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America versus Africa

Las migraciones no se realizan ya por desplazamientos compactos sino por infiltraciones sucesivas entre los “indígenas”, demasiado exangües y distinguidos para rebajarse a la idea de un “territorio”. Tras mil años de vigilancia, las puertas se abren… Si se piensa en la larga rivalidad que existió entre franceses e ingleses, y franceses y alemanes después, se diría que todos ellos, debilitándose recíprocamente, no tenían más objetivo que precipitar la hora de su hundimiento común para que otros especímenes de humanidad tomaran el relevo. La nueva Völkerwanderung, al igual que la antigua, suscitará una confusión étnica cuyas fases no pueden preverse con claridad. Ante cataduras tan dispares, la idea de una comunidad mínimamente homogénea resulta inconcebible. La posibilidad misma de una multitud tan heteróclita sugiere que en el espacio que ésta ocupe, no existía ya entre los autóctonos, el deseo de salvaguardar ni siquiera una sombra de identidad. Del millón de habitantes que tenía Roma en el siglo III de nuestra era, sólo sesenta mil eran latinos de origen. Cuando un pueblo realiza la idea histórica que tenía la misión de encarnar, se queda sin motivos para preservar sus diferencias, para cuidar su singularidad, para salvaguardar sus rasgos en medio de un caos de rostros.

 Después de haber dominado los dos hemisferios, los occidentales se están convirtiendo en el hazmerreír del mundo: espectros sutiles y ultrarrefinados, condenados a una condición de parias, de esclavos claudicantes y lábiles, a la que quizás escapen los rusos, esos últimos blancos. Ellos poseen aún orgullo, el motor, la causa de la historia. Cuando una nación deja de poseerlo y de creerse la razón o la excusa del universo se excluye a sí misma del porvenir: ha comprendido al fin ?por suerte o por desgracia, según la óptica de cada uno. Y si esto desespera al ambicioso, fascina en cambio al meditativo ligeramente depravado. Sólo las naciones peligrosamente avanzadas merecen hoy nuestro interés, sobre todo cuando mantenemos relaciones poco claras con el Tiempo y giramos en torno a Clío por necesidad de castigo, de flagelación. Es esa necesidad la que incita a realizar cualquier obra, tanto las grandes como las insignificantes. Todos trabajamos contra nuestros propios intereses: no somos conscientes de ello mientras actuamos, pero si analizamos cualquier época advertiremos que nos agitamos y nos sacrificamos siempre por un enemigo virtual o declarado: los protagonistas de la Revolución por Bonaparte, Bonaparte por los Borbones, los Borbones por los Orleans… Tal vez la historia sólo debiera inspirarnos sarcasmo, quizás no posea objeto… Aunque sí, lo posee, y más de uno incluso, lo que sucede es que los alcanza al revés. El fenómeno es universalmente verificable. Realizamos lo contrario de lo que perseguimos, avanzamos en contra de la hermosa mentira que nos propusimos; de ahí el interés de las biografías, el menos molesto de los géneros dudosos. La voluntad nunca ha servido a nadie: lo más discutible de cuanto producimos es lo que más apreciamos y aquello por lo que nos infligimos mayores privaciones; esto es tan cierto de un escritor como de un conquistador, de cualquiera en realidad. El final de un individuo invita a tantas reflexiones como el final de un imperio o del propio ser humano, tan orgulloso de haber accedido a la posición vertical y tan temeroso de perderla, de volver a su apariencia primitiva y de terminar su carrera como la había empezado: encorvado y velludo. Sobre cada ser pesa la amenaza de un retroceso hacia su punto de partida (como para ilustrar la inutilidad de su recorrido, de todo recorrido) y quien consigue librarse de ella da la impresión de escamotear un deber, de negarse a jugar el juego inventándose un modo de degradarse demasiado paradójico.

C.

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África versus América – La Fuerza del Paradigma

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El rescoldo del viejo régimen

Los reyes de Castilla y Portugal aprovecharon guerras civiles entre musulmanes, para ampliar sus “conquistas” : el ocaso de los Benimerines o Marines, coincide con intento de Enrique IV, de hacerse con el territorio, comprendido entre los del cabo Cabos de Ajer al de Bojodor; Pedro de Vera conquistó Gran Canaria, Palma y Tenerife, aprovechando a la conmoción, que acompañó a la toma del poder por los Utasi; la guerra de Lugo y la operación colombina, se desarrolló paralela a la entrada de los “Morabitos”, en la escena política.

Abdalah Mohamed, experto en el Corán, técnico en hierbas y sanador, que se decía descendiente de Mahoma, se afincó en el Sus, no tardando en conseguir gran predicamento. Previsor, mandó a los hijos a la universidad del Cairo, destacada en el mundo árabe. Debidamente instruidos al regreso, toparon con gobernador del Xarife , desacreditado por corrupto. Le envenenaron, porque el pueblo no le echaría en falta. Puede que el Xarife sospechase la causa de óbito, pero satisfecho al haberse quitado un indeseable de encima, recompensó a los hermanos, nombrándoles para el cargo, que ejercieron en mancomún. Fieles a su benefactor mientras vivió, muerto concluyeron que nada debían al heredero, alzándose con reino del Sus. Conquistados los de Dará, Fez y Marruecos, instauraron la dinastía de los morabitos.
 
Prestigioso probar que los cristianos no eran invencibles, los hermanos asaltaron la plaza portuguesa de Arcilla, arramplando con artillería, municiones y pólvora. Asustado el Cardenal Cisneros, temió repercusión de la tarascada en la conquista de Castilla, reflejándose el miedo en sendas provisiones de 13 de agosto y 14 de septiembre, de 1516. Recordando la prohibición de vender armas, artillería y pólvora a los moros, acusó a los mercaderes andaluces con factor en Marruecos, de procurárselas, avezando en el manejo a los “enemigos de la fe”, a más de avisar con desvergüenza, de las armadas que se preparaba España, contra el Islam. Haciendo responsables a los andaluces, de que los moros se atreviesen a pelear contra cristianos, en la mar y la tierra, prohibió a los castellanos, en general, tocar en puerto de infieles, dando a los factores dos meses de plazo, para repatriarse, bajo amenaza de serias represalias. Que el Cardenal pudiese aplicarlas a residente en Marruecos, indica las existencia de una Berbería, en la disfrutaba de autoridad, impensable en el norte de África.
 
A 15 de enero de 1517 se publicó real orden, decretando que las mercancías destinadas a Marruecos, transitasen por plaza de cristianos. Alarmada Cádiz, población de mercaderes, el Cabildo celebró reunión extraordinaria, acordando mandar apoderado, en busca de Carlos V, para hacerle ver que causaba serio perjuicio a los gaditanos, sin afectar a los moros, pues no faltaban monarcas europeos, dispuestos a venderles las armas que pidiesen, pugnando Francia e Inglaterra por ocupar, en Berbería, el sitio de los andaluces, en calidad de proveedor, siendo el rey de Portugal, primer beneficiario de la ley. Declaradas su plazas puerto de transito obligado a tierra de moros, de personas y mercancías, las haría prósperas, arruinando a Cádiz.
 
De alvinas o marisma el término, a más de reducido, suspendido el trato directo con Berbería, los vecinos se verían obligados a emigrar, quedando puerto estratégico del reino, a merced de quien quisiese ocuparlo. Evidente que la razón asistía a los gaditanos, Carlos V dejó en suspenso la pragmáticas, en atención al “mucho oro e otras cosas” que importaban de África. No habiendo causa geológica demostrada, para suponer el Norte de África productor de oro, en siglo relativamente cercano, habremos de admitir que aquel trato y comercio, se desarrollaba en diferente escenario.
 
Lope de Sosa era gobernador de Gran Canaria y alcaide de Santa Cruz, cuando “los moros de Berbería”, entraron en el puerto de la Mar Pequeña. Como en Arcilla, quemaron la torre, arramplando con cañones, armas y pólvora. Pasadas dos semanas, Fernán Darias Saavedra, señor de Lanzarote y Fuerteventura, yerno de Sosa, recuperó los restos, quedando en Santa Cruz, como alcaide accidental. Cesado el suegro a primero de agosto, esperaba sucederle, pero el Emperador no estaba dispuesto a perpetuar enojoso recuerdo del pasado. Queriendo borrar las Canarias americanas, en enero de 1518 nombró gobernador de Canarias, lejanas e inéditas, a un Pedro de Castilla. Alcaide de su Santa Cruz particular, tenía su residencia tan “apartada” de la Santa Cruz , a orillas de la Mar Pequeña , que el rey separó la alcaidía de la Torre , del cargo de gobernador.
 
A 5 de septiembre de 1519, el Emperador nombró alcaides pro-indiviso, de la “torre de la Mar Pequeña “, con 100.000 maravedís de tenencias, a Luis Zapata y Francisco de Vargas, cortesanos dispuestos a cobrar, pero sin intención de mudarse a la alcaidía. Autorizados a nombrar teniente, que recaudase quinto y parias, organizase los rescates, impidiese pasar armas a los “moros” e hiciese la guerra, se designó para hacer entrega de la torre y ejercer el cargo, al “que fuese” gobernador de Tenerife, por ser la autoridad más cercana, es decir a Pedro Fernández de Lugo, residente en San Cristóbal.
 
La entrada de los Morabitos en Santa Cruz, inquietó a los gaditanos. Temiendo que repercutiese en libertad de comercio precario, los ediles mandaron regidor a Valladolid, para conseguir que la permisión temporal de tratar con Berbería, fuese cambiada en derecho permanente. Informados de los entresijos del real pensamiento y de los reales fantasmas, escogieron por arma seguro, otorgado a portugueses y castellanos en 1480, para frecuentar las “escalas de mercadores” . Vinculado a una Guerra de Guinea, que se quería enterrar con la Guinea , Carlos V entendió el mensaje. En atención a que Cádiz fue puerto de Berbería, desde que se fundó, yendo y viniendo sus navíos libremente, no era razonable abortar un tráfico, que a cambio de paños de mala calidad, rechazados por los castellanos, aportaba cada año 200.000 ducados en oro, 100.000 cueros de vaca y 10.000 quintales de cera.
 
Hombre sensato el monarca, prolongó indefinidamente la licencia para tratar con Berbería, cediendo de paso a clamor general, contra la concentración del tráfico de Poniente en la Casa de la Contratación. Mejor preparado que sus abuelos para administrar la paz, pese a su afición a la guerra, renunció de someter la realidad a la ley, para adecuar la ley a la realidad. Los oficiales de la Contratación de Sevilla extenderían licencias para navegar a Indias, en barcos “sueltos” o en flotas, pero los navíos, entonces con arqueo medio de 200 toneladas, no remontaría el río, hasta el Muelle de la Muelas. Serían “visitados” en Bonanza, ahorrándoles tiempo y riesgos. Difícil de controlar el barco suelto, el Emperador impuso el cuaderno de bitácora, a los navíos sometidos al control de la Casa , describiéndolo como “libro”, aquel en el que serían consignadas las costas avistadas y los puertos en que mojasen, sin que fuese preceptivo consignar anécdotas e incidencias del viaje. En los años que siguieron, la Casa de la Contratación se extendió, instalando agencias en cuantos puertos conectaban con Indias, incluidos los del Cantábrico, que pese a la prohibiciones, nunca rompieron el contacto con las pesquerías de Berbería o Bacalaos.
 
En decadencia la factoría portuguesa de Santa Cruz del Cabo de Guee o Aguer, Juan III se propuso reactivarla, canalizando el comercio con los reinos del Xarife, por su aduana. Tratando entre iguales, convenció a Carlos V. Regresando a la idea de Cisneros, hizo pregonar que cuentas mercancías tuviesen por destino Berbería, habrían de ser desembarcadas y registradas en plaza de cristianos. Intuyendo la causa, los gaditanos replicaron de inmediato, acusando al rey portugués de manipular la realidad y al Emperador, para expulsar del mercado musulmán, a la competencia andaluza. Bastaría cargar la mano en tasas y derechos, para que no pudiesen competir con los portugueses. Comprendiendo que no les faltaba razón, Carlos V fingió ceder a la voluntad del portugués, pero mandó la provisión a vía muerta, haciéndola preceder de pesquisa.
 
Terminada en mayo de 1532, las respuestas son reflejo de una burguesía variopinta, en la que estaba representado el liberalismo, junto a la reacción más intransigente. Juan de Salamanca, residente en Cartagena, declaró que prohibir a los españoles tocar en puerto musulmán, implicaba privar a los propios de mercado ventajoso, para darlo a extraños, calificando los sevillanos de “imposible”, el intento de suprimir el comercio directo con los “moros”, siendo sacrificio inútil prohibir a los castellanos, procurar armas y trigo a infieles, porque otros se lo llevaría. Estando Francia preparada para ocupar el vacío, que dejaba Castilla, el Emperador, para impedir el tráfico, tendría que poner armadas, en todas las rutas de la mar.
 
El licenciado Campillo, de la facción integrista, prestó al Emperador un poder que nunca tuvo, suponiendo que sería suficiente llamar al orden a los reyes de la cristiandad, advirtiéndoles que de tratar con moros, por puertos no autorizados, les secuestraría barco y mercancías, para que renunciasen. Un tal Polanco, de la misma cuerda intelectual, propuso sin ironía, prohibir a los castellanos pisar tierra de moros, en especial a los descendientes de judíos, pues el trato con el Islam, favorecía el regreso al credo de origen. Prohibidas las compañías mixtas, formadas por cristianos y musulmanes o judíos, los castellanos habrían de negociar, sin salir de plaza de cristianos, incluso los rescates de cautivos.
 
De paso se opuso a que entrasen en puerto de Portugal, para no pagar derechos a rey extranjero, calificando de intolerable que lo hiciesen en puerto de moros, sometiéndose a la humillación de ser registrados por infieles. Tradición que musulmanes pululasen libremente, por las villas portuarias de Andalucía, considerando peligroso el contacto, por el riesgo de contacto ideológico. Polanco pidió que se designase un único puerto para recibirlos. Yendo más lejos, el licenciado Valcárcel aconsejó prohibir a los moros de Allende, entrar en lugar de cristianos, pues con pretexto de “contratar”, se enteraban de lo que convenía mantener secreto.
 
Acusados nuevamente los andaluces de exportar herramienta de guerra a tierra de moros, metiéndola por los puertos de Torocuco y Tafetana, Carlos V cortó por lo sano, canalizando el tráfico con Marruecos, por “Santa Cruz, puerto de Portugal”, en la conquista de Juan III. Publicada la provisión, el corregidor de Jerez, encargado de hacerla cumplir, por desconfiar la corona, de los ediles locales, el juez, replicó con contundencia, digna de gaditanos. No había mercader que llevase piedra de azufre, salitre, cobre, hierro o acero ,a los puertos mencionados, porque siendo abundante, los andaluces compraban todo esto a los moros, para venderlo en Castilla y puertos europeos.
 
Achacó la denuncia a la mala lengua del rey de Portugal, empeñado en canalizar el tráfico por Santa Cruz del Cabo de Guee, teniendo arruinada su aduana, las malas maneras y abusos de los oficiales, que fijaban los derechos a capricho. Probado que la palabra de un rey, “dura cuanto es su de voluntad”, que Juan III fijase a los castellanos derechos iguales, a los que pagaban los portugueses, carecía de significado.  Demasiado lejos Santa Cruz, para pedir socorro a España, el castellano habría de dejarse extorsionar, echando el viaje a pérdidas. Elevados los derechos de entrada, al cobrarlos de salida, por llevar las mercancías a tierra de moros, el precio a que se ponían, para no vender a pérdidas, las ponía fuera del alcance de la demanda. Siendo igualmente altos los que pagaban moros y judíos, por entrar en la plaza, no acudían a comprar, abasteciéndose en Tafetana y Torocuco, puertos en los que judíos y moros eran francos, pagando el cristiano los mismo derechos, que el rey de Portugal exigía a sus vasallos. El Emperador, uno de los monarcas más despiertos de nuestra historia, al comprender el mensaje, dejó las cosas como estaban.
 
Luisa Isabel Álvarez de Toledo
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Las Revelaciones de la Fauna y la Flora

Mármol de Carvajal, cautivo en tierra de moros, ganó el favor de Mahamete de Marruecos, acompañándole a la conquista de Guinea, en calidad de favorito. Rescatado y restituido a la patria, sería fruto del viaje obra voluminosa, publicada en 1572, al amparo de Felipe II. Buen conocedor del África americana, el narrador adapta la información adquirida, al imperativo de documentar el mito del “descubrimiento”, mudando lo que vio en el Poniente Atlántico a un Levante, que al ser para él desconocido, dio lugar a contradicciones, reveladores por flagrantes.
El cauce de los grande ríos africanos, que desembocan en el Atlántico, es navegable, pero fuertes desniveles orográficos, impiden remontarlos desde el mar, al formar cataratas próximas a la desembocadura. Al ignorarlos el autor, extrapoló la orografía americana a la africana. En circunvalación ideal del continente, iniciada en el Nilo, nombra uno tras otro los ríos, cuyas barras pasaban los portugueses, en busca de oro, negros y especies. Midiendo por leguas, de las que entraban 17’5 en grado, menciona 7 ríos, navegados 300 leguas o más, cuyos afluentes eran navegables. Delta con dos bocas o canales, responde probablemente al Orinoco. Determinante el dato, confirma que podemos situar los topónimos donde mejor nos parece, pero no mudar orografía, climas y paisajes. Tampoco botánica y zoología, al menos en medio natural, pues con ayuda de la técnica, hoy es posible cultivar cualquier cosa en cualquier parte.
 
Apegados los historiadores a las creaciones del gremio, en especial a las inspiradas desde el poder, son muchos los hechos, que aparecen enmarcados en entorno imposible. Nicolo y Antonio Zenó viajaron a una Vinlandia en decadencia, en torno a 1395. Del periplo destaca convento dominico, habitado por frailes procedentes de Noruega, Suecia e Irlanda, custodios de biblioteca de “libros latinos”, recopilados por saga de obispos, iniciada en tiempos de Erik el Rojo. Tropical la vegetación del entorno, los técnicos de la historia lo sitúan en Groenlandia, por haber decretado que los vikingos no bajaron al sur. Subsanan el problema dotando al cenobio de microclima tropical, efecto de volcán próximo. Prestándole cualidades de estufa, justifican anómalas plataneras y otros frutos, imposibles en el Ártico. La Saga de Erik el Rojo ubica la sede episcopal en Galdar, ciudad documentada en la Gran Canaria, en 1490. Encontrado el dato, hubiese sido razonable revisar el paradigma, tratando de averiguar dónde llegaron exactamente los vikingos. Pero no queriendo poner en entredicho la palabra de pontífices y reyes, se trasladó fauna, flora y entorno a latitud imposible, transmutando sin sonrojo, los hielos en invernadero natural, como cambia en trópico regado, el sequeral de la costa Atlántica del norte de África, haciendo feraces las arideces de Canarias y el archipiélago de Cabo Verde, islas volcánicas tan escasas de agua, que de no acudir a las desaladoras, sería imposible mantener a la población. No fue en Canarias si no en Santo Domingo, donde dominicos viajeros a Indias, a principios del siglo XVI, conocieron el plátano, el coco y el mango, recibiendo limosna de la riquísima Arana, que aparece como propietaria de 42.000 cabezas de bovino, en 1535.
 
