó el “descubridor” 10 yeguas, que a juzgar por instrucciones de la reina, fechadas a 19 de abril del 1497, se revelaron prodigio de fertilidad. Obligada la mudanza de la Isabela de Monte Juan, plantada tan cerca de la Mina de Oro, que estaba en la “conquista” de Portugal, Isabel planificó nueva fundación en la Española insular, ordenando al “descubridor”, “tomar” yeguas, vacas y “asnos”, de los que había en Indias, para repartirlos entre los pobladores, con aditamento de 20 yuntas de bueyes domados, que labrasen la tierra. Si tenemos en cuenta que los pobladores embarcados fueron 300, el problema parece de difícil solución. Por otra parte no hay noticia de que navegase burro, lo que no impidió que abundasen en América. Buscando las fuentes del Amazonas, Antonio de Ulloa vio manadas de onagros, o burros salvajes.
 
Recién “descubierto” México, tropilla de españoles que fueron a dar en Iztuclan, disfrutaron de la riqueza local de puercos, ovejas, cabras, vacas y caballos, hasta que les sorprendió riada. Ahogadas las vacas, los equinos se salvaron a nado, siendo recuperados paciendo en las alturas, a punto de unirse a manadas cimarronas. En 1507, año en que murió Juan de Guzmán, dos barcos fletados a su cuenta, navegaban rumbo a las Indias. El uno era carabela, cargada con 32 cautivos de rescate, que regresaban al Cabo de Aguer, por haber sido rescatados; el segundo nao, con carga de mercancías diversas, confiadas a Hernando Caballero y Rodrigo Bastidas, para venderlas en destino. Llevaban zapatos, “hebillas” y “sillas de jineta nuevas”. Siendo costumbre que todo caballo embarcase con montura propia, artilugio duradero, tuvieron por destino, necesariamente, lomos de equinos aborígenes.
“Llenas” de yeguas las Antillas mayores, Tierra Firme y Nueva España, Fernández de Oviedo nos dice que La Española nutrió de caballos domados, a los conquistadores de Tierra Firme y Perú. Había tantos en la provincia, que el potro o yegua educado, costaba de 3 a 5 castellanos, exportando la “isla” 3.000 caballos y más de 1.000 mulas por quinquenio, pese a competir con la isla de San Juan, especializada en híbridos. El censo de equinos más antiguo disponible, es del siglo XVII. “Incontables” las yeguas cimarronas en Tierra Firme, había 180.000 caballos y 90.000 mulas herradas, con propietario conocido. En el siglo XVIII, se erraban en el Plata de 30.000 a 40.000 mulas al año, siendo exportadas de 2.000 a 3.000. Disparada la saca, no tardó en padecerla la cabaña. En 1716 se herraron 4.000 cabezas, cifra que alarmó a los porteños. Cuidando las existencias, importaron mulas de Venezuela, pagándolas a 38 pesos cabeza. Repuesta la ganadería, en la segunda mitad del siglo exportaron de 60.000 a 70.000 híbridos.
 
Artículo de fe la ausencia de bovino en Indias, con excepción del bisonte, la presencia de la vaca “danta”, con chepa en el colodrillo, adquiere naturaleza americana, en virtud a dibujo de Fernández de Oviedo, siendo similares a las europeas las razas de Nueva España y las Islas. Si damos por bueno que las primeras vacas llegaron con Colón, la encontrada y degustada por Orellana y compañeros en 1542, no lejos de la desembocadura del Amazonas, probaría el prodigio de una especie, capaz de llegar tan lejos en tan poco tiempo, salvando sierras, selvas y ríos. En lo que toca al número, la multiplicación fue simplemente evangélica. A dos décadas de la supuesta fundación de la Isabela de Santo Domingo, las carabelas zarpaban de la isla con una media de 1.000 cueros por navío, siendo frecuente que en una hacienda se alanceasen 500 reses en un día, por no hacer esperar a los barcos. Sin valor la carne, quedaba en el campo, a disposición de quien quisiese aprovecharla, no siendo delito matar res ajena para comer, a condición de entregar el cuero al propietario. La vaca en pie valía un peso y la paridera un ducado, siendo vendido el cuero, puesto en Sevilla, a 4 ducados. Preferidos los de Caracas, quizá de danta, tan duros que se utilizaban para hacer adargas o escudos, seguían los de Nueva España, la Habana, Santo Domingo y Jamaica.
 
“Llenas de vacas” las islas y Tierra Firme, la “abundancia” se “notó” en Nueva España en 1528, siendo los cueros carga principal de la flota de Nueva España. Transportaba una media de 80.000, pudiendo cargar las grandes naos del tiempo de Felipe II, hasta 50.000. Según Alonso de Guzmán, la carga de 80.000 pieles representaba el sacrificio de 100.000 cabezas, pues el pellejo dañado se desechaba. En 1503 Anfreon Catano, agente del duque de Medina Sidonia en el Çafi, trocaba trigo y aceite por esclavos, cueros y algo de oro. Fechada la primera importación de cueros de Tierra Firme en 1549, se cifran en 200.000 los exportados en la segunda mitad del siglo XVII. Según censo del siglo XVIII, a más de “incontables” cimarronas sin dueño, en la provincia había un millón de reses marcadas. Imprecisas las estadísticas, en Venezuela las complicaban los ganaderos de Los Llanos, Cumaná, Barcelona y la Guayana, vendiendo reses y cueros de contrabando, a los holandeses.
Pese a ser Perú tierra accidentada, menos adecuada a la proliferación del ganado mayor que las grandes llanuras, cubiertas de praderas, en las carnicerías de Lima se cortaban 3.000 reses al año, ingresando Ayacucho 800.000 pesos, por la exportación de cueros. La media de reses que cambiaban de mano en la feria de Guayaquil, oscilaba en torno a las 80.000 cabezas. Estéril la costa caribeña del istmo, la bañada por el Pacífico producía “grandes cantidades de ganado, de todas las razas de España”. Olvidadizo Fernández de Oviedo, al referirse a Santa Marta, incurre en contradicción. Habiendo escrito que su fundador, Rodrigo de Bastidas, convocó 50 pobladores en 1524, poniendo por condición, para recibir solar y hacienda, aportar 200 vacas, 300 cerdos y 25 yeguas, libros más tarde cuenta que Alonso Luis de Lugo, preso en Madrid cuando falleció el padre, regresó en 1543, para tomar posesión de la gobernación heredada de Santa Marta, trayendo vacas de España, que vendió a 1.000 pesos cabeza, precio inverosímil pues las mismas vacas parideras, estaba en Santo Domingo a un ducado.
 
Al no reproducirse el milagro, que siguió a la importación colombina, la cabaña mexicana, sometida a explotación feroz, dio signos de agotamiento en torno a 1565. No se puso remedio, porque enmendarse es contrario a la naturaleza de los españoles. Abandonada la cuestión a la providencia, en la segunda mitad del siglo XVII, la escasez de reses en el entorno de la capital mexicana, alarmó al virrey, Marqués de Mancera. Al ser la carne alimento de los pobres, su falta garantizaba la revuelta. Para obviarla decretó drástica veda, importando 50.000 vacas de Nueva Galicia, provincia menos castigada. Salvó la situación, pero no regresó la abundancia de antaño. Preservada Guadalajara, mediado el siglo XVII conservaba dos millones y medio de cabezas.
 
La introducción de la vaca en el cono sur, tiene su leyenda. Iniciada la conquista del Plata en 1534, los primeros bovinos se suponen traídos de Potosí, en 1549, siguiendo en 1552, punta de vacas chilena. La cabaña de Asunción se supone iniciada en 1550, con 7 vacas y un toro, importados de Brasil por los hermanos Goes. Sin oro ni atractivo especial la región, los fundadores de poblaciones fueron menos exigentes que en el Nuevo Reino. Se contentaban con 30 pobladores, portadores de 10 vacas, 4 bueyes, 2 novillos, 1 yegua, 5 cerdos, 6 gallinas, 1 gallo y 20 ovejas. Especializada San Miguel de Tucumán, en la producción de bueyes y novillos de labor, debidamente domados, exportó sin interrupción, hasta mediado el siglo XVIII. Suspendida la saca por agotamiento de existencias, la reanudó en 1778, siendo embarcados 150.000 cueros en Buenos Aires. Fuentes impresas aseguran que en 1783, a la firma del tratado de Versailles, se sacaron 1.400.000 de cueros, cifra exorbitante, quizá a consecuencia de haber tomado el punto por cero, error habitual de historiador, no familiarizado con fuentes documentales. La escasez que siguió no se achaca a la mala cabeza de la elite económica y política. Se atribuye a las alimañas y la ampliación de los pobres cultivos, consentidos al indio.
Interesado el fisco por la ganadería, en 1535 se censó el ganado mayor de La Española, con dueño conocido. Omitido por Oviedo el total, recoge las “categorías”. Ana Arana, viuda de Diego Solano, la mayor propietaria de la isla, tenía 42.000 cabezas, siguiendo número indeterminado de propietarios, dueños de 20.000 a 25.000 cabezas. Los de ingenio poseían de 1.000 a 3.000 cabezas, para el servicio, puntas exiguas que no permitían considerarles ganaderos. Lenta la redacción de la obra, el autor recoge resultados del censo de 1548, sin relacionarlo con el anterior. Salvaje la explotación de la cabaña, como suele serlo la riqueza de todo colonizado, por parte del colonizador, el mayor propietario tenía 25.000 cabezas, siguiendo los medianos con 20.000, número de cabezas que conservaba la Arana. Rodrigo de Bastidas, casado con propietaria de 25.000 cabezas, dejó 8.000 a su muerte. Al no dedicarse a la exportación de cueros, los propietarios de ingenios y cañaverales, conservaban las puntas de 1.000 a 3.000 cabezas. En 1570 se hizo censo general. Quedaban 400.000 cabezas marcadas en la isla. Entre 1603 y 1607 se embarcaron 130.000 cueros. Exportados 40.000 en 1650, que en la segunda mitad del siglo, la exportación total se estimase en 200.000, indica media de 26.000 cueros por año, se redujo a 4.000.
 
Los cueros americanos alimentaban las tenerías de Andalucía. Propietarios los duques de Medina Sidonia de las de Sevilla, desde el primer cuarto del siglo XV, las tenían en Sanlúcar y Gibraltar, no siendo casualidad que las ubicasen en lugares costeros, en lugar de hacerlo en la comarca de Medina Sidonia, tierra de vacas. Beneficiarios a medias con sus primos, los Ponce de León, de la exclusiva de “vender” o comercializar los cueros, que entrasen o se produjesen en el Obispado de Cádiz y el Arzobispado de Sevilla, el privilegio figura entre los que se eclipsaron tras el “descubrimiento” colombino, por haber perdido rentabilidad.
 
Ganaderos importantes los Guzmanes, el segundo conde de Niebla, fallecido en 1436, dejó a su muerte 2.000 cabezas de bovino. Su hijo, el primer duque de Medina Sidonia, cuya fortuna personal se hizo legendaria, llegó a poseer 3.500 cabezas, que perdió en la guerra civil. Reconstruida la ganadería por Isabel de Fonseca, su amante, madre del segundo duque, legó al nieto en 1494, tres yeguas, un potro, una potranca y 801 cabezas de bovino. No parece que continuase la profesión el VI duque de Medina, pues a su fallecimiento, en 1558, sólo tenía 422 reses. Vendidas en la minoría del nieto, no quedó en la casa más ganado mayor, que los bueyes para servicio de las almadrabas. Adulto Alonso de Guzmán, compró en 1584, la ganadería sevillana de Inés de Nebreda, con 435 cabezas, contando novillas y eralas. Vistas las cifras, en el supuesto de que hubiese en Castilla barcos suficientes para transportar el número de madres, necesarias para engendrar la cabaña que albergaba el continente americano, en los primeros tiempos de la “conquista”, vaciando la península de bovino, hubiesen faltado madres para crearla.
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Sin perjuicio de que haya sido creado por Dios cuanto existe, hemos de admitir que planificar la evolución de la especie, a partir de pareja única, a más de imprudente hubiese sido ilógico. Generalmente admitido que la vida es efecto de cúmulo de circunstancias ambientales, que produjeron la fórmula adecuada, nada exige que todas las células surgiesen de una única célula primigenia, ni que una única alga azul, sea antepasado de todas las demás. Se da por supuesto que al estar el conjunto del planeta, sometido a entorno similar, todos los individuos de una misma especie, hubieron de mutar o extinguirse casi simultáneamente. Razonable suponer que el racional obedece a unas leyes, admitidas como universales, en cuanto se refiere a todo lo demás, carece de lógica la obstinación con que determinados colectivos excluyen a la especie, por ser portadora de máquina de relacionar perfeccionada, capacitada para diversificar su obra, creando formas y mecanismos inéditos, captando, concibiendo, manejando y transmitiendo el concepto abstracto. Dotada la especie de sentido de futuro, lo está para comprender la renovación por el cambio y en consecuencia la muerte, pero no para resignarse a morir. De ahí el deseo instintivo de dotarse de una existencia post mortem, cuya posibilidad no podemos negar, pero tampoco probar, origen de todos los credos de carácter religioso.
Al ser varios, sin que haya pruebas materiales y fidedignas, de que el Dios Creador o suprema inteligencia, hubiese entrado en contacto directo con profeta o profetas determinados, obligados a informar al creyente de la eternidad que le aguarda, y en consecuencia, de sus orígenes, las versiones son diversas, incidiendo inevitablemente la vanidad, elemento destacado y destacable, de la naturaleza humana. Demasiado satisfechos de habernos conocido, no estamos dispuestos a rebajarnos a ser regla. Nos declaramos excepción, descendientes de padres únicos, o cuando mucho de grupo reducido de mutantes, localizados en espacio reducido. Razonable concluir que al ser el cambio efecto de la composición química de la atmósfera, las sucesivas mutaciones se hicieron “necesarias” simultáneamente, a los ancho del planeta, incidiendo en aspectos específicos de la “forma”, en las diferente etapas de la “vida”, latitud y altitud, causa de distingos climáticos evidentes. En estado natural, el esquimal y el oso polar, no podrían sobrevivir en el trópico. Ni el negro o el loro tropical, en el polo. De ahí que las diferentes “ramas” de homínidos, a imitación de las “formas” de vida que les precedieron, surgiesen y mutasen en tiempos tan próximos, que medidos en parámetros de “tiempo total” de la creación, pueden ser considerados simultáneos, inscribiendo en su naturaleza caracteres diferentes, por exigirlo la adaptación al clima, en que han de desarrollarse, teoría cuando menos lógica, al menos tanto en cuanto no se pruebe lo contrario, por vía más sólida que una inspiración divina, no demostrada. Nada indica que eslabón más acabado, actual y conocido, de la cadena de la vida, sea el último, ni que surgiese de mecánica diferente, a la que hizo posibles las restantes especies, por estar sometido a leyes exclusivas. Como las demás, la racional debió evolucionar y mutar colectivamente, desapareciendo de la misma manera grupos de individuos, que al haber fijado en exceso sus caracteres, no pudieron adaptar su morfología al cambio del contexto, continuándose la vida a través de los ejemplares más receptivos, a la influencia exterior, sin que el mamífero, irracional o racional, pueda considerarse excepción, al margen de la regla.
 
El primer antepasado vivíparo, dotado de órganos reproductores asimilables a los del hombre, según nos dicen por el momento, desciende de reptiles mutantes, que se hicieron carnívoros. Se sitúa su aparición unos 340 millones de años antes de nuestra Era, en un tiempo en que la tierra, emergente de las aguas, formaba continente único, pantanoso y escasamente poblado, al que llamamos Pangea. Formadas familias y estirpes de mamíferos en los principios del Cenozoico, cuando se produjo la fragmentación, debían estar representados en todas las parcelas. No es probable que antes de alejarse las islas menores y mayores, hoy conocidas por continentes, el conjunto de mamíferos, llamados a engendrar descendientes dotados de racionalidad, abandonasen precipitadamente y en masa, obedeciendo a señal divina, las porciones que habían de formar América, Australia y otras islas mayores, para concentrarse al sudeste del continente africano. Parece más lógico que permaneciendo donde estaban se dejasen mudar, sin realizar que estaba viajando con la tierra, para continuar su evolución, en la nueva longitud, adaptándose al “clima” que les tocó en suerte. El hallazgo de Purgatorius en Montana es tan natural, que de no mediar la vanidad humana, no hubiese provocado incomodidad en los antropólogos. Simio del Cretáceo, declarado antepasado del hombre, achacaron su presencia a casualidad sin secuelas, respirando aliviados al no encontrar un segundo ejemplar, ni eslabón que continuase la cadena. Sin embargo es la ausencia lo que hubiesen debido explicar, en continente cuyas condiciones climáticas son particularmente favorables a la vida. La causa la tenemos a la mano: en zona tropical, los restos orgánicos se conservan difícilmente, por favorecer la lluvia y el calor húmedo la descomposición, borrando las huellas de asentamientos mudanzas constantes del cauce de ríos caudalosos, especialmente en las inmediciones de la desembocadura. Sin reparar en el cúmulo de circunstancias, que entorpecen la investigación del pasado, los científicos, influidos por la verdad revelada, destierran al homínido del continente americano. Intelectualizando el principio judeocristiano de la pareja única, modelada por el Creador que la alojó en el Paraíso Terrenal, la ciencia ubica el origen de todos los hombres en el valle africano de Olduwai, porque allí se encontró el australopiteco. Los Santos Padres admiten, pero omiten, que el Caín de la Biblia buscó mujer al Este del Edén, encontrándola; los hombres de ciencia prestan a la ausencia, fuerza probatoria. Se apoyan en la “no existencia” de la prueba, sin reparar en que pudo ser destruida por madre naturaleza. O estar donde no la buscaron.
 
Excluida por el criterio oficial la posibilidad de que en la isla americana, el mamífero primigenio mutase por su cuenta hasta dar en el hombre, se apeló a la glaciación Wurmeriense, para importar al racional. Convertido el Mar de Bering en puente de hielo, o en lengua de tierra libre de hielos, por el retroceso del mar, según teoría de sustitución reciente, sapiens viajeros abandonaron los bosques templados del sur, poblados de caza, para adentrarse en paisaje nevado y en todo caso hostil, por árido y pantanoso. Protegidos por pieles de animales, con los pies por medio de transporte, se adentraron en los hielos o la marisma, sin más fin que el de descubrir América. Sobreviviendo a los fríos, saciando el hambre con productos de la mar, alcanzaron el norte de Asia, bajando por la otra parte hasta dar en praderas acogedoras, pobladas de búfalos. Ubicada la aventura unos 40.000 años antes de nuestra era, hallazgo de tumba de conchas, con vetustez de 70.000, retrotrajo la hazaña al neardertalensis. Adjudicada la aventura a modestos presapiens, cultura de choppers descubierta amenaza la versión, pues el protagonismo pudiera ser trasladado a vulgar erectus, coetáneo de glaciación anterior. Últimamente corre nueva versión, que hace del búfalo verdadero descubridor de América. No faltaban praderas en Europa, cuando el frío intenso del periodo glaciar concentró tantas aguas en los hielos polares, que el mar se retrotrajo. Unido el continente asiático a las Américas, quedó banda de tierra despejada y verde, por la que las manadas de búfalos dieron en huir, siguiendo los hombres en pos de su despensa.
De haber conservado la geografía de los “continentes circulares”, la América tropical se seguiría llamando África o Tierra de Negros. Y la teoría de Gloger hubiese sido aceptada, ahorrándonos mentira suplementaria, sin detrimento para la Iglesia. Nada más simple que recurrir a San Agustín, para adaptar el principio al credo, como se adaptó a la evolución, al acumularse las pruebas, que impiden negarla. Según el denostado antropólogo y su seguidor Lisenko, los descendientes del Pitecántropos, perdida la protección pilosa, adquirieron color de piel, adecuando al contexto climático. Protegidos los esquimales por espesa capa de grasa y en consecuencia oscuros, los hombres del norte, privados de sol, la tuvieron tan blanca, que pudieron absorber hasta el último rayo, adquiriendo la energía indispensable. En las regiones cálidas, por el contrario, produjeron dosis extraordinaria de melanina, tiñéndola del aceitunado al negro, carácter al que se sumó, en regiones particularmente calurosas y húmedas, nariz ancha y chata, que facilita la respiración y pelo crespo, protector de la masa encefálica. La presencia de negros autóctonos al sur de la India, norte de Australia e islas del Pacífico, refrendó la tesis. Pero la echó por tierra la supuesta ausencia de negros aborígenes, en el trópico americano, consecuencia de no haber alusiones a población negra, en las crónicas de los descubridores y conquistadores de América, opinión que perdura pese al hallazgo de Lucy, la negra americana, fallecida hace 11.000 años a.C. Encontrada en Minas Gerais, a más de adelantar en un milenio, la llegada del hombre al subcontinente de América del Sur, certificó de la presencia de hombres de color, antes de la llegada de Colón. Continuando las excavaciones, aparecieron restos de varones con la misma antigüedad, rasgos y ADN. Desaparecida la arqueóloga responsable en accidente, no vivió para ver publicado su descubrimiento, siendo difundido en el ámbito semi restringido de la publicación de vulgarización científica, en el año 2000. De América no estuvieron ausentes las especies, que poblaron la Pangea en el Cretáceo, ni detuvieron su evolución, porque el cambio no puede detenerse. Se continuó, adaptando las formas al medio, hasta fijar los caracteres, en grado que no podemos precisar. Por el momento, parece evidente que los descendientes del negro, establecido en tierra de blancos o viceversa, conservan y transmite el color de piel, de no mediar cruce genético.
No sorprende que en el siglo XIV desembarcasen en Barcelona esclavos negros, procedentes de una Etiopía, que suponemos ser la actual, ni que se trajesen de una Mauritania, identificada con Marruecos, donde la mayoría es de tez aceitunada, o pura y simplemente blanca. Y se olvida muy voluntariamente, que Estrabón situó a los etíopes a “orillas del Océano, a ambos lados del mismo”, separados por el mar. Comunidad de “negros” y “loros”, libres “continuos”, porque nunca fueron esclavos, residente en Andalucía, elegían “mayoral” o juez que les gobernase y juzgase, en función a leyes y costumbres que al ser comunes, revelan origen común. Enemigos los Reyes Católicos de autoridad, que escapase a su control, en 1475 nombraron para el cargo a Juan de Valladolid, negro, su portero de cámara. “Noble entre los negros”, lo presentaron como idóneo, por estar informado de los derechos, deberes, costumbres y fiestas, que observaba el colectivo. A lo largo del siglo XV, esclavos negros, loros e incluso blancos, fueron embarcados en Gomera, “isla” de Gran Canaria, con destino a mercados andaluces. Cronista de Juan II recuerda que en tiempo de este rey, entraba en Sevilla gran número de negros, con destino al mercado de esclavos. No menos notable era el mercado de Puerto de Santa María, nutrido por tratantes de Cabo Verde, estando tan extendida la gente de color en la región, que copla del “Provincial” reprocha abuela negra a Per Afán de Ribera, Adelantado de la Frontera, preguntando los oidores en 1504, sin cortarse, si Catalina del Puerto, nacida en Puerto de Santa María, era blanca o “negra” del todo. El testigo la definió como mestiza, al decir que no era ninguna de las dos cosas.
 
