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Amapolbl

cuervos

Cuando aparece un Cuervo medio negro, de mirada entre torva y rojo sangre a un tris de coagular, lo mejor es que te cobijes de nuevo bajo el pecho de tu madre y reces el gorigori de la sumisión al Infinito