Se da la India por patria al algodón, pero en Cabo Verde, las matas adquirían categoría de arbusto, criándose el papagayo. Tuvo un ejemplar la condesa de Niebla, fallecida en 1405. Aparece en su inventario, además de almaizares de algodón y esclava canaria cristiana. Juan de Valera, mulato, tratante de esclavos, natural de Cabo Verde, residente en la isla de Santiago, en Rivera Brava, regaló “papagayo pardo” y “esclavillo negro”, a su amante Catalina del Puerto, en Puerto de Santa María, antes de 1500. Papagayo con pavo real adjunto, aparece en orla de real albalá, auténtica e intocada, fechada en 1468. En cuanto a los almaizares de algodón, los encontramos en real arancel, repartido en 1491. El velo que tenían por costumbre usar determinados musulmanes, era prenda de uso en casa de los duques de Medina Sidonia. Cubre la cabeza del primero, yacente en San Isidoro del Campo. El tercero, fallecido en 1507, poseía esclavo canario, que los hacía a domicilio. No tendrían importancia en la investigación que nos ocupa, de no haber esgrimido Bartolomé Colón, los almaizares o velos de algodón de colores, que envolvieron las perlas rescatadas por el hermano, como prueba de que Cristóbal estuvo en Paria. Más significativos que el pavo real de la orla de 1468, son las dos pavas y otros tantos pavos comunes, comprados en Sanlúcar en 1503, para llevarlos a Melilla. Mexicano y estadounidense el animalito, debía ser ignorado en Andalucía, porque México no se “descubrió” oficialmente, antes de 1521.
 
Los fenicios comercializaban añil o índigo, cuyo origen es planta conocida por pastel o glasto. De uso común en la Europa medieval, es considerado originario de la India, como el algodón. Pero el que transportaban barcos documentados, por haber sido robados en la mar, procedía de Guinea o Berbería. En tiempo de la guerra de Guinea, el “pastel” era carga que denunciaba al que frecuentó los “rescates”, sin licencia de la Corona. Perdida la guerra, el rey de Portugal recuperó el control de su “conquista”, cerrándola al castellano, que no pasasen por la taquilla portuguesa, pagando las debidas licencias y el quinto de la carga. Dedicados los excluidos al corso, porque de algo tenían que vivir, lo practicaron tan cerca de casa, que alejaron a los extranjeros, de los puertos de Castilla, desapareciendo de Sevilla “oro, cera, cobre, añil y cueros”, productos que atraían al comercio. Depreciando el almojarifazgo por falta de clientela, mermó la renta, ausentándose los aspirantes al arriendo. Alarmada la Católica, en 1480 quiso enderezar la situación, dando real seguro a los navíos, que trajesen géneros de Guinea, amenazando con pena de muerte, y confiscación de bienes adjunta, al vasallo que intentase robar a extranjero. En 1490, carabela de Charles de Valera, alcaide de Puerto de Santa María por el duque de Medinaceli, dedicada al corso, tomó carabo de moros procedente de Berbería, con carga de caballos, cueros y añil, apareciendo el pastel y añil entre “otras tinturas”, en el arancel de 1491. En los siguientes lo encontramos en la rubrica de los productos procedente de Indias, más concretamente de las Canarias, cargándolo la flota de Nueva España. Al encontrarse en Berbería a mejor precio que en puerto de cristianos, los andaluces del siglo XVI viajaban al Safi en busca de pastel, añil, botas de cochinilla, perlas, aljófar, oro hilado, piedras preciosas, ámbar y cera de palo, introduciéndolo por “calas ocultas”, de Tarifa y Vejer.
 
Bernáldez circunscribe el cultivo del pastel a la isla de Palma. Fernández de Oviedo, que identifica el istmo de Castilla del Oro, con La Española, extiende el cultivo hasta el sur de Nueva España. Estancado por la Corona, al ser liberado en 1572, se multiplicaron plantaciones e ingenios. En 1576, Guatemala produjo 600 arrobas de panes, exportando a principios del siglo XVII, una media de 11.600 arrobas al año, lo que representaba ingreso de medio millón de pesos para la provincia. Al no identificar Berbería con América, la historia registra en el siglo XVIII, hallazgo el pastel “salvaje” en Venezuela, achacando su introducción en las Antillas menores y las Guayanas a ingleses, franceses, holandeses y daneses. Comercializado por la Compañía de las Indias Occidentales, en 1743 se cultivaba en las tierras bajas del Misisipí y Virginia.
 
Los naturales de Castilla del Oro, llamaban xiliquite al pastel o glasto. Conocido el producto refinado como añil o índigo, el químico francés Nicolás Lemery, que publicó su obra en el siglo XVII, le da por patria las Indias Occidentales, señalando que el mejor procedía de “Gati – malo”, es decir, Guatemala. Vegetal de difícil aclimatación, Juan Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia, dotado de sentido de la iniciativa tan agudo como ruinoso, importó técnico de Portugal, oriundo de Madeira, en la primera mitad del siglo XVI, imaginando poder cultivarlo en Vejer. Rotundo el fracaso pero olvidado, la Sociedad Económica de Amigos del País, repitió el error en el siglo XIX, repartiendo entre propietarios andaluces simiente de pastel, procedente de Guatemala, acompañada de instrucciones, tan puntuales como inútiles. Sembrado en el Coto de Doñana, donde fructificaron fugazmente algunos frutos americanos, como la caña dulce, el glasto volvió a fracasar. En el arancel de 1491, la “goma” o caucho, aparece en la misma rúbrica que el pastel. Producto de Brasil cuya exportación estuvo prohibida, los franceses lograron robar simiente en el siglo XIX. Aclimatado en Indochina, hundió la economía brasileña. Descubierto por entonces en el África Ecuatorial, la explotación a la parte de Gabón, fue tan desconsiderada, que los colonizadores no tardaron en extinguirlo, cuando menos en las zonas accesibles.
 
La chumbera común, conocida en Andalucía como de vallado, es el hábitat de la cochinilla. De no haber sido dibujada por Fernández de Oviedo, como curiosidad americana, la creeríamos aborigen o cuando mucho, importada del norte africano. Introducida en la costa de Conil y Chiclana no sabemos cuándo, en los libros de cuentas figuran cosechas de grana. Parecía floreciente pero el insecto se esfumó, dejando por recuerdo la chumbera, portadora de fruto, que en Francia se conoce como “higo de Berbería”.
 
Género de Indias la grana, procedía de Nueva España, sin perjuicio de que se encontrase en una Berbería, sin relación con Argelia, colonia, donde la explotaron los franceses del siglo XIX. Un Alonso de Lugo mercader y sanluqueño, sin relación con el conquistador de Canarias, fletó en 1469 la nao portuguesa Santa Clara, cargando mercancías de diferentes propietarios, con destino a Londres. Obligado el barco a meterse en Ceuta por los vientos, fue abordado y robado por carabela de Fernán Darías Saavedra, alcaide de Tarifa, pleiteando contra Lugo vecino de Baeza, propietario de 4 balas de grana en grano y 17 arrobas en polvo, que llevó a bordo, considerando de justicia que le fuese devuelto el grano o su valor.
 
Ignorando que el origen oficial de la caña dulce se ubica en la India, Bernáldez observó que nacía espontáneamente en la isla de Palma, ratificando Antonio de Ulúa, científico del siglo XVIII, al escribir que la planta era espontánea de Brasil. Los primero españoles que estuvieron en isla de Santa Catalina, sin duda la del Caribe, comprobaron que la caña se daba “muy bien”, sin necesidad de plantarla, notando que en la misma isla había gallinas, iguales a las de España. En el siglo XIII, entraba azúcar en los puertos de Barcelona y Valencia, concluyendo ciertos historiadores, que los musulmanes la cosechaban en la Albufera valenciana y el Turia, a más de estar generalmente admitido, que se cultivaba en Granada. No es posible negar que así fuese, pues según Alonso de Palencia, los musulmanes españoles tuvieron maíz o panizo, cultivo que parecen haber abandonado los moriscos, sometidos a los cristianos. En todo caso la caña dulce debió extinguirse, pues a 10 de julio de 1493, los Reyes Católicos dieron carta de naturaleza a los hermanos Agostín y Martín Centurión, genoveses, porque ofrecieron plantar caña y hacer azúcar en Málaga, Granada y Almuñecar, a más de introducir ciertas “labores” de paño, sedas y lanas.
 
Centros azucareros Madeira, la isla de San Miguel, Arguim, Santo Tomé, Mogador y Gran Canaria, el azúcar aparece en el arancel de 1491 y siguientes. A principios del siglo XVI, se consideraba género de Granada, Madeira, Canarias y Brasil. De Indias en los siglos siguientes, procedía de Canarias y Berbería, sin que aparezca el de Antillas. La ausencia de la documentación, no es óbice para que la historia oficial, explique con reiteración la introducción de la caña en estas islas. Variadas las versiones, la más extendida supone los primeros esquejes procedentes de Granada. Llevados por Colón en 1493, vecinos de Concepción de la Vega los plantaron en La Española, haciendo el primer trapiche el alcalde Pedro Atienza, en 1506. Una segunda versión atribuye la importación de la caña a los 4.000 negros de Guinea, especialistas en cañaverales e ingenios, importado por Pedrarias, adjudicando Benzoni la novedad a genoveses, que tuvieron durante mucho tiempo, el control del azúcar canario. Fernández de Oviedo cuenta que Gonzalo de Velosa, con la colaboración de canarios, puso el primer cañaveral de La Española, instalando trapiche de caballos en Nigua. Otros atribuyen la plantación primigenia a Tomás Castelló. Y la construcción del primer ingenio al catalán Miguel Ballester, con ayuda de operarios canarios y portugueses. En 1548, de los 60 ingenios que había en las islas, 35 estaban en Santo Domingo
 
Asombrosamente precisa la historia oficial, ubica la introducción de la caña dulce en Gran Canaria, el año 1494. Pero Alonso Fernández de Lugo, “conquistador” con Pedro de Vera, en 1480, beneficiario del repartimiento que siguió, tenía cañaverales e ingenio, en 1489, siendo requerido ante los tribunales por el jurado Pedro Fernández, por deuda de 2.500 fanegas de azúcar. Mal debían ir las finanzas de Lugo, pues el mismo año carpintero de Gran Canaria, le reclamó 20.000 maravedís por dos negros y cuatro bueyes, que compró sin pagarlos, ganado mayor supuestamente ausente de la isla. Entre los bienes de los duques de Medina Sidonia, a principios del siglo XVI, figuran tributos en azúcar, cañaverales e ingenios, en Gran Canaria y Tenerife, figurando como socio Mateo Viña, genovés y regidor de Tenerife. Juan de Guzmán dio en arriendo y a censo cañaverales en el Río Grande del Taoro, antes de que Alonso de Lugo le pagase deuda contraída, a causa de la conquista de Tenerife, con diferentes partidas de canarios esclavos y hacienda, entre los ríos Abades y Abona. En 1506 quiso el Duque explotarla, construyendo ingenio y poniendo cañaveral en Montana Gorda, franja de tierra de calidad superior, de más de una legua. Obligado regar en verano, tiempo de seca, proyectó juntar el agua de los dos ríos, que flanqueaban la propiedad depósito, situada en lo más alto, para ser distribuida en el llano, por acequias forradas de madera de teca y calafateadas. En la mayor se harían dos molinos, con otras tantas piedras, para proveer de harina a la haciencoa y los pobladores, que habrían de explotar la tierra a censo. Pagado el tributo en especies, sería embarcado en puerto fluvial, cercano a propiedad, dotada de arboleda suficiente, para proveer 20.000 cargas de leña al año, necesarias para elaborar el azúcar. Escasa la caña en la “isla”, los plantones se trajeron de Gran Canaria. En el sur de la Tenerife actual, se encuentra la región de Abona. De suelo volcánico, no hay ríos ni fuentes, ni huella de que los hubiese en otro tiempo. Los ríos Abona y Abades, perfectamente reales, estuvieron en otra parte, que también se llamó Tenerife.
 
En el siglo XVII, holandeses, ingleses, franceses y daneses, se asentaron en el levante americano, las Antillas menores y el istmo. En 1628 “introdujeron” la explotación de la caña en Barbados y Jamaica, con esquejes traídos de Pernambuco. Poco más tarde se cultivó al sur de las Indias Inglesas, hoy Estados Unidos. Propietaria Francia de Guadalupe y Martinica, apostó por la calidad. No faltaba azúcar de la Indias españolas, en el siglo XVIII, pero por el puerto de Bonanza entraba de las islas francesas, por ser considerada superior a la de producción española.
El origen americano del maíz o “panizo”, no se pone en duda. Pero el hecho que se cultivaba en la Granada musulmana. Enrique IV, inventor de la Reconquista y de la Castilla unitaria, se propuso borrar de la península el reino musulmán. Planificada guerra prolongada, en 1456 ordenó dos entradas al año. Según el cronista Palencia, en primavera para quemar las “mieses” de trigo, cebada y centeno; en otoño para hacer lo mismo, con las cosechas de “mijo y maíz” o “panizo”. No habiendo un tercer cereal, que se coseche en esta estación, sería interesante averiguar por qué “se trajo de Indias” el maíz, que aparece entre los bienes de Juan de Guzmán en 1507, sembrado y almacenado en Vejer. Según el Dikr, se cultivaba en Nayran, ciudad del Yemen, siendo evidente que de no conocerlo, Erik el Rojo, colonizador de Vinlandia, no hubiese comparado el ruido de los remos, chocando con el agua, con el entrechocar de los granos de maíz.
 
La orchilla es liquen tintorero, utilizado como sucedáneo de la púrpura. Aún cotizada en el siglo XVIII, el P. Sarmiento se felicitó, al descubrirlo en acantilados de Pontevedra, aún siendo de explotación imposible, por escaso. La presencia es lógica, siendo Bayona el puerto natural de arribada de Indias. Los Peraza, propietarios de las Canarias menores, cosechaban más de ochocientos cahíces de orchilla. En 1477 lo compraba el genovés Riberol por asiento, a 10 doblas cahíz, puesto en las islas. Monopolizada la producción de las islas mayores por Juan de Lugo, mercader sevillano, al no querer perderla halagó a los reyes en 1480, aportando importantes préstamos para la conquista de Canarias. Terminada, los Católicos no le tuvieron en cuenta, concediendo el monopolio de la orchilla de Gran Canaria, Tenerife y Palma, al comendador Gutierre de Cárdenas. Complicada la recogida y conservación del género, Cárdenas hubo de recurrir a Juan de Lugo. Precavido, se hizo extender provisión a su nombre, otorgándole la exclusiva de la recogida y exportación de orchilla. En 1494 Cárdenas denunció a mercaderes, con factor en las islas, que compraban y exportaban la orchilla, sin respetar su privilegio. Estancada la de Cabo Verde por Alfonso V, a la muerte de Cárdenas, los Católicos incorporaron la orchilla de las Canarias a la corona. En 1503, creada la Casa de la Contratación, la explotación de la orchilla de las Canarias, las “partes” de África próximas, Tagaoz, Cabo de Aguer y la Mar Pequeña, quedó a cargo de sus oficiales. Responsabilidad de la Casa cuanto tocaba al continente americano, de proceder la orchilla de otra parte, hubiese quedado al cuidado de diferente organismo.
 
Según Fernández de Oviedo, se cogía en México, Tierra Firme, la Isla de la Orchilla y “asilvestrada” en campos de Venezuela. No exenta de riesgos la recolección, pues se encontraba en los acantilados, el “cogedor” trabajaba metido en un gran cesto, pendiente de maromas. En los aranceles del siglo XVI al XVIII, la orchilla aparece como género de Indias, exclusivo de las Canarias.
Se encuentran caracoles de la familia de los múrices, en las costas de la Provenza francesa, Inglaterra y otros mares. Pero su “púrpura”, escasa y de mala calidad, no sirve para teñir. Las “conchas” o caracoles de la púrpura, utilizadas desde la antigüedad, se encuentran en el Caribe, el sur del Golfo de México y el Pacífico centroamericano. En el siglo XVIII Antonio de Ulloa, observó cómo los indios de Nicoya y Guatemala, teñían hilos de algodón, con el “jugo” que destilaban los caracoles de la púrpura. Habla Pulgar de las “conchas de la mar muy grandes”, que se cogían en las Canarias, para cambiarlas por oro en la Mina. En 1478, la armada de Juan de Rejón, formada para conquistar por segunda vez Gran Canaria, zarpó con la flota, que había de pelear en Guinea. Prevista la carga de retorno, los justicias de Canarias habrían de recoger cuantas conchas pudiesen, entregándolas a los oficiales de la corona, para trocarlas por oro en la Mina. En 1490 Inés de Peraza arrendaba la cogida y pesca de múrices, en Fuerteventura, cotizándose la unidad en la isla, a 15 ducados. En 1497, año en que entró en vigor el Tratado de Tordesillas, los Católicos incorporaron los múrices a la corona, quedando obligados los pescadores, a entregar las conchas a los “justicias”, a cambio de precio “justo”, fijado por el comprador.
 