No fue el bautismo ni la españolización, causa de que se prohibiese comercializar gomeros y canarios en general, por periodos intermitentes. La trata se cerraba, si así convenía a la penetración de la corona de Castilla, en el continente americano, abriéndola apenas dejaba de incidir en la conquista. Que en la bula de 1493, título de propiedad de las Américas, los aborígenes fuesen sometidos a tutela y conversión, pero libres de esclavitud, impuso la necesidad de disimular que las canteras de negros, estaban ubicadas en el continente “nuevamente descubierto”. De ahí que se desubicase el topónimo “Canarias”, intentando la corona suspender la trata repetidamente sin conseguirlo, por tropezar con la oposición de los canarios pudientes, de origen español o españolizados. Principal actividad comercial de la isla y primera fuente de ingresos por sí misma, el mercado de esclavos fue señuelo, que atraía a mercaderes y capitales de todas las naciones, permitiendo el trabajo esclavo cultivar y extender cañaverales e ingenios en Gran Canaria, Tenerife y Palma. Prohibida la trata en las islas cuando llegó Colón, el “descubridor” solventó el problema de la falta de mano de obra, españolizando la institución autóctona de la “encomienda”. Tradición en “Indias” que el ciudadano del común se “encomendase” voluntariamente, pagando parias moderadas a cambio de protección, el Almirante “encomendó” de ofició a los americanos, obligándoles a pagar en trabajo, la instrucción religiosa que recibían del blanco. Al exigirlo exhaustivo, salvaron el alma a cambio de perder el cuerpo, siendo remitidos al Paraíso, con celeridad asombrosa.
 
Inverosímil que la mano de obra hubiese sido exterminada en tan poco tiempo en una Española, que parece haber alcanzado al istmo, los historiadores omiten importación de 4.000 negros de Guinea, cultivadores de caña dulce y técnicos en ingenios, en 1504, a iniciativa de Pedrarias. El duque de Medina Sidonia, propietario de tierras en Tenerife, flanqueadas por los ríos Abona y Abades, proyectó cañaveral e ingenio en 1506, calculando en más de 2.000 ducados el costo de 40 esclavos, que se habían de traer de Guinea o Berbería. Obtenido permiso de importación de la corona de Castilla, se pediría licencia al rey de Portugal para que dos barcos del Guzmán pudiesen cargarlos en Guinea, evitando que se “estropeasen” en viaje, a causa del mal trato que les daban los portugueses. Los tres padres jerónimos, gobernadores de las Indias en 1517, importaron 10.000 guineos con destino a las minas, a través de la Casa de la Contratación, contando Gómara que agotados los pescadores de perlas de Cumaná, a consecuencia de inmersiones constantes y prolongadas, impuestas por españoles, se buscaron lucayos de reemplazo, por ser buenos nadadores. Vicio de los americanos dejarse morir o suicidarse, al encontrarse en cautividad, cuenta el cronista que se podía seguir la ruta de los barcos de la trata, por la estela de cadáveres que dejaban. Fueron tantos los raptados y muertos, que Fernández de Córdoba, habiendo ido en busca de lucayos, al no encontrar alma en las islas se dirigió a otra costa, en busca de reemplazo, descubriendo el Yucatán.
 
Del periodo de la conquista han quedado unas cuantas cifras, probablemente inexactas pero significativas, pues son suficientes para hacernos comprender que todos los negros de Indias, no pudieron ser importados. Ni todos los blancos haberse instalado en las islas, en un cuarto de siglo. En los principios del siglo XVI, el 64% de los cubanos y el 75% de los portorriqueños, eran blancos, proporción que se invertía en La Española de Santo Domingo. Arrojaba la proporción de dos negros por blanco. En la Navidad de 1522, en ingenio de Diego Colón se alzaron 20 negros “xelofes”, a los que se unieron los esclavos indios. Extendida la revuelta, fue tanto el miedo de los españoles, que la crueldad superó a la codicia. Asumiendo la pérdida, colgaron a los que pudieron atrapar. Emboscado el resto emboscase en las montañas, se unieron a los negros cimarrones o incontrolados. Terminada la revuelta, los castellanos declararon intratables a los negros locales. Renunciando a utilizarlos, en 1523 importaron “guineos, manicongos, jalopes, apes y berberías”, procedentes de Guinea. En aquel año se registra exportación de esclavos de Venezuela, con destino a España y Santo Domingo. En 1545, los negros “levantados” en la isla se estimaban en 7.000, lamentando los castellanos el pasado reciente, en que los tuvieron por amigos, descubriendo a los españoles el escondrijo de los cimarrones. No realizaron los conquistadores, que su comportamiento, causó el cambio de actitud.
En Panamá se alzó el cacique Urraca. Le siguieron indios y negros, que mantuvieron a Pedrarias en jaque durante 9 años. Los atrapó Pedro de Ursúa, en 1535. El caudillo de los negros cubanos, Antonio Mandinga, se alzó en 1581, siendo de importancia singular la revuelta de Los Llanos, en Venezuela, por registrarse cambio cualitativo. A los negros e indios alzados se unieron españoles criollos y peninsulares, contando con la ayuda de los vecinos de la Guayana incontrolada e ingleses. A la pacificación siguió caza de brujas, parando entre rejas o el patíbulo no pocos “conquistadores”, sospechosos de complicidad con los aborígenes. No se dice, pero las agitaciones en Indias fueron constantes, a lo largo de los cuatro siglos que duró la ocupación. Buscando el medio de erradicarlas, en 1526 Carlos V prohibió la introducción de negros “ladinos”, así llamados por haber residido un año en la Península. Portadores de “pensamientos peligrosos”, “echaban a perder” a los “bozales” o recién capturados, incitándoles a la desobediencia. Suspendida la importación de esclavos por el Emperador, la falta de brazos obligó a reanudarle en 1532, con veto explícito a berberiscos y negros “xelofes”, de la isla de Gelofe, con reputación de agitadores natos. El mal era contagioso, pues en 1550 el Emperador cerró Indias a los negros de Levante o Guinea. Musulmanes, transmitían el mal a los “nuevamente convertidos”. Falto Felipe II de gente de mar, en 1572 consintió a los mercaderes, llevar dos o tres negros de Guinea como tripulantes, acompañados de hijos y familia, con prohibición de quedarse en Indias.
 
Importante la población negra en Tierra Firme, entre 1527 y 1554 se sucedieron las leyes restrictivas. Costumbre de liberar al esclavo o esclava, que contrajese matrimonio con persona libre, se prohibió conceder libertad por matrimonio, aún concertado con permiso de amo. El negro como el morisco en la Península, no podía llevar armas, usar manto de seda o lucir oro, plata y perlas, tener criado indio o salir de noche. Obligado a residir en casa de“amo” blanco, el cúmulo de prohibiciones no le eximía de pagar “cargas” iguales a las que pagaba el “villano” en Castilla. Relajada la aplicación de una ley, absurda a más de injusta, en 1758 se volvió a prohibir llevar armas a los negros. En 1768 se prohibió el matrimonio mixto, y en 1771 el acceso del hombre de color a las universidades y determinadas profesiones, como la de orfebre, en la que destacaron desde el principio de la conquista. Las restricciones afectaron de manera tangencial a los “palenques” o pueblos de negros. Hay noticia del palenque de Santiago de Príncipe, a legua y media de Nombre de Dios, del de S. Miguel, en Panamá, a orillas de golfo del mismo nombre, que tuvo por alcalde a Felipillo. El de Pécora, también en Panamá, con 300 vecinos, siendo fundado el de Bayamo, en Cuba, en 1548. En tiempo de Carlos II, la mayoría de los alcaldes de Venezuela, eran negros. Queriéndolos blancos el Consejo de Estado, que no el rey, pues no estaba en posición de querer absolutamente nada, al faltar blancos alcaldables, se decretó a 2 de abril de 1676, que únicamente lo hubiese en Caracas. En los primeros tiempos de la conquista, la gobernación exportó esclavos, pero al sumarse la saca a la explotación, en 1576 faltó mano de obra, pidiendo el gobernador licencia para trocar, cada año, 4.000 mulas por 1.647 esclavos. Se calculaba que la población de color, susceptible de ser vendida, se había reducido a un 8’11%, frente a un 75’68% de indios.
 
Autóctonos unos y otros, compartían costumbres, conociendo por igual las hierbas, que curaban o mataba. Clientes los de Berbería de los boneteros de Toledo, que recorrían los puertos del Xarife, de Salé al Safí, ofreciendo bonetes, holandas y tabaco, fueron generalmente fumadores impenitentes, costumbre que compartían con los negros de la otra Guinea. Instaladas factorías europeas dedicadas a la trata, en el siglo XVII, vendedores de compatriotas y empleados, eran pagados en especies. Aceptaban tabaco pero no local, pues lo exigían brasileño. Al no haber sido introducida la costumbre por la patronal, es evidente que entraron en contacto con el producto por sus propios medios, antes de que apareciesen los blancos. No tardaron los españoles en observar el predicamento de los negros americanos, entre los indios. Escuchados por nimbarles reputación de sabios, los conquistadores los llevaron en su compañía, como tarjeta de presentación. Pizarro se hizo acompañar de negro, en su primera visita a Cuzco. Y Pánfilo de Narváez se rodeó de varios, yendo a poblar en San Benito, temiendo la oposición de los naturales. En 1541 Juan Vadillo se procuró 30 negros, para convencer a los naturales, consiguiendo que diesen vasallaje al emperador, a más de buscar minas, por ser expertos en el terreno. Estebanico, negro alárabe natural de Azamor en “África”, acompañó a Cabeza de Vaca, siendo recibido con reverencia por los “apalaches”. De regreso en México tras años de ausencia, fue remitido con fraile al reino de las Siete Ciudades o Cíbola, identificado con la civilización de los indios “pueblos”, con la encomiendo de “reconocerlo”, para preparar la conquista. San Borondón atribuye la fundación de aquel reino a otros tantos obispos visigodos, huidos de España, tras la conversión al Islam. Pragmático y realista el hombre medieval, que Alfonso V de Portugal lo concediese en señorío a Francisco Telles, a condición de conquistarlo, le presta consistencia.
 
Prohibido hacer esclavos a los negros, que hubiesen dado vasallaje a las coronas de Castilla o Portugal, la cantera castellana quedó reducida a las islas menores del Caribe, lugares perdidos de la costa de Tierra Firme y el interior de Nueva Andalucía, que se confundía con la conquista de Portugal. Importante la demanda pero reducida la oferta, en 1543 la cabeza de negro o negra, en La Española, valía de 300 a 400 pesos. Caros en México, en la crónica de Juan Suárez de Peralta se menciona “caballero muy principal”, que hizo fortuna en Guinea, trocando mercancías por esclavos, que vendía en Nueva España. Profesión habitual en Tierra Firme, donde los negros se “vendían muy bien”, el italiano Benzoni, que estuvo en Indias por el siglo XVI, coincidió en “las Perlas” con Pedro de Herrera, subgobernador en La Margarita. Invitado a cabalgada, participó en expedición a Paria, con dos bergantines. Capturadas 250 “piezas”, las más “mujeres con cría”, Herrera consideró el botín exiguo. Marchando a Macarapana, aldea de negreros, formada por 40 cabañas, preparó expedición al interior. Recorridas 700 millas por desiertos y selvas, salió a Cumaná arrastrando con 4.000 ánimas en cuerda. Fernández de Oviedo, siendo gobernador de Castilla del Oro, mandó carabela a la isla de Codego, a la entrada de la bahía de Cartagena, en busca de “esclavos y negros”, para sus minas, cargando cuadrilla de calidad. Indispensables los esclavos, en 1563, estando los puertos cerrados al extranjeros, el inglés Hawkins fue bien recibido en La Española, por traer 300 negros de Guinea.
 
En 1580, subiendo del Magallanes, Pedro Gamboa de Sarmiento admiró 20.000 cabezas de negro, reunidas en el depósito de Santiago de Cabo Verde. Adquiridas en el mismo año, con la corona de Portugal, las “islas y la Guinea”, en consejo celebrado en Lisboa en 1582, Felipe II reorganizó el tráfico de Indias, combinando las flotas con los barco de la trata y el azúcar. Los que tuviesen por destino Cabo Verde y Santo Tomé, se unirían a la de Tierra Firme hasta Canarias, donde los negreros sacarían licencia, para cargar en los depósitos. Los que se dirigiesen a Congo y Angola, en busca de esclavos, marfil y cobre, navegarían con la flota de Brasil, continuando a destino sin formalidades, pues la costa no estaba incluida en la concesión del reino de Fez, ni de las Indias.
 
El Austria preservó la separación de las conquistas, prohibiendo a los portugueses acercarse a la Indias de España, pero consintió a los castellanos capturar negros en territorio portugués. Castigados en el interior de Tierra Firme, el que pudo escapó a regiones controladas por el Xarife. Escasas las “presas”, Juan Castellanos bajó desde la costa venezolana por “ásperos caminos”, a los “confines de Guana”, a lo que “hoy” llaman “Río de Oro”. Los “cazadores de negros” rodeaban los “palenques”, con nocturnidad y sigilo. Cumpliendo con la ley, a la salida de sol ofrecían el bautismo a gritos, lanzándose al de “¡Santiago!”, sobre los que salían despavoridos de sus cabañas. Procurando matar los menos, para capturar a los más, los llevaban amarrados por el cuello, a una misma cuerda. Cortaban de un tajo la cabeza de que desfallecía, por no perder el tiempo, ni exponerse a que huyesen los restantes. Baltasar Vallerino, autor de rotario, se inició en la trata en 1587. Pasando a Guinea, tardó cinco meses en completar la carga. Vendida en el depósito de Cartagena, con el producto compró dos fragatas, yendo al cazadero del río Magdalena. Remontó el Caucas, desembarcando en Monpox y Tulú, penetrando en el interior, en busca de palenques. El jesuita P. Sandoval, destinado en Cartagena, se ufanaba de haber bautizado en el “depósito” 30.000 negros, procedentes Santo Tomé, Cabo Verde y Mina, de 1580 a 1587.
 
En este año, estando en Cádiz los barcos embargados para la armada del marqués de Santa Cruz, Drake entró en la bahía, quemando los que pudo. Llegó Alonso de Guzmán a tiempo de ver las llamas. Perdido de vista el inglés, tras haber sido avistado en Lagos, al serconveniente saber dónde se dirigía y sin tener a quien mandar, el Guzmán embarcó en su seguimiento. Enterado de que enfiló a puerto del Xarife, a la parte del Cabo de Aguer, regresó por la ruta habitual de Indias, siendo probable que tocase en puerto, pues remitió cumplido memorial a Felipe II, sin haber sido requerido. Directo, advirtió al Austria que si no quería ser rey de tierra desierta, irremediablemente improductiva, pues únicamente los naturales sabían cultivarla, tendría que suprimir los trabajos forzados que padecía el indio, empezando por la “mita”, causa primera y determinante de la despoblación. Con hipocresía propia de quien fue educado en la escolástica, tras declarar la esclavitud “per se mala”, causa probable de haber castigado Dios a Portugal, con perdida de la independencia, aconsejó al Austria importar 3.000 negros cada año, para repartirlos a partes iguales, entre los “mineros” de Nueva España, Perú y el Nuevo Reino. Aliviarían a los naturales sin cargar a la corona, pues el Rey contaba con indios en el “Río”, que los subirían al “Reyno” en sus canoas, alimentándolos durante el viaje, sin percibir un maravedí, siendo el efecto de la importación, aumento de la producción de oro y plata, al no faltar brazos de refresco, a más de crecer la renta de alcabala, IVA de la época, pues el negro “más ruin” se vendía en Cartagena, 400 pesos oro. Evidente que África no está separada de América por un río, a más de la imposibilidad de cruzar el Océano en canoa de indios, sabido que la región de Cartagena, se denominaba comúnmente “El Reino”, habremos de admitir que los negros transitaban por el Río Magdalena. Procedentes de la cantera de la Guinea interior, la proximidad de la ciudad, justifica la ubicación del depósito.
 
Mientras fue libre la trata, la practicaron españoles, criollos y mestizos, sin conseguir importar mano de obra suficiente, para cubrir la demanda. Rumiada la idea de la importación de negros por el Austria, el real secretario Ibarra, en 1590, aprovechando viaje a Sevilla, negoció“secretamente”, el primer “asiento de los armazones de negros”, con Pedro Gómez Reynel. Ultimado en 1591, se firmó por 20 años, entrando en vigor el 1 de mayor de 1595. Obtuvo al asentista la exclusiva de capturar negros en Guinea y abastecerse en los depósitos de Santo Tomé, Cabo Verde y Mina, reservándose el Consejo de Indias 900 licencias de exportación, de otros tanto negros, para repartirlas libremente. Reducidos los negreros independientes a cargar en Brasil o la lejana Angola, Reynel se obligó a desembarcar en Indias 3.500 “piezas” de negro al año, 2.000 en los puertos que le señalase el Consejo y las restantes en los de su elección. Calculadas las pérdidas durante el viaje en un 17’65%, para cumplir el acuerdo, habría de cargar un mínimo de 4.240 negros.
 
Muerto Reynel en 1600, le sucedió Rodríguez Coutiño. Más complicado encontrar negros de lo que había supuesto, abandonó el asiento en 1609, por no poder cumplir. Sacada a subasta contrata de negros, no apareció licitador, librando Felipe III la trata, en la esperanza de que los espontáneos supliesen. Escasos los aficionados, en 1615 se regresó al asiento. Probado por la experiencia que las pérdidas en ruta no bajaban del 30%, el asentista se comprometió a cargar 5.000 negros cada año. Repartidos 3.000 entre Cartagena, Portobelo y Veracruz, quedó en libertad de distribuir los 500, como le pareciese. Encarrilado el tráfico, los asientos se sucedieron hasta 1640, año en que Portugal recuperó la independencia, perdiendo España una Guinea, que empezaba a llamarse “Guaiana”, porque la controlaban franceses, ingleses y sobre todo holandeses, bajo cuyo control estaba los depósitos de Santo Tomé y Mina. Obligado por la necesidad, Felipe IV firmó asientos con proveedores de fortuna. Uno sería Nicolás Porcio. Prometió servir 10.000 toneladas de negro en 5 años, a razón de 3 cabezas de negro, por tonelada de buque. Que en los transportes de tropa se calculase hombre por tonelada, da idea de las condiciones en que hacían el viaje. A cargo de Porcio el “sustento, curación y educación” de las piezas, en tanto estuviesen a bordo, el asiento incluía licencia para exportar a España un barco de cacao al año. En su primer viaje, Porcio cargó negros en Santo Tomé. De regreso hizo escala en Cartagena. Atestado el depósito holandés de Curaçao, con problemas de abastecimiento, pues no era fácil alimentar tantas bocas, los flamencos, necesitados de dar salida al género, compraron al gobernador español, consiguiendo que secuestrase los negros de Porcio. Obligando al asentista a servir la mercancía, hubo de reponer la carga en el depósito de Holanda, pagando a precio de minorista. Al incumplir, pues al término del contrato había introducido en España cacao, proporcional a 10.000 toneladas de negro, no habiendo desembarcado más 5.000 “piezas”, fue procesado y condenado.
En 1655 y 1656, las colonias de Indias se abastecieron en el depósito inglés de Jamaica. Demasiado caro, Felipe IV intentó forzar la oferta, concediendo la exclusiva de la trata, al comercio de Sevilla. Escasos los negros, caro el intento, la actividad de los negreros se manifestó más que moderada. Peligrosamente mermada la mano de obra en las colonias, el Austria buscó asentista, encontrándolo doblado en 1662. Domingo Grilla y Ambrosio Lomelin, de profesión constructores de navíos, combinaron contrata de barcos, con la trata. A su cargo construir buques para la corona, en los astilleros de Vizcaya, agregaron compromiso de introducir 24.000 “piezas de Indias”, de 7 cuartas de altura y sin defecto, a razón de 3.500 al año. Repartidas 1.000 por virreinato, el pico de 500 no pagaría derechos, por estar destinado a los astilleros. Libres los asentistas de introducir, en Indias, cuantos negros quisiesen, la franquicia se hizo extensiva a 100 cabezas de negro, por millar suplementario. Temiendo el Rey que de tropezar con dificultades, alegasen por disculpa la falta de transporte, Grillo y Lomelin se comprometieron a mantener navíos “de a 500 toneladas” o 500 toneladas de buque, para el “tráfago”, que parecen haber repartido en cinco embarcaciones, de 100 toneladas. Obligados a cargar 5.000 “piezas”, al ser la carga de 3 negros por tonelada, para cubrir el asiento habían de hacer 3 viajes al año, de los depósito a lo puertos de destino, entre lo que figuraba el lejano San Juan de Ulúa, hazaña imposible de haberse encontrado la cantera en Angola.
 