Después de la muerte del príncipe D. Juan, se alteró el destino de las conchas, al hacer recaer la sucesión de las coronas de Castilla y Aragón en la Infanta Isabel, casada con Manuel I de Portugal. Embarazada, la Reina creyó cumplido el sueño de la unidad peninsular y americana. A 22 de enero de 1498, Antonio de Peñalosa fue nombrado “cogedor” de las conchas. Dotado de hombres y bestias, habría de acopiarlas, registrando la cosecha por unidad, ante escribano, en presencia del gobernador o su representante, para enviarlas al rey de Portugal, comprador de la totalidad, por necesitarlas para “rescatar” oro en su Mina. Muerta la infanta, seguida del hijo, la alteración política se reflejó en los múrices. Quedaron “estancados” para la corona castellana. El 15 de junio de 1501, el veedor Antonio de Torres, a cuyo cargo estaban los rescates en Berbería y la Mar Pequeña, fue nombrado “cogedor” de las conchas, en las tres Canarias mayores. Poco despué, victoria de Alonso de Lugo en Saca, abrió a Castilla la isla portuguesa de San Miguel, que se extendía de Panamá a Honduras, sede de importante Mina, emprendiendo Colón el cuarto descubrimiento, que habría de permitir reemplazar el trueque por el despojo. Devaluados los múrices, Torres fue privado de personal. Para cumplir el mandato, hubo de asociar a la corona, con el genovés Mateo Viña, regidor de Tenerife, plantador de caña y tratante de esclavos, que a cambio de la mitad de la cosecha, deducidos los gastos, tomó a su cargo la recogida de las “conchas”.
 
Sin interés para los castellanos, Fernández de Oviedo menciona los múrices, a título de curiosidad: “los reyes antiguos” usaban las “ostras”, “para teñir sus vestiduras de púrpura”. En su tiempo seguía comprándolas el rey de Portugal, para trocarlas por oro en la Mina, pero a precio módico. Se cogían en la costa de Castilla del Oro, hasta Villa Rica, en el sur de Méjico y a la parte del Pacífico, desde el Golfo de San Miguel o Panamá, hasta Nicoya, siendo particularmente abundantes en el de Ortiña o Nicaragua. Pulgar silencia la utilidad de las conchas de Canarias, achacando el precio que alcanzaban en la Mina, a la creencia de que protegían del rayo.
 
El “palo de rosa” también procedente de Indias, aparece en los aranceles como exclusivo de Canarias. Apreciado en marquetería, debe su nombre al olor y color de la madera. Se produce en Brasil y el sur de Méjico, pero sobre todo en Belice, habiendo sido exportación principal de la colonia inglesa, en la primera mitad del siglo XX.
 
La cera de “Berbería” o de “palo”, de color amarillo, más barata que la blanca y de uso múltiple, únicamente se encontraba en el puerto de Safi. En 1602, el Xarife pidió licencia para mandar criados a Lisboa, en busca de pedrería, e introducir en España de 800 a 1.000 quintales de cera, para amortizar viaje y adquisiciones, con el producto de su venta. Produce esta cera palmera, que se cría al norte de Brasil. En el siglo XVIII Antonio de Ulloa, miembro de la expedición de Jorge Juan, la encontró en las fuentes del Amazonas. Conocida la palmera como “Palma de Guinea”, al abundar en Brasil, estando ausente de la Guinea africana, el apellido creó dificultades a los historiadores. Buscando explicación, la encontraron alambicada, recogiéndola Verissimo Serrâo. Encontrada por los descubridores de África, conquistadores hacendosos, la introdujeron en las Indias de Portugal. Extendiéndose prodigiosamente, desapareció de su patria de origen, sin explicación posible. De difícil digestión el supuesto, al ser utilizada la cera de esta palma en la industria actual, el problema se subsanó cambiando el apellido por Carnauba, nombre del puerto donde embarcaba la cera de “palo”.
 
El “pimiento de Indias”, también conocido por “pimienta” o guindilla, en tiempo de los Reyes Católicos se llamó “manegueta” como en Portugal y por deformación “malagueta”. Indiscutido hasta la fecha su origen americano, sorprende que nadie haya reparado en que aparece en documentos, anteriores al “descubrimiento”. En agosto 1475, Isabel mandó armada a las “partes de África y Guinea”, para hacer la guerra a los portugueses. De retorno habrían de traer”oro, esclavos y manigueta”, petición imposible de no conocerla. Prueba de que los españoles eran aficionados a la guindilla, que se mencione la “menegueta” o “manigueta”, en las licencias expedidas para “rescatar” en Guinea y la Mina de Oro. Que Fernández de Oviedo dibuje la planta del pimiento, entre las de Indias, indica que al menos en la España en que vivió, era desconocida. Llamado “aji” por los americanos, se consumían profusamente en las “islas” y Tierra Firme. Rojos y verdes, los pimientos, en función al momento en que se cogen, explica el cronista que tenía forma de “vaina” o eran redondos “como guindas”. Los grandes se podían comer crudos, por ser dulces, pero no los pequeños, pues la “pimienta de Indias” “quema mucho”.
Es probable que otras especies vegetales americanas, fuesen conocidas en Europa antes del “descubrimiento”, como lo fueron algunas animales, destacando el “gato cerval”. Americano según Fernández de Oviedo, en el arancel de 1491, entre las pieles de “salvajina”, aparecen las de “gato cerval”. Lo era probablemente el de algalia, conocido como “gato de Berbería”. Almizclero, se importaba con regularidad. Introducidos en los pinares de Sanlúcar y el Coto de Doñana, se aclimataron, siendo quizá ascendiente del “gato clavo”, inventariado en el siglo XVIII, según dicen desaparecido. No lo menciona Oviedo, que atribuye el almizcle a “zorrilla”.
 
Si en lo que se refiere a los vegetales, salvo en el caso de la caña, no se niega presencia precolombina en América, aunque se les preste diferente origen, como en el caso del algodón y el pastel, en lo que toca a los animales, en especial domésticos, es frecuente que se atribuya su introducción a los españoles, negando la presencia de los desaparecidos. No sabríamos que hubo canguros en América, de no dibujarlo Fernández de Oviedo, pese a que la descripción del gato “chucha”, sólo puede referirse a un marsupial. De pelo negro, manos y patas rubias, con bolsa en el vientre, albergue de las crías, desapareció víctima de una carne sabrosa. Afirman muchos que no había perros en Indias, pero el cronista nos dice que estaban representadas diferentes especies caninas, además del lobo y la hiena. Generalmente salvajes, en Castilla del Oro era doméstico el “gozque”, incapaz de ladrar. Los indios lo cebaban, para convertirlo en cecina.
 
Mencionado el camello, probablemente dromedario, por cronistas que los vieron en las costas del Istmo y Tierra Firme, donde eran utilizados como animal de trabajo, se niega su presencia, aventurando que los españoles daban este nombre o el de oveja a la llama, sin reparar que oriunda de las alturas de los Andes y peluda, difícilmente hubiese podido sobrevivir en tierras calientes. Diezmados los camellos pero no exterminados, los actuales son considerados de importación, como los negros, quizá por aparecer repetidamente en la Crónica de Guinea, escrita en el siglo XV por Zubara. Encontramos el camello, entre otros escritos, en el relato de Alfonso Gonçalves. Estando en las inmediaciones de la Punta de la Galera escapó a toda vela, por no enfrentarse a tropa de azenegues alárabes de a pie, encabezados por jeques, que montaban caballos y camellos, blanco uno de los últimos. Marginal durante mucho tiempo la arqueología, en continente que se considera “nuevo”, correspondió a los geólogos el hallazgo de depósitos óseos, en los que se encontraron restos de camélidos, mamuts y caballos, denunciando puntas “clovis”, la intervención del hombre en su muerte.
 
El “ñú” es el avestruz americana. Aficionado Felipe II a coleccionar animales exóticos, embajadores y agentes en la corte del rey de Marruecos, le hicieron llegar diferentes partidas de camellos, carneros de Guinea y avestruces, desde Berbería. Embarcadas en el puerto de Santa Cruz, enlazaban en el de Azamor, con los puertos de Tetuán y Tánger. En el globo de Cornelli, destinado a Luis XIV, aparecen cazadores de avestruces en el Amazonia. Conservados en Argentina, la ciencia justifica su presencia, esgrimiendo argumento contundente, que no admite al referirse al hombre ni a otras especies: alojados los antepasados del “ñu” en la Pangea, no desertaron de la parcela americana, antes de producirse la escisión. Viajando con la tierra, al parar en clima similar, evolucionaron en la misma dirección que sus parientes africanos, siendo el avestruz australiano, el más fiel a las formas de origen.
 
Víctima de las cualidades milagreras, de carácter afrodisíaco, que se atribuyeron a su cuerno, los portugueses de la Crónica de Guinea, debieron cazar los últimos rinocerontes de los ríos, siendo contados los que debieron sobrevivir en 1470, año en que Alfonso V, al confirmar Sixto IV el monopolio del reino de Fez, concedido a su corona por Martín V, declaró regalía real plantas y maderas tintoreras, orchilla, gatos de algalia y “dientes” de “unicornio”, cerrando aguas y costas al intruso. Dientes de unicornio aparecen entre los objetos personales, que dejó el duque de Medina Sidonia, fallecido en 1507. Comprador de dos “dientes de elefante”, procedentes de Guinea, a su muerte conservaba uno, llamado propiamente “colmillo”, por los testamentarios. El 1478, usando el título de reyes de Portugal, pero teniendo la guerra perdida, los Católicos limitaron las potestades del receptor de quinto de Guinea. Reemplazado Lillo por Gonzalo de Guadalajara, se reservaron la facultad de extender licencias, para rescatar en Guinea y África, oro, metales preciosos en general y especies. El apoderado podría otorgarlas para rescatar esclavos y “dientes de elefante”, en los “rescates” de la Manegueta y la Mina de Oro. Depósito de colmillos encontrado en la región de Santo Tomé, certifica de tráfico que nos hundiría en la perplejidad, de no ser por el relato de Bernaldo de Ibarra, testigo de Diego Colón ya mencionado, vecino de Santiago en Indias. No habiendo participado en el cuarto viaje, en 1514 habló por terceros, refiriéndose a “patada” de elefante, impresa en el barro de un “estero” “al que fue a beber”, encontrada en Veragua. Es probable que el cuento no sea cierto. Pero Ibarra no hubiese hablado de elefantes, de no haberlos visto en su entorno. Pacheco, vecino de Bonao, que participó en el viaje, usó símil zoológico más modesto. En Veragua vio “pisadas” de cabras, puercos, felinos y “patadas grandes, como de una yegua”, especies todas ellas, que se movían en libertad por el continente.
 
Empeñados los ortodoxos del “descubrimiento” en marcar diferencias, que hiciesen del Nuevo Mundo universo, sin relación con el antiguo, forzaron la ficción hasta caer en el absurdo. Excluidas del continente las especies domésticas en general, convirtieron en Arca de Noé las carabelas de Colón, en el segundo viaje. Bernáldez y Fernández de Oviedo, demasiado cercanos para negar los hechos, coinciden en que al ser la flota de armada, formada para hacer la guerra a Portugal, el “descubridor” embarcó soldados, no pobladores, cargando a título de despensa, como en todas armadas, vacas, carneros y gallinas en vivo. Testigo presencial Bernáldez, tuvo la humorada de inventariar los equinos. Partida de 24 caballos, 10 yeguas y 3 mulas, reflejan elección a todas luces inadecuada, de tener intención de multiplicar la especie.
 
Diferentes las gallinas americanas de las europeas, en 1542 Orellana las descubrió castellanas, bajando el Amazonas, hallazgo carente de significado, porque en las inmediaciones estaba la plaza portuguesa de Mazagán. Más significativas son las encontradas de la misma raza, en Nueva España, Yucatán, la isla de San Mateo y la de Santa Catalina. Expulsados oficialmente los cerdos del continente, según Fernández de Oviedo eran tan abundantes en La Española, en los inicios del Siglo XVI, que se descastó la isla de puercos cimarrones, para salvar las plantaciones de caña. Por el mismo tiempo había “grandes hatos de cerdos e innumerables monteses” en las Antillas, Tierra Firme y Nueva España, no tardando México en remitir tocinos a España. En la región de Cumana se criaban los “baquiras”, con ombligo en el lomo. Introducidos los europeos, no prosperaron. Aguirre y compañeros, bajando el Amazonas, fueron obsequiados con ágape de tortugas y puercos, en el primer pueblo de Guinea.
 
Negada la presencia de cabras y ovejas en el continente, no faltan pruebas en contrario. Reputada de estéril la costa caribeña de Castilla del Oro, se decía que al ser el clima inhabitable, las gallinas no ponían, las vacas no se preñaban, ni las mujeres parían. Escasamente poblada Nombre de Dios, como más tarde Portobelo, quedaba en campamento al que acudían los mercaderes, al anuncio de la flota, siendo abastecida la población, estante y flotante, desde Panamá. Queriendo los Austrias población que frenase a los corsarios, buscaron especie de importación adaptable, que garantizase el plato. Al “probar mal” las vacas trajeron cabras, de Canarias, Cabo Verde y “pequeñas” de Guinea. Según Oviedo, únicamente se aclimataron las últimas.
 
Más caro el carnero que la vaca, por preferirlo el andaluz, teñido de musulmán, de haber sido especie de importación en Indias, la escasez lo hubiese encarecido, aún siendo escueta la población castellana. Pero ocurre que en La Española de principios del siglo XVI, el carnero se vendía a real, como en Andalucía. Conquistado México por Cortés en 1521, las primeras estancias para ovejas se repartieron en 1525. Creada “Mesta” a la castellana en 1537, para desgracia de los indios labradores, en 1579 se censaron los rebaños. La media de cabezas por propietario, era de 200.000. Pizarro se hizo con Perú en 1531. En 1537 se repartieron 2.000 indios – pastores entre los colonizadores, responsable cada uno de rebaño de merinas, que oscilaba entre las 800 y 1.000 cabezas. Según viejos tratados de “agricultura”, las “merinas” deben el nombre a la condición de “tras marinas”. Entraron en Castilla por la mar a iniciativa de Alfonso XI de Castilla, por producir lana de mayor calidad, que las churras autóctonas.
 
No es el continente que conocemos por África, rico en caballos, lo cual no impide que al ser aficionados los pueblos islámicos, se encuentran inmejorables, pero de crianza privada, no habiendo noticia en los últimos siglos, de la presencia de mandas salvajes. Al no estar extendido el uso del caballo en África negra, son raras las representaciones de jinetes, siendo más evidente las presencia del caballo autóctono, en Europa y Asia. Conocida la raza “árabe”, procedente de Oriente Medio, no lo fue menos la “berberisca”, variante de perfil acarnerado y “cuello al revés”, representada en España. Su origen se ubica en Marruecos, concretamente en el Sus. Para León el Africano, “Sus” fue río que partiendo de región mediterránea, cruzaba el Sahara bajo la tierra. Al emerger en las inmediaciones de la costa, según el autor, creaba microclima tropical, apto a la selva y la pradera. Perdido aquel paisaje hace poco más de tres siglos, según los historiadores, la geología no ha encontrado indicio de pradera, en la planicie de arenas, que el Africano también llamó “Sus”. La fundación de la ciudad de Mogador inmediata, está debidamente documentada, habiendo sido iniciada por el Xarife de Marruecos, en 1760, en lugar inadecuado para que prosperen equinos en libertad.
 
Angla Caballos, mencionado en la Crónica de Guinea desde 1436, conservó su nombre hasta el siglo XVIII, sin más cambio que el del arcaísmo “angla”, por la modernidad de “puerto”. Estuvo en el Golfo de Honduras, en el Puerto Cortés de nuestros días, siendo probable que debiese su nombre al embarque de equinos, no al desembarco. De la familiaridad de los naturales de Yucatán con la especie, nos informa anécdota recogida por Landa. En los primeros tiempos de la conquista, un maya “asió a un caballo por la pierna y lo detuvo, como si fuese un carnero”. Se puede hacer, pero a condición de conocer la anatomía del caballo. En 1503, Juan de Guzmán dio 50.000 maravedís a un tal Saldaña, para que le comprase caballos berberiscos en Allende.
 
La evolución desde el “eohippus”, con alzada de perro de salón, antepasado de todos los equinos, hasta el “petizo”, coetáneo del hombre, se puede seguir en Sudamérica, a través de restos encontrados, siendo frecuente en el caballo americano característica, que introducidas en caballos europeos por vía genética, no tarda en perderse, la piel “rosa” o albina. Mediado el siglo XX, la proporción de caballos blancos “piel rosa”, en Brasil, era de un 10%. Y mayor la de los overos o píos, que la alternan con la capa oscura común. Complicado justificar la extinción del equino, en continente de amplias llanuras, abundante en pastos, donde son frecuentes los hallazgos de depósitos óseos, en que aparecen restos de equinos, con puntas clovís, se apela a seca que asoló Brasil, al final del pleistoceno, para eliminar especies varias del conjunto del continente, entre las que figuran el caballo y el mono. El último debió regresar por su pie, pues los conquistadores lo mencionan, sin pretender haberlo introducido, quedando excluido del desastre el cérvidos, por estar representado en el arte precolombino, junto con el bisonte, que según versión actualizada del poblamiento de América, arrastró al hombre en su estampida, haciéndole “descubridor”.
 
La única prueba de la ausencia de negros en el continente, es el testimonio de los conquistadores. En el caso de los equinos, se suma la ausencia de representación, en el arte tradicional. Sin embargo no son los únicos seres excluidos de una expresión, fuertemente condicionada por el imperativo religioso. Según la historia, los primeros caballos que pisaron las Indias, arribaron en las carabelas de Colón, que zarparon en el otoño de 1493. Cargó el “descubridor” 10 yeguas, que a juzgar por instrucciones de la reina, fechadas a 19 de abril del 1497, se revelaron prodigio de fertilidad. Obligada la mudanza de la Isabela de Monte Juan, plantada tan cerca de la Mina de Oro, que estaba en la “conquista” de Portugal, Isabel planificó nueva fundación en la Española insular, ordenando al “descubridor”, “tomar” yeguas, vacas y “asnos”, de los que había en Indias, para repartirlos entre los pobladores, con aditamento de 20 yuntas de bueyes domados, que labrasen la tierra. Si tenemos en cuenta que los pobladores embarcados fueron 300, el problema parece de difícil solución. Por otra parte no hay noticia de que navegase burro, lo que no impidió que abundasen en América. Buscando las fuentes del Amazonas, Antonio de Ulloa vio manadas de onagros, o burros salvajes.
 
Recién “descubierto” México, tropilla de españoles que fueron a dar en Iztuclan, disfrutaron de la riqueza local de puercos, ovejas, cabras, vacas y caballos, hasta que les sorprendió riada. Ahogadas las vacas, los equinos se salvaron a nado, siendo recuperados paciendo en las alturas, a punto de unirse a manadas cimarronas. En 1507, año en que murió Juan de Guzmán, dos barcos fletados a su cuenta, navegaban rumbo a las Indias. El uno era carabela, cargada con 32 cautivos de rescate, que regresaban al Cabo de Aguer, por haber sido rescatados; el segundo nao, con carga de mercancías diversas, confiadas a Hernando Caballero y Rodrigo Bastidas, para venderlas en destino. Llevaban zapatos, “hebillas” y “sillas de jineta nuevas”. Siendo costumbre que todo caballo embarcase con montura propia, artilugio duradero, tuvieron por destino, necesariamente, lomos de equinos aborígenes.
“Llenas” de yeguas las Antillas mayores, Tierra Firme y Nueva España, Fernández de Oviedo nos dice que La Española nutrió de caballos domados, a los conquistadores de Tierra Firme y Perú. Había tantos en la provincia, que el potro o yegua educado, costaba de 3 a 5 castellanos, exportando la “isla” 3.000 caballos y más de 1.000 mulas por quinquenio, pese a competir con la isla de San Juan, especializada en híbridos. El censo de equinos más antiguo disponible, es del siglo XVII. “Incontables” las yeguas cimarronas en Tierra Firme, había 180.000 caballos y 90.000 mulas herradas, con propietario conocido. En el siglo XVIII, se erraban en el Plata de 30.000 a 40.000 mulas al año, siendo exportadas de 2.000 a 3.000. Disparada la saca, no tardó en padecerla la cabaña. En 1716 se herraron 4.000 cabezas, cifra que alarmó a los porteños. Cuidando las existencias, importaron mulas de Venezuela, pagándolas a 38 pesos cabeza. Repuesta la ganadería, en la segunda mitad del siglo exportaron de 60.000 a 70.000 híbridos.
 
Artículo de fe la ausencia de bovino en Indias, con excepción del bisonte, la presencia de la vaca “danta”, con chepa en el colodrillo, adquiere naturaleza americana, en virtud a dibujo de Fernández de Oviedo, siendo similares a las europeas las razas de Nueva España y las Islas. Si damos por bueno que las primeras vacas llegaron con Colón, la encontrada y degustada por Orellana y compañeros en 1542, no lejos de la desembocadura del Amazonas, probaría el prodigio de una especie, capaz de llegar tan lejos en tan poco tiempo, salvando sierras, selvas y ríos. En lo que toca al número, la multiplicación fue simplemente evangélica. A dos décadas de la supuesta fundación de la Isabela de Santo Domingo, las carabelas zarpaban de la isla con una media de 1.000 cueros por navío, siendo frecuente que en una hacienda se alanceasen 500 reses en un día, por no hacer esperar a los barcos. Sin valor la carne, quedaba en el campo, a disposición de quien quisiese aprovecharla, no siendo delito matar res ajena para comer, a condición de entregar el cuero al propietario. La vaca en pie valía un peso y la paridera un ducado, siendo vendido el cuero, puesto en Sevilla, a 4 ducados. Preferidos los de Caracas, quizá de danta, tan duros que se utilizaban para hacer adargas o escudos, seguían los de Nueva España, la Habana, Santo Domingo y Jamaica.
 
“Llenas de vacas” las islas y Tierra Firme, la “abundancia” se “notó” en Nueva España en 1528, siendo los cueros carga principal de la flota de Nueva España. Transportaba una media de 80.000, pudiendo cargar las grandes naos del tiempo de Felipe II, hasta 50.000. Según Alonso de Guzmán, la carga de 80.000 pieles representaba el sacrificio de 100.000 cabezas, pues el pellejo dañado se desechaba. En 1503 Anfreon Catano, agente del duque de Medina Sidonia en el Çafi, trocaba trigo y aceite por esclavos, cueros y algo de oro. Fechada la primera importación de cueros de Tierra Firme en 1549, se cifran en 200.000 los exportados en la segunda mitad del siglo XVII. Según censo del siglo XVIII, a más de “incontables” cimarronas sin dueño, en la provincia había un millón de reses marcadas. Imprecisas las estadísticas, en Venezuela las complicaban los ganaderos de Los Llanos, Cumaná, Barcelona y la Guayana, vendiendo reses y cueros de contrabando, a los holandeses.
Pese a ser Perú tierra accidentada, menos adecuada a la proliferación del ganado mayor que las grandes llanuras, cubiertas de praderas, en las carnicerías de Lima se cortaban 3.000 reses al año, ingresando Ayacucho 800.000 pesos, por la exportación de cueros. La media de reses que cambiaban de mano en la feria de Guayaquil, oscilaba en torno a las 80.000 cabezas. Estéril la costa caribeña del istmo, la bañada por el Pacífico producía “grandes cantidades de ganado, de todas las razas de España”. Olvidadizo Fernández de Oviedo, al referirse a Santa Marta, incurre en contradicción. Habiendo escrito que su fundador, Rodrigo de Bastidas, convocó 50 pobladores en 1524, poniendo por condición, para recibir solar y hacienda, aportar 200 vacas, 300 cerdos y 25 yeguas, libros más tarde cuenta que Alonso Luis de Lugo, preso en Madrid cuando falleció el padre, regresó en 1543, para tomar posesión de la gobernación heredada de Santa Marta, trayendo vacas de España, que vendió a 1.000 pesos cabeza, precio inverosímil pues las mismas vacas parideras, estaba en Santo Domingo a un ducado.
 
Al no reproducirse el milagro, que siguió a la importación colombina, la cabaña mexicana, sometida a explotación feroz, dio signos de agotamiento en torno a 1565. No se puso remedio, porque enmendarse es contrario a la naturaleza de los españoles. Abandonada la cuestión a la providencia, en la segunda mitad del siglo XVII, la escasez de reses en el entorno de la capital mexicana, alarmó al virrey, Marqués de Mancera. Al ser la carne alimento de los pobres, su falta garantizaba la revuelta. Para obviarla decretó drástica veda, importando 50.000 vacas de Nueva Galicia, provincia menos castigada. Salvó la situación, pero no regresó la abundancia de antaño. Preservada Guadalajara, mediado el siglo XVII conservaba dos millones y medio de cabezas.
 
La introducción de la vaca en el cono sur, tiene su leyenda. Iniciada la conquista del Plata en 1534, los primeros bovinos se suponen traídos de Potosí, en 1549, siguiendo en 1552, punta de vacas chilena. La cabaña de Asunción se supone iniciada en 1550, con 7 vacas y un toro, importados de Brasil por los hermanos Goes. Sin oro ni atractivo especial la región, los fundadores de poblaciones fueron menos exigentes que en el Nuevo Reino. Se contentaban con 30 pobladores, portadores de 10 vacas, 4 bueyes, 2 novillos, 1 yegua, 5 cerdos, 6 gallinas, 1 gallo y 20 ovejas. Especializada San Miguel de Tucumán, en la producción de bueyes y novillos de labor, debidamente domados, exportó sin interrupción, hasta mediado el siglo XVIII. Suspendida la saca por agotamiento de existencias, la reanudó en 1778, siendo embarcados 150.000 cueros en Buenos Aires. Fuentes impresas aseguran que en 1783, a la firma del tratado de Versailles, se sacaron 1.400.000 de cueros, cifra exorbitante, quizá a consecuencia de haber tomado el punto por cero, error habitual de historiador, no familiarizado con fuentes documentales. La escasez que siguió no se achaca a la mala cabeza de la elite económica y política. Se atribuye a las alimañas y la ampliación de los pobres cultivos, consentidos al indio.
Interesado el fisco por la ganadería, en 1535 se censó el ganado mayor de La Española, con dueño conocido. Omitido por Oviedo el total, recoge las “categorías”. Ana Arana, viuda de Diego Solano, la mayor propietaria de la isla, tenía 42.000 cabezas, siguiendo número indeterminado de propietarios, dueños de 20.000 a 25.000 cabezas. Los de ingenio poseían de 1.000 a 3.000 cabezas, para el servicio, puntas exiguas que no permitían considerarles ganaderos. Lenta la redacción de la obra, el autor recoge resultados del censo de 1548, sin relacionarlo con el anterior. Salvaje la explotación de la cabaña, como suele serlo la riqueza de todo colonizado, por parte del colonizador, el mayor propietario tenía 25.000 cabezas, siguiendo los medianos con 20.000, número de cabezas que conservaba la Arana. Rodrigo de Bastidas, casado con propietaria de 25.000 cabezas, dejó 8.000 a su muerte. Al no dedicarse a la exportación de cueros, los propietarios de ingenios y cañaverales, conservaban las puntas de 1.000 a 3.000 cabezas. En 1570 se hizo censo general. Quedaban 400.000 cabezas marcadas en la isla. Entre 1603 y 1607 se embarcaron 130.000 cueros. Exportados 40.000 en 1650, que en la segunda mitad del siglo, la exportación total se estimase en 200.000, indica media de 26.000 cueros por año, se redujo a 4.000.
 
Los cueros americanos alimentaban las tenerías de Andalucía. Propietarios los duques de Medina Sidonia de las de Sevilla, desde el primer cuarto del siglo XV, las tenían en Sanlúcar y Gibraltar, no siendo casualidad que las ubicasen en lugares costeros, en lugar de hacerlo en la comarca de Medina Sidonia, tierra de vacas. Beneficiarios a medias con sus primos, los Ponce de León, de la exclusiva de “vender” o comercializar los cueros, que entrasen o se produjesen en el Obispado de Cádiz y el Arzobispado de Sevilla, el privilegio figura entre los que se eclipsaron tras el “descubrimiento” colombino, por haber perdido rentabilidad.
 
Ganaderos importantes los Guzmanes, el segundo conde de Niebla, fallecido en 1436, dejó a su muerte 2.000 cabezas de bovino. Su hijo, el primer duque de Medina Sidonia, cuya fortuna personal se hizo legendaria, llegó a poseer 3.500 cabezas, que perdió en la guerra civil. Reconstruida la ganadería por Isabel de Fonseca, su amante, madre del segundo duque, legó al nieto en 1494, tres yeguas, un potro, una potranca y 801 cabezas de bovino. No parece que continuase la profesión el VI duque de Medina, pues a su fallecimiento, en 1558, sólo tenía 422 reses. Vendidas en la minoría del nieto, no quedó en la casa más ganado mayor, que los bueyes para servicio de las almadrabas. Adulto Alonso de Guzmán, compró en 1584, la ganadería sevillana de Inés de Nebreda, con 435 cabezas, contando novillas y eralas. Vistas las cifras, en el supuesto de que hubiese en Castilla barcos suficientes para transportar el número de madres, necesarias para engendrar la cabaña que albergaba el continente americano, en los primeros tiempos de la “conquista”, vaciando la península de bovino, hubiesen faltado madres para crearla.
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Sin perjuicio de que haya sido creado por Dios cuanto existe, hemos de admitir que planificar la evolución de la especie, a partir de pareja única, a más de imprudente hubiese sido ilógico. Generalmente admitido que la vida es efecto de cúmulo de circunstancias ambientales, que produjeron la fórmula adecuada, nada exige que todas las células surgiesen de una única célula primigenia, ni que una única alga azul, sea antepasado de todas las demás. Se da por supuesto que al estar el conjunto del planeta, sometido a entorno similar, todos los individuos de una misma especie, hubieron de mutar o extinguirse casi simultáneamente. Razonable suponer que el racional obedece a unas leyes, admitidas como universales, en cuanto se refiere a todo lo demás, carece de lógica la obstinación con que determinados colectivos excluyen a la especie, por ser portadora de máquina de relacionar perfeccionada, capacitada para diversificar su obra, creando formas y mecanismos inéditos, captando, concibiendo, manejando y transmitiendo el concepto abstracto. Dotada la especie de sentido de futuro, lo está para comprender la renovación por el cambio y en consecuencia la muerte, pero no para resignarse a morir. De ahí el deseo instintivo de dotarse de una existencia post mortem, cuya posibilidad no podemos negar, pero tampoco probar, origen de todos los credos de carácter religioso.
Al ser varios, sin que haya pruebas materiales y fidedignas, de que el Dios Creador o suprema inteligencia, hubiese entrado en contacto directo con profeta o profetas determinados, obligados a informar al creyente de la eternidad que le aguarda, y en consecuencia, de sus orígenes, las versiones son diversas, incidiendo inevitablemente la vanidad, elemento destacado y destacable, de la naturaleza humana. Demasiado satisfechos de habernos conocido, no estamos dispuestos a rebajarnos a ser regla. Nos declaramos excepción, descendientes de padres únicos, o cuando mucho de grupo reducido de mutantes, localizados en espacio reducido. Razonable concluir que al ser el cambio efecto de la composición química de la atmósfera, las sucesivas mutaciones se hicieron “necesarias” simultáneamente, a los ancho del planeta, incidiendo en aspectos específicos de la “forma”, en las diferente etapas de la “vida”, latitud y altitud, causa de distingos climáticos evidentes. En estado natural, el esquimal y el oso polar, no podrían sobrevivir en el trópico. Ni el negro o el loro tropical, en el polo. De ahí que las diferentes “ramas” de homínidos, a imitación de las “formas” de vida que les precedieron, surgiesen y mutasen en tiempos tan próximos, que medidos en parámetros de “tiempo total” de la creación, pueden ser considerados simultáneos, inscribiendo en su naturaleza caracteres diferentes, por exigirlo la adaptación al clima, en que han de desarrollarse, teoría cuando menos lógica, al menos tanto en cuanto no se pruebe lo contrario, por vía más sólida que una inspiración divina, no demostrada. Nada indica que eslabón más acabado, actual y conocido, de la cadena de la vida, sea el último, ni que surgiese de mecánica diferente, a la que hizo posibles las restantes especies, por estar sometido a leyes exclusivas. Como las demás, la racional debió evolucionar y mutar colectivamente, desapareciendo de la misma manera grupos de individuos, que al haber fijado en exceso sus caracteres, no pudieron adaptar su morfología al cambio del contexto, continuándose la vida a través de los ejemplares más receptivos, a la influencia exterior, sin que el mamífero, irracional o racional, pueda considerarse excepción, al margen de la regla.
 
El primer antepasado vivíparo, dotado de órganos reproductores asimilables a los del hombre, según nos dicen por el momento, desciende de reptiles mutantes, que se hicieron carnívoros. Se sitúa su aparición unos 340 millones de años antes de nuestra Era, en un tiempo en que la tierra, emergente de las aguas, formaba continente único, pantanoso y escasamente poblado, al que llamamos Pangea. Formadas familias y estirpes de mamíferos en los principios del Cenozoico, cuando se produjo la fragmentación, debían estar representados en todas las parcelas. No es probable que antes de alejarse las islas menores y mayores, hoy conocidas por continentes, el conjunto de mamíferos, llamados a engendrar descendientes dotados de racionalidad, abandonasen precipitadamente y en masa, obedeciendo a señal divina, las porciones que habían de formar América, Australia y otras islas mayores, para concentrarse al sudeste del continente africano. Parece más lógico que permaneciendo donde estaban se dejasen mudar, sin realizar que estaba viajando con la tierra, para continuar su evolución, en la nueva longitud, adaptándose al “clima” que les tocó en suerte. El hallazgo de Purgatorius en Montana es tan natural, que de no mediar la vanidad humana, no hubiese provocado incomodidad en los antropólogos. Simio del Cretáceo, declarado antepasado del hombre, achacaron su presencia a casualidad sin secuelas, respirando aliviados al no encontrar un segundo ejemplar, ni eslabón que continuase la cadena. Sin embargo es la ausencia lo que hubiesen debido explicar, en continente cuyas condiciones climáticas son particularmente favorables a la vida. La causa la tenemos a la mano: en zona tropical, los restos orgánicos se conservan difícilmente, por favorecer la lluvia y el calor húmedo la descomposición, borrando las huellas de asentamientos mudanzas constantes del cauce de ríos caudalosos, especialmente en las inmediciones de la desembocadura. Sin reparar en el cúmulo de circunstancias, que entorpecen la investigación del pasado, los científicos, influidos por la verdad revelada, destierran al homínido del continente americano. Intelectualizando el principio judeocristiano de la pareja única, modelada por el Creador que la alojó en el Paraíso Terrenal, la ciencia ubica el origen de todos los hombres en el valle africano de Olduwai, porque allí se encontró el australopiteco. Los Santos Padres admiten, pero omiten, que el Caín de la Biblia buscó mujer al Este del Edén, encontrándola; los hombres de ciencia prestan a la ausencia, fuerza probatoria. Se apoyan en la “no existencia” de la prueba, sin reparar en que pudo ser destruida por madre naturaleza. O estar donde no la buscaron.
 