El agotamiento de la “Guana”, que a finales del siglo XVI denunciaba Juan Castellanos, se agravó en el XVII. Caros lo negros, portugueses, daneses, alemanes y otros excluidos de Indias, instalaron factoría en la costa de Congo, Angola y Sierra de León. Entre la avanzadilla de misioneros, destinado al Congo, encontramos al capuchino Girolamo Merolla de Sorrento. Embarcó en Lisboa en diciembre de 1682, rumbo a Madeira. Tocando en isla canaria, a la que llamó Palma, siguió a Bahía, donde aguardó embarque que le llevase a la otra costa, por espacio de cuatro meses. Con tiempo para conocer el país, recogió cuanto llamaba su atención, describiendo la costumbre de hacerse transportar en hamacas, cerradas las de mujer, que compartían los negros ricos de toda “Etiopía”. Sitúa la “donna del fuime”, extraño pez que pace hierba, en el río Congo, pero es en el Amazonas donde aún se encuentra el “manatí”, situado por Landa en Yucatán.
 
En 1696, los ministros de Carlos II fundaron la “Compañía Real de la Guinea”, que habría de surtir las Indias de negros, procedentes de las canteras de Guayana, Brasil y Angola. Ayunos los directivos de cuanto tocaba a la trata, la empresa subcontrató el tráfico a portugueses, con éxito más que relativo. En el trono Felipe V, en 1701 firmó asiento con franceses. Obligados a servir 10.000 toneladas de “piezas de Indias” por quinquenio, en 1706, acuciados por la falta de género, pidieron licencia para cargar en Mina y Cabo Verde, comprando a holandeses. Renunciaron al asiento en 1713, habiendo servido 3.475 piezas. Sin proveedor el Borbón, permitió a los holandeses introducir negros en Indias, a condición de entrar en los puertos con bandera de España o Francia, formando españoles la mitad de la tripulación, condiciones que parecen impuestas, para disimular la incompetencia. Siguió contrato con la compañía inglesa del Mar del Sur. Prometió introducir 44.000 negros en 30 años. Vigente en 1750, aunque incumplido, los ingleses aprovecharon el Tratado del Buen Retiro para romperlo, consiguiendo indemnización de 100.000 libras.
 
En 1760 ejerció de negrero de la Corona, el gaditano Miguel Uriarte. Obligado a desembarcar 15.000 “piezas” en 10 años, la falta de género le puso en apuros. Necesitado de fondos, creó la “Compañía Gaditana de Negros”. Lanzadas las acciones al mercado y vendidas, la firma quebró en 1772. En 1778 Carlos III agradeció al rey de Portugal, que permitiese a España abastecerse de negros en su conquista. Y en especial la cesión de las provincias africanas de Annabon y Fernando Poo, cantera alejada pero nutrida. Liberada o “privatizada” la trata, pero complicado el viaje, apenas hubo tratantes voluntarios, salvando a las Indias del estancamiento, por ausencia de mano de obra, la aparición del vapor. Estrenado en Francia en 1783, desarrollado en Estados Unidos, simplificó la travesía al África Negra. Subsanado el riesgo de quedar atrapados por las calmas, los tratantes cruzaron el mar por el camino más corto, metiéndose en el Golfo de Guinea, seguros de salir a voluntad. En 1785 dos armadores de Liverpool, firmaron importación de 6.000 negros, a repartir entre La Habana y Caracas. En 1789, otros estadounidenses prometieron abastecer las Indias, con negros procedentes de África. Se calcula que entre 1790 y 1820, fueron introducidos por Cuba, unos 369.000 negros. Próspero el negocio, lo entorpeció el abolicionismo, surgido por entonces. En 1833 Inglaterra suprimió la esclavitud. Enarbolando los Derechos Humanos, pero sobre todo combatiendo la competencia de la mano de obra gratuita, la armada inglesa persiguió a los negreros en todos los mares, siguiendo Francia el ejemplo en 1848. Liberados los esclavos en el norte de Estados Unidos, en 1865 Lincoln y la Guerra de Secesión, acabaron con la esclavitud en el país, cuando se cifraban en 6.000.000, los negros introducidos, desde que se inició la importación. En España y sus colonias, la trata continuó siendo legal hasta 1872.
Leyenda del siglo XVI, recogida por Benzoni, revela que en Indias se conocían el origen americano, de los negros esclavos. Cobriza la población del istmo en las tierras altas, la negritud de los ribereños del Caribe, se achacaba a cargamento, procedente de Brasil. Alzándose los negros en la mar, se hicieron con el barco. Descubierta costa vacía y hospitalaria, se instalaron, renunciando a regresar al país de origen. Prueba la abundancia de negros en Venezuela y lo desconsiderado de la saca, que fuese país exportador en los principio de la “conquista”, cambiándose en importador a finales del siglo XVI. Fenómeno similar se produjo en Brasil. Albergue de funcionarios y mercaderes, las factorías portuguesas se abastecían de los productos, aportados por vasallos del Xarife, siendo irrelevante la demanda de mano de obra, pues incluso los bienes de consumo diario, procedían del exterior. Los pocos portugueses que se dedicaban a producir azúcar y especies, residían en territorio del Xarife, integrados en la población autóctona. Los primeros plantadores, que se mantuvieron a obediencia de Portugal, surgieron en tiempo de Juan III, eclosionado en 1580, tras la anexión del reino a Castilla, incitados, probablemente, por la política de Felipe II. Ampliadas las plantaciones a lo largo de la costa, no tardaron en acabar con los negros de las inmediaciones. Animados por la demanda, los “bandeirantes”, buscadores de oro, cambiaron de profesión en torno a 1591, dedicándose a capturar negros, en banda de 200 leguas al interior. Agotada la cantera, en el segundo cuarto del XVII penetraban 500 leguas en la selva, en busca de género.
 
Reinando D. Sebastián, se detectaron asentamientos de ingleses en las Guayanas, Paranaiba y Cananea, pero sería en el siglo XVII, cuando eclosionaron los enclaves de europeos, extendiéndose a lo largo de la costa brasileña. En 1600 los holandeses controlaban los Ríos de Guinea, Sierra Leona, Santo Tomé y Mina. Instalada Francia en la desembocadura del Marañón, en 1612 fundó el centro azucarero de San Luis. Expulsados los holandeses de Bahía, quedaron en Pernambuco, Recife y Olinde. Productores de azúcar en 1641, al ser negros los que trabajaban en cañaverales e ingenios, la historia achaca la conquista de Angola por Mauricio de Nassau, al año siguiente, al deseo de cambiar la mano de obra india, por esclavos de color, sin reparar que los tenía a la mano, en los depósitos del Orinoco. Adelantándose a su tiempo, en 1674 Pedro IV de Portugal, abolió la esclavitud en Brasil. Privados los colonos de la cantera autóctona, se abastecieron en los depósitos holandeses de Guinea. Al ser prohibida la importación de esclavos por real orden, los azucareros recurrieron a mano de obra asalariada. Elevados los costos, el azúcar brasileño fue expulsado del mercado, por no poder competir. En 1701 se salvó la situación, autorizando importación de 200 negros al año, por Río de Janeiro, observando los plantadores que los negros de Guinea, se aclimataban mejor que los de Angola. El Tratado de Utrecht, firmado en 1713, llevó la frontera de Brasil al Río Oyapock, incorporando el país la provincia de Marañón. Queriendo rentabilizar los diamantes de Serra do Frío, en 1726 se importaron negros, repartiendo 600 a cada minero. Emancipados los esclavos de la costa norte en 1755, se calcula que durante el periodo de las importaciones, fueron introducidos 100.000 esclavos. Al continuar la trata en las provincias del sur, misioneros jesuitas, instalados en la desembocadura del Amazonas, tierra irredenta por tradición, se quejaron porque habiendo conseguido catecúmenos, contra promesa de seguridad, los negreros saltaban en la misión, habiendo dado lugar a que los nuevos cristianos huyesen al interior, abandonando el Evangelio para conservar la libertad. Calculan las fuentes que entre 1756 y 1778, los azucareros de Brasil introdujeron unos 25.500 negros.
 
El supuesto de que no había negros en América, se apoya en la prueba de la ausencia. Y ésta en el testimonio de los “conquistadores”. Pero el hecho es que no faltan negros en los textos. En su primer viaje Colón contrató en La Gomera, como criado personal, al negro Juan Portugués. Las alusiones de los testigos del pleito de Diego Colón, a pueblos “diferentes”, son constantes, puntualizando Baltasar Calvo, viajero en el cuarto viaje, que “iban a descubrir provincias de indios”, por ser Yucatán o Maya “la primera tierra de indios, que está en la Tierra Firme”. Por la parte de Veragua, los naturales que abordaban las carabelas de Colón con sus canoas, deseando cambiar oro por “camisas y bonetes”, “eran de color rojos y blancos, más que negros”, lo cual implica que no faltaban morenos en el continente. En 1513, atravesando el istmo para encontrar un Pacífico, al que Colón no pudo llegar, por no encontrar el paso que buscaba, Núñez de Balboa descubrió dos esclavos negros en séquito de cacique. Quiso saber su origen, enterándose de que procedían de lugar que estaba a dos jornadas, donde todos eran de color. La anomalía se atribuyó a barco de piratas, que arrastrado por la tormenta varó en la costa, quedando los negros en tierra, por no saber regresar. Acertando sin querer en el topónimo, la historia sitúa en Etiopía, el lugar de procedencia de los negros, errando al situarla al otro lado del mar.
 
No sorprendió a Vázquez, el cronista de Aguirre en el descenso del Amazonas, ser recibido en el primer poblado de Brasil, por población mixta. Habiendo sacado los naturales vino de palma, “españoles y negros e indios del campo, se lo bebieron en pocos días”.
 
Los rasgos negroides, que encontramos en el arte precolombino, no son producto de la imaginación, si no reflejo de la realidad. Para concluir que la población negra americana, disminuyó en tiempos de la conquista, en lugar de crecer, es innecesario realizar complicados cálculos, estableciendo el número de negros a introducir, para procrear la población actual, con ascendencia de color, ni averiguar si hubo o no barcos suficientes para su transporte. Las quejas de Castellanos ante la escasez de negros; la penetración progresiva de los “bandeirantes” en el interior de Brasil; el hecho de que no hubiese asentista, que lograse servir el número de negros acordado, indican que la abundancia de los primeros tiempos, se había perdido. Al supuesto hemos de añadir la proporción de negros reflejada en cifras, a partir del siglo XVI. Introducidos los primero 4.000 en 1504, seguidos de 10.000 en 1517, de los años de trata incontrolada que siguieron, apenas quedan cifras. En vigor los “asientos de negros” desde 1595, de haber sido servidos efectivamente 3.500 negros por año, podríamos cifrar los negros desembarcados en 2.000.000. Aún suponiendo que los tratantes independientes, importasen otros tantos, no es probable que la cifra total, alcanzase los 5.000.000, de 1493 a finales del siglo XVIII. Explícitos los cronistas, sabemos que en la primera mitad del siglo XVI, Cuba y San Juan eran de mayoría blanca, contando la primera con modesto 6% de indios, ausentes de las restantes islas, frente a un 30% de negros. El 25% de la población de Puerto Rico era negra y el 75% blanca, siendo la proporción inversa en la Española de Santo Domingo, al representar los negros entre el 75% y el 85%.
En 1581, recién anexionada la corona de Portugal a Castilla, Gaspar Núñez, gobernador del Nuevo Reino, pidió 2.000 negros para “beneficiar” las minas de Trinidad de los Muzos y Palma, por haber agotado la población, susceptible de ser gravada con la “mita” o “encomendada”. En 1650, reglamentada la importación, los negros representaban, incluido el istmo, modesto 8’5, reducido al 5’4%, en 1789. Mayoría los blancos y mestizos, el color “loro” del indio puro, lo conservaba un 16’5%. Minuciosos los propietarios de minas, contaron los mitayos: quedaban 8.621. En Venezuela sucedió lo contrario. El 8% de negros estimado en 1650, dobló en 1789, rebasando el 16%. En el siglo XVIII, la población negra de Montevideo representaba el 20%. En el Plata, provincia importadora, quedaba en un 10%. Regular la introducción de esclavos en una Nueva Castilla, formada por Ecuador, Perú y Chile, se calculaba un 10 % de individuos de color, los más concentrados al norte, donde los hay autóctonos. Importador México desde los principios de la conquista, en 1700 la población negra se reducía, a modesto 1’3 %. No eran las Antillas Menores centro de minas ni plantaciones, que necesitasen mano de obra. Innecesarios los negros, en el siglo XVII, la población morena oscilaba entre el 90% y el 100%, rebasando el 90% las Guayanas, con excepción de Cayena, capital de la francesa, centro de plantadores, que en 1677 contaba con un 77% de individuos de color. En Jamaica, exportadora de guindilla o manegueta, depósito de negros de Inglaterra, el porcentaje de población negra, representaba un 56%. Confundidos en Brasil negros y mulatos, bajo el denominador común de “pardos”, eran mayoría en Manaus, Belén y Recife, contando San Luís, mediado el siglo XX, con un 50% de población negra. Conocida Bahía por la “Roma de los Negros”, era amuleto popular la mano de Fátima. Significativa la proporción en Estados Unidos, en 1789 el norte tenía un 4% de negros esclavos, frente al 39’5% del Sur. Apta Georgia para la agricultura, en consecuencia importadora, éstos alcanzaban el 17%. Pero Florida, tierra caliente, pantanosa y hostil, contaba en 1800, con un 55% de población negra.
 
Absurdo servir esclavos donde no había blancos para explotarlos, estas cifras, oficialmente admitidas, prueban porcentaje de población de color, inferior en los virreinatos, donde la importación fue constante, al que se observa en las Antillas menores y las Guayanas, donde no había más blancos que un puñado de bucaneros proscritos o granjeros de costa, caso de la Guayana francesa, en la que no pudieron penetrar los franceses, hasta bien entrado el siglo XIX. El argumento de que en estos territorios se multiplicó la población de color, por ser refugio de esclavos huidos, sólo puede esgrimirlo quien desconoce las circunstancias, que refleja la historia documentada. A más de no ser fácil escapar, era más fácil emboscarse en el interior, que procurase embarcación, para alcanzar una isla, siendo nula la posibilidad de ser aceptado en navío de blancos, porque además de ser estrecha la vigilancia, no podías recibir pasajero, ni aun español, sin pasaporte expedido por el gobernador o el virrey, además de no tocar las flotas de regreso en las islas.
Servidos los datos, que cada quién saque sus propias conclusiones.
 

Luisa Isabel Álvarez de Toledo

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Nuestros continentes son los de Eneas Silvio. Separada Europa de Asia por las montañas del Cáucaso y el río Tanis, África lo estuvo por la franja de Gaza o el Nilo. Sabiendo América y Australia por descubrir, nadie repara en que condicionado el autor por el soporte, la porción de tierra rodeada por brazos de agua, que se extiende de polo a polo en el “Beato” del British Museum y otros, pudiera ser el gran continente incógnito, quizá el Gog y Magog apocalíptico, agregado a las cuatro partes del mundo. De ahí que el “antípoda” se ría de todos nosotros. San Borondón, fraile irlandés del siglo VII, dejó relato de viaje a Poniente, con visita al reino de las “Siete Ciudades”. Interpretado como descripción mítica del paraíso, se dio el nombre de santo, que no aparece en el calendario, a supuesta isla atlántica intermitente, que sirve a justificar espejismo, atribuido a los navegantes en general, y a los “descubridores” portugueses en particular.
 
De la carta de Ptolomeo nos ha llegado reproducción del siglo XV. No falta el rosario de islas occidentales, habitual en las cartas medievales. Al Este de China, el Pacífico termina en línea continua. Extendiéndose de Polo a Polo, pudiera representar la costa americana. Las “islas” “occidentales” figuran en todos los portulanos del siglo XIV. Las indica Dulcet, que no olvida las Canarias y el Seno de la Hespérides, abriendo Gracioso ruta a poniente, hacia las Fortunadas. Nombradas, los topónimos no siempre son los mismos. Las de San Borondón se llamaron Thule, Till, Man, Antilia y “Brasil”. Es posible que el último vocablo, indique la presencia del palo tintorero. Pragmático el hombre medieval, exigía que los mapas indicasen la altura del puerto al que se dirigía, en busca de oro, esclavos, especies y bancos de pesca. Pero nada más. Indiferente a la costa no rentable del entorno, aquellos navegantes, doblados de mercaderes, perseguían rentabilizar su esfuerzo, quedando la curiosidad por el entorno al viajero original, que navegaba como pasajero, sin preguntarse cómo había llegado, donde pretendía ir. Abiertos los puertos del Xarife a los navíos, procedentes de lugares privilegiados, por haber mantenido sus pasados relaciones con el Temple, la ausencia de curiosidad se hace patente en declaración de piloto de Colón. Habiendo pasado seis días en el Puerto Redondo de Paria, confesó que entretenidos en el trueque, marcharon sin averiguar si estuvieron en isla o tierra continental.
En el “Mapamondi” o Atlas Catalán, de Abraham Cresques, la “isla” más septentrional se llama Scillandia, estando tan al norte, que sólo puede ser Groenlandia. Siguen Ardoin y un “Brazil” septentrional, quizá Terranova, donde no hubo “palo”, pero sí la pesquería rentable de “Bacalaos”. Ausente Thule, situada en latitud similar, se identifica con Islandia. Pero bien pudiera responder a la Tule mejicana, capital a su tiempo y señorío de Pedro, príncipe heredero de Montezuma. A continuación figura Man, apareciendo en el lugar que suelen ocupar Till y Antillas, Corvi Maro y Li Colunbi o “Palomas”. Este topónimo se repite en el grupo siguiente, completando San Zorzo o San Jorge, lugar en el que Diego Pireis construyó su fortaleza en 1482, por orden de Alfonso V de Portugal, temiendo incursión al sur del Cabo Bojador de las huestes de Castilla, que “conquistaban” la Palma inmediata. Sigue Ventura y el segundo Brasil, quizá Paria, tierra de “brasil” efectivamente. Coincide con la última isla de Dulcet. A continuación está Porto – Santo, situado por Fernández de Oviedo en el delta del Orinoco. Legneme, identificada con Madera, se una a la isla de Sante.
Las Canarias sobre Río de Oro, son claro indicativo de altura. Cartela en el paralelo de Cabo Bojador o Cantín, informa que en 1346, llegado al sur de las islas, Ferrer puso proa a Río de Oro. La dirección de la bandera, la posición de los pasajeros, de espaldas al viento y la vela, indican que navegaba hacia poniente. La península arábiga, la India y el Mar de la India, aparecen en su lugar. Y al este de China, el Mar de las Islas de Indias. Rico en perlas, piedras y metales preciosos, por serlo la tierra, no falta una Isla de los Salvajes, informando cartela de que sus habitantes vivían desnudos, por los montes, como los americanos descritos en la bula de 1493. Una Trapobana de dimensiones continentales, dotada de rey poseedor de oro y piedras, despista porque aparece un elefante. Sin embargo la figura no es contradictoria. Geólogos han encontrado restos de paquidermos, en depósitos óseos del continente americano, probando puntas “clovis” que convivieron con el hombre. Bernaldo de Ibarra, testigo en los pleitos de Diego Colón, residente en Santiago de Indias, prueba que de Paria a Veragua corría la misma costa, esgrimiendo “patada” o huella de elefante, descubierta en un “estero” de Veragua. No es probable que en el istmo hubiese elefantes, por no corresponder el clima. Pero Ibarra no hubiese elegido el símil, de no haberlo visto en el entorno de su casa. La sirena de cola bífida fue símbolo de una globalización cultural, que es el anverso de la globalización por la explotación económica. Metáfora del mar, lazo de unión de las tierras, que no barrera infranqueable, aparece en el Atlas Catalán y allá donde supieron navegar de continente en continente. La encontramos en el gran mosaico, que cubrió el suelo de la catedral de Otranto, en quicios de Siena y Creta: en capitel del claustro de la Santes Creus catalana, en el románico de Ávila. Tardía la de Sanlúcar de Barrameda, aparece en el dintel del castillo de Santiago, construido en 1478, por Enrique de Guzmán.
 