Excluida por el criterio oficial la posibilidad de que en la isla americana, el mamífero primigenio mutase por su cuenta hasta dar en el hombre, se apeló a la glaciación Wurmeriense, para importar al racional. Convertido el Mar de Bering en puente de hielo, o en lengua de tierra libre de hielos, por el retroceso del mar, según teoría de sustitución reciente, sapiens viajeros abandonaron los bosques templados del sur, poblados de caza, para adentrarse en paisaje nevado y en todo caso hostil, por árido y pantanoso. Protegidos por pieles de animales, con los pies por medio de transporte, se adentraron en los hielos o la marisma, sin más fin que el de descubrir América. Sobreviviendo a los fríos, saciando el hambre con productos de la mar, alcanzaron el norte de Asia, bajando por la otra parte hasta dar en praderas acogedoras, pobladas de búfalos. Ubicada la aventura unos 40.000 años antes de nuestra era, hallazgo de tumba de conchas, con vetustez de 70.000, retrotrajo la hazaña al neardertalensis. Adjudicada la aventura a modestos presapiens, cultura de choppers descubierta amenaza la versión, pues el protagonismo pudiera ser trasladado a vulgar erectus, coetáneo de glaciación anterior. Últimamente corre nueva versión, que hace del búfalo verdadero descubridor de América. No faltaban praderas en Europa, cuando el frío intenso del periodo glaciar concentró tantas aguas en los hielos polares, que el mar se retrotrajo. Unido el continente asiático a las Américas, quedó banda de tierra despejada y verde, por la que las manadas de búfalos dieron en huir, siguiendo los hombres en pos de su despensa.
De haber conservado la geografía de los “continentes circulares”, la América tropical se seguiría llamando África o Tierra de Negros. Y la teoría de Gloger hubiese sido aceptada, ahorrándonos mentira suplementaria, sin detrimento para la Iglesia. Nada más simple que recurrir a San Agustín, para adaptar el principio al credo, como se adaptó a la evolución, al acumularse las pruebas, que impiden negarla. Según el denostado antropólogo y su seguidor Lisenko, los descendientes del Pitecántropos, perdida la protección pilosa, adquirieron color de piel, adecuando al contexto climático. Protegidos los esquimales por espesa capa de grasa y en consecuencia oscuros, los hombres del norte, privados de sol, la tuvieron tan blanca, que pudieron absorber hasta el último rayo, adquiriendo la energía indispensable. En las regiones cálidas, por el contrario, produjeron dosis extraordinaria de melanina, tiñéndola del aceitunado al negro, carácter al que se sumó, en regiones particularmente calurosas y húmedas, nariz ancha y chata, que facilita la respiración y pelo crespo, protector de la masa encefálica. La presencia de negros autóctonos al sur de la India, norte de Australia e islas del Pacífico, refrendó la tesis. Pero la echó por tierra la supuesta ausencia de negros aborígenes, en el trópico americano, consecuencia de no haber alusiones a población negra, en las crónicas de los descubridores y conquistadores de América, opinión que perdura pese al hallazgo de Lucy, la negra americana, fallecida hace 11.000 años a.C. Encontrada en Minas Gerais, a más de adelantar en un milenio, la llegada del hombre al subcontinente de América del Sur, certificó de la presencia de hombres de color, antes de la llegada de Colón. Continuando las excavaciones, aparecieron restos de varones con la misma antigüedad, rasgos y ADN. Desaparecida la arqueóloga responsable en accidente, no vivió para ver publicado su descubrimiento, siendo difundido en el ámbito semi restringido de la publicación de vulgarización científica, en el año 2000. De América no estuvieron ausentes las especies, que poblaron la Pangea en el Cretáceo, ni detuvieron su evolución, porque el cambio no puede detenerse. Se continuó, adaptando las formas al medio, hasta fijar los caracteres, en grado que no podemos precisar. Por el momento, parece evidente que los descendientes del negro, establecido en tierra de blancos o viceversa, conservan y transmite el color de piel, de no mediar cruce genético.
No sorprende que en el siglo XIV desembarcasen en Barcelona esclavos negros, procedentes de una Etiopía, que suponemos ser la actual, ni que se trajesen de una Mauritania, identificada con Marruecos, donde la mayoría es de tez aceitunada, o pura y simplemente blanca. Y se olvida muy voluntariamente, que Estrabón situó a los etíopes a “orillas del Océano, a ambos lados del mismo”, separados por el mar. Comunidad de “negros” y “loros”, libres “continuos”, porque nunca fueron esclavos, residente en Andalucía, elegían “mayoral” o juez que les gobernase y juzgase, en función a leyes y costumbres que al ser comunes, revelan origen común. Enemigos los Reyes Católicos de autoridad, que escapase a su control, en 1475 nombraron para el cargo a Juan de Valladolid, negro, su portero de cámara. “Noble entre los negros”, lo presentaron como idóneo, por estar informado de los derechos, deberes, costumbres y fiestas, que observaba el colectivo. A lo largo del siglo XV, esclavos negros, loros e incluso blancos, fueron embarcados en Gomera, “isla” de Gran Canaria, con destino a mercados andaluces. Cronista de Juan II recuerda que en tiempo de este rey, entraba en Sevilla gran número de negros, con destino al mercado de esclavos. No menos notable era el mercado de Puerto de Santa María, nutrido por tratantes de Cabo Verde, estando tan extendida la gente de color en la región, que copla del “Provincial” reprocha abuela negra a Per Afán de Ribera, Adelantado de la Frontera, preguntando los oidores en 1504, sin cortarse, si Catalina del Puerto, nacida en Puerto de Santa María, era blanca o “negra” del todo. El testigo la definió como mestiza, al decir que no era ninguna de las dos cosas.
 
No fue el bautismo ni la españolización, causa de que se prohibiese comercializar gomeros y canarios en general, por periodos intermitentes. La trata se cerraba, si así convenía a la penetración de la corona de Castilla, en el continente americano, abriéndola apenas dejaba de incidir en la conquista. Que en la bula de 1493, título de propiedad de las Américas, los aborígenes fuesen sometidos a tutela y conversión, pero libres de esclavitud, impuso la necesidad de disimular que las canteras de negros, estaban ubicadas en el continente “nuevamente descubierto”. De ahí que se desubicase el topónimo “Canarias”, intentando la corona suspender la trata repetidamente sin conseguirlo, por tropezar con la oposición de los canarios pudientes, de origen español o españolizados. Principal actividad comercial de la isla y primera fuente de ingresos por sí misma, el mercado de esclavos fue señuelo, que atraía a mercaderes y capitales de todas las naciones, permitiendo el trabajo esclavo cultivar y extender cañaverales e ingenios en Gran Canaria, Tenerife y Palma. Prohibida la trata en las islas cuando llegó Colón, el “descubridor” solventó el problema de la falta de mano de obra, españolizando la institución autóctona de la “encomienda”. Tradición en “Indias” que el ciudadano del común se “encomendase” voluntariamente, pagando parias moderadas a cambio de protección, el Almirante “encomendó” de ofició a los americanos, obligándoles a pagar en trabajo, la instrucción religiosa que recibían del blanco. Al exigirlo exhaustivo, salvaron el alma a cambio de perder el cuerpo, siendo remitidos al Paraíso, con celeridad asombrosa.
 
Inverosímil que la mano de obra hubiese sido exterminada en tan poco tiempo en una Española, que parece haber alcanzado al istmo, los historiadores omiten importación de 4.000 negros de Guinea, cultivadores de caña dulce y técnicos en ingenios, en 1504, a iniciativa de Pedrarias. El duque de Medina Sidonia, propietario de tierras en Tenerife, flanqueadas por los ríos Abona y Abades, proyectó cañaveral e ingenio en 1506, calculando en más de 2.000 ducados el costo de 40 esclavos, que se habían de traer de Guinea o Berbería. Obtenido permiso de importación de la corona de Castilla, se pediría licencia al rey de Portugal para que dos barcos del Guzmán pudiesen cargarlos en Guinea, evitando que se “estropeasen” en viaje, a causa del mal trato que les daban los portugueses. Los tres padres jerónimos, gobernadores de las Indias en 1517, importaron 10.000 guineos con destino a las minas, a través de la Casa de la Contratación, contando Gómara que agotados los pescadores de perlas de Cumaná, a consecuencia de inmersiones constantes y prolongadas, impuestas por españoles, se buscaron lucayos de reemplazo, por ser buenos nadadores. Vicio de los americanos dejarse morir o suicidarse, al encontrarse en cautividad, cuenta el cronista que se podía seguir la ruta de los barcos de la trata, por la estela de cadáveres que dejaban. Fueron tantos los raptados y muertos, que Fernández de Córdoba, habiendo ido en busca de lucayos, al no encontrar alma en las islas se dirigió a otra costa, en busca de reemplazo, descubriendo el Yucatán.
 
Del periodo de la conquista han quedado unas cuantas cifras, probablemente inexactas pero significativas, pues son suficientes para hacernos comprender que todos los negros de Indias, no pudieron ser importados. Ni todos los blancos haberse instalado en las islas, en un cuarto de siglo. En los principios del siglo XVI, el 64% de los cubanos y el 75% de los portorriqueños, eran blancos, proporción que se invertía en La Española de Santo Domingo. Arrojaba la proporción de dos negros por blanco. En la Navidad de 1522, en ingenio de Diego Colón se alzaron 20 negros “xelofes”, a los que se unieron los esclavos indios. Extendida la revuelta, fue tanto el miedo de los españoles, que la crueldad superó a la codicia. Asumiendo la pérdida, colgaron a los que pudieron atrapar. Emboscado el resto emboscase en las montañas, se unieron a los negros cimarrones o incontrolados. Terminada la revuelta, los castellanos declararon intratables a los negros locales. Renunciando a utilizarlos, en 1523 importaron “guineos, manicongos, jalopes, apes y berberías”, procedentes de Guinea. En aquel año se registra exportación de esclavos de Venezuela, con destino a España y Santo Domingo. En 1545, los negros “levantados” en la isla se estimaban en 7.000, lamentando los castellanos el pasado reciente, en que los tuvieron por amigos, descubriendo a los españoles el escondrijo de los cimarrones. No realizaron los conquistadores, que su comportamiento, causó el cambio de actitud.
En Panamá se alzó el cacique Urraca. Le siguieron indios y negros, que mantuvieron a Pedrarias en jaque durante 9 años. Los atrapó Pedro de Ursúa, en 1535. El caudillo de los negros cubanos, Antonio Mandinga, se alzó en 1581, siendo de importancia singular la revuelta de Los Llanos, en Venezuela, por registrarse cambio cualitativo. A los negros e indios alzados se unieron españoles criollos y peninsulares, contando con la ayuda de los vecinos de la Guayana incontrolada e ingleses. A la pacificación siguió caza de brujas, parando entre rejas o el patíbulo no pocos “conquistadores”, sospechosos de complicidad con los aborígenes. No se dice, pero las agitaciones en Indias fueron constantes, a lo largo de los cuatro siglos que duró la ocupación. Buscando el medio de erradicarlas, en 1526 Carlos V prohibió la introducción de negros “ladinos”, así llamados por haber residido un año en la Península. Portadores de “pensamientos peligrosos”, “echaban a perder” a los “bozales” o recién capturados, incitándoles a la desobediencia. Suspendida la importación de esclavos por el Emperador, la falta de brazos obligó a reanudarle en 1532, con veto explícito a berberiscos y negros “xelofes”, de la isla de Gelofe, con reputación de agitadores natos. El mal era contagioso, pues en 1550 el Emperador cerró Indias a los negros de Levante o Guinea. Musulmanes, transmitían el mal a los “nuevamente convertidos”. Falto Felipe II de gente de mar, en 1572 consintió a los mercaderes, llevar dos o tres negros de Guinea como tripulantes, acompañados de hijos y familia, con prohibición de quedarse en Indias.
 
Importante la población negra en Tierra Firme, entre 1527 y 1554 se sucedieron las leyes restrictivas. Costumbre de liberar al esclavo o esclava, que contrajese matrimonio con persona libre, se prohibió conceder libertad por matrimonio, aún concertado con permiso de amo. El negro como el morisco en la Península, no podía llevar armas, usar manto de seda o lucir oro, plata y perlas, tener criado indio o salir de noche. Obligado a residir en casa de“amo” blanco, el cúmulo de prohibiciones no le eximía de pagar “cargas” iguales a las que pagaba el “villano” en Castilla. Relajada la aplicación de una ley, absurda a más de injusta, en 1758 se volvió a prohibir llevar armas a los negros. En 1768 se prohibió el matrimonio mixto, y en 1771 el acceso del hombre de color a las universidades y determinadas profesiones, como la de orfebre, en la que destacaron desde el principio de la conquista. Las restricciones afectaron de manera tangencial a los “palenques” o pueblos de negros. Hay noticia del palenque de Santiago de Príncipe, a legua y media de Nombre de Dios, del de S. Miguel, en Panamá, a orillas de golfo del mismo nombre, que tuvo por alcalde a Felipillo. El de Pécora, también en Panamá, con 300 vecinos, siendo fundado el de Bayamo, en Cuba, en 1548. En tiempo de Carlos II, la mayoría de los alcaldes de Venezuela, eran negros. Queriéndolos blancos el Consejo de Estado, que no el rey, pues no estaba en posición de querer absolutamente nada, al faltar blancos alcaldables, se decretó a 2 de abril de 1676, que únicamente lo hubiese en Caracas. En los primeros tiempos de la conquista, la gobernación exportó esclavos, pero al sumarse la saca a la explotación, en 1576 faltó mano de obra, pidiendo el gobernador licencia para trocar, cada año, 4.000 mulas por 1.647 esclavos. Se calculaba que la población de color, susceptible de ser vendida, se había reducido a un 8’11%, frente a un 75’68% de indios.
 
Autóctonos unos y otros, compartían costumbres, conociendo por igual las hierbas, que curaban o mataba. Clientes los de Berbería de los boneteros de Toledo, que recorrían los puertos del Xarife, de Salé al Safí, ofreciendo bonetes, holandas y tabaco, fueron generalmente fumadores impenitentes, costumbre que compartían con los negros de la otra Guinea. Instaladas factorías europeas dedicadas a la trata, en el siglo XVII, vendedores de compatriotas y empleados, eran pagados en especies. Aceptaban tabaco pero no local, pues lo exigían brasileño. Al no haber sido introducida la costumbre por la patronal, es evidente que entraron en contacto con el producto por sus propios medios, antes de que apareciesen los blancos. No tardaron los españoles en observar el predicamento de los negros americanos, entre los indios. Escuchados por nimbarles reputación de sabios, los conquistadores los llevaron en su compañía, como tarjeta de presentación. Pizarro se hizo acompañar de negro, en su primera visita a Cuzco. Y Pánfilo de Narváez se rodeó de varios, yendo a poblar en San Benito, temiendo la oposición de los naturales. En 1541 Juan Vadillo se procuró 30 negros, para convencer a los naturales, consiguiendo que diesen vasallaje al emperador, a más de buscar minas, por ser expertos en el terreno. Estebanico, negro alárabe natural de Azamor en “África”, acompañó a Cabeza de Vaca, siendo recibido con reverencia por los “apalaches”. De regreso en México tras años de ausencia, fue remitido con fraile al reino de las Siete Ciudades o Cíbola, identificado con la civilización de los indios “pueblos”, con la encomiendo de “reconocerlo”, para preparar la conquista. San Borondón atribuye la fundación de aquel reino a otros tantos obispos visigodos, huidos de España, tras la conversión al Islam. Pragmático y realista el hombre medieval, que Alfonso V de Portugal lo concediese en señorío a Francisco Telles, a condición de conquistarlo, le presta consistencia.
 
Prohibido hacer esclavos a los negros, que hubiesen dado vasallaje a las coronas de Castilla o Portugal, la cantera castellana quedó reducida a las islas menores del Caribe, lugares perdidos de la costa de Tierra Firme y el interior de Nueva Andalucía, que se confundía con la conquista de Portugal. Importante la demanda pero reducida la oferta, en 1543 la cabeza de negro o negra, en La Española, valía de 300 a 400 pesos. Caros en México, en la crónica de Juan Suárez de Peralta se menciona “caballero muy principal”, que hizo fortuna en Guinea, trocando mercancías por esclavos, que vendía en Nueva España. Profesión habitual en Tierra Firme, donde los negros se “vendían muy bien”, el italiano Benzoni, que estuvo en Indias por el siglo XVI, coincidió en “las Perlas” con Pedro de Herrera, subgobernador en La Margarita. Invitado a cabalgada, participó en expedición a Paria, con dos bergantines. Capturadas 250 “piezas”, las más “mujeres con cría”, Herrera consideró el botín exiguo. Marchando a Macarapana, aldea de negreros, formada por 40 cabañas, preparó expedición al interior. Recorridas 700 millas por desiertos y selvas, salió a Cumaná arrastrando con 4.000 ánimas en cuerda. Fernández de Oviedo, siendo gobernador de Castilla del Oro, mandó carabela a la isla de Codego, a la entrada de la bahía de Cartagena, en busca de “esclavos y negros”, para sus minas, cargando cuadrilla de calidad. Indispensables los esclavos, en 1563, estando los puertos cerrados al extranjeros, el inglés Hawkins fue bien recibido en La Española, por traer 300 negros de Guinea.
 
En 1580, subiendo del Magallanes, Pedro Gamboa de Sarmiento admiró 20.000 cabezas de negro, reunidas en el depósito de Santiago de Cabo Verde. Adquiridas en el mismo año, con la corona de Portugal, las “islas y la Guinea”, en consejo celebrado en Lisboa en 1582, Felipe II reorganizó el tráfico de Indias, combinando las flotas con los barco de la trata y el azúcar. Los que tuviesen por destino Cabo Verde y Santo Tomé, se unirían a la de Tierra Firme hasta Canarias, donde los negreros sacarían licencia, para cargar en los depósitos. Los que se dirigiesen a Congo y Angola, en busca de esclavos, marfil y cobre, navegarían con la flota de Brasil, continuando a destino sin formalidades, pues la costa no estaba incluida en la concesión del reino de Fez, ni de las Indias.
 
El Austria preservó la separación de las conquistas, prohibiendo a los portugueses acercarse a la Indias de España, pero consintió a los castellanos capturar negros en territorio portugués. Castigados en el interior de Tierra Firme, el que pudo escapó a regiones controladas por el Xarife. Escasas las “presas”, Juan Castellanos bajó desde la costa venezolana por “ásperos caminos”, a los “confines de Guana”, a lo que “hoy” llaman “Río de Oro”. Los “cazadores de negros” rodeaban los “palenques”, con nocturnidad y sigilo. Cumpliendo con la ley, a la salida de sol ofrecían el bautismo a gritos, lanzándose al de “¡Santiago!”, sobre los que salían despavoridos de sus cabañas. Procurando matar los menos, para capturar a los más, los llevaban amarrados por el cuello, a una misma cuerda. Cortaban de un tajo la cabeza de que desfallecía, por no perder el tiempo, ni exponerse a que huyesen los restantes. Baltasar Vallerino, autor de rotario, se inició en la trata en 1587. Pasando a Guinea, tardó cinco meses en completar la carga. Vendida en el depósito de Cartagena, con el producto compró dos fragatas, yendo al cazadero del río Magdalena. Remontó el Caucas, desembarcando en Monpox y Tulú, penetrando en el interior, en busca de palenques. El jesuita P. Sandoval, destinado en Cartagena, se ufanaba de haber bautizado en el “depósito” 30.000 negros, procedentes Santo Tomé, Cabo Verde y Mina, de 1580 a 1587.
 
En este año, estando en Cádiz los barcos embargados para la armada del marqués de Santa Cruz, Drake entró en la bahía, quemando los que pudo. Llegó Alonso de Guzmán a tiempo de ver las llamas. Perdido de vista el inglés, tras haber sido avistado en Lagos, al serconveniente saber dónde se dirigía y sin tener a quien mandar, el Guzmán embarcó en su seguimiento. Enterado de que enfiló a puerto del Xarife, a la parte del Cabo de Aguer, regresó por la ruta habitual de Indias, siendo probable que tocase en puerto, pues remitió cumplido memorial a Felipe II, sin haber sido requerido. Directo, advirtió al Austria que si no quería ser rey de tierra desierta, irremediablemente improductiva, pues únicamente los naturales sabían cultivarla, tendría que suprimir los trabajos forzados que padecía el indio, empezando por la “mita”, causa primera y determinante de la despoblación. Con hipocresía propia de quien fue educado en la escolástica, tras declarar la esclavitud “per se mala”, causa probable de haber castigado Dios a Portugal, con perdida de la independencia, aconsejó al Austria importar 3.000 negros cada año, para repartirlos a partes iguales, entre los “mineros” de Nueva España, Perú y el Nuevo Reino. Aliviarían a los naturales sin cargar a la corona, pues el Rey contaba con indios en el “Río”, que los subirían al “Reyno” en sus canoas, alimentándolos durante el viaje, sin percibir un maravedí, siendo el efecto de la importación, aumento de la producción de oro y plata, al no faltar brazos de refresco, a más de crecer la renta de alcabala, IVA de la época, pues el negro “más ruin” se vendía en Cartagena, 400 pesos oro. Evidente que África no está separada de América por un río, a más de la imposibilidad de cruzar el Océano en canoa de indios, sabido que la región de Cartagena, se denominaba comúnmente “El Reino”, habremos de admitir que los negros transitaban por el Río Magdalena. Procedentes de la cantera de la Guinea interior, la proximidad de la ciudad, justifica la ubicación del depósito.
 