Ptolomeo hizo pasar su meridiano 0º por unas Fortunadas, alineadas de norte a sur, entre los 10º y 12º. Las únicas “islas” que responden a la descripción, son las que cierran el sur del Caribe, de Paria a la Santa Lucía, principio de Berbería, separada por la canal de Fuerteventura, para un Alonso de Guzmán, que describió la ruta en 1600. De haber sospechado los “sabios” del siglo XVIII, que estas islas estaban “descubiertas” en el siglo I, hubiesen ubicado en ellas el meridiano del alejandrino. Pero al ser cuestión de fe, que Europa y Asia ignoraban la existencia de la gran isla América, le buscaron acomodo en otra parte. Encendida la discusión, Luis XIII de Francia quiso ilustrar Academia de Ciencias recién estrenada, con hallazgo de relumbrón. Encargó a sus miembros encontrar ubicación definitiva al meridiano 0º de los antiguos. Eligieron la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias actuales. Fijado por real decreto de 24 de abril de 1634, la ciencia se convirtió en cuestión de “fe política”. Al no coincidir la latitud ni los perfiles del archipiélago, con la descripción de Ptolomeo, se concluyó que el geógrafo se equivocó, por haber elucubrado de oído. Disidentes empeñados en darle la razón, al menos en lo referente a la altura, lo trasladaron a la isla de San Antón, en el archipiélago de Cabo Verde.
 
Según Bernáldez, informado por Colón, pues lo tuvo por huésped al regreso del segundo viaje, los americanos definían su hábitat como inmensa “Isla”, cuya costa no se “andaba” en cuarenta lunas. En el marco de la geografía clásica, compartida por árabes y europeos hasta el siglo XVII, es la excepción que abarca todos los “climas”, representación de continentes circulares, delimitados por paralelos. De clima, fauna y flora similares, parecen más lógicos que los cristianos. Separados por accidentes geográficos, los climas son diversos. Aplicados los topónimos Etiopía, Guinea y Sudán a la Tierra de Negros, franja que se extendía de los 16º 25″, latitud norte, a la misma latitud sur, de población mayoritariamente negra, estaban comprendidos en un África, que se prolongaba hasta los 24º, en ambas direcciones. En las franjas Norte y Sur, aparecía población de color aceituno o “loro”, que así de llamaba el rojizo o verdoso del indio, origen del topónimos “Islas de Indias” y “Asia”, que se aplicaron a Centroamérica, entonces parte del “continente” africano, por haber núcleos de población morena en regiones de clima tropical, hasta los 30º. A nuestro alcance descubrir la causa de la confusión, pues basta confrontar las “dos geografías”, nos abstenemos de hacerlo, porque implicaría renunciar al mito de la superioridad del hombre blanco y católico, descubridor de pueblos “inferiores”, por distinguirles el color de piel y la condición de no cristianos. El “descubrimiento” de 1492, de ser cierto, probaría las limitaciones de la especie. Que sabiendo navegar desde hacía 5.000 años, el hombre se obstinase en hacerlo contra corrientes y entre bajos, cediendo a un miedo irracional a lo desconocido, el temor supersticioso a convertirse en negro o la idea de que rebasado el paralelo 0, le mataría el calor, probaría limitación alarmante de la capacidad intelectual colectiva. Por fortuna, alusiones a la “sombra invertida”, que aparecen en los clásicos; la antigüedad de la “cruz del sur”, símbolo de los beréberes y otros indicios, prueban que “el hombre”, como entidad colectiva, nunca se dejó paralizar por el miedo, siendo probable que los cartógrafos se abstuvieron de representar los dos hemisferios, por no repetirse, pues en la división del planeta por climas – continente, el sur es réplica del norte. En lo que se refiere a la longitud, hubo Indias Orientales y Occidentales, con respecto a Europa, porque la tez de los hombres es similar, en una misma latitud.
 
En párrafo del “Príncipe”, dedicado a Fernando el Católico, Maquiavelo lo describe como modelo de codicia hipócrita, pues esgrimiendo una “crueldad devota”, liquidado el reino de Granada, continuó su guerra “contra el África”, conquistando un continente. Improbable que se refiriese a la irrelevante ocupación de Melilla, operación fulgurante, consecuencia del Tratado de Tordesillas, que se desarrolló en el otoño de 1497, e igualmente improbable que aludiese a la aventura colombina, sin eco en su tiempo, debió referirse a la conquista de Palma, Tenerife, la Mar Pequeña y Berbería, iniciada por Alfonso Fernández de Lugo, en el verano 1492, mucho más sonada. Cerrada la primera fase en 1503, la continuó Pedro Fernández de Lugo, su hijo y heredero, que siendo alcaide de Santa Cruz de la Mar Pequeña, gobernador de Palma y Tenerife, conquistó el Nuevo Reino de Granada.
 
El “Dikr Al- Aquâlîm”, de Ishâq ibn al -Hasan al Zayyât, tratado de geografía compuesto en torno al siglo XI, habla de tierras que no encajan en los continentes conocidos. Amplio el trópico, permiten detectarlo árboles de hoja perenne, dos inviernos de lluvias torrenciales, otros tantos veranos y cosechas por año. Abundante el americano en piedras y metales preciosos, nuestros antepasados concluyeron que el calor del sol los generaba. Exuberante la selva en la proximidad de los ríos, el desierto poblado de acacias y chumberas, que verdea en el periodo de las lluvias al norte de Venezuela, indica la mala calidad de la tierra. Semitropical el segundo clima, ubicado en África, entre los 33º y 36º, estaba el País de los Beréberes, de los grandes desiertos. Ocupaba el tercer y cuarto clima, compartiendo el quinto y sexto hombres de piel blanca y amarilla, presentes hasta los 63º, límite de la tierra habitable.
 
El meridiano 0º del “Dikr Al- Aquâlîm”, no coincide con el de Ptolomeo. Pasa por la Isla de Arn, en el Mar de la India. Cruzada por el Ecuador, las posibilidades de equivocarnos se reducen a elegir entre Sumatra y Borneo. Es probable que coincida con el meridiano elegido por los geógrafos de Carlos I de España y Juan III de Portugal, reunidos en Elvas en 1524, para repartirse las riquezas de las Islas de la Especiería, “Malucas” o Molucas, delimitando la zona de influencia de ambas coronas. Mermado el temor a la excomunión, debido al auge del luteranismo, es lógico que aprovechasen la ocasión para buscar fuerza moral alternativa, que justificase el monopolio de las Indias, encontrándola en la leyenda del “descubrimiento”. Queriendo documentarlo, prolongaron el meridiano de “demarcación” a sus antípodas. Pasando por Humos, al este del Amazonas, incluyó el Cabo de Aguer en la conquista de Castilla, en división sin efecto, pues aunque España pretendió llevar sus derechos hasta el Gran Río, nunca lo consintieron los reyes de Portugal. Como tal tuvo Felipe II el señorío de Guinea y Brasil, a partir de 1580, perdiendo ambas provincia Felipe IV, en 1640, ocupando las “Islas de Indias”, desde los tiempos de Colón a la Independencia Americana, de Florida a las Islas de Barlovento, límite que salvo en periodo de la unión de las dos coronas, no rebasaban los navíos destinados a la guarda de Indias. Alejada la conquista de Castilla, que se iniciaba en la rivera del Río de la Plata, se guardaba a sí misma, por ser raros los corsarios que se alargaban a una tierra, que parece no haber pertenecido al reino de Fez.
 
Curiosamente, el “Dikr Al- Aquâlîm” no inicia la descripción de los climas en su meridiano 0. Con excepción del 4º, que parte de Tánger, adopta el de Ptolomeo, al oeste del Mar Occidental. Ubicado el mercado mudo del oro en Gana, residencia del Negus, rey de Etiopía, define el país como rico en piedras “minerales” y minas, señalando que los naturales pululaban desnudos. En Etiopía sitúa el Reino de Saba. Conservaba en Bilquis, su capital, dos pilares, recuerdo de la visita de Salomón. Un Yemen en Tierra de Negros, disfrutaba de dos inviernos y otras tantas cosechas. En la capital, San’a, no había árboles ni cultivos. Los habitantes, parecidos a los beduinos, vivían en casas de ladrillo cocido, decoradas y “doradas”. Se alimentaban de pescado, exportando “piedras preciosas” que sacaban del mar, sin duda perlas. Engarzarlas era especialidad local. Bosques y palmerales cubrían los montes de Narran, una de sus ciudades. Albergaban colonias de monos, que asolaban viñas y maizales. El puerto de Umán, amurallado, tenía puertas de hierro. Se cultivaba arroz, centeno, trigo y caña dulce, siendo importante la industria azucarera. El uso del bonete estaba reservado a los nobles. En Bahrayn, país del segundo clima, bastaba rascar la tierra para encontrar agua. Rodeada la villa de dunas, en la arena prosperaban palmeras, granados, cidros, higueras y algodón.
Señala Ishâq ibn al -Hasan al Zayyât, la longitud y latitud a de las poblaciones, pero no de las que sitúa en los “países” de al – Hind y al – Sind. “Vecino” el primero de China exterior, lo formaba conjunto de “islas”, bañadas por la Mar Grande, nombre por el que se conocía el Océano Atlántico. Atribuye la riqueza del conjunto a monte horadado por minas de plata, plomo y oro. Permitían acuñar moneda, con la efigie del rey. Principal proveedor y cliente China, importaba marfil de elefantes cazados con trampas, metales preciosos, sándalo, clavo, especies y plantas aromáticas. En el segundo clima se encontraban esmeraldas, contando con una Mîna, a orillas del Océano. Hirman se fundó en un cabo, cerca de Fatala, topónimo que reaparece en el siglo XVII. Al – Sind comprendía al – Sas y al – Jazar. El lago Jurasan, nacimiento del Río Grande o Jurasan, estaba en el 5º clima. Regaba Gog y Magog, extremo oriental del sexto clima, arrastrando las pepitas de oro más septentrionales conocidas. Judía la población, Bulkar, rey de al – Jazar, tenía ejército regular de 10.000 jinetes, siendo propietario de 400 castillos, con población adjunta. Cercano el llano de Banat Asar, lo habitaban islámicos ortodoxos, que no admitían la presencia de cristianos.
 
Evidentes y varios los indicios documentales, que contradicen el “descubrimiento”, la historia oficial se cura en salud, buscando razones plausibles que hagan imposible la travesía del Océano, antes de finales de siglo. Esgrimen como obstáculos insalvables, la imposibilidad de navegar sin ver tierra, por falta de instrumentos, la distancia – tiempo y la falta de navíos de alto bordo, que permitiesen tan prolongada travesía, inexistentes antes de finales del siglo XV, en opinión de los eruditos. Pero la aguja imantada fue descubierta por los chinos, en torno al 1090. Desarrollada se llamó “brújula”, penetrando en el Islam en el siglo XIII. Inevitable que la conociesen los andaluces, su entrada en Castilla se retrasa hasta 1403, por razones que ignoro. Reinaba Enrique III, patrocinador de las primeras expediciones a Canarias. Más complicado el astrolabio, aún siendo probablemente musulmán, el hallazgo se adjudicó a médico de Juan II de Portugal. Pero la disponibilidad de estos instrumentos, no implica que los utilizase el navegante del común. Según las fuentes prefería la “estrella de los ochos”, planta de arquitecto, pues permitía construir edificios octogonales, sirviendo en la mar para no perder el rumbo, fijado con ayuda del sol o cualquier estrella, de preferencia la Polar. Tallada la “estrella” en puerta cegada de la iglesia – panteón de Guzmán el Bueno, dice Bernáldez que Colón, en su segundo viaje, llevó “pilotos y marineros, que por la estrella sabían ir y venir a España”, ciencia imposible de adquirir en una única travesía. Herencia de los jonios, la “ballestilla” perduró, pues la utilizaban los marinos del siglo XVII para “pesar” el sol, con el fin de fijar la posición del navío. Estando la Mina de Oro a 1.000 leguas del Guadalquivir, Bernáldez utiliza la cifra como arquetipo, paracalificar al piloto. Merecía ejercer la profesión, el que navegando 1.000 leguas sin ver tierra, guiándose por la “estrella”, el sol, el color y el olor del mar, no erraba el puerto de arribada en más de 10 leguas.

Ulises penetró en alta mar, capeando el temporal arriadas las velas. Amarrado al palo mayor se dejó llevar, según hacían los generales del siglo XVI, en circunstancias similares. De esta guisa escuchó el canto de la corriente bullanguera de “Infierno”, que corre de la Boca de la Sierpe a la del Drago, entra Trinidad y Paria, asonada que Homero atribuye a las sirenas. Bajo los acantilados renovó las reservas de agua, poniendo el barco bajo cascada de agua dulce, que caía al mar. Que Hannón y Colón viesen cascadas cayendo al mar, indica que los tres navegaron frente a la misma costa, en la misma estación. Estas cascadas no aparecen en ninguna geografía, porque las forma el agua embalsada en la meseta de las Guayanas, durante el periodo de las lluvias. Sebastián Caboto, agregado al equipo de geógrafos encargado de modernizar el “mapamundi”, por mandato de Carlos V, recordó a Solino, cosmógrafo e historiador. Coetáneo del “descubrimiento”, identificó las “islas de Indias” con las Hespérides de Ulises. Sospechando que quizá tuviese razón, Fernández de Oviedo retrotrajo a la protohistoria, los derechos de Isabel a las Indias, declarándola heredera de Héspero, porque fue rey de Hispania.
 

Arriesgada la navegación de cabotaje debido a los bajos y corrientes, navegando cerca de la costa o entre islas, los barcos se detenían en las noches sin luna, porque al no ver el fondo, estaban expuestos a tropezar en cualquier escollo. Extrapolando el dato a la navegación de altura, Madariaga supone que Colón arriaba velas a la puesta del sol, en pleno Atlántico, enganchando el ancla no sabemos donde. Siguiendo la misma lógica, los “teóricos” concluyen que para cruzar la mar, eran necesarios navíos de alto bordo, decretando su falta. Sabemos que los fenicios los tuvieron de 400 toneladas, tamaño respetable superado por las carracas portuguesas, con más de 600. En 1430 se construía nao en Valencia de 817 “botes” o 613 toneladas. Comunes los navíos de 130 a 170 toneladas, el arqueo medio del barco comercial del siglo XV, dedicado al tráfico por puertos Europeos y mediterráneos, era de 250 toneladas. Ibn Batuta describe los juncos del siglo XIII. Velas fijas de bambú entretejido, los arrastraban de 1.000 toneladas. Costumbre de los mercaderes chinos viajar acompañados de familia y criados, instalaban a los suyos en cómodos compartimentos individuales, sumando a la carga despensa de reses en vivo, cajones llenos de tierra, que servían de huerto y agua consiguiente. El junco llevaba escolta de dos o tres navíos menores, cada uno de arqueo igual a la mitad del inmediatamente superior, siendo el menor de unas 100 toneladas.
 
No es casual que los chinos usasen grandes navíos. Podían hacerlo porque las radas del poniente americano son limpias y de aguas profundas, no habiendo barra que pasar ni río que remontar, para llegar a los mercados de oro y esclavos o a las pesquerías. Los europeos, obligados a remontarlos, preferían carabelas de 30 a 45 toneles o barcos menores, de cubierta como el de Ulises, navegando en invierno con vela redonda y en invierno con latina. Mixtos de remo y vela, permitía escapar a las calmas, pasando las barras con facilidad. En 1382 entró en Valencia “panfil”, barco menor, con pimienta, cera, pieles de vacuno y 46 halcones, carga típica de “Guinea”. De la misma procedencia el pescado salado, “cabezas de moros” y un “pan”, que era maíz, se traía en ballenell, concebido para la pesca, como su nombre indica. De un palo y enorme vela latina, extremadamente rápido, fue adoptado por los mercaderes, que no tardaron en modificarlo. Al ser el beneficio proporcional a la carga, ganó arqueo y un segundo palo, convirtiéndose en carabela cuando tuvo tres, alcanzando las 100 toneladas. Limitada la oferta oriunda de Andalucía a vino, pasas, aceite, cereales y sal, no justifica la presencia de 100 navíos en el puerto de Sanlúcar, en 1477, año en que lo visitaron los Católicos, ni el tráfico de puertos secundarios, como los de Palos o el Barbate. Los extranjeros acudían en busca de pescado salado y mercancías americanas, abundantes por ser los puertos más próximos en distancia – tiempo, al lugar de origen. Creada la Casa de la Contratación en 1503, las mercancías americanas se concentraron en puertos determinados. Al hacerse innecesario remontar ríos para vender y comprar, los mercaderes sumaron toneladas. En el reinado de Carlos V, los barcos de Indias pasaron de 100 a 250 toneladas. Bajo Felipe II, los hubo de 800 y 1.000, desesperando al Guzmán, encargado de sacar las flotas. Pasaban con dificultad las barras de Sanlúcar y San Juan de Ulúa, pues no admitían embarcaciones superiores a las 600 toneladas. Relantizaban la navegación de las flotas, al ser tremendamente lentos, defendiéndose tan mal en la tempestad, como de los corsarios. Desde el punto de vista económico, el mercader enjugaba la pérdida de un navío menor, pero la de un gran galeón acarreaba la quiebra, en tiempo en que la decadencia del gremio sevillano, aconsejaba conservarlos. Excluidos de las flotas pescadores y boneteros de Toledo, éstos vendían por puertos de moros bonetes, rojos y pardos, lencería de Holanda y tabaco, llevando pequeñas carabelas, que remontaban los ríos con facilidad. Los pescadores de Guinea fletaban “armazones”, formados por chalupas de hasta 70 toneladas y carabelas. En 1595, Alonso de Guzmán aconsejó a Felipe II cubrir el hueco entre las flotas, estableciendo correo regular con Indias. Recomendó usar zabretas, el barco más seguro para cruzar la mar, de 30 pipas o 15 toneladas en verano y 40 en invierno. A más de cartas podrían cargar frutos de la tierra, cuya venta amortizaría el viaje.
 
Probado que la distancia en mar abierta, no implica riesgo extraordinario para la embarcación menor, los “sabios” recurrieron al “tiempo”, para justificar los grandes navíos. Prolongado el viaje, el volumen de la despensa exigía cabida extraordinaria, incidiendo el tamaño del navío, en el número de tripulantes, y en consecuencia, en el espacio ocupado por las vituallas. Contratos de arrendamiento que se han conservado, cifran la tripulación de una carabela, de 30 a 45 toneladas, entre 5 y 7 hombres. A finales del siglo XVI, armazón de pesquería para la “Guinea”, formado por carabelón de 250 toneladas, destinado a pescar y navío de 400, con capacidad para cargar 60.000 “peces”, llevaba 24 hombres y otras tantas botas de agua. Céspedes, autor de tratado de navegación redactado en el siglo XVI, fija la velocidad media del navío “suelto” en 50 leguas por “día natural”, o singladura de 24 horas, pudiendo alcanzar las 72, en condiciones favorables. Incidían en la rapidez suma de “circunstancias”: elección de puerto de partida adecuado, en relación con el de destino y la estación; de “colla” de “tiempo” favorable; la arquitectura del casco; proporción carga – tonelaje; estibado de las mercancías; “ensebado” del casco; calidad de las velas, siendo preferidas las nuevas y extranjeras, a las nacionales o viejas y finalmente la pericia de maestre, piloto y tripulantes. Adición de factores favorables, podía reducir la duración del viaje, a menos de la mitad.
Según Céspedes, la ruta más frecuentada en su tiempo, de Sanlúcar de Barrameda a San Juan de Ulúa, de 1.700 leguas, ocupaba a las flotas dos meses y medio “o más, según los tiempos”; a Nombre de Dios, que estaba a 1.400 leguas, se tardaba en llegar dos meses “largos”. Pasando por las Canarias “y de allí por la isla Dominica”, a los 15º, se separaban las rutas. Los barcos de Nueva España subían a los 17º o más, pasando entre Cuba y Jamaica. De navegar separadas, esta flota debía zarpar entre abril y mayo, “porque no se pase el Golfo de Yeguas en invierno”. La de Tierra Firme, que se dirigía al sur, en Agosto o Septiembre, “porque no le tome el invierno antes de llegar a Canarias, y puedan llegar a Nombre de Dios a principios de noviembre, cuando comienza aquella tierra a ser menos enferma”. Los de Nombre de Dios debían iniciar el regreso por febrero, y los de Nueva España por Marzo, juntándose en La Habana en abril. Por el canal de las Bahamas subían hasta los 39º, cruzando el “golfo de Sargazos y el de las Azores en verano, por ser menos tormentosos”. El que quería tomaba “refresco” en las Islas, pero nada impedía el viaje sin escalas, hasta ponerse a vista del Cabo de San Vicente, en Portugal. Los navíos de Nombre de Dios recorrían 1.600 leguas y los de México 1.400, “según estimación de marineros”.
 