Mientras fue libre la trata, la practicaron españoles, criollos y mestizos, sin conseguir importar mano de obra suficiente, para cubrir la demanda. Rumiada la idea de la importación de negros por el Austria, el real secretario Ibarra, en 1590, aprovechando viaje a Sevilla, negoció“secretamente”, el primer “asiento de los armazones de negros”, con Pedro Gómez Reynel. Ultimado en 1591, se firmó por 20 años, entrando en vigor el 1 de mayor de 1595. Obtuvo al asentista la exclusiva de capturar negros en Guinea y abastecerse en los depósitos de Santo Tomé, Cabo Verde y Mina, reservándose el Consejo de Indias 900 licencias de exportación, de otros tanto negros, para repartirlas libremente. Reducidos los negreros independientes a cargar en Brasil o la lejana Angola, Reynel se obligó a desembarcar en Indias 3.500 “piezas” de negro al año, 2.000 en los puertos que le señalase el Consejo y las restantes en los de su elección. Calculadas las pérdidas durante el viaje en un 17’65%, para cumplir el acuerdo, habría de cargar un mínimo de 4.240 negros.
 
Muerto Reynel en 1600, le sucedió Rodríguez Coutiño. Más complicado encontrar negros de lo que había supuesto, abandonó el asiento en 1609, por no poder cumplir. Sacada a subasta contrata de negros, no apareció licitador, librando Felipe III la trata, en la esperanza de que los espontáneos supliesen. Escasos los aficionados, en 1615 se regresó al asiento. Probado por la experiencia que las pérdidas en ruta no bajaban del 30%, el asentista se comprometió a cargar 5.000 negros cada año. Repartidos 3.000 entre Cartagena, Portobelo y Veracruz, quedó en libertad de distribuir los 500, como le pareciese. Encarrilado el tráfico, los asientos se sucedieron hasta 1640, año en que Portugal recuperó la independencia, perdiendo España una Guinea, que empezaba a llamarse “Guaiana”, porque la controlaban franceses, ingleses y sobre todo holandeses, bajo cuyo control estaba los depósitos de Santo Tomé y Mina. Obligado por la necesidad, Felipe IV firmó asientos con proveedores de fortuna. Uno sería Nicolás Porcio. Prometió servir 10.000 toneladas de negro en 5 años, a razón de 3 cabezas de negro, por tonelada de buque. Que en los transportes de tropa se calculase hombre por tonelada, da idea de las condiciones en que hacían el viaje. A cargo de Porcio el “sustento, curación y educación” de las piezas, en tanto estuviesen a bordo, el asiento incluía licencia para exportar a España un barco de cacao al año. En su primer viaje, Porcio cargó negros en Santo Tomé. De regreso hizo escala en Cartagena. Atestado el depósito holandés de Curaçao, con problemas de abastecimiento, pues no era fácil alimentar tantas bocas, los flamencos, necesitados de dar salida al género, compraron al gobernador español, consiguiendo que secuestrase los negros de Porcio. Obligando al asentista a servir la mercancía, hubo de reponer la carga en el depósito de Holanda, pagando a precio de minorista. Al incumplir, pues al término del contrato había introducido en España cacao, proporcional a 10.000 toneladas de negro, no habiendo desembarcado más 5.000 “piezas”, fue procesado y condenado.
En 1655 y 1656, las colonias de Indias se abastecieron en el depósito inglés de Jamaica. Demasiado caro, Felipe IV intentó forzar la oferta, concediendo la exclusiva de la trata, al comercio de Sevilla. Escasos los negros, caro el intento, la actividad de los negreros se manifestó más que moderada. Peligrosamente mermada la mano de obra en las colonias, el Austria buscó asentista, encontrándolo doblado en 1662. Domingo Grilla y Ambrosio Lomelin, de profesión constructores de navíos, combinaron contrata de barcos, con la trata. A su cargo construir buques para la corona, en los astilleros de Vizcaya, agregaron compromiso de introducir 24.000 “piezas de Indias”, de 7 cuartas de altura y sin defecto, a razón de 3.500 al año. Repartidas 1.000 por virreinato, el pico de 500 no pagaría derechos, por estar destinado a los astilleros. Libres los asentistas de introducir, en Indias, cuantos negros quisiesen, la franquicia se hizo extensiva a 100 cabezas de negro, por millar suplementario. Temiendo el Rey que de tropezar con dificultades, alegasen por disculpa la falta de transporte, Grillo y Lomelin se comprometieron a mantener navíos “de a 500 toneladas” o 500 toneladas de buque, para el “tráfago”, que parecen haber repartido en cinco embarcaciones, de 100 toneladas. Obligados a cargar 5.000 “piezas”, al ser la carga de 3 negros por tonelada, para cubrir el asiento habían de hacer 3 viajes al año, de los depósito a lo puertos de destino, entre lo que figuraba el lejano San Juan de Ulúa, hazaña imposible de haberse encontrado la cantera en Angola.
 
El agotamiento de la “Guana”, que a finales del siglo XVI denunciaba Juan Castellanos, se agravó en el XVII. Caros lo negros, portugueses, daneses, alemanes y otros excluidos de Indias, instalaron factoría en la costa de Congo, Angola y Sierra de León. Entre la avanzadilla de misioneros, destinado al Congo, encontramos al capuchino Girolamo Merolla de Sorrento. Embarcó en Lisboa en diciembre de 1682, rumbo a Madeira. Tocando en isla canaria, a la que llamó Palma, siguió a Bahía, donde aguardó embarque que le llevase a la otra costa, por espacio de cuatro meses. Con tiempo para conocer el país, recogió cuanto llamaba su atención, describiendo la costumbre de hacerse transportar en hamacas, cerradas las de mujer, que compartían los negros ricos de toda “Etiopía”. Sitúa la “donna del fuime”, extraño pez que pace hierba, en el río Congo, pero es en el Amazonas donde aún se encuentra el “manatí”, situado por Landa en Yucatán.
 
En 1696, los ministros de Carlos II fundaron la “Compañía Real de la Guinea”, que habría de surtir las Indias de negros, procedentes de las canteras de Guayana, Brasil y Angola. Ayunos los directivos de cuanto tocaba a la trata, la empresa subcontrató el tráfico a portugueses, con éxito más que relativo. En el trono Felipe V, en 1701 firmó asiento con franceses. Obligados a servir 10.000 toneladas de “piezas de Indias” por quinquenio, en 1706, acuciados por la falta de género, pidieron licencia para cargar en Mina y Cabo Verde, comprando a holandeses. Renunciaron al asiento en 1713, habiendo servido 3.475 piezas. Sin proveedor el Borbón, permitió a los holandeses introducir negros en Indias, a condición de entrar en los puertos con bandera de España o Francia, formando españoles la mitad de la tripulación, condiciones que parecen impuestas, para disimular la incompetencia. Siguió contrato con la compañía inglesa del Mar del Sur. Prometió introducir 44.000 negros en 30 años. Vigente en 1750, aunque incumplido, los ingleses aprovecharon el Tratado del Buen Retiro para romperlo, consiguiendo indemnización de 100.000 libras.
 
En 1760 ejerció de negrero de la Corona, el gaditano Miguel Uriarte. Obligado a desembarcar 15.000 “piezas” en 10 años, la falta de género le puso en apuros. Necesitado de fondos, creó la “Compañía Gaditana de Negros”. Lanzadas las acciones al mercado y vendidas, la firma quebró en 1772. En 1778 Carlos III agradeció al rey de Portugal, que permitiese a España abastecerse de negros en su conquista. Y en especial la cesión de las provincias africanas de Annabon y Fernando Poo, cantera alejada pero nutrida. Liberada o “privatizada” la trata, pero complicado el viaje, apenas hubo tratantes voluntarios, salvando a las Indias del estancamiento, por ausencia de mano de obra, la aparición del vapor. Estrenado en Francia en 1783, desarrollado en Estados Unidos, simplificó la travesía al África Negra. Subsanado el riesgo de quedar atrapados por las calmas, los tratantes cruzaron el mar por el camino más corto, metiéndose en el Golfo de Guinea, seguros de salir a voluntad. En 1785 dos armadores de Liverpool, firmaron importación de 6.000 negros, a repartir entre La Habana y Caracas. En 1789, otros estadounidenses prometieron abastecer las Indias, con negros procedentes de África. Se calcula que entre 1790 y 1820, fueron introducidos por Cuba, unos 369.000 negros. Próspero el negocio, lo entorpeció el abolicionismo, surgido por entonces. En 1833 Inglaterra suprimió la esclavitud. Enarbolando los Derechos Humanos, pero sobre todo combatiendo la competencia de la mano de obra gratuita, la armada inglesa persiguió a los negreros en todos los mares, siguiendo Francia el ejemplo en 1848. Liberados los esclavos en el norte de Estados Unidos, en 1865 Lincoln y la Guerra de Secesión, acabaron con la esclavitud en el país, cuando se cifraban en 6.000.000, los negros introducidos, desde que se inició la importación. En España y sus colonias, la trata continuó siendo legal hasta 1872.
Leyenda del siglo XVI, recogida por Benzoni, revela que en Indias se conocían el origen americano, de los negros esclavos. Cobriza la población del istmo en las tierras altas, la negritud de los ribereños del Caribe, se achacaba a cargamento, procedente de Brasil. Alzándose los negros en la mar, se hicieron con el barco. Descubierta costa vacía y hospitalaria, se instalaron, renunciando a regresar al país de origen. Prueba la abundancia de negros en Venezuela y lo desconsiderado de la saca, que fuese país exportador en los principio de la “conquista”, cambiándose en importador a finales del siglo XVI. Fenómeno similar se produjo en Brasil. Albergue de funcionarios y mercaderes, las factorías portuguesas se abastecían de los productos, aportados por vasallos del Xarife, siendo irrelevante la demanda de mano de obra, pues incluso los bienes de consumo diario, procedían del exterior. Los pocos portugueses que se dedicaban a producir azúcar y especies, residían en territorio del Xarife, integrados en la población autóctona. Los primeros plantadores, que se mantuvieron a obediencia de Portugal, surgieron en tiempo de Juan III, eclosionado en 1580, tras la anexión del reino a Castilla, incitados, probablemente, por la política de Felipe II. Ampliadas las plantaciones a lo largo de la costa, no tardaron en acabar con los negros de las inmediaciones. Animados por la demanda, los “bandeirantes”, buscadores de oro, cambiaron de profesión en torno a 1591, dedicándose a capturar negros, en banda de 200 leguas al interior. Agotada la cantera, en el segundo cuarto del XVII penetraban 500 leguas en la selva, en busca de género.
 
Reinando D. Sebastián, se detectaron asentamientos de ingleses en las Guayanas, Paranaiba y Cananea, pero sería en el siglo XVII, cuando eclosionaron los enclaves de europeos, extendiéndose a lo largo de la costa brasileña. En 1600 los holandeses controlaban los Ríos de Guinea, Sierra Leona, Santo Tomé y Mina. Instalada Francia en la desembocadura del Marañón, en 1612 fundó el centro azucarero de San Luis. Expulsados los holandeses de Bahía, quedaron en Pernambuco, Recife y Olinde. Productores de azúcar en 1641, al ser negros los que trabajaban en cañaverales e ingenios, la historia achaca la conquista de Angola por Mauricio de Nassau, al año siguiente, al deseo de cambiar la mano de obra india, por esclavos de color, sin reparar que los tenía a la mano, en los depósitos del Orinoco. Adelantándose a su tiempo, en 1674 Pedro IV de Portugal, abolió la esclavitud en Brasil. Privados los colonos de la cantera autóctona, se abastecieron en los depósitos holandeses de Guinea. Al ser prohibida la importación de esclavos por real orden, los azucareros recurrieron a mano de obra asalariada. Elevados los costos, el azúcar brasileño fue expulsado del mercado, por no poder competir. En 1701 se salvó la situación, autorizando importación de 200 negros al año, por Río de Janeiro, observando los plantadores que los negros de Guinea, se aclimataban mejor que los de Angola. El Tratado de Utrecht, firmado en 1713, llevó la frontera de Brasil al Río Oyapock, incorporando el país la provincia de Marañón. Queriendo rentabilizar los diamantes de Serra do Frío, en 1726 se importaron negros, repartiendo 600 a cada minero. Emancipados los esclavos de la costa norte en 1755, se calcula que durante el periodo de las importaciones, fueron introducidos 100.000 esclavos. Al continuar la trata en las provincias del sur, misioneros jesuitas, instalados en la desembocadura del Amazonas, tierra irredenta por tradición, se quejaron porque habiendo conseguido catecúmenos, contra promesa de seguridad, los negreros saltaban en la misión, habiendo dado lugar a que los nuevos cristianos huyesen al interior, abandonando el Evangelio para conservar la libertad. Calculan las fuentes que entre 1756 y 1778, los azucareros de Brasil introdujeron unos 25.500 negros.
 
El supuesto de que no había negros en América, se apoya en la prueba de la ausencia. Y ésta en el testimonio de los “conquistadores”. Pero el hecho es que no faltan negros en los textos. En su primer viaje Colón contrató en La Gomera, como criado personal, al negro Juan Portugués. Las alusiones de los testigos del pleito de Diego Colón, a pueblos “diferentes”, son constantes, puntualizando Baltasar Calvo, viajero en el cuarto viaje, que “iban a descubrir provincias de indios”, por ser Yucatán o Maya “la primera tierra de indios, que está en la Tierra Firme”. Por la parte de Veragua, los naturales que abordaban las carabelas de Colón con sus canoas, deseando cambiar oro por “camisas y bonetes”, “eran de color rojos y blancos, más que negros”, lo cual implica que no faltaban morenos en el continente. En 1513, atravesando el istmo para encontrar un Pacífico, al que Colón no pudo llegar, por no encontrar el paso que buscaba, Núñez de Balboa descubrió dos esclavos negros en séquito de cacique. Quiso saber su origen, enterándose de que procedían de lugar que estaba a dos jornadas, donde todos eran de color. La anomalía se atribuyó a barco de piratas, que arrastrado por la tormenta varó en la costa, quedando los negros en tierra, por no saber regresar. Acertando sin querer en el topónimo, la historia sitúa en Etiopía, el lugar de procedencia de los negros, errando al situarla al otro lado del mar.
 
No sorprendió a Vázquez, el cronista de Aguirre en el descenso del Amazonas, ser recibido en el primer poblado de Brasil, por población mixta. Habiendo sacado los naturales vino de palma, “españoles y negros e indios del campo, se lo bebieron en pocos días”.
 
Los rasgos negroides, que encontramos en el arte precolombino, no son producto de la imaginación, si no reflejo de la realidad. Para concluir que la población negra americana, disminuyó en tiempos de la conquista, en lugar de crecer, es innecesario realizar complicados cálculos, estableciendo el número de negros a introducir, para procrear la población actual, con ascendencia de color, ni averiguar si hubo o no barcos suficientes para su transporte. Las quejas de Castellanos ante la escasez de negros; la penetración progresiva de los “bandeirantes” en el interior de Brasil; el hecho de que no hubiese asentista, que lograse servir el número de negros acordado, indican que la abundancia de los primeros tiempos, se había perdido. Al supuesto hemos de añadir la proporción de negros reflejada en cifras, a partir del siglo XVI. Introducidos los primero 4.000 en 1504, seguidos de 10.000 en 1517, de los años de trata incontrolada que siguieron, apenas quedan cifras. En vigor los “asientos de negros” desde 1595, de haber sido servidos efectivamente 3.500 negros por año, podríamos cifrar los negros desembarcados en 2.000.000. Aún suponiendo que los tratantes independientes, importasen otros tantos, no es probable que la cifra total, alcanzase los 5.000.000, de 1493 a finales del siglo XVIII. Explícitos los cronistas, sabemos que en la primera mitad del siglo XVI, Cuba y San Juan eran de mayoría blanca, contando la primera con modesto 6% de indios, ausentes de las restantes islas, frente a un 30% de negros. El 25% de la población de Puerto Rico era negra y el 75% blanca, siendo la proporción inversa en la Española de Santo Domingo, al representar los negros entre el 75% y el 85%.
En 1581, recién anexionada la corona de Portugal a Castilla, Gaspar Núñez, gobernador del Nuevo Reino, pidió 2.000 negros para “beneficiar” las minas de Trinidad de los Muzos y Palma, por haber agotado la población, susceptible de ser gravada con la “mita” o “encomendada”. En 1650, reglamentada la importación, los negros representaban, incluido el istmo, modesto 8’5, reducido al 5’4%, en 1789. Mayoría los blancos y mestizos, el color “loro” del indio puro, lo conservaba un 16’5%. Minuciosos los propietarios de minas, contaron los mitayos: quedaban 8.621. En Venezuela sucedió lo contrario. El 8% de negros estimado en 1650, dobló en 1789, rebasando el 16%. En el siglo XVIII, la población negra de Montevideo representaba el 20%. En el Plata, provincia importadora, quedaba en un 10%. Regular la introducción de esclavos en una Nueva Castilla, formada por Ecuador, Perú y Chile, se calculaba un 10 % de individuos de color, los más concentrados al norte, donde los hay autóctonos. Importador México desde los principios de la conquista, en 1700 la población negra se reducía, a modesto 1’3 %. No eran las Antillas Menores centro de minas ni plantaciones, que necesitasen mano de obra. Innecesarios los negros, en el siglo XVII, la población morena oscilaba entre el 90% y el 100%, rebasando el 90% las Guayanas, con excepción de Cayena, capital de la francesa, centro de plantadores, que en 1677 contaba con un 77% de individuos de color. En Jamaica, exportadora de guindilla o manegueta, depósito de negros de Inglaterra, el porcentaje de población negra, representaba un 56%. Confundidos en Brasil negros y mulatos, bajo el denominador común de “pardos”, eran mayoría en Manaus, Belén y Recife, contando San Luís, mediado el siglo XX, con un 50% de población negra. Conocida Bahía por la “Roma de los Negros”, era amuleto popular la mano de Fátima. Significativa la proporción en Estados Unidos, en 1789 el norte tenía un 4% de negros esclavos, frente al 39’5% del Sur. Apta Georgia para la agricultura, en consecuencia importadora, éstos alcanzaban el 17%. Pero Florida, tierra caliente, pantanosa y hostil, contaba en 1800, con un 55% de población negra.
 