Ulises llevó velas redondas. Se dice que en su tiempo no se conocía la latina. Aparece en grafito de navío de vela y remo, encontrado en los cimientos de la Alcazaba de Málaga, que se supone romano, estando representado en el “Oppianus”, del siglo III. Los americanos la tenían cuando llegaron los conquistadores, describiendo Jerez, secretario y cronista de Pizarro, barco capturado en aguas del Cabo de la Galera, en cabalgada anterior a la conquista del Perú. Del tipo zabra, formaban el casco troncos, atados con sogas de “henequén”. Con puente, bodega, timón, velas y jarcias, usaban piedras por anclas, a la manera fenicia. Los tripulantes, parecidos a los “berberiscos”, viajaban en familia, vistiendo los hombres camisa y las mujeres faldas, llevando mantas “echadas debajo del brazo, a la manera de las moras”. Tenían camas, usaban sábanas de algodón, siendo sus armas hondas y macanas, palos arrojadizos con punta de sílex o espina de pescado. Mercaderes de profesión, procedentes de comarca que estaba acuatro jornadas de distancia, se dedicaban a la salazón de pescado. En su país trasquilaban ovejas, pescaban perlas y explotaban yacimientos de oro, lo que no les impedía rescatar ambas cosas, llevando romana y “toque” de quilatador. Lo cambiaban por “ropa” de lana de colores, camisas, paños blancos con franjas, cántaros negros y conchas de Chaquira, o múrices, iguales a los que se pescaban en Canarias. En aquel tiempo Alonso de Palencia fija en 20 días la travesía de las 7.000 millas o 1.750 leguas, que separaban la costa de Cádiz de una Guinea, hoy conocida por costa norte de Brasil, lo que arroja una media de 87’5 leguas diarias, posible a causa de los vientos y corrientes favorables. A 1.000 leguas la Mina de Oro, el viaje se prolongaba 60 días, los mismos que el de la Habana, pues los navíos que iban a Cuba, cargaban despensa para dos meses, llevándola para un mes los que se dirigían a las salinas de Araya, distancia – tiempo que reducía el barco luengo, portador de avisos. En 1587 barco luengo de 25 pipas o 12 toneladas, con tripulantes y piloto prácticos en las islas, cruzó de Sanlúcar a la Habana, en 27 días.
 
Llamados “golfo” los mares, de orilla a orilla, el Golfo de Yeguas se situaba entre la costa occidental de la Península y las Canarias. En 1588, navegando frente a Finisterre, Alonso Pérez de Guzmán fechó carta al rey en el Golfo de Yeguas. Se cruzaba en 8 o15 días. Llegados a las “islas”, los navíos se consideraban “navegados”, porque más adelante era raro que tropezasen con dificultades. Según Fernández de Oviedo, el golfo pudo haberse llamado “de las vacas”, porque eran arrojadas al mar, para escapar a la tormenta. Carga inestable la despensa en vivo, como los caballos, se sacrificada en la borrasca. Más trabajoso el regreso, pues las “collas” de tiempo favorable eran raras y breves, Fernández de Oviedo recuerda armada de tres carabelas. En 1525 hizo la travesía de Santo Domingo a Sanlúcar, en 25 días. Queriendo expresar la movilidad de los barcos en Indias, escribió que “cada día.., por la mar”, pasaban del Trópico de Cáncer al de Capricornio.
 
Cuando murió la Católica, la “colonización” quedaba circunscrita a las islas, donde la presencia de españoles parece vetusta, puntos aislados del istmo y Tierra Firme. Apenas extendida en vida de Fernando, eclosionó reinando Carlos V, con la conquista de los imperios. La causa salta a la vista. Imprecisas las viejas bombardas, fue necesario aguardar armas alemanas, para enfrentar la superioridad numérica y la preparación de aztecas e incas. Algo similar ocurrió en el África del siglo XIX. Las armas de repetición y los cañones de largo alcance, abrieron a los europeos un Norte de África mal conocido. Sorprendidos al no encontrar los ríos, selvas, centros azucareros y riqueza, que la historia ubica en la costa del Sahara, los científicos acudieron en ayuda de los eruditos. Elaborando complicadas teorías, justificaron desecación fulgurante, situándola a finales del siglo XVII, pues había de coincidir en el tiempo con el último Xarife operante, que expulsó de las plazas de Poniente a portugueses y españoles. De moda reconstruir el pasado a partir de los clásicos, el funcionario francés Edmond Doutté, destinado en Marruecos a principios del siglo XX, quiso recuperar la antigua Berbería, de Rabat a la Montaña Verde. Con Ibn Idrisi, Khaldoun, El Bekri, León el Africano, Mármol y largo etcétera bajo el brazo, identificó Rabat con la ciudad de Salé, por ignorar que la ciudad fundada a la sombra de viejo ribat, no había cambiado de nombre desde el siglo XIII, razón por cual no podía ser la Salé, situada de 1475 a 1640, frente a la Sale Alcazaba, “con el río en medio”.
 
Se felicitó porque la distancia que separaba Rabat de la Mamora coincidía con los textos, sin sorprenderle encontrar población antigua, en lo que fuera puerto despoblado, hasta que en 1614 lo adquirió Felipe III, plantando presidio junto al puerto fluvial. Informado por los “científicos” de cambio climático, que no registra la geología, le pareció natural que el bosque Sualem, antaño poblado de alcornoques, hubiese quedado en mixto de lentiscal y retamar. En Azamor contempló oued vadeable, con desembocadura de 60 metros de anchura, que tomó por el más caudaloso de Berbería. Concordante la distancia, identificó El Jaddida con Mazagán, ignorando que la vieja plaza portuguesa no estuvo a orillas del mar, si no en ribera de río, caudaloso y navegable, llamado Ajer, a 12 leguas de la desembocadura. La fe de Doutté flaqueó en Sernou. No le sorprendió que la distancia no coincidiese con los textos, pero sí que unos silos, famosos por conservar el grano durante más de cien años, hubiesen desaparecido sin dejar huella ni memoria. Achacó el olvido de la palabra “bir”, a la extinción de los judíos constructores.
 
Descubierta montaña aparente, la identificó con Jbel Lakhadar o Montaña Verde, frontera del reino de Dará, reconocida por Colón en la costa de Tierra Firme, durante su segundo viaje, por la cascada que bajaba de la cumbre. Quiso el francés encontrar la huella del lago, “tan grande como el Bolsena”, rodeado de bosques, que hizo olvidar su guerra al Xarife, entretenido por la caza y la pesca. Acampando en la ladera, registró el lugar palmo a palmo. Y surgió la duda. Lógico que árboles y agua hubiesen desaparecido con la seca, no lo era que se hubiese esfumando el sedimento del lago. Al coincidir la distancia que separaba Safi de Mogador, recuperó la confianza, tomando el Oued que desemboca en el Cabo Sim, por reliquia del gran río, que regó plantaciones de caña dulce, alimentando bosques. Interpretados restos de edificaciones romanas en islotes próximos, como huella de las factorías de púrpura del rey Juba, huesos de ballena fosilizados, descubiertos en la playa, pasaron por testigo de industria de salazón.
 
Razonable que los pueblos ibéricos, habituales de la hoguera, repitan mansamente las consignas del poder, porque aprendieron que de la sumisión intelectual, procede la fortuna, y de la libertad de pensamiento y palabra, la pérdida del pellejo, no lo es que el mundo corease el “descubrimiento”, por espacio de 500 años. Se alzaron voces disidentes, algunas de tanto peso como la de Voltaire, incrédulo por pura lógica. No inquietaron sus elucubraciones a los oficialistas, pero sí el hallazgo de moneda de Octavio Augusto. Tuvo lugar en las minas de Acla, en Veragua o Panamá, gobernación de Castilla del Oro, allá por el siglo XVI. Confirmó a los colonizadores en la idea de que cartagineses y romanos precedieron a Colón, en la explotación de Indias, causando conmoción en la corte. Necesario subsanar el desagradable incidente, el poder recurrió a la justicia, por ser costumbre designar culpable, que contrarreste la verdad por el castigo. Correspondió el papel a dos romanos, que pululaban por la zona. Acusados de haber traído la moneda en la faltriquera, con intención de “desdorar” la gloria de España, murieron en el potro, dejando firmada la debida confesión. Excusado es decir que en adelante, quien tropezó con huella extra continental, del pasado precolombino, silenció el hallazgo, sin perjuicio de que el cuento corriese. Al no haber sido olvidado en su tiempo, Solórzano Pereyra lo refutó a dos siglos vista, achacando la maldad de los difuntos a la envidia eterna, que España inspira al mundo. Proyectada la sombra del inquisidor sobre el siglo XX, cabeza de tanagra encontrada entre objetos aztecas, tardó 25 años en ser publicada. Silenciado torso de Venus, son muchos los hallazgos en suelo americano, que permanecen en la sombra. En un mundo de sistema y pensamiento único, la ciencia no es la excepción que escapa al marchamo político, de “secreto de estado”, amparo del “al criterio oficialmente impuesto”.

Luisa Isabel Álvarez de Toledo

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A 10 de enero de 1463, Enrique IV concedió a Diego de Herrera, señor de las islas Canarias por su matrimonio con Inés de Peraza, y al comendador Gonzalo de Saavedra, en régimen de pro indiviso, las aguas y tierras que hubiese entre el Cabo de Ajer y el de Bojador, con la Tierra Alta, el “río” de la Mar Pequeña, que “es” “al través” de la Canaria, a cuya “parte” estaba y un segundo río, “lo cual todo por ser de mi conquista, pertenece a mí e a la corona real de mis reinos”. Siendo el fin de la concesión limpiar el predio de intrusos, ocupando por persona interpuesta, parte de la “conquista” de Portugal, el Trastamara autorizó a los señores a expulsar a quien mejor les pareciese. 

Propietarios de parias y quinto, el Almirante quedó privado del que percibía, sobre cuanto se cargase en la tierra. Facultados para arrendar pastos y pesquerías, lo navegantes de Castilla perdieron bancos de pesca y mercados, a más de quedar obligados a prestar ayuda a los beneficiarios, en el acto de la posesión, so pena de incurrir en delito, a título de rebeldes y traidores. Hubiese estado el documento en regla, entrado en lo posible que fuese obedecido, de no presentar el objeto como descubierto “de poco acá”. Requeridos los intrusos a pagar o marcharse, se negaron, acusando a Herrera y Saavedra de haberse confundido de tierra, pues no era posible considerar “recién descubierto”, lo que se conocía de antiguo. Considerando lamentable la crianza de un pueblo, que anteponía la realidad a la palabra de un rey, Herrera y Saavedra fueron en busca de Enrique IV. En guerra con Aragón desde el 18 de enero, le encontraron en Lirín, pueblo de Navarra, a consecuencia deentrada en territorio de Juan II. 

Inadmisible en opinión de cualquier monarca, que un súbdito se niegue a comulgar con ruedas de molino, de origen real, el Trastamara enmendó a 10 de agosto, la chapuza del 10 de enero, en sobrecarta cumplida. Tras afirmar que reproducía la albalá primera “de palabra a palabra”, suprimió la alusión a descubrimiento reciente, echando mano del “propio motu”, fórmula mágica importada de Roma, que ponía la palabra del rey por encima de los Fueros y leyes, anulando incluso la regia voluntad pasada. De un plumazo anuló los derechos adquiridos sobre tierra, agua y rentas; escrituras de propiedad por compra o concesión y cuantos títulos tocaban al territorio. Inmensa la costa pero contados los desembarcaderos accesibles, la creyó controlable. Y sencillo convencer a los naturales, de que debían pagar a los nuevos señores, por aprovechar su tierra, por haber sido declarada propia de Herrera y Saavedra, con cuanto produjese y escondiese. Habiendo omitido en enero topónimos y accidentes geográficos, porque no es posible describir lo ignoto con puntualidad, se incluyeron en agosto, facilitando la identificación. Multiplicados los ríos, aparecieron “islas”, abras y puertos, siendo mencionado el conocido de Mogodor, junto al Cabo de Aguer, que al aparecer en otros documentos hasta el siglo XVII, se ha podido ubicar en la desembocadura del Amazonas, así como la Mar Pequeña o Pequeño, identificado, sin dejar lugar a la duda, con el Caribe. 
Primera mención inequívoca será la del paleño Diego Martín Barranco. Marinero de Colón en el cuarto viaje, testigo de Diego en su pleito, declara que costeada Jamaica dieron en isla, “en medio de la Mar Pequeña”, cuyo nombre no recordaba, aludiendo a Guanasa o Pinos. El cronista de Indias de principios del siglo XVI, Fernández de Oviedo nos dice que partiendo del Río Marañón, en la Isla de Hierro, navegadas 600 leguas en dirección noroeste, se entraba en la Mar Pequeña. Bañaba la Tierra Firme, prolongándose hasta los 27º. En su primer viaje Colón tocó en Gomera y Hierro. Previsto que navegadas 600 leguas encontrarían el puerto de arribado, al haber “andado” 800, sin ver costa, los marineros se inquietaron, por ser evidente que erraron el rumbo. Enderezado a instancias de Martín Alonso, entraron en rada al norte de la Española. Considerado”descubrimiento” la tierra no nominada, los sucesivos “descubridores” tuvieron por costumbre bautizar la de arribada, sin molestarse en averiguar nombres anteriores, con el fin de beneficiarse de las ventajas fiscales, concedidas al primero que reconociese la tierra. Inconveniente confundirse a nivel de estado, al no estar asentados los topónimos de los descubridores, Felipe II utilizaba los antiguos. Rey de Portugal, le preocuparon las urcas de Holanda e Inglaterra, que acopiaban sal junto a la Margarita, en las salinas de Araya, que situó en Cabo Verde. Heredado el problema por Felipe III, en 1600 le alarmó aviso de Flandes, de armada de 23 a 36 velas, fletada en la “Islas Rebeldes”. Advirtió al duque de Medina Sidonia, suponiendo que de no hacer daño en las costas de España, irían a cargar sal en las Islas de Canarias. Respondió el Guzmán que al no haber asomado los navíos por Galicia ni Andalucía, se podía colegir que fueron a las salinas. Demasiado tarde para sorprenderlas en el cargadero, de haber barcos de armada en las Azores, podrían atacarles al regreso. Con el fin de soslayar confusiones, puntualizó que en las Canarias no había salinas, naturales ni artificiales. La sal estaba a 6 días, en la Isla de la Sal de Cabo Verde, a la que se llegaba entrando al “Mar Pequeño”, por la canal que separaba Fuerteventura de la Berbería, paso habitual de las flotas. Debida la confusión a la proximidad de isla canaria, los galeones que fueron en busca de las urcas, repetieron el error, no encontrando urcas ni sal, porque dieron en las Canarias. 
En 1607, en proyecto nueva incursión, el Guzmán volvió a ser consultado. Está vez omitió topónimos tradicionales, utilizando los modernos: se daba en la sal entrando por la canal, entre Matalino y Santa Lucía. Poniendo proa al sur, se costeaba la isla, San Vicente y la Granada. Continuando a barlovento de Los Testigos, hasta avistar Tierra Firme, se viraba a poniente. A popa el Cabo mal llamado Tres Puntas, pues tenía cinco, se encontraba la salina de Araya. Aconsejó que los galeones pasasen de largo, metiéndose en La Margarita. Emboscados en el puerto de Juan Griego o Mompatar, aguardarían a las urcas sin dejarse ver, mandarían “lengua” en patache o chalupa de indios, a la península de Araya, que avisase de la llegada de las urcas. Separados de la sal por 12 leguas de aguas limpias, podrían zarpar al anochecer, sorprendiendo a las urcas a la salida del sol, la gente en tierra y desarmada, por estar cargando.
En la concesión de 1463, Enrique IV no menciona salinas, entre las fuentes de riqueza del predio. Eran estas el “rescate” de mercancías y esclavos, practicado a la manera de Canarias; parias y quintos de moros; el arriendo de pastos y las “pesquerías de sus ríos” o lo que en sus “ríos se pescare”. En la geografía que se sigue enseñando, el Cabo de Aguer se identifica con Agadir y el de Bojador con el mauritano del mismo nombre, ambos en la costa del Sahara, la más seca del planeta. Presentes los “moros”, cuadran parias y quintos, cargas de origen musulmán. Pero al ser tan escasos como los pastos, no es posible considerar la zona cantera de esclavos. Imposibles son las “pesquerías de sus ríos”. Hablan los historiadores de franja cubierta de vegetación tropical, a lo largo de aquella costa, pero demografía, arqueología y geología. les desmienten. Según la primera, la densidad de población, fue en todo tiempo inapreciable. Al decir de los arqueólogos, dejó el paleolítico huellas de presencia en determinadas zonas humedas, pero no el neolítico, quedando escasos restos de presencia humana en épocas posteriores. En cuanto a los geólogos, son contundentes: el Sahara, costa incluida, remató su desecación en el octavo milenio a.C., sin que se registre alteración climática posterior, digna de mención. Esto no estorba para que los autores de guías turísticas, presten a la costa microclima tropical. La presentan como centro azucarero, en producción hasta finales del siglo XVII, gracias a río caprichoso, que tras discurrir cientos de kilómetros bajo las arenas, resurgía cerca del mar, nutriendo el cultivo que más agua consume, a más de alimentar los bosques necesarios, para que pudiesen trabajar los ingenios. Pero tanto en la vida como en la historia, la opinión mayoritaria, aún siendo obstinada y persistente, no puede cambiar en verdad la mentira. Evidente que en la costa referida no pudo haber ríos con pesquería en 1463 ni mucho antes, la identificación de la Mar Pequeña con el Caribe, sumada al hecho de que el duque de Medina Sidonia, en 1600, llamase “Berbería” a la Isla de Santa Lucia, indica confusión de topónimos, favorecida por una regresión del Islam, en las habitadas por “caribes”, temidos por los españoles, por ser eficaces en la pelea, riesgo del que advertían los rotarios, a los que hiciesen aguaje en la Dominica o Deseada, pues un error podía costarles el pellejo.
Carta dirigida por la Reina Católica a Colón, el 14 de febrero de 1502, certifica de la presencia de musulmanes en América. En preparación el cuarto viaje, el primero que haría sin Pinzones ni otros antiguos de Berbería, Isabel responde a petición de intérpretes: “a lo que decís que queréis llevar uno o dos que sepan arábigo….”, prometía la reina mandarlos, si los encontraba, pero en caso contrario saldría sin ellos, pues según estaban las cosas en Portugal, no convenía retrasar el viaje. Con tres visitas a Indias a la espalda, la petición prueba que el árabe era la lengua franca en Indias. Y la escasez de arabo parlantes en Castilla, que el granadino del común utilizaba el idioma local, es decir, el castellano. Conocida la misiva, pues fue aportada por Diego Colón a su pleito, figurando en la trascripción de los Pleitos Colombinos, editada por la “Escuela de Estudios Hispanoamericanos” de Sevilla, en 1967, hemos de admitir que la historia no la calla por ignorancia, si no por prudencia. Fieles a la versión oficial de la historia, porque en ello les va el porvenir, extrapolan la presencia de intérprete de árabe y hebreo, al primer viaje, llamado Luis de Torres. El hecho es que el tal Torres no aparece en documento alguno, ni es mencionado por los que participaron en la travesía y la cuentan. Inventado el personaje, como otros muchos, lo fue en este caso con causa sobrada. Lógico que Colón se procurase traductores en todas las lenguas posibles, yendo en busca de lodesconocido, que lo buscase de árabe en la cuarta travesía, es prueba irrefutable que el Islam se había asentado al otro lado del “charco”, mucho antes de que apareciese el descubridor, portador de la cruz.
Fernández de Oviedo, gobernador de Castilla del Oro desde 1525, cuenta que los naturales llamaban al cacique “queví” o cadí, que “en arábigo quiere decir grande”, rezando en “mezquitas”, templo inconfundible para el castellano. Tres “Matamoros” y un “valle del Mezquital”, sumados a las mezquitas mencionadas por Cortés en México, indican que el Corán alcanzó el Río Grande. De su presencia en el sur da fe el uso constante de la voz musulmana “jeque”, para designar al señor o personaje notable, que hacen los cronistas del siglo XVI. Común a los que escribieron sobre el Nuevo Reino de Granada y Nueva Andalucía, no es el único indicio de la presencia musulmana. Juan Castellanos,cazador de negros y autor de historia de Venezuela versificada, terminada en torno a 1588, y , recuerda tropiezo en el entorno de las salinas de Tepé, conocidas en Castilla por Araya. Le pusieron en aprieto seguidores de la “secta” de Mahoma, llevando al frente “gentil indio” barbado. No sería Leonor, apodada La Fundimenta, la única “morisca” que aparece en las crónicas de Indias. Diego de Landa, que asistió al descubrimiento de Yucatán, en 1517, cuenta que Fernández de Córdoba estuvo a punto de ser despenado por negrillo, portador de alfanje. En su recopilación de las leyes de Indias, Solórzano Pereyra menciona provisión de Carlos V, dictada en 1540, imposible de no existir en América musulmanes autóctonos. Prohibía reducir a esclavitud al natural de Indias, que diese vasallaje a la coronas de España o Portugal, aunque permaneciese fiel al Islam, salvo caso de hacer proselitismo. De poco debió servir la medida, pues al permitir capturar a los fieles al Xarife, la veda del musulmán en general, quedó abierta. 
La idea de un continente, sometido a la autoridad de las coronas española y portuguesa, a las que apenas escapaba lo más intrincado de la selva, es pura y simplemente falsa, desmintiéndola los cronistas y la documentación. En el siglo XVIII, los conquistadores apenas se atrevían a penetrar tierra adentro, ignorando lo que sabían los Pinzones del XV: por el Río Negro se podía navegar del Amazonas al Orinoco y viceversa. Circunscrita la presencia española a las cuencas de los ríos y la costa, junto a embarcaderos accesibles, sólo en los viejos imperios pudieron extender su autoridad, a la sombra de estructuras políticas heredadas y vías de comunicación excelentes, que los conquistadores no supieron conservar, concentrándose en el entorno de las minas y posteriormente en las mejores tierras. 
Adelantados los Católicos en la guerra de agresión “preventiva”, pues la mantuvieron constante contra el Islam, los castellanos practicaron la explotación, a través de la ocupación material e intelectual, a diferencia de los portugueses. No habiendo sido afectados por breve “reconquista”, se abstuvieron de inmiscuirse en cuestiones de fe y gobierno, cuidando de obtener consentimiento del Xarife para conservar las factorías, que ganó Alfonso V. Construían fortalezas, que fueron almacén de mercancías, practicando el trueque con los naturales que acudían, a imitación de los andaluces y vascos que navegaban a Indias, por su cuenta o la de mercaderes burgaleses, en un tiempo en el que no imaginaban que el continente pudiese ser descubierto. En las “escalas de mercadores” residían factores cristianos al servicio de firmas y señores, avanzadilla del comercio que hizo de Andalucía residencia obligada, de cuantas civilizaciones buscaron la prosperidad en el mar. 
Los primeros conquistadores transitaron por las vías de comunicación del Indio. Pero no los que siguieron. Pavimentada la calzada del Inca con troncos clavados en el suelo, los que les precedieron los utilizaron para hacer hogueras. No lo impidieron los jefes. A todo ocupante conviene aislar a los naturales entre sí, sin comprender que por la misma acción se aíslan a sí mismos, dando lugar a que amplias zonas escapen a su control. Tanto en Méjico como en Perú, vastas zonas del interior e incluso de la banda costera, conservaron la libertad, tardando siglos en ver español, siendo sorprendente la modernidad de Pizarro. Adelantándose a los Estados Unidos imperiales, quiso gobernar Perú a través de Incas –títere. Los nombró sucesivos, fallando la experiencia. Uno tras otro se alzaron contra el colonizador, para ser derrotados por la superioridad técnica. Imitando al ciudadano del común, mal adaptado a la servidumbre, escapaban por Barca de Moros, dejándose llevar por afluente del Amazonas a una “tierra de moros”, situada al Este de los Andes, buscando el imperio oriental del Inca. Los misioneros advirtieron repetidamente que Perú se despoblaba por aquel río, sin que lo impidiese el rumor de raíz política, según el cual a la otra parte de la cordillera vivían caníbales, que se alimentaban de forasteros. Ulloa, compañero de Jorge Juan en su expedición, contempló desde las cumbres de los Andes, los fuegos encendidos en el valle, pero se abstuvo de acercarse. A finales del siglo XVIII, seguía siendo territorio cerrado al español.
En el desorden que siguió a la caída de los Benimerines o Marines, los musulmanes de América buscaron protección en reyes y señores europeos. A cambio de defensa y suministro de trigo, cebada y aceite, bienes que no produce el trópico, daban vasallaje en régimen de behetría, materializado en pago de parias, en el marco de un sistema de señorío, que no afectaba a la soberanía del Rey de Fez y Marruecos. Lo ejercieron sucesivos Guzmanes de la casa de Niebla, el rey de Portugal y la propia Isabel Católica. En 1499, a través del Gobernador de Gran Canaria, le dieron vasallaje los naturales del reino de Butata, como a su tiempo los canarios a Inés de Peraza. Periclitada la costumbre, cerrada la Guinea al intruso sin real licencia, decayó el comercio y la industria pesquera andaluza. En 1579, la docena de armazones habituales de los caladeros de Guinea, que quedaban en Huelva, padeció un nuevo sofión. Empeñado Felipe II en heredar al rey Sebastián de Portugal, a través del Cardenal D. Enrique, rey puente y anciano, cuya función se redujo a buscar sucesor al desaparecido en Alcázarquivir, el Austria quiso ganar su voluntad, favoreciendo sus caprichos. Habiendo concedido al portugués Diego de Miranda, uno de sus pajes, 40 ducados por armazón de pesquería que entrase con carga de Guinea, no logró cobrarla en el Algarbe, pero sí en Huelva. Exigido el impuesto a los que estuvieron pescando “desde un cabo que se llama Bojador, hasta otro cabo, que se llama Çenaga”, se negaron a pagar, protestando por escrito y con energía.
Por persona interpuesta informaron al Rey de que para poder faenar, sin parar en la cárcel, debían pagar alformaje al alformar del Xarife, sin que los reyes peninsulares pudiesen impedirlo, porque tierra y aguas pertenecían a los moros, “de manera que el rey de Portugal ni su Majestad, no la poseía ni posee”. Teniendo el Austria igual derecho a las pesquerías de Guinea, que a los “molinos de Fez” o al “alcázar de Marruecos, que es de los moros”, acusaron al rey D. Enrique de haber dispuesto de lo ajeno, reprochando al vanidoso español “merced de cosa, que ni era ni es de su majestad”. Con lógica elemental, le aconsejaron suspender “el efecto de la dicha merced, para cuando S. M. posea y conquiste y gane aquella costa”. No hay indicio de que la corona española se pretendiese propietaria de la Guinea actual, entonces conocida por Congo o Angola, pero es conocido que todos los reyes de Castilla, antes y después del “descubrimiento”, se consideraron propietarios por derecho hereditario, del predio y del continente americano en su conjunto. Obvio que la “Çenaga” mencionada, es la Ciénaga de Colombia, sabemos igualmente que la “Guinea” a que se refieren, también llamada Arguim a espaldas del documento, estuvo en lo que hoy conocemos por América.