Absurdo servir esclavos donde no había blancos para explotarlos, estas cifras, oficialmente admitidas, prueban porcentaje de población de color, inferior en los virreinatos, donde la importación fue constante, al que se observa en las Antillas menores y las Guayanas, donde no había más blancos que un puñado de bucaneros proscritos o granjeros de costa, caso de la Guayana francesa, en la que no pudieron penetrar los franceses, hasta bien entrado el siglo XIX. El argumento de que en estos territorios se multiplicó la población de color, por ser refugio de esclavos huidos, sólo puede esgrimirlo quien desconoce las circunstancias, que refleja la historia documentada. A más de no ser fácil escapar, era más fácil emboscarse en el interior, que procurase embarcación, para alcanzar una isla, siendo nula la posibilidad de ser aceptado en navío de blancos, porque además de ser estrecha la vigilancia, no podías recibir pasajero, ni aun español, sin pasaporte expedido por el gobernador o el virrey, además de no tocar las flotas de regreso en las islas.
Servidos los datos, que cada quién saque sus propias conclusiones.
 

Luisa Isabel Álvarez de Toledo

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Nuestros continentes son los de Eneas Silvio. Separada Europa de Asia por las montañas del Cáucaso y el río Tanis, África lo estuvo por la franja de Gaza o el Nilo. Sabiendo América y Australia por descubrir, nadie repara en que condicionado el autor por el soporte, la porción de tierra rodeada por brazos de agua, que se extiende de polo a polo en el “Beato” del British Museum y otros, pudiera ser el gran continente incógnito, quizá el Gog y Magog apocalíptico, agregado a las cuatro partes del mundo. De ahí que el “antípoda” se ría de todos nosotros. San Borondón, fraile irlandés del siglo VII, dejó relato de viaje a Poniente, con visita al reino de las “Siete Ciudades”. Interpretado como descripción mítica del paraíso, se dio el nombre de santo, que no aparece en el calendario, a supuesta isla atlántica intermitente, que sirve a justificar espejismo, atribuido a los navegantes en general, y a los “descubridores” portugueses en particular.
 
De la carta de Ptolomeo nos ha llegado reproducción del siglo XV. No falta el rosario de islas occidentales, habitual en las cartas medievales. Al Este de China, el Pacífico termina en línea continua. Extendiéndose de Polo a Polo, pudiera representar la costa americana. Las “islas” “occidentales” figuran en todos los portulanos del siglo XIV. Las indica Dulcet, que no olvida las Canarias y el Seno de la Hespérides, abriendo Gracioso ruta a poniente, hacia las Fortunadas. Nombradas, los topónimos no siempre son los mismos. Las de San Borondón se llamaron Thule, Till, Man, Antilia y “Brasil”. Es posible que el último vocablo, indique la presencia del palo tintorero. Pragmático el hombre medieval, exigía que los mapas indicasen la altura del puerto al que se dirigía, en busca de oro, esclavos, especies y bancos de pesca. Pero nada más. Indiferente a la costa no rentable del entorno, aquellos navegantes, doblados de mercaderes, perseguían rentabilizar su esfuerzo, quedando la curiosidad por el entorno al viajero original, que navegaba como pasajero, sin preguntarse cómo había llegado, donde pretendía ir. Abiertos los puertos del Xarife a los navíos, procedentes de lugares privilegiados, por haber mantenido sus pasados relaciones con el Temple, la ausencia de curiosidad se hace patente en declaración de piloto de Colón. Habiendo pasado seis días en el Puerto Redondo de Paria, confesó que entretenidos en el trueque, marcharon sin averiguar si estuvieron en isla o tierra continental.
En el “Mapamondi” o Atlas Catalán, de Abraham Cresques, la “isla” más septentrional se llama Scillandia, estando tan al norte, que sólo puede ser Groenlandia. Siguen Ardoin y un “Brazil” septentrional, quizá Terranova, donde no hubo “palo”, pero sí la pesquería rentable de “Bacalaos”. Ausente Thule, situada en latitud similar, se identifica con Islandia. Pero bien pudiera responder a la Tule mejicana, capital a su tiempo y señorío de Pedro, príncipe heredero de Montezuma. A continuación figura Man, apareciendo en el lugar que suelen ocupar Till y Antillas, Corvi Maro y Li Colunbi o “Palomas”. Este topónimo se repite en el grupo siguiente, completando San Zorzo o San Jorge, lugar en el que Diego Pireis construyó su fortaleza en 1482, por orden de Alfonso V de Portugal, temiendo incursión al sur del Cabo Bojador de las huestes de Castilla, que “conquistaban” la Palma inmediata. Sigue Ventura y el segundo Brasil, quizá Paria, tierra de “brasil” efectivamente. Coincide con la última isla de Dulcet. A continuación está Porto – Santo, situado por Fernández de Oviedo en el delta del Orinoco. Legneme, identificada con Madera, se una a la isla de Sante.
Las Canarias sobre Río de Oro, son claro indicativo de altura. Cartela en el paralelo de Cabo Bojador o Cantín, informa que en 1346, llegado al sur de las islas, Ferrer puso proa a Río de Oro. La dirección de la bandera, la posición de los pasajeros, de espaldas al viento y la vela, indican que navegaba hacia poniente. La península arábiga, la India y el Mar de la India, aparecen en su lugar. Y al este de China, el Mar de las Islas de Indias. Rico en perlas, piedras y metales preciosos, por serlo la tierra, no falta una Isla de los Salvajes, informando cartela de que sus habitantes vivían desnudos, por los montes, como los americanos descritos en la bula de 1493. Una Trapobana de dimensiones continentales, dotada de rey poseedor de oro y piedras, despista porque aparece un elefante. Sin embargo la figura no es contradictoria. Geólogos han encontrado restos de paquidermos, en depósitos óseos del continente americano, probando puntas “clovis” que convivieron con el hombre. Bernaldo de Ibarra, testigo en los pleitos de Diego Colón, residente en Santiago de Indias, prueba que de Paria a Veragua corría la misma costa, esgrimiendo “patada” o huella de elefante, descubierta en un “estero” de Veragua. No es probable que en el istmo hubiese elefantes, por no corresponder el clima. Pero Ibarra no hubiese elegido el símil, de no haberlo visto en el entorno de su casa. La sirena de cola bífida fue símbolo de una globalización cultural, que es el anverso de la globalización por la explotación económica. Metáfora del mar, lazo de unión de las tierras, que no barrera infranqueable, aparece en el Atlas Catalán y allá donde supieron navegar de continente en continente. La encontramos en el gran mosaico, que cubrió el suelo de la catedral de Otranto, en quicios de Siena y Creta: en capitel del claustro de la Santes Creus catalana, en el románico de Ávila. Tardía la de Sanlúcar de Barrameda, aparece en el dintel del castillo de Santiago, construido en 1478, por Enrique de Guzmán.
 
Ptolomeo hizo pasar su meridiano 0º por unas Fortunadas, alineadas de norte a sur, entre los 10º y 12º. Las únicas “islas” que responden a la descripción, son las que cierran el sur del Caribe, de Paria a la Santa Lucía, principio de Berbería, separada por la canal de Fuerteventura, para un Alonso de Guzmán, que describió la ruta en 1600. De haber sospechado los “sabios” del siglo XVIII, que estas islas estaban “descubiertas” en el siglo I, hubiesen ubicado en ellas el meridiano del alejandrino. Pero al ser cuestión de fe, que Europa y Asia ignoraban la existencia de la gran isla América, le buscaron acomodo en otra parte. Encendida la discusión, Luis XIII de Francia quiso ilustrar Academia de Ciencias recién estrenada, con hallazgo de relumbrón. Encargó a sus miembros encontrar ubicación definitiva al meridiano 0º de los antiguos. Eligieron la isla de Hierro, la más occidental de las Canarias actuales. Fijado por real decreto de 24 de abril de 1634, la ciencia se convirtió en cuestión de “fe política”. Al no coincidir la latitud ni los perfiles del archipiélago, con la descripción de Ptolomeo, se concluyó que el geógrafo se equivocó, por haber elucubrado de oído. Disidentes empeñados en darle la razón, al menos en lo referente a la altura, lo trasladaron a la isla de San Antón, en el archipiélago de Cabo Verde.
 
Según Bernáldez, informado por Colón, pues lo tuvo por huésped al regreso del segundo viaje, los americanos definían su hábitat como inmensa “Isla”, cuya costa no se “andaba” en cuarenta lunas. En el marco de la geografía clásica, compartida por árabes y europeos hasta el siglo XVII, es la excepción que abarca todos los “climas”, representación de continentes circulares, delimitados por paralelos. De clima, fauna y flora similares, parecen más lógicos que los cristianos. Separados por accidentes geográficos, los climas son diversos. Aplicados los topónimos Etiopía, Guinea y Sudán a la Tierra de Negros, franja que se extendía de los 16º 25″, latitud norte, a la misma latitud sur, de población mayoritariamente negra, estaban comprendidos en un África, que se prolongaba hasta los 24º, en ambas direcciones. En las franjas Norte y Sur, aparecía población de color aceituno o “loro”, que así de llamaba el rojizo o verdoso del indio, origen del topónimos “Islas de Indias” y “Asia”, que se aplicaron a Centroamérica, entonces parte del “continente” africano, por haber núcleos de población morena en regiones de clima tropical, hasta los 30º. A nuestro alcance descubrir la causa de la confusión, pues basta confrontar las “dos geografías”, nos abstenemos de hacerlo, porque implicaría renunciar al mito de la superioridad del hombre blanco y católico, descubridor de pueblos “inferiores”, por distinguirles el color de piel y la condición de no cristianos. El “descubrimiento” de 1492, de ser cierto, probaría las limitaciones de la especie. Que sabiendo navegar desde hacía 5.000 años, el hombre se obstinase en hacerlo contra corrientes y entre bajos, cediendo a un miedo irracional a lo desconocido, el temor supersticioso a convertirse en negro o la idea de que rebasado el paralelo 0, le mataría el calor, probaría limitación alarmante de la capacidad intelectual colectiva. Por fortuna, alusiones a la “sombra invertida”, que aparecen en los clásicos; la antigüedad de la “cruz del sur”, símbolo de los beréberes y otros indicios, prueban que “el hombre”, como entidad colectiva, nunca se dejó paralizar por el miedo, siendo probable que los cartógrafos se abstuvieron de representar los dos hemisferios, por no repetirse, pues en la división del planeta por climas – continente, el sur es réplica del norte. En lo que se refiere a la longitud, hubo Indias Orientales y Occidentales, con respecto a Europa, porque la tez de los hombres es similar, en una misma latitud.
 
En párrafo del “Príncipe”, dedicado a Fernando el Católico, Maquiavelo lo describe como modelo de codicia hipócrita, pues esgrimiendo una “crueldad devota”, liquidado el reino de Granada, continuó su guerra “contra el África”, conquistando un continente. Improbable que se refiriese a la irrelevante ocupación de Melilla, operación fulgurante, consecuencia del Tratado de Tordesillas, que se desarrolló en el otoño de 1497, e igualmente improbable que aludiese a la aventura colombina, sin eco en su tiempo, debió referirse a la conquista de Palma, Tenerife, la Mar Pequeña y Berbería, iniciada por Alfonso Fernández de Lugo, en el verano 1492, mucho más sonada. Cerrada la primera fase en 1503, la continuó Pedro Fernández de Lugo, su hijo y heredero, que siendo alcaide de Santa Cruz de la Mar Pequeña, gobernador de Palma y Tenerife, conquistó el Nuevo Reino de Granada.
 
El “Dikr Al- Aquâlîm”, de Ishâq ibn al -Hasan al Zayyât, tratado de geografía compuesto en torno al siglo XI, habla de tierras que no encajan en los continentes conocidos. Amplio el trópico, permiten detectarlo árboles de hoja perenne, dos inviernos de lluvias torrenciales, otros tantos veranos y cosechas por año. Abundante el americano en piedras y metales preciosos, nuestros antepasados concluyeron que el calor del sol los generaba. Exuberante la selva en la proximidad de los ríos, el desierto poblado de acacias y chumberas, que verdea en el periodo de las lluvias al norte de Venezuela, indica la mala calidad de la tierra. Semitropical el segundo clima, ubicado en África, entre los 33º y 36º, estaba el País de los Beréberes, de los grandes desiertos. Ocupaba el tercer y cuarto clima, compartiendo el quinto y sexto hombres de piel blanca y amarilla, presentes hasta los 63º, límite de la tierra habitable.
 
El meridiano 0º del “Dikr Al- Aquâlîm”, no coincide con el de Ptolomeo. Pasa por la Isla de Arn, en el Mar de la India. Cruzada por el Ecuador, las posibilidades de equivocarnos se reducen a elegir entre Sumatra y Borneo. Es probable que coincida con el meridiano elegido por los geógrafos de Carlos I de España y Juan III de Portugal, reunidos en Elvas en 1524, para repartirse las riquezas de las Islas de la Especiería, “Malucas” o Molucas, delimitando la zona de influencia de ambas coronas. Mermado el temor a la excomunión, debido al auge del luteranismo, es lógico que aprovechasen la ocasión para buscar fuerza moral alternativa, que justificase el monopolio de las Indias, encontrándola en la leyenda del “descubrimiento”. Queriendo documentarlo, prolongaron el meridiano de “demarcación” a sus antípodas. Pasando por Humos, al este del Amazonas, incluyó el Cabo de Aguer en la conquista de Castilla, en división sin efecto, pues aunque España pretendió llevar sus derechos hasta el Gran Río, nunca lo consintieron los reyes de Portugal. Como tal tuvo Felipe II el señorío de Guinea y Brasil, a partir de 1580, perdiendo ambas provincia Felipe IV, en 1640, ocupando las “Islas de Indias”, desde los tiempos de Colón a la Independencia Americana, de Florida a las Islas de Barlovento, límite que salvo en periodo de la unión de las dos coronas, no rebasaban los navíos destinados a la guarda de Indias. Alejada la conquista de Castilla, que se iniciaba en la rivera del Río de la Plata, se guardaba a sí misma, por ser raros los corsarios que se alargaban a una tierra, que parece no haber pertenecido al reino de Fez.
 
Curiosamente, el “Dikr Al- Aquâlîm” no inicia la descripción de los climas en su meridiano 0. Con excepción del 4º, que parte de Tánger, adopta el de Ptolomeo, al oeste del Mar Occidental. Ubicado el mercado mudo del oro en Gana, residencia del Negus, rey de Etiopía, define el país como rico en piedras “minerales” y minas, señalando que los naturales pululaban desnudos. En Etiopía sitúa el Reino de Saba. Conservaba en Bilquis, su capital, dos pilares, recuerdo de la visita de Salomón. Un Yemen en Tierra de Negros, disfrutaba de dos inviernos y otras tantas cosechas. En la capital, San’a, no había árboles ni cultivos. Los habitantes, parecidos a los beduinos, vivían en casas de ladrillo cocido, decoradas y “doradas”. Se alimentaban de pescado, exportando “piedras preciosas” que sacaban del mar, sin duda perlas. Engarzarlas era especialidad local. Bosques y palmerales cubrían los montes de Narran, una de sus ciudades. Albergaban colonias de monos, que asolaban viñas y maizales. El puerto de Umán, amurallado, tenía puertas de hierro. Se cultivaba arroz, centeno, trigo y caña dulce, siendo importante la industria azucarera. El uso del bonete estaba reservado a los nobles. En Bahrayn, país del segundo clima, bastaba rascar la tierra para encontrar agua. Rodeada la villa de dunas, en la arena prosperaban palmeras, granados, cidros, higueras y algodón.
Señala Ishâq ibn al -Hasan al Zayyât, la longitud y latitud a de las poblaciones, pero no de las que sitúa en los “países” de al – Hind y al – Sind. “Vecino” el primero de China exterior, lo formaba conjunto de “islas”, bañadas por la Mar Grande, nombre por el que se conocía el Océano Atlántico. Atribuye la riqueza del conjunto a monte horadado por minas de plata, plomo y oro. Permitían acuñar moneda, con la efigie del rey. Principal proveedor y cliente China, importaba marfil de elefantes cazados con trampas, metales preciosos, sándalo, clavo, especies y plantas aromáticas. En el segundo clima se encontraban esmeraldas, contando con una Mîna, a orillas del Océano. Hirman se fundó en un cabo, cerca de Fatala, topónimo que reaparece en el siglo XVII. Al – Sind comprendía al – Sas y al – Jazar. El lago Jurasan, nacimiento del Río Grande o Jurasan, estaba en el 5º clima. Regaba Gog y Magog, extremo oriental del sexto clima, arrastrando las pepitas de oro más septentrionales conocidas. Judía la población, Bulkar, rey de al – Jazar, tenía ejército regular de 10.000 jinetes, siendo propietario de 400 castillos, con población adjunta. Cercano el llano de Banat Asar, lo habitaban islámicos ortodoxos, que no admitían la presencia de cristianos.
 
Evidentes y varios los indicios documentales, que contradicen el “descubrimiento”, la historia oficial se cura en salud, buscando razones plausibles que hagan imposible la travesía del Océano, antes de finales de siglo. Esgrimen como obstáculos insalvables, la imposibilidad de navegar sin ver tierra, por falta de instrumentos, la distancia – tiempo y la falta de navíos de alto bordo, que permitiesen tan prolongada travesía, inexistentes antes de finales del siglo XV, en opinión de los eruditos. Pero la aguja imantada fue descubierta por los chinos, en torno al 1090. Desarrollada se llamó “brújula”, penetrando en el Islam en el siglo XIII. Inevitable que la conociesen los andaluces, su entrada en Castilla se retrasa hasta 1403, por razones que ignoro. Reinaba Enrique III, patrocinador de las primeras expediciones a Canarias. Más complicado el astrolabio, aún siendo probablemente musulmán, el hallazgo se adjudicó a médico de Juan II de Portugal. Pero la disponibilidad de estos instrumentos, no implica que los utilizase el navegante del común. Según las fuentes prefería la “estrella de los ochos”, planta de arquitecto, pues permitía construir edificios octogonales, sirviendo en la mar para no perder el rumbo, fijado con ayuda del sol o cualquier estrella, de preferencia la Polar. Tallada la “estrella” en puerta cegada de la iglesia – panteón de Guzmán el Bueno, dice Bernáldez que Colón, en su segundo viaje, llevó “pilotos y marineros, que por la estrella sabían ir y venir a España”, ciencia imposible de adquirir en una única travesía. Herencia de los jonios, la “ballestilla” perduró, pues la utilizaban los marinos del siglo XVII para “pesar” el sol, con el fin de fijar la posición del navío. Estando la Mina de Oro a 1.000 leguas del Guadalquivir, Bernáldez utiliza la cifra como arquetipo, paracalificar al piloto. Merecía ejercer la profesión, el que navegando 1.000 leguas sin ver tierra, guiándose por la “estrella”, el sol, el color y el olor del mar, no erraba el puerto de arribada en más de 10 leguas.