En tiempo de Fernández de Oviedo, los naturales de Castilla del Oro vivían en tiendas, “al modo de los alárabes”. Pasado un siglo, Francisco Roque, agente de Felipe III en la corte de Marruecos con residencia en Mazagán, escribía: “en Berbería no ay más que campo y las casas son de lienzo”. Ibn Battuta, turista en el Sale del siglo XIV, se sorprendió por la libertad de costumbres, el predicamento que disfrutaban las mujeres musulmanas y ante la solidez del metical de oro, moneda del reino, que en el siglo XV valía 400 maravedís o 420 reís de Portugal. Es probable que los tejuelos de oro, de 15 a 20 quilates, utilizados como moneda por los naturales de Tierra Firme, fuesen meticales. No queriendo perder un maravedí, Carlos I mandó troquelarlos. Ensayador y custodió del troquel en Santa Fe, fue un negro, esclavo de Gaspar Núñez.

Los reinos de Meça y Azamor, “conquista” de Portugal por concesión de Martín V, pertenecían al Xarife. Musulmana la clase dirigente y buena parte de la población, convivían con minoría judía. Dedicada al comercio, algunos de sus miembros aparecen ocupando lugares destacados, en el gobierno y la corte, con título de “xeques”. Residentes mercaderes cristianos, abundaban los

genoveses y españoles. Solían ser conversos, más cómodos entre musulmanes, que en el imperio de la Inquisición. Al no ser costumbre de navegantes meterse en cuestiones de credo, un único tripulante de Colón, al recordar que en el cuarto viaje, empezaron a descubrir en Yucatán o Maya, primera tierra de indios, dijo ignorar si la población era o no judía, por no haber desembarcado, lo cual indica que hubo judíos en Indias. Duque de Medina Sidonia muerto en 1507, en relación con esta Berbería, Canarias y el Cabo de Aguer, tuvo “libros en hebraico”, procedentes del Safi. Otro Guzmán aguardaba, en 1627, la obra de San Mauris. Francisco Roque, residente en Mazagán, prometió comprarla cuando fuese a Marruecos, por no haberla en otra parte. Los musulmanes españoles pudieron practicar su credo libremente hasta 1501; los judíos hasta 1492. Terminado el plazo señalado pare el embarque de los expulsos, a finales de julio, a los reyes no se les pasó por la cabeza condenar a esclavitud a los seguidores de Moisés. El rezagado paró pura y simplemente en la hoguera. Sin embargo no faltan noticias de judíos esclavos. En el siglo XIV entraban por los puertos de Valencia y Barcelona, apareciendo en el arancel repartido a Vejer, en 1491. Cada pieza de moros y moras o judío y judía, pagaba 12 maravedís de portazgo.
En 1493, Dios premió a la Católica las persecuciones, presentándole al profeta Colón. Interpretando el deseo del Altísimo, Alejandro VI le otorgó las riquezas de un continente, condenado a subvencionar su propia conversión. Esta es la apariencia que recoge la historia. En realidad, la primera “Inteceatera” no pasó de sentencia arbitraria, dictada a la moda de la época, en el pleito iniciado por Juan II de Portugal en 1490. Al ser desatinada, no hay indicio de que se publicase, probando el Tratado de Todesillas, que la otra parte no recibió traslado. Incluso Bernáldez, primer narrador de la “gesta” colombina, parece ignorarla. De tener noticia, hubiese omitido al cacique caribeño, seguidor del “Nazarano”, interlocutor de Colón en el curso del periplo de 1494, escasamente conocido. El cronista hace notar la extrañeza del nativo, ante la forma en que los castellanos entendían el Evangelio. Fernández de Oviedo añade que a más de vocablos árabes, sus administrados los usaban castellanos, utilizando el “ome” andaluz, que nadie les había enseñado. El P. Sahagún, compañero de Cortés en México y recopilador de curiosidades, cuenta que los aztecas decían del que tenía respuesta para “preguntas dificultosas”: “es un Merlín”. De haber tenido noticia del mago inglés, el clérigo les hubiese preguntado por el rey Arturo. O al menos por Lancelote del Lago. 
Los cronistas aluden a mexicanos blancos “como españoles”. Y a la presunción de Montezuma de contar con antepasados andaluces, no faltando menciones a nativos blancos y barbados. Los nueve caciques de Nicaragua obedecían a un igual, que se distinguía por tener barba, siendo evidente el apéndice piloso en relieves olmecas de Monte Albán y el friso de Labityeco. Los naturales de Cernú, puerto de Tierra Firme, a más de lucir barba despedían el “mal olor a monte”, de los negros de Guinea. La cruz de Palenque pudo estar relacionada con la que aparece en la moneda de Asido, cruz del sur para los navegantes y símbolo de los beréberes, inmigrantes probables a su tiempo. Debieron tener parentesco con las de metal, descubiertas entre restos humanos, en templo cuidadosamente destruido. Pero campo de cruces situado en las inmediaciones, hubo de ser reconocido como cristiano. Admitido el origen, los “descubridores” lo reconocieron como cementerio de marinos perdidos, que no encontraron el camino de regreso. La tradición se conservó en la tribu canadiense, llamados porta – cruces, por llevarla al cuello.
Las que aparecían en la costa fueron levantadas por blancos y cristianos, para indicar que la tierra tenía dueño, estando “descubierta” y debidamente registrada. Siendo el premio exención del quinto, de cuanto trajesen en el navío, los que llegaban más tarde remplazaban el signo ajeno por el propio, aprovechando ignorancia y desorden para registrar por segunda vez, ahorrándose el impuesto con consentimiento implícito de las coronas implicadas, porque el incentivo compensaba la pérdida. En 1476 la “Primera Cruz”, al este de Paranaiba, partía términos entre Brasil y Guinea, habiendo sido encontrada la más meridional en Cabunco, costa de Uruguay. De palo santo, la única madera que no flota ni se destruye, antigüedad venerable y de tamaño excepcional, estaba en el fondo del agua. Sonado el hallazgo, lo aprovechó la Iglesia, para salir del apuro americano. Admitir que el mensaje evangélico no llegó al continente, ponía en entredicho el concepto de un Dios universal, inventor de sí mismo. No cayó el Papa Borgia en la contradicción, ni probablemente Fr. Tomás Ortiz, obispo del Darién, pese a resolver el problema en el juicio contra los indios, celebrado ante el Consejo de Indias, en 1525. Aprobado que el americano nacía sin alma, pero la adquiría tras recibir el bautismo, porque de no tener derecho al paraíso, la concesión de 1493 carecía de consistencia. Solventada la cuestión, en 1537 irrumpió el Papa Paulo III, como elefante en cacharrería, restituyendo a los aborígenes el alma, por haber nacido racionales. Imprudente dinamitar un “descubrimiento”, que reportaba pingües ingresos a la institución, enemistándose de paso con España y Portugal, el dogma del universalismo de la salvación, la infalibilidad del Papa y el buen nombre de Alejandro VI, fueron salvados por la cruz de Cabunco. Relacionada con el topónimo Santo Tomé, tan antiguo que Colón encontró un Santo Tomé en las inmediaciones del Orinoco, documentó visita del apóstol. Admitido que los romanos conocieron las Indias bajo el nombre de África, se adjudicó al Santo la misión de llevar la buena nueva al continente. Sin repara en que el puerto era inadecuado para la arribada, por lejano, le hicieron desembarcar en Uruguay. Plantada la cruz subió al norte, abriendo a su paso amplia calzada, por la que Pedro de Ursúa, encargado de conquistar el Orinoco a finales del siglo XVI, recorrió 200 leguas. Fundada Santo Tomé, el apóstol terminó su periplo en Río de Oro, donde estuvo a punto de ahogarse, cruzando un río. Asumida la leyenda, no pocos peruanos aseguraron contar con ancestros, que le trataron personalmente.
Condicionados por el paradigma del continente ignorado, los arqueólogos declaran excepción hallazgos, que lo son por haberse conservado en condiciones climáticas hostiles, no por otra causa. Estatuillas del arcaico mexicano evocan formas de Sumer o de las islas del Egeo; en cabeza azteca encontramos la mirada del escriba o rasgos asiáticos en símiles de Buda. Podrían no ser prueba de que toda civilización, recorre las mismas etapas por su orden, indicando un lógico mimetismo, efecto de intercambio, negado por la ortodoxia colombina. Las torres y fortalezas de los indios “pueblos”, recuerdan las de la Esparta medieval o lugares islámico; los supuestos sacrificios de doncellas, arrojadas a cráter de Nicaragua, pudieran ser replica de ceremonial, que la tradición sitúa en el Taigeto. Menos feroces los olmecas, sacrificaban palomas, a la manera romana. Admitido el parentesco del vudú con la cultura africana, su presencia se achaca a esclavos importados. Pero no son de excluir contactos de hombres libres, entre las dos “Áfricas”.
Practicaron los egipcios el culto al sol, elevado por Akhenatón a religión oficial, con gran disgusto de los poderosos sacerdotes de Amón. Se vengaron extinguiendo la dinastía, tras la prematura muerte del hijo. La pirámide es forma egipcia, pero también americana, como el culto al sol y la luna. En Tihuanaco hay puerta del sol, al que estuvo dedicado templo en Cuzco. Venerado en Palenque, la población de Yucatán representaba satélite y estrella en “ruedas” de oro y plata. En Guatemala y Nicaragua se hacía procesiones a los templos del sol, paseando al ídolo. Y se celebraban romerías, siendo dios principal en Tierra Firme, Ecuador y Perú. Vázquez, cronista de Aguirre, describe “rezadero” junto al Amazonas. En la entrada había dos “sacrificaderos”. En uno aparecía figura de hombre, rematada por el sol. En el otro de mujer, bajo la luna. Al ser de madera, desaparecieron irremediablemente.

Luísa Isabel Alvarez de Toledo
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El reino de Tharsis se ubica en Andalucía, porque Argantonio reinó en la Bética; en el norte de África, porque Cartago, Numidia y Mauritania, se formaron de la fragmentación del viejo reino. La labor del oro, atribuida a los tartesios, tiene parentesco con el estilo minoico y ambos con muestras precolombinas. Al no haberlo en el calcolítico andaluz, se admite la convivencia de dos pueblos: tartesios y turdetanos. Los focenses, supuestos inventores de la galera, desembarcaron en Tarifa, “antiguamente Tartesios”, entre los siglos VII y VI a.C., permitiéndoles Argantonio poblar en “islas que estaban enfrente”, llamadas Afrodisias. Al no haber islas frente a Tarifa, la Junonia de Ulises se sitúa en Lisboa. Para Alonso de Palencia es una de las “islas” Canarias. Abundante en lluvía, pero sin río ni fuente, recogía el agua en “lagunas cavadas por mano del hombre”. En el segundo brazo del Guadalquivir, donde hoy está Sanlúcar, se dice que hubo templo fortificado. Y que en el siglo VI los de Tarifa fundaron aldea, en el primer brazo del río, junto al Oráculo de Mnesteo. La llamaron Evora. En los años sesenta del siglo XX, tractorista que araba el Cortijo de Evora, término de Sanlúcar de Barrameda, encontró tesoro indubitablemente tartesio. Excavó el sitio el profesor Mata Carriazo, descubriendo restos de población, cuyo grado de civilización no alcanzaba el de las joyas. De no haber sido ubicado el Oráculo en Puerto de Santa María y fiarse algo más de los textos, el arqueólogo hubiese encontrado la causa de la contradicción.



A la muerte de Argantonio, el reino se fragmentó en taifas, anarquía que aprovecharon los fenicios para recuperar Cádiz. Según Lucas de Tuy, Nabucodonosor de Babilonia asoló Hispania y anejos, en pos de botín. Acopiado suficiente abandonó su conquista, dejando atrás colonos judíos. Ausente el babilonio, los naturales apretaron a los fenicios de Cádiz, que pidieron ayuda a Cartago, potencia emergente. Según cronista granadino y anónimo, el caudillo Aníbal, “rey” de Afâriqa, Tharsis y al – Andalus, mandó a su general Amilcar. Dominando en primer lugar a los amigos, destruyó la flota gaditana, sorprendida en la bahía. Ocupada la ciudad, siguió la conquista de Hispania. Sagunto, aliada de Roma, cerró sus puertas a Cartago. En su destrucción está el origen de la segunda guerra Púnica.

Notables africanos, molestos por el trato que les daba Cartago, se reunieron en Tánger. Acordaron mandar embajadores a Roma, llevando al senado promesa de alzamiento masivo, a cambio de ayuda militar. Creyéndoles a medias, la República mandó agitadores en lugar de soldados. Al encontrar un pueblo satisfecho con el gobierno de Amilcar, abandonaron idea y empresa. Al margen de la guerra, Hannón e Himilcón, hijos del general, iniciaron navegaciones de “descubrimiento”. Que Plinio y Estrabón, cronistas del viaje, nombrasen ciudades y accidentes geográficos, indica que “descubrieron” tierras nominadas, es decir, conocidas. Mariana, recopilador de la historia al servicio de la corona, nos dice que Hannón salió de Cádiz con 60 galeras mayores y 30.000 pobladores, exagerando sin reparo, a falta de pruebas. Rebasadas las Columnas de Hércules, estando a dos jornadas fundó Thymiaterión, identificada con Rabat. Liberado del lastre de civiles, puso proa a un poniente, que el Fraile convierte en sur, pues le hace rodear África. El Promontorio Ampelusio sería la primera tierra avistada. Costeando llegó al río Sala. En su desembocadura había población, junto a un desierto. Pasó ante el Cabo de Nom o de Naam, última “Chaunaria”, donde estaba el Monte Atlante. Mariana asimila el Cabo al de Bojador. Estando Colón al oeste de Cuba, los naturales le hablaron de dos provincias ricas en oro, situadas a poniente de la isla. Llamaron a una Naam. Marineros del cuarto viaje, declararon que navegando hacia el sur, rebasado el Cabo de Gracias a Dios, entraron en “tierra de Canaria”. Años más tarde Benzoni, italiano que viajó a Indias, sitúa Costa Rica en las Canarias. Pasó Hannón frente al delta del río Asama o Sanaga, con dos brazos navegables: el uno salía al Océano y el otro a Cabo Verde. En un “golfo” terminado en cabo, fundó Cernam, que Mariana identifica con Arguim. Pasadas las 10 Hespérides, avistó las Gorgónides. Y llamó “Carro de los Dioses” a monte “empinado”, porque despedía truenos y ríos de fuego. En la Equinoccial vieron “hombres” cubiertos de pelo. Mataron dos hembras, rellenando los “pellejos” de paja, para llevarlos a Cartago. Virando a Levante, Hannón buscó el Cabo de Buena Esperanza, para seguir al Mar Rojo. 

Himilcón partió de Heraclea o Gibraltar. Mariana le hace descubrir el río Barbate y una Eritrea insular, que supone la Isla de Santi Petri. Antes de hundirla un terremoto, se extendía hasta Cádiz. El fraile identificó el río Lethes con el Guadalquivir, recurriendo a profundo cambio geológico, para justificar el desplazamiento del Monte Tartesio al interior. De su cumbre caía cascada, que se veía desde el mar. En el curso del segundo viaje, navegando frente a Tierra Firme, Colón reconoció la Montaña Verde, frontera de provincia en Marruecos, por la cascada del “grueso de un buey”, que bajaba de la cima. Pasado el Monte Casio Himilcón costeó la llanura de los albicenos, vasallos de Tharsis. Visitó la ciudad de Iberia, junto al río Íbero y admiró el templo, pasando a la sombra del promontorio de Proserpina, huella de Grecia. La isla Pelagia se atisbaba entre levante y septentrión, cubierta de arboleda. El cartaginés no se acercó. Consagrada a Saturno, el Océano se vengaba del que hollaba su suelo, levantando tempestades a su paso. No tocó en el Cabo Barbaria, tierra de los saurios. Reputados de inhumanos, odiaban al extranjero. Llamó Ofiosa a la isla Strinia, en memoria de las serpientes, que expulsaron a los focenses. Visitó Junonia, supuestamente fundada por Ulises, entrando en las islas Albiano y Lacia. Incontables, las llamó Sternides, por haberlas poblado los de Strinia. A la altura del Promontorio Nerio, el mar se llenó de islas. Dando por terminado el periplo, Himilcón viró hacia levante.

Apretada Roma por Aníbal, el Senado se defendió atacando. Escipión desembarcó en Cartago en el 146, forzando el regreso de Aníbal. Defendiendo el reino fue derrotado en Zama, topónimo que evoca la Sama de los negros “guineus”, a la que Diego Câo llamó Rescate; la Saca o Zaca, escenario de batalla que libró Alonso de Lugo, capitán de la Mar Pequeña, en torno al 1500, franqueando el istmo portugués a Colón. En la misma costa, al otro lado de Cartagena, estuvo Zamba, topónimo calificado de “disparate” por Fernández de Oviedo, “porque es nombre de negro de Guinea”. Arrasada Cartago, Escipión atravesó el reino amigo de Numidia para conquistar Mauritania. Roma la dividió en dos provincias: Tingitana y Cesárea. Surgidos los tres reinos de la desmembración de Tharsis, Cesar Augusto, queriendo capital en África, reconstruyó Cartago.

Cronista granadino acusó a Roma de haber comprado la paz, abandonando a los godos Hispania, con Ceuta, Tánger y “otras muchas tierras” de África. En el siglo III, alanos, suevos y vándalos ocuparon las provincias. Ineptos, su gobierno generó hambre, miseria y pestilencia. Enterado de que los hispanos suspiraban por el regreso de Roma, Máximo, gobernador de Cartago, preparó expedición naval, con intención de reconquistarla. Estando a punto de zarpar se alzó un tal Gilimer o Guillamete. Amigo del rey vándalo Hilderico, según fuentes musulmanas, liquidó a la nobleza. Enemigo según Sedeño, encarceló al monarca godo en Cartago, dejándole al cuidado de su hermano. Coinciden las fuentes en que Gilimer se hizo señor de África, hasta que Justiniano, recuperado un atisbo de autoridad, quiso reponer al rey – vasallo. Al frente de la operación puso a Belisario, capitán general de Oriente, que había destacado en las guerras de Persia. Prolongado el viaje, se dice, exagerando, que llevó 500 naos de carga, portadoras de la manutención de la tropa, repartida en 100 galeras. En África Belisario fue sobre Cartago. Muerto el hermano de Gilimer en el encuentro, el general ocupó la ciudad, reparando las murallas, a la espera del rebelde. Gilimer zarpó de Cerdeña “con gran ejército”, acampando frente a Cartago para ser derrotado por Belisario, en una salida con sus vándalos. Huyó el rebelde al interior, según fuentes musulmanes con Hilderico, siendo atrapado por Belisario. Las crónicas españolas le hacen apresar por soldado, atribuyendo a Belisario la recuperación de África para el imperio de Oriente, tras 96 años de ocupación goda. De regreso en Constantinopla, el general disfrutó de triunfo al viejo estilo, continuando su carrera en otras guerras, hasta que fue llamado a Cartago por su capitán Salomón, acosado por alzamiento de Theodato. “Pacificada” la tierra, regresó definitivamente el Imperio de Oriente.

A la muerte de Mahoma en el 632, el Islam avanzaba en dirección oeste. No siendo plausible que de una península arábiga, moderadamente poblada, surgiese ejército capaz de conquistar medio mundo, es razonable suponer que las “conquistas” del nuevo credo, fuesen espirituales o intelectuales, lo cual no impide que se manifestase belicoso. En la crónica de Lucas de Tuy aparece armada “sarracena” con 270 velas. Surgió en la costa Andaluza, en el reinado de Wamba, entre el 672 y el 680. De no haber mediado incendio providencial, es probable que la conquista de la península, se hubiese adelantado. Cartago fue sitiada por el árabe Abimlech. El pretor de Bizancio pidió ayuda a Constantinopla. Al no recibirla, se rindió en el 698. A partir de aquí, el poder del Islam se extendió sobre Numidia y las dos Mauritanias. Witiza, penúltimo rey godo de España, gobernó como sus predecesores, a medias con los obispos, pero se sacudió su tutela, imponiendo un liberalismo, de difícil digestión para la Iglesia. Obligados los prelados a consentir en la poligamia y otras costumbres locales, condenadas por la ortodoxia religiosa, se alzaron atrincherándose en las villas. Reducidos, Witiza hizo derribar las murallas. Perder el reducto no debilitó al clero. Facilitó conspiración que llevó al trono a Rodrigo, de la estirpe de los duques de Cantabria. Preso y cegado Witiza, sus hijos huyeron a Ceuta y Tánger, quedando en Andalucía Oppas, el tercero, protegido por las mitras de Sevilla y Toledo, de las que era titular. Manejando hábilmente el poder que conservaba, preparó la caída del sistema.

Julián o Illián, conde de Ceuta, Cartagena y Espartaria, señor de Algeciras y gobernador de Andalucía, según fuentes musulmanas, no se alzó por haber violado el rey Rodrigo a su hija. Buscó ayuda en el Islam, porque prefería someterse a potencia emergente, a soportar la tiranía de los reaccionarios godos. Embarcando en Algeciras pasó a Ifriquiya, donde se entrevistó con Muza, gobernador del Califa de Damasco, conquistador de Tánger y el Sus “extremo”. Prudente el musulmán, mandó a España a Tariq ben Ziyad, caldeo o berebere de la tribu de Nafda, converso reciente, para observar el ánimo de la población. Llevó en cuatro navíos 400 infantes y 100 jinetes, desembarcando en Tarifa a la que dio nombre. Favorable el informe, Muza hizo construir barcos de transporte para 10.000 beréberes, 2.000 árabes y 700 negros. Según las viejas crónicas, cruzó el mar entre julio y agosto del 707. Acampando en Gibraltar, no tardó en capturar un puñado de nobles andaluces. Queriendo sembrar el terror, hizo correr que terminaron en las perolas de los negros. Sumado el pánico a ser comidos, el escaso entusiasmo que despertaba Rodrigo en sus vasallos, éste ignoraba que mientras planificaba la batalla, sus oficiales y soldados preparaban la rendición. 

Según Lucas de Tuy, que escribió en el siglo XIII, el “duque” D. Julián huyó de la Hispania visigoda con los hijos de Witiza, en torno a 665, ofreciendo la conquista de España a Vlih, rey de los bárbaros, el cual designó a Trooth, uno de sus duques, para dirigir ejército de 25.000 hombres. Tropezaron con la armada goda, trabando batalla naval de siete días. Cifradas las pérdidas musulmanas en 16.000 hombres, los supervivientes continuaron viaje, al tiempo que Rodrigo bajaba hacia Andalucía, engrosando en ruta su hueste, sin sospechar que habría de sufrir deserción en masa. El cronista de Pedro I ratifica la primera versión. Muza, caldeo “alárabe”, encomendó la conquista de España al berebere Tarif. Embarcado en “Allén mar”, escogió Gibraltar como puerto de arribada, para no hacer daño en Algeciras, villa de Julián. Sumada la gente del arzobispo Oppas a la musulmana, fueron contra Rodrigo, derrotado en Janda por abandono de los suyos. Las fuentes musulmanas matan a Rodrigo en la noche del 28 de abril del 711. Las cristianas le hacen huir a Portugal. El P. Sarmiento, erudito del siglo XVIII, creyó encontrar su tumba en el término de Elvas.

El vocablo “allende”, lugar del que partieron las tropas de Muza, designa dos costas diferente. Se decía que el puerto de Algeciras, en el Estrecho, era el más próximo a la costa del “allende”, a la otra parte, principio de provincia en la que 7.000 alfaquíes, desterrados de Córdoba, fundaron Fez en el 818. Abenyuçuf, primer rey de Marruecos de la dinastía de los Marines o Benimerines, embarcado en “Allén mar”, tuvo que “pasar la mar”, para tomar posesión de Algeciras, cedida por el rey de Granada. En tierra arengó a sus hombres, prometiendo que como ganaron reinos “allende mar”, los ganarían “aquende mar”. En el siglo XIV el rey de Granada pasó “la mar”, para entrevistarse con Alboacen de Marruecos, en la Villa Nueva de Fez, fundada en Allén Mar en el siglo XIII, por el segundo rey Benimerín. La armada de Alfonso XI, persiguió a la del rey de Marruecos, abandonando por haber agotado la despensa, sin llegar a los puertos de Tigizis y Bedis, que estaban “Allén mar”, lo que no hubiese sucedido, de encontrarse al otro lado del Estrecho. En la crónica de Pedro I, se dice que España se perdió “de mar a mar”, con África, que estaba en “Allén Mar”, consignando el Mío Cid victoria significativa de Rodrigo Díaz de Vivar en Valencia, sobre 36 reyes moros, procedentes de Allén Mar. La jornada le procuró 3.000 marcos de oro, figurando entre los muertos Bucar, “rey de Allén Mar” y Marruecos. En 1288 Sancho IV autorizó a Guzmán el Bueno exportación de 300 cahíces de trigo y cebada, para llevarlos “a Allén Mar”, “do el es”. El adverbio de lugar, indica el topónimo. En mapas de América de los siglos XVI y XVII, aparece una Punta de Allende, Alinde para los portugueses, que ubica Alonso de Chaves, entrado el siglo XVI, a 1º 1/3, latitud Sur, junto a la “Primera Cruz”, que marcaba la frontera de la “Isla Primera” o de Guinea con Brasil. El San Miguel de Allende mejicano, no adquirió apellido por casualidad. 

Terminada la guerra civil entre godos, de tres años de duración según los cronistas, gobernó en Córdoba emir o adelantado del “Soldán de Babilonia”, en cuyo nombre cobraba los impuestos. Alterado el mundo islámico en el año 729, por enfrentamiento a tres bandas, entre árabes, berberiscos y sirios, Abul Abas aprovechó el caos, para eliminar a la familia Omeya. Debilitado el poder de Damasco, en el 757 un Abderramán cordobés, supuesto superviviente de la estirpe, declaró la independencia del emirato, reduciendo la autoridad del Califa al terreno de lo espiritual. Al año siguiente fundó ceca. Que adoptase el sistema monetario romano, revela sus raíces. Lucas de Tuy menciona a un Yuca, coetáneo de Al – Ala Mugit al Yudami, de la facción abasí. Le hace desembarcar en Andalucía en torno al 762, al frente de tropas yemeníes, importadas de Ifriqiya. Damasco envió para reducirle, al general Al – Mansur. Yuca le cortó la cabeza, mandándola al rey. 

Según la historia oficial, que sitúa la entrada musulmana en el 711, a la derrota de Janda siguió exterminio masivo de cristianos. Eliminada la población autóctona, poblaron beréberes de importación, como si en aquel tiempo hubiese población suficiente en el Norte de África, para poblar Andalucía con el sobrante. Católica y arriana alternativamente España, no consta que Andalucía cambiase de fe antes del 800. De la escasa documentación que se conserva, se colige que los unitarios andaluces abrazaron el Corán con naturalidad, siendo los nombres godos y latinos los que se cambiaron por nombres musulmanes, no los portadores. Sin clientela las iglesias, los cristianos vendieron la de San Vicente al emir, para que la convirtiese en mezquita. Por aquel entonces desembarcaron en Marruecos los zenetas. Procedentes del sur del Atlas, lo que en términos de la geografía clásica, no implica que aquel sur estuviese en el mismo continente, fueron portadores de oro, caña dulce y la berenjena. Derribaron en dinastía en decadencia, fundando la Ifrani. Torpes por no tener costumbre de gobernar, los efectos fueron desastrosos. Desmoralizada la población cayó en pasividad, que cristalizó en hambrunas y epidemias. Es tradición que entre el 804 y el 818, Al – Andalus, Ifriqiya y el Magrib, perdieron un tercio de su población. En el 822 Alahaquem I de Córdoba, cada vez más desligado de oriente, creó ejército regular de berberiscos, quizá a consecuencia de inexplicable tarascada vikinga. Habitual la escala de los nórdicos en el Guadalquivir, para hacer aguaje y calafatear sus navíos en la Orcada, antes de atravesar a la Arcilla de los lixios, en el año 844 subieron por el río, saqueando Sevilla.

En el 852, reinando Edris II en Sus, Tremecén, Alarache y Tánger, Abderramán II fue elegido emir de Córdoba. Comprendiendo que el futuro estaba en la mar, construyó atarazanas en Sevilla y Carmona. En torno al 912, fecha a poner en cuarentena, como cuantas consignan las crónicas, un Si’i derrotó al ifrani Zab al Sus, conquistando Ifriqiya. La impotencia de los perdedores degeneró en terrorismo. En un mismo día de 917, ardieron los zocos de Tiaret, capital de los zenetas, Fez y Córdoba. Diez años más tarde Abderramán III, aprovechando las agitaciones de los fatimíes, rompió sus débiles lazos con Damasco, declarando a Córdoba soberana. Conquistó Tánger y Melilla, haciéndose con Ceuta en el 931. Enclave emblemático, por haber sido cabeza del obispado visigodo de Marruecos, ejerció una especie de protectorado sobre un África, que partiendo del Poniente del Atlántico, alcanzó Argel. Constructor de la gran mezquita de Córdoba, inició las obras de Medina Azahara. Cuentan que la ciudad – palacio tuvo tejas de oro y plata, importando columnas de Ifriquiya y Cartago, a 10 dinares pieza. 

Abderramán prestó hueste de “tigitanos” a Ramiro II de León, en la guerra contra Ordoño de Castilla. Derrotado el leonés en San Esteban de Gormaz, entre los muertos aparece Almocarad, “el gran rey de los tigitanos”. La relación fonética del vocablo “gitanos”, con Mauritania Tingitana, es tan evidente como la de ciertas costumbres, recogidas por Cieza de León, “conquistador” en Venezuela. Los indios desvirgaban a la novia por mano de matrona, siguiendo exhibición del pañuelo y “areitio” o “fiesta”, descripción que cuadra con la boda gitana. De color “loro” los gitanos, como los americanos, se dice que llegaron a Castilla reinado los Católicos. Cierto es que en 1475 había en Andalucía comunidad de “negros” y “loros” libres, debidamente asentada de antiguo. Compartían leyes y costumbres, indicio de origen común.

Abderramán frenó la expansión de la España cristiana, importando tropas de “Babilonia y de África”. A su fallecimiento en el 961, Córdoba perdió África, con excepción de Ceuta. Almanzor, general de Hixem II, con topas magrebíes, reconquistó el reino de Fez. Recuperada la fuente de riqueza, Hixem terminó Medina Zahara, mientras su general continuaba la guerra. Entre los derrotados por Almanzor aparece un Borrell de Gerona, rey de los Ifrany, quizá el mismo que mandó embajada a Hixem, con regalo de adargas de cuero de “lamt”, caballos, camellos, meháris corredores, jirafas y animales almizcleros. Correspondió Hixem nombrando embajador en Fez, que no tardó en ejercer como gobernador, sometiendo a los beréberes. Hisam al Munayad, rey de Córdoba en el 976, reinó en “al- Andalus” y “la otra orilla del estrecho”. Muerto Almanzor en el 1018, el monarca perdió cabeza y trono a manos de otro Hixem, reconocido en Fez pero no en al – Andalus, donde prefirieron a supuesto omeya, asesinado por sus seguidores en el 1026. Le reemplazó al – Musarfi, que pasó del trono a la cárcel. Tras su caída, el reino de Córdoba se dividió en taifas. Débiles, sus reyes no tardaron en convertirse en vasallos, pagando parias al rey de Castilla. Entretanto, un nuevo poder musulmán, se perfilaba en el Sus.

En torno al 1036, el predicador Aldalah ben Yasim se mudó a tierra de beréberes. Despreciados por africanos y españoles, que los tildaban de rústicos y “villanos” por no hablar el árabe, les predicó el Corán, desde el prestigio que le procuraba conocimiento profundo de las hierbas. Sanando consiguió número apreciable de seguidores, que encuadró en la orden de los al – morabitum, anticipo del Temple y todas las ordenes militares. Residentes en “conventos”, sometidos a rígida disciplina religiosa – militar, los preparaba para conquistar el mundo, cuando el heredero de Beni Ifrani se alzó contra el padre en Sus Aska. Desembarcó el rey en la provincia de Tedle. Cruzándola entró en el Sus, derrotando al príncipe. En la historia de Marruecos, Tedle aparece como provincia costera de Berbería. Y en documento de 1490, como villa de Gran Canaria.

Yusuf, hijo de Yasim, heredó 2.000 caballeros alárabes. Conquistado el reino de Sus, partió del sur del Atlas como los zenetas, para derrotar al último Ifrani en Levante. Fundador de Marraquech en el 1062, continuó sus conquistas en Fez y Tremecén. En el 1075 se hizo con Tánger, siguiendo a Orán. Ceuta capituló en el 1084. Controlada África, dice la historia que los musulmanes españoles, acosados por los cristianos, llamaron a los almorávides. Tuy lo cuenta de diferente manera. Costumbre de lo reyes de León repartir coronas entre los hijos, hicieron de la guerra civil deporte nacional, por ambicionar cada hermano igualar el poder del padre. Aprendida la lección, apenas fallecía el monarca, el primogénito eliminaba a los menores. Segundón avispado Alfonso, a la muerte de Fernando I escapó a Toledo, amparándose a la sombra del rey moro. Se dice que conspiró desde su retiro, a medias con su hermana Urraca, organizando la emboscada en que murió Sancho II. Al no dejar descendencia, el trono recayó en Alfonso VI. Rey de León, acudió en ayuda del rey de Toledo, enzarzado con el de Córdoba. De resultas de las incursión, casó por sexta vez con Zayda, hija del rey de Sevilla. Dice el cronista que aconsejado por el suegro, trajo a España “gentes bárbaras.., tras marinas de Allende”. Resbaladizo el episodio, por no estar bien visto que rey cristiano importase musulmanes, surgió versión alternativa. En el haber de Alfonso la conquista de Toledo en el 1085, tras la muerte de su protector, se achaca al rey de Sevilla la llamada a Yusuf. Pasó el Estrecho en el 1086, derrotando a los cristianos en Zalaca. Requerido nuevamente en el 1090, regresó con sus “moros de allende”. Fracasado el intento de recuperar Toledo, se volvió contra los reyes de taifas, unificando al – Andalus. Rey de las dos Berberías, se título”Miramamolín”, por ser cabeza de los creyentes. 

Elevado Alfonso VI al rango de “Emperador”, emprendió nueva guerra contra el moro, siendo derrotado el año de 1108 en Uclés. A Yusuf, le sucedió el Miramamolín Aldemón. De distinta madera, sitiado por los cristianos en Córdoba firmó la paz, marchando a Marruecos, “cabeza” de su reino. En 1128, el Miramamolín Almohadi cometió el error de expulsar a mozárabes y judíos. Despechados se unieron a la oposición, emboscada en las montañas. Bajando al llano liquidaron el poder almorávide, en torno al 1130. Debilitada la autoridad, la España islámica volvió a fragmentarse. Bajo Alfonso VIII el arzobispo de Toledo, prelado belicoso, corrió con hueste el norte de Andalucía, haciendo acudir al Miramamolín Abenyuzef, emperador de África y España, con ejército de almohades, alárabes y etíopes. Vencidos los cristianos en Alarcos, en el año 1195, muerto el rey y reinando el hijo, Alfonso llamó a cruzada. En el 1212, con ayuda del Temple y los reyes de Aragón y Navarra, derrotó al Miramamolín en las Navas de Tolosa. Las fuentes musulmanas matan al rey moro en la jornada. Las cristianas le hacen regresar a Marruecos, para morir longevo, reinando Fernando III en Castilla y León. Le heredó su nieto Zaid Araxid, en cuya cabeza se reunieron las coronas de Marruecos, Fez, Sus, Tremecén, Argel, Túnez, Egipto, la Andalucía musulmana y el Algarbe de Berbería, provincia que Alonso de Palencia nos ayuda a situar. Habiendo conquistado Tánger Alfonso V, rey del Algarbe portugués, supo que los moros llamaban a la provincia “Algarbe” y pluralizó, titulándose “rey de los Algarbes”.

La descomposición que siguió a las Navas, cristalizó en alzamiento de Gormazana, adelantado de Tremecén. Había conquistado “Sojulmenza” cuando acudió Araxid, sitiándole en su capital. Recorría Araxid el exterior de la muralla, preparando el asalto, cuando le asesinó pariente de “confianza” que le acompañaba. Ibn Khaldum sitúa el suceso en 1240, llamando al rey Ultman al Zaid. Al no dejar heredero, en Marruecos proclamaron a Mutarda o Almotarda. En desacuerdo los hijos de Marín, adelantado del Algarbe de Berbería, que les legó el cargo, se alzaron con la provincia, proclamándose Bucar señor de Fez y Jacob de Ribate. Almotarda desembarcó en el Algarbe, con intención de recuperar la provincia. Derrotados los Marines en las inmediaciones de Mequinez, lo hubiese conseguido, de no llamarle a Marruecos alzamiento de Budebuz. Muertos Bucar y su hijo, Jacob unificó el Algarbe, siendo requerido por Budebuz. A cambio de ayuda le ofreció la provincia de Salé. Con “tres días de andadura”, separada de Marruecos por el río Narabe. Comercial y reputado el puerto, lo tenían ocupado “nazarenos” o cristianos. Jacob fue contra Almotarda. Derrotado y muerto, Budebuz se proclamó Miramamolín. Olvidando sus promesas, no entregó Sale, exigiendo a Jacob restitución del Algarbe. Indignado el Benimerín, cambió su nombre por el de Abenyuçuf, regresando a Marruecos dispuesto a conquistar el trono. En curso la guerra, Fernando III entró en Andalucía, conquistando Córdoba y Sevilla, en 1248. Se dice que el burgalés Ramón Bonifaz, almirante de Castilla, facilitó la entrada a los cristianos, rompiendo las cadenas que cerraban el Guadalquivir. Pero tanto el Fuero otorgado a los sevillanos como otras fuentes, indican que la población abrió las puertas al rey cristiano, estando probablemente ligada la presencia de Bonifaz, con el oro de Allende. Enterado de que entraba por el río, pero no lo criaban sus aguas, Fernando privilegió a los navegantes, advirtiendo al hijo, antes de morir, que de no cruzar el mar, de poco serviría lo conseguido. Probó la indiferencia del monarca hacia Granada el pacto de frontera, establecida para eternidad, cuyo trazado indican los pueblos, que llevan “Frontera” por apellido.