Ulises penetró en alta mar, capeando el temporal arriadas las velas. Amarrado al palo mayor se dejó llevar, según hacían los generales del siglo XVI, en circunstancias similares. De esta guisa escuchó el canto de la corriente bullanguera de “Infierno”, que corre de la Boca de la Sierpe a la del Drago, entra Trinidad y Paria, asonada que Homero atribuye a las sirenas. Bajo los acantilados renovó las reservas de agua, poniendo el barco bajo cascada de agua dulce, que caía al mar. Que Hannón y Colón viesen cascadas cayendo al mar, indica que los tres navegaron frente a la misma costa, en la misma estación. Estas cascadas no aparecen en ninguna geografía, porque las forma el agua embalsada en la meseta de las Guayanas, durante el periodo de las lluvias. Sebastián Caboto, agregado al equipo de geógrafos encargado de modernizar el “mapamundi”, por mandato de Carlos V, recordó a Solino, cosmógrafo e historiador. Coetáneo del “descubrimiento”, identificó las “islas de Indias” con las Hespérides de Ulises. Sospechando que quizá tuviese razón, Fernández de Oviedo retrotrajo a la protohistoria, los derechos de Isabel a las Indias, declarándola heredera de Héspero, porque fue rey de Hispania.
 

Arriesgada la navegación de cabotaje debido a los bajos y corrientes, navegando cerca de la costa o entre islas, los barcos se detenían en las noches sin luna, porque al no ver el fondo, estaban expuestos a tropezar en cualquier escollo. Extrapolando el dato a la navegación de altura, Madariaga supone que Colón arriaba velas a la puesta del sol, en pleno Atlántico, enganchando el ancla no sabemos donde. Siguiendo la misma lógica, los “teóricos” concluyen que para cruzar la mar, eran necesarios navíos de alto bordo, decretando su falta. Sabemos que los fenicios los tuvieron de 400 toneladas, tamaño respetable superado por las carracas portuguesas, con más de 600. En 1430 se construía nao en Valencia de 817 “botes” o 613 toneladas. Comunes los navíos de 130 a 170 toneladas, el arqueo medio del barco comercial del siglo XV, dedicado al tráfico por puertos Europeos y mediterráneos, era de 250 toneladas. Ibn Batuta describe los juncos del siglo XIII. Velas fijas de bambú entretejido, los arrastraban de 1.000 toneladas. Costumbre de los mercaderes chinos viajar acompañados de familia y criados, instalaban a los suyos en cómodos compartimentos individuales, sumando a la carga despensa de reses en vivo, cajones llenos de tierra, que servían de huerto y agua consiguiente. El junco llevaba escolta de dos o tres navíos menores, cada uno de arqueo igual a la mitad del inmediatamente superior, siendo el menor de unas 100 toneladas.
 
No es casual que los chinos usasen grandes navíos. Podían hacerlo porque las radas del poniente americano son limpias y de aguas profundas, no habiendo barra que pasar ni río que remontar, para llegar a los mercados de oro y esclavos o a las pesquerías. Los europeos, obligados a remontarlos, preferían carabelas de 30 a 45 toneles o barcos menores, de cubierta como el de Ulises, navegando en invierno con vela redonda y en invierno con latina. Mixtos de remo y vela, permitía escapar a las calmas, pasando las barras con facilidad. En 1382 entró en Valencia “panfil”, barco menor, con pimienta, cera, pieles de vacuno y 46 halcones, carga típica de “Guinea”. De la misma procedencia el pescado salado, “cabezas de moros” y un “pan”, que era maíz, se traía en ballenell, concebido para la pesca, como su nombre indica. De un palo y enorme vela latina, extremadamente rápido, fue adoptado por los mercaderes, que no tardaron en modificarlo. Al ser el beneficio proporcional a la carga, ganó arqueo y un segundo palo, convirtiéndose en carabela cuando tuvo tres, alcanzando las 100 toneladas. Limitada la oferta oriunda de Andalucía a vino, pasas, aceite, cereales y sal, no justifica la presencia de 100 navíos en el puerto de Sanlúcar, en 1477, año en que lo visitaron los Católicos, ni el tráfico de puertos secundarios, como los de Palos o el Barbate. Los extranjeros acudían en busca de pescado salado y mercancías americanas, abundantes por ser los puertos más próximos en distancia – tiempo, al lugar de origen. Creada la Casa de la Contratación en 1503, las mercancías americanas se concentraron en puertos determinados. Al hacerse innecesario remontar ríos para vender y comprar, los mercaderes sumaron toneladas. En el reinado de Carlos V, los barcos de Indias pasaron de 100 a 250 toneladas. Bajo Felipe II, los hubo de 800 y 1.000, desesperando al Guzmán, encargado de sacar las flotas. Pasaban con dificultad las barras de Sanlúcar y San Juan de Ulúa, pues no admitían embarcaciones superiores a las 600 toneladas. Relantizaban la navegación de las flotas, al ser tremendamente lentos, defendiéndose tan mal en la tempestad, como de los corsarios. Desde el punto de vista económico, el mercader enjugaba la pérdida de un navío menor, pero la de un gran galeón acarreaba la quiebra, en tiempo en que la decadencia del gremio sevillano, aconsejaba conservarlos. Excluidos de las flotas pescadores y boneteros de Toledo, éstos vendían por puertos de moros bonetes, rojos y pardos, lencería de Holanda y tabaco, llevando pequeñas carabelas, que remontaban los ríos con facilidad. Los pescadores de Guinea fletaban “armazones”, formados por chalupas de hasta 70 toneladas y carabelas. En 1595, Alonso de Guzmán aconsejó a Felipe II cubrir el hueco entre las flotas, estableciendo correo regular con Indias. Recomendó usar zabretas, el barco más seguro para cruzar la mar, de 30 pipas o 15 toneladas en verano y 40 en invierno. A más de cartas podrían cargar frutos de la tierra, cuya venta amortizaría el viaje.
 
Probado que la distancia en mar abierta, no implica riesgo extraordinario para la embarcación menor, los “sabios” recurrieron al “tiempo”, para justificar los grandes navíos. Prolongado el viaje, el volumen de la despensa exigía cabida extraordinaria, incidiendo el tamaño del navío, en el número de tripulantes, y en consecuencia, en el espacio ocupado por las vituallas. Contratos de arrendamiento que se han conservado, cifran la tripulación de una carabela, de 30 a 45 toneladas, entre 5 y 7 hombres. A finales del siglo XVI, armazón de pesquería para la “Guinea”, formado por carabelón de 250 toneladas, destinado a pescar y navío de 400, con capacidad para cargar 60.000 “peces”, llevaba 24 hombres y otras tantas botas de agua. Céspedes, autor de tratado de navegación redactado en el siglo XVI, fija la velocidad media del navío “suelto” en 50 leguas por “día natural”, o singladura de 24 horas, pudiendo alcanzar las 72, en condiciones favorables. Incidían en la rapidez suma de “circunstancias”: elección de puerto de partida adecuado, en relación con el de destino y la estación; de “colla” de “tiempo” favorable; la arquitectura del casco; proporción carga – tonelaje; estibado de las mercancías; “ensebado” del casco; calidad de las velas, siendo preferidas las nuevas y extranjeras, a las nacionales o viejas y finalmente la pericia de maestre, piloto y tripulantes. Adición de factores favorables, podía reducir la duración del viaje, a menos de la mitad.
Según Céspedes, la ruta más frecuentada en su tiempo, de Sanlúcar de Barrameda a San Juan de Ulúa, de 1.700 leguas, ocupaba a las flotas dos meses y medio “o más, según los tiempos”; a Nombre de Dios, que estaba a 1.400 leguas, se tardaba en llegar dos meses “largos”. Pasando por las Canarias “y de allí por la isla Dominica”, a los 15º, se separaban las rutas. Los barcos de Nueva España subían a los 17º o más, pasando entre Cuba y Jamaica. De navegar separadas, esta flota debía zarpar entre abril y mayo, “porque no se pase el Golfo de Yeguas en invierno”. La de Tierra Firme, que se dirigía al sur, en Agosto o Septiembre, “porque no le tome el invierno antes de llegar a Canarias, y puedan llegar a Nombre de Dios a principios de noviembre, cuando comienza aquella tierra a ser menos enferma”. Los de Nombre de Dios debían iniciar el regreso por febrero, y los de Nueva España por Marzo, juntándose en La Habana en abril. Por el canal de las Bahamas subían hasta los 39º, cruzando el “golfo de Sargazos y el de las Azores en verano, por ser menos tormentosos”. El que quería tomaba “refresco” en las Islas, pero nada impedía el viaje sin escalas, hasta ponerse a vista del Cabo de San Vicente, en Portugal. Los navíos de Nombre de Dios recorrían 1.600 leguas y los de México 1.400, “según estimación de marineros”.
 
Ulises llevó velas redondas. Se dice que en su tiempo no se conocía la latina. Aparece en grafito de navío de vela y remo, encontrado en los cimientos de la Alcazaba de Málaga, que se supone romano, estando representado en el “Oppianus”, del siglo III. Los americanos la tenían cuando llegaron los conquistadores, describiendo Jerez, secretario y cronista de Pizarro, barco capturado en aguas del Cabo de la Galera, en cabalgada anterior a la conquista del Perú. Del tipo zabra, formaban el casco troncos, atados con sogas de “henequén”. Con puente, bodega, timón, velas y jarcias, usaban piedras por anclas, a la manera fenicia. Los tripulantes, parecidos a los “berberiscos”, viajaban en familia, vistiendo los hombres camisa y las mujeres faldas, llevando mantas “echadas debajo del brazo, a la manera de las moras”. Tenían camas, usaban sábanas de algodón, siendo sus armas hondas y macanas, palos arrojadizos con punta de sílex o espina de pescado. Mercaderes de profesión, procedentes de comarca que estaba acuatro jornadas de distancia, se dedicaban a la salazón de pescado. En su país trasquilaban ovejas, pescaban perlas y explotaban yacimientos de oro, lo que no les impedía rescatar ambas cosas, llevando romana y “toque” de quilatador. Lo cambiaban por “ropa” de lana de colores, camisas, paños blancos con franjas, cántaros negros y conchas de Chaquira, o múrices, iguales a los que se pescaban en Canarias. En aquel tiempo Alonso de Palencia fija en 20 días la travesía de las 7.000 millas o 1.750 leguas, que separaban la costa de Cádiz de una Guinea, hoy conocida por costa norte de Brasil, lo que arroja una media de 87’5 leguas diarias, posible a causa de los vientos y corrientes favorables. A 1.000 leguas la Mina de Oro, el viaje se prolongaba 60 días, los mismos que el de la Habana, pues los navíos que iban a Cuba, cargaban despensa para dos meses, llevándola para un mes los que se dirigían a las salinas de Araya, distancia – tiempo que reducía el barco luengo, portador de avisos. En 1587 barco luengo de 25 pipas o 12 toneladas, con tripulantes y piloto prácticos en las islas, cruzó de Sanlúcar a la Habana, en 27 días.
 
Llamados “golfo” los mares, de orilla a orilla, el Golfo de Yeguas se situaba entre la costa occidental de la Península y las Canarias. En 1588, navegando frente a Finisterre, Alonso Pérez de Guzmán fechó carta al rey en el Golfo de Yeguas. Se cruzaba en 8 o15 días. Llegados a las “islas”, los navíos se consideraban “navegados”, porque más adelante era raro que tropezasen con dificultades. Según Fernández de Oviedo, el golfo pudo haberse llamado “de las vacas”, porque eran arrojadas al mar, para escapar a la tormenta. Carga inestable la despensa en vivo, como los caballos, se sacrificada en la borrasca. Más trabajoso el regreso, pues las “collas” de tiempo favorable eran raras y breves, Fernández de Oviedo recuerda armada de tres carabelas. En 1525 hizo la travesía de Santo Domingo a Sanlúcar, en 25 días. Queriendo expresar la movilidad de los barcos en Indias, escribió que “cada día.., por la mar”, pasaban del Trópico de Cáncer al de Capricornio.
 
Cuando murió la Católica, la “colonización” quedaba circunscrita a las islas, donde la presencia de españoles parece vetusta, puntos aislados del istmo y Tierra Firme. Apenas extendida en vida de Fernando, eclosionó reinando Carlos V, con la conquista de los imperios. La causa salta a la vista. Imprecisas las viejas bombardas, fue necesario aguardar armas alemanas, para enfrentar la superioridad numérica y la preparación de aztecas e incas. Algo similar ocurrió en el África del siglo XIX. Las armas de repetición y los cañones de largo alcance, abrieron a los europeos un Norte de África mal conocido. Sorprendidos al no encontrar los ríos, selvas, centros azucareros y riqueza, que la historia ubica en la costa del Sahara, los científicos acudieron en ayuda de los eruditos. Elaborando complicadas teorías, justificaron desecación fulgurante, situándola a finales del siglo XVII, pues había de coincidir en el tiempo con el último Xarife operante, que expulsó de las plazas de Poniente a portugueses y españoles. De moda reconstruir el pasado a partir de los clásicos, el funcionario francés Edmond Doutté, destinado en Marruecos a principios del siglo XX, quiso recuperar la antigua Berbería, de Rabat a la Montaña Verde. Con Ibn Idrisi, Khaldoun, El Bekri, León el Africano, Mármol y largo etcétera bajo el brazo, identificó Rabat con la ciudad de Salé, por ignorar que la ciudad fundada a la sombra de viejo ribat, no había cambiado de nombre desde el siglo XIII, razón por cual no podía ser la Salé, situada de 1475 a 1640, frente a la Sale Alcazaba, “con el río en medio”.
 
Se felicitó porque la distancia que separaba Rabat de la Mamora coincidía con los textos, sin sorprenderle encontrar población antigua, en lo que fuera puerto despoblado, hasta que en 1614 lo adquirió Felipe III, plantando presidio junto al puerto fluvial. Informado por los “científicos” de cambio climático, que no registra la geología, le pareció natural que el bosque Sualem, antaño poblado de alcornoques, hubiese quedado en mixto de lentiscal y retamar. En Azamor contempló oued vadeable, con desembocadura de 60 metros de anchura, que tomó por el más caudaloso de Berbería. Concordante la distancia, identificó El Jaddida con Mazagán, ignorando que la vieja plaza portuguesa no estuvo a orillas del mar, si no en ribera de río, caudaloso y navegable, llamado Ajer, a 12 leguas de la desembocadura. La fe de Doutté flaqueó en Sernou. No le sorprendió que la distancia no coincidiese con los textos, pero sí que unos silos, famosos por conservar el grano durante más de cien años, hubiesen desaparecido sin dejar huella ni memoria. Achacó el olvido de la palabra “bir”, a la extinción de los judíos constructores.
 
Descubierta montaña aparente, la identificó con Jbel Lakhadar o Montaña Verde, frontera del reino de Dará, reconocida por Colón en la costa de Tierra Firme, durante su segundo viaje, por la cascada que bajaba de la cumbre. Quiso el francés encontrar la huella del lago, “tan grande como el Bolsena”, rodeado de bosques, que hizo olvidar su guerra al Xarife, entretenido por la caza y la pesca. Acampando en la ladera, registró el lugar palmo a palmo. Y surgió la duda. Lógico que árboles y agua hubiesen desaparecido con la seca, no lo era que se hubiese esfumando el sedimento del lago. Al coincidir la distancia que separaba Safi de Mogador, recuperó la confianza, tomando el Oued que desemboca en el Cabo Sim, por reliquia del gran río, que regó plantaciones de caña dulce, alimentando bosques. Interpretados restos de edificaciones romanas en islotes próximos, como huella de las factorías de púrpura del rey Juba, huesos de ballena fosilizados, descubiertos en la playa, pasaron por testigo de industria de salazón.
 
Razonable que los pueblos ibéricos, habituales de la hoguera, repitan mansamente las consignas del poder, porque aprendieron que de la sumisión intelectual, procede la fortuna, y de la libertad de pensamiento y palabra, la pérdida del pellejo, no lo es que el mundo corease el “descubrimiento”, por espacio de 500 años. Se alzaron voces disidentes, algunas de tanto peso como la de Voltaire, incrédulo por pura lógica. No inquietaron sus elucubraciones a los oficialistas, pero sí el hallazgo de moneda de Octavio Augusto. Tuvo lugar en las minas de Acla, en Veragua o Panamá, gobernación de Castilla del Oro, allá por el siglo XVI. Confirmó a los colonizadores en la idea de que cartagineses y romanos precedieron a Colón, en la explotación de Indias, causando conmoción en la corte. Necesario subsanar el desagradable incidente, el poder recurrió a la justicia, por ser costumbre designar culpable, que contrarreste la verdad por el castigo. Correspondió el papel a dos romanos, que pululaban por la zona. Acusados de haber traído la moneda en la faltriquera, con intención de “desdorar” la gloria de España, murieron en el potro, dejando firmada la debida confesión. Excusado es decir que en adelante, quien tropezó con huella extra continental, del pasado precolombino, silenció el hallazgo, sin perjuicio de que el cuento corriese. Al no haber sido olvidado en su tiempo, Solórzano Pereyra lo refutó a dos siglos vista, achacando la maldad de los difuntos a la envidia eterna, que España inspira al mundo. Proyectada la sombra del inquisidor sobre el siglo XX, cabeza de tanagra encontrada entre objetos aztecas, tardó 25 años en ser publicada. Silenciado torso de Venus, son muchos los hallazgos en suelo americano, que permanecen en la sombra. En un mundo de sistema y pensamiento único, la ciencia no es la excepción que escapa al marchamo político, de “secreto de estado”, amparo del “al criterio oficialmente impuesto”.

Luisa Isabel Álvarez de Toledo

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