Alfonso X subió al trono en 1252. Siguiendo el consejo paterno honró a Odoart, príncipe de Inglaterra. Pensando en los barcos y navegantes ingleses, le armó caballero en Burgos, por mano propia, en 1255. La ceremonia queda consignada en privilegio firmado por Aboabdille Abennasar de Granada, Abenhut de Murcia y Abenmahfot de Niebla, como reyes vasallos de Castilla. En 1257 Alfonso X conquistó Niebla, si no le fue entregada, pues Abenmahfot ganó em el cambio, al darle el rey Sabio, en compensación por el reino perdido, árido y pobre, un Algarbe feraz, que alcanzaba Huelva, repartiendo entre sus caballeros heredades en el Aljarafe, con licencia adjunta para sacar por mar, la cosecha de aceite. La recuperación de Niebla valió al monarca laureles, de los que andaba necesitado. Complicada la elección de emperador por empate persistente, entre las casas de Hohenstaufen y Habsburgo, los electores buscaron tercero, que rompiese el equilibrio. Desagradable el papel de comodín, fue rechazado por sucesivos candidatos. Con derecho a participar por su madre, Beatriz de Suabia, Alfonso X aceptó, por no estar enterado del embrollo. Designado Rey de Romanos, primer paso hacia la corona imperial, solicitó del papa Alejandro IV cruzada en “Allende Mar”, en África, continente más rentable que unos Santos Lugares, pateados y paupérrimos. La emprendió asociado con Enrique III de Inglaterra, que le felicitó en 1258 por la riqueza de botín, probablemente el obtenido en el “saco de Salé”. Según Ibn Khaldun, estando Abenyuçuf en Taza, ocupado en guerra contra el rey de Tremecén, un sobrino que quedó al cuidado de Salé y Rabat, quiso hacerse con la provincia con ayuda de mercaderes cristianos, a los que ofreció ventajas a cambio. Acudieron tantos, que acordaron prescindir del gobernador. Enterado Abenyuçuf, galopó “un día y una noche” hasta Salé, recuperando la ciudad tras 14 días de asedio.

Es probable que la entrada en Sale coincidiese con la batalla de Guadafo. Tuvo lugar a dos jornadas de Marruecos y murió Budebuz. Proclamado Abenyuçuf rey de Marruecos, Fez, Sus y el Algarbe de Berbería, al quedar a los almohades el Este de África, de Túnez a Egipto, hubo de renunciar al título de Miramamolín. Según León el Africano, Salé pertenecía al señor de Fez. Ocupada por armada de Castilla, el Benimerín la recuperó pasados 10 días. Comprendiendo que no podían conservar el enclave, los castellanos cargaron el botín en sus barcos, pasando la población a cuchillo antes de embarcar. Del hecho queda anotación de documento perdido. Siendo los sabios autóctonos riqueza de Salé, los cristianos cargaron con cuantos pudieron acopiar. En huelga de palabra caída, por descontentos, Alfonso X, que deseaba aprovechar su ciencia, obligándoles a enseñar a quienes designase, pidió en 1260 a la Iglesia de Sevilla, devolución de una mezquita, en la esperanza de que alojados a su placer, recuperasen la memoria. Es probable que el nombramiento de Juan García como Adelantado Mayor de la Mar, tenga relación con la jornada. Entre los confirmantes figura un D. Llorente, obispo de Ceuta, plaza del Algarbe de Berbería, que seguía perteneciendo al rey de Fez. 

Aben Hut, rey de Murcia, se declaró por Abenyuçuf; el rey de Granada siguió a los almohades.Victorioso el Benimerín, su proximidad inquietó al granadino. Buscando protección en los cristianos, ofreció al Sabio los puertos de Gibraltar, Adra y Tarifa, con promesa de ayudarle a conquistar Ceuta, a más de procurarle aliados, que le facilitasen la conquista de Allén Mar. Firmada tregua con el rey de Tremecén, Abenyuçuf mando 3.000 alárabes al rey de Granada, queriendo vengar el Saco de Sale. Según Khaldum, desembarcaron en 1262. Clamoroso el recibimiento, los cristianos no tardaron en sentirlos, pues la cruzada convocada por Alfonso X en 1264, tuvo carácter defensivo. Dominado el sur, los cristianos fueron sobre Murcia, perdiendo Abenhut la corona. Autónomos los de Cádiz, cuentan que indignado por la devaluación de la moneda, cuyo contenido de plata rebajo el Rey, lanzando la llamada “blanca”, se alzaron, perdiendo sus libertades al ser derrotados. En 1269, el almirante Juan García compartía el cargo con Martínez de Fe. Despejado el terreno, por estar Abenyuçuf conquistando Marraquech, la armada asaltó Cález o Cáliz, puerto de “allende la mar”, amurallado y con cuatro puertas. Saltando al amanecer, los cristianos entraron por asalto. Al cuarto día de saqueo, “mucha gente” de la tierra se plantó frente a las murallas. Teniendo el socorro “muy lejos”, los castellanos cargaron oro, plata, cautivos, “y otras cosas de gran precio”, regresando a Castilla.

En torno a 1275, estando Alfonso X en el corazón de Europa a la espera de recibir la corona del Imperio, el rey de Granada cedió Algeciras y Tarifa al de Marruecos. Acudió Abenyuçuf a tomar posesión, trayendo en su compañía a los primeros castellanos descontentos, “desnaturado” del rey de Castilla, admitidos al servicio de rey de Marruecos, . La incursión puso en apuros a la Andalucía cristianas. Fallecido por entonces Fernando de la Cerda, heredero del trono, menores sus hijos, sería Sancho, el hermano menor, quien se enfrentó a los musulmanes. Requerido Abenyuçuf en Marruecos, por nuevos disturbios, quiso asegurar la tranquilidad de su pequeño estado, estableciendo tregua. Encabezando la delegación que había de negociarla, encontramos a Garci Martínez de Gallegos, caballero cristiano que vivía “en Allén Mar”. Partió Abeyuçuf, reuniéndose con su hijo, el príncipe Abeacob, que sitiaba Tremecén. En 1276 había transformado el real, plantado dos millas al oeste de la capital de Gormazana, en la Villa Nueva de Fez, llamada a ser capital de Mauritania, mientras reinaron Benimerines. 

En torno al 1277, la flota castellana zarpó en pleno invierno, rumbo a un Marruecos, donde encontraría el verano. Inexpertos los mandos, navegaron semanas perdidos, recalando en Algeciras. Agotados y enfermos, los tripulantes abandonaron los barcos en aguas del Benimerín, que por entonces estaba en Tánger. Su paso a las Algeciras coincidió con el regreso de Alfonso X, sin imperio y chasqueado. Le exigió Sancho que desheredase a los nietos, proclamándole sucesor en premio a su buen comportamiento, cediendo el abuelo por estar en apuros. Convocada nueva cruzada contra Marruecos en 1279, entrevista en Bayona con el rey de Francia, devolvió al Sabio la moral. Restablecido el nieto en sus derechos, Sancho se alió al rey de Granada, declarando la guerra al padre, que buscó el apoyo del rey de Marruecos, en malas relaciones con el granadino. Así se inició contienda que terminó en 1284, con la muerte de Alfonso X. Proclamado Sancho IV, arremetió contra el rey de Marruecos, por entonces ocupado en fundar la Villa Nueva de Algeciras. El príncipe Abeacob entró en tierra cristiana, alcanzando los muros de Sevilla. Se preparaba a sitiar la ciudad, pero nuevo alzamiento de Gormazana, obligó al padre a comprar tregua, ofreciendo parias, para regresar a la “cabeza de su reino”, sin arriesgar el pequeño reino andaluz. El primer Abenyuçuf falleció sitiando Tremecén, en compañía del hijo. 

La guerra de Castilla contra Marruecos se reanudó en la mar. El almirante genovés Micer Benito Zacarías, con barcos y tripulaciones de pescadores, prestados o embargado, destrozó la armada de Abeacob, victoria que permitió a Sancho IV conquistar Tarifa en 1292. Intentó continuar tomando Gibraltar, pero la plaza se resistió. Fechada la primera conquista en 1309, ordenanzas de 1300, indican que en aquel año la tenían los cristianos. Retenido por la guerra en Tremecén, Abeacob no reaccionó, siendo asesinado poco después en Fez la Nueva. Al no tener descendientes, siguió sucesión agitada. En el vacío de poder, Ismael de Granada recuperó las Algeciras, conquistando Ceuta y sitiando Gibraltar, en 1315. Derrotado por los cristianos, viajó a Fez la Nueva, para hacerse perdonar por el rey de Marruecos. Le devolvió las Algeciras, sumando Ronda, Castellar, Jimena, Estepona y Marbella. Albohacen mandó avanzadilla de caballeros a Granada, a la que siguió su hijo Abomelique, que se tituló rey de Algeciras y Ronda. Recuperó Gibraltar, acosó a los cristianos por espacio de dos años, abandonando Andalucía, a causa de nuevo alzamiento del rey de Tremecén. Esta vez padre e hijo solventaron la cuestión, conquistando el reino. 

Asegurada la tranquilidad en la “cabeza del reino”, el rey de Marruecos, el Algarbe de Berbería, Fez y el pequeño estado andaluz, armó flota para el hijo. Apuntando a Sevilla, remontó el Guadalquivir, desembarcando en el Bodegón del Rubio. Abomelique murió junto al río Patrite en emboscada irrelevante, tendida por caballeros andaluces, entre los que se encontraba Juan Alonso de Guzmán, hijo de Guzmán el Bueno. Replicó Albohacen llamando a la Guerra Santa. Acudieron las armadas de Túnez y Granada. El Almirante Mayor de Castilla, Jufre Tenorio, intentó detenerles, perdiendo vida y barcos, en torno a 1340. Sitiaron los musulmanes Tarifa, contándose entre los muertos de su campo, un señor de Montes Claros. Con la hueste de Marruecos a las puertas de Sevilla, Alfonso XI convocó cruzada contra los reyes de Granada, Marruecos y Allén Mar. Pedro IV de Aragón aportó su flota, derrotando Alfonso a los musulmanes en el río Salado. Cercadas las Algeciras en 1344, nuevos disturbios en Marruecos forzaron tregua, que firmó el rey castellano, recibiendo parias. Pero apenas se alejó el colega musulmán, conquistó las villas gemelas. 

Demasiado ocupados en guerras civiles, Pedro I y Enrique II abandonaron la eterna contra el Islam. Breve el reinado de Juan I, no parece que tuviese relación directa con Marruecos. La tuvo en cambio el rey de Aragón. Intenso el intercambio con los infieles por Barcelona y Valencia, “Bohamo”, rey de Tremecén, mandó embajada a Pedro IV en 1362, ofreciendo tregua por 5 años, para favorecer el comercio. En 1369, los reyes del “Garb” y Granada, abrieron sus puertos a los aragoneses, adjuntando licencia para comprar madera, con destino al reparo de sus barcos. Las relaciones se continuaban en 1375, siendo autorizado el rey de Aragón por el de Fez a sacar pan de su reino, pese a estar prohibido venderlo a cristianos. En 1401 Tharsis era recuerdo, a uso de eruditos, habiendo quedado reducida Cartago, a página de la historia. Pervivía Mauritania, pues navío procedente de este reino entró en Valencia, con carga de esclavos. En 1403 el mallorquín Arnaldo de Font, patrón de la nao Santa María, la arrendó al judío Abrahen Sciquillo, mercader de Mallorca. Contratado el flete del navío a Bujía, Túnez y Orán, en 500 libras mallorquinas por el flete, siendo objeto de anexo al contrato escala en Çafi, puerto de Allende Mar.

Dicen las crónicas que Alfonso X dio el Algarbe al rey de Niebla, pero está documentado que lo regaló a su hija natural, Beatriz de Guzmán, en torno a 1255, en concepto de dote. Nieta de Pedro de Guzmán, confirmante que aparece en privilegios del mismo año, fue hija de Mayor Guillén. El padre la casó con Alfonso III de Portugal. Muerto el monarca en 1279, su heredero Dionis tuvo cetro de oro, que se dijo “del Tajo”, porque entró por el río. Rentables las navegaciones, el rey plantó bosques, importando carpintero de rivera genovés, que enseñase a sus vasallos a construir barcos “de puente”. No queriendo perder a los navegantes templarios, tras la disolución de la Orden, Dionis les procuró acomodo, fundando la Orden de Cristo. Heredó el trono su hija Beatriz. Ésta casó en 1383 con hijo natural del rey D. Pedro. Nieto de Dionis, rentabilizó la inversión del abuelo, construyendo barcos. Su medio hermano y sucesor, Juan I, inició la era de los “descubrimientos”.

Fue su mujer Felipa, hija de Juan de Gante, duque de Alancaster, nieta de Enrique III de Inglaterra, el socio de Alfonso X en la cruzada de “Allens Mar en África”. La hermana de Felipe, Catalina de Lancaster, casó con Enrique III de Castilla, el monarca que inició la conquista de Canarias. Aficionado Juan a la mar, lo fueron sus hermanos. Gran viajero Pedro, le ancló en tierra la tutela de Alfonso V. Enrique, Maestre de la Orden de Cristo, apodado “El Navegante”, pese a embarcar en raras ocasiones, creó en Lagos centro de comercio y “descubrimientos”, que mantuvo relación constante con el Poniente atlántico. Pescadores portugueses y caballeros de Cristo, frecuentaban Cabo Blanco y Cabo Verde, cuando Juan I, aspirando al monopolio del tráfico, pidió al Papa investidura como señor de Fez. Concedida en 1411 por Juan XXIIII, en tiempos de Iglesia bicéfala, el pontífice salió espurio y la concesión nula. Haciéndose prudente, en 1415 el rey conquistó Ceuta, cabeza del obispado visigodo de Marruecos. Resuelta la duplicidad de pontífices por Martín V, en 1418 el rey de Portugal obtuvo cruzada en Fez. El mismo año, los portugueses publicaron el “descubrimiento” de Madeira, reflejándose el avance de Portugal, en el retroceso de la dobla de oro morisca. Mermado el Nuevo Reino, la moneda de Granada perdió peso y ley, dejando de ser patrón en Andalucía. La decadencia económica favoreció disensiones internas, que debilitaron el reino musulmán. Asentadas las primeras factorías de la Orden de Corona, Juan I mandó caballero de Cristo al papa, para pedirle la investidura de la “conquista” del reino de Fez. Obtenida en 1430, con merma de las Canarias, adjudicadas a Castilla, Alfonso V controlaba, a su muerte, el comercio de “África y Guinea”, desde la costa de Río de Oro hasta “isla” de Santa Catalina indeterminada, que se sitúa a los 8º. 

Enigmáticas Cartagos americanas, reafirmaron a los “conquistadores” del siglo XVI, en la idea de que romanos y cartagineses frecuentaron las Indias, sin aguardar a Colón. Fernández de Oviedo observó que los naturales de Castilla del Oro tenían vocablo propio, para referirse a las Cartagos: las llamaban Cataski, hecho insólito, pues no hay noticia de que lo creasen para otros lugares, bautizado por españoles. Hubo dos Cartagos en Castilla del Oro, ambas sobre bahía o ensenada cerrada. Abundantes las aguas en múrices o “conchas de la púrpura”, incitan a evocar al Hiram de Tiro, socio del Salomón en la Biblia. Tuvo experto en púrpura, famoso por conseguirla de un rojo subido, más apreciada que la violácea, comercializada por Sidón. Heredado el tráfico del producto por cartagineses y mauritanos, se dice que Juba, rey de Mauritania, tuvo factoría destinada a producir púrpura. Conquistados por Escipión los tres reinos, surgidos de la desmembración de Tharsis, la púrpura se introdujo en Roma, quedando el uso reservado a los emperadores y altos personajes del Estado. 

Productor el Caribe y Pacífico centroamericanos de unos múrices, sin valor en el siglo XVIII, Antonio de Ulloa observó que los indios de Guatemala y Nicoya teñían hilos de algodón, extrayendo púrpura del cuerpecillo de unos caracoles. De alto precio el tejido, se vendía al aire libre y a hora precisa, por cambiar la tonalidad con la luz. En los rotarios y mapas del siglo XVI y XVII, aparece una Bahía de Cataski, al sur del golfo de Honduras, próxima a la provincia que llamaron Namm, los nativos del extremo occidental de Cuba, cuando los visitó Colón, en el curso de su primer viaje. Hannón relaciona la última “Chaunaria” con el Cabo de Naam, principio de la Guinea para los portugueses y castellanos del siglo XV. La población de Puerto Cartago o Cataski, fue bautizada por los españoles con el nombre de Higueras, quedando despoblada por no haber oro en las inmediaciones yser mala la tierra.

En 1436, Eugenio IV adjudicó las Azores a Portugal, rectificando el reparto de Canarias. Alegó que los naturales no habían sido convertidos, para partir la “isla” de San Miguel de la Palma, a la altura del Cabo Bojador, posteriormente Gracias a Dios, dando el sur a Portugal. Enclave en la “tierra de Canarias”, que limitaba al norte con Palma y al sur con Gran Canaria o Tierra Alta castellana, la “isla” fue adscrita a Madeira, Cabo Verde y Tierra de Negros, por haberlos en la costa. Llamada Río de Oro, también se conoció por “Tercera”, al ser el tercer punto en que tocaban los navíos, partiendo del Río Marañón, en las inmediaciones de la “Primera Cruz”. Una segunda Cartago estuvo en el Golfo de Nicaragua, que terminaba al sur en uno de los muchos Cabo Blanco, que hubo en el continente. Particularmente rico en múrices, Diego Gutiérrez, gobernador de la provincia, la llamó Costa Rica en 1541, sin que amenaza de azotes, borrase el uso del viejo topónimo. Visitada la gobernación por el italiano Benzoni, que la ubica en Canaria, nos dice que los naturales daban forma de águila a los lingotes de oro. Y llamó “cartagineses” a los naturales. Partiendo de su relato, De Bry dedica uno de sus grabados al mercado mudo, que celebraban los “cartagineses de Indias”. En tiempo de los conquistadores, Cartago era conjunto de casas de madera y chozas. Incendiada por corsarios franceses en 1556, los vecinos se alejaron de la costa, fundando la Nueva Cartago interior, que subsiste. En el solar de la antigua se construyó torre de Santa Cruz en 1599, de corta duración, pues fue desmantelada en el 1601.

Se dice que la Cartago colombiana fue fundada por Juan de Robledo, en 1540. Está en las inmediaciones de las dos rutas, que comunicaban Perú con Cartagena: la fluvial del Caucas y la de herradura del valle de Neiva. Antes de ser desalojados por el poder de Castilla, los naturales residían en casas de adobe, protegiendo el Bogotá el exterior de sus templos, con placas de cobre dorado. Engañaron a los conquistadores, pues las creyeron de oro macizo. A imitación de los incas, rendían culto al sol y secundario a la luna, construyendo torres octogonales, similares a los “cués” de Nueva España. Las mujeres vestían a la moda de Nicaragua, siendo conocida la institución del mayorazgo, pues transmitían los bienes por línea de primogenitura. Que el respeto al individuo fuese proporcional al número de deidades domésticas reunidas, podría permitir establecer relación con los “manes” familiares, de la vieja Roma. En el entorno de Cartago se encontraban y encuentran topónimos, que difícilmente hubiese podido concebir un conquistador: Antioquía, Palmira, Armenia, Susa… En la tierra de panches, aparecen Palma y Tenerife.

No inquietaron estas Cartagos a Fernández de Oviedo, pero sí Cartagena. Empeñado en justificarla, atribuyó el topónimo a navegantes castellanos, que impresionados por la placidez de sus aguas, le pusieron nombre Mediterráneo. La fundación se ubica en 1533, atribuyéndola a Pedro de Heredia. Pero el negro Juan Portugués, contratado por Colón en la Gomera como criado personal, en el primer viaje, que prestó declaración en 1514, en el pleito de Diego Colón, siendo residente en Nuestra Señora la Antigua, declaró haber estado muchos veces en Cartagena, población de indios. León el Africano sitúa la Cartago de la reina Dido y Aníbal, en pequeña ensenada de la bahía de Túnez, dictamen que siguen arqueólogos e historiadores. Al haber sido arrasada, no sorprende que las ruinas sean las de una ciudad imperial, sin más vestigio púnico que restos de una torre, encontrada bajo el agua. Sin embargo cabe que esta “Ciudad Nueva” y en especial la torre, indique el límite del poder cartaginés en el Mediterráneo, alcanzado tras la batalla de Alalia.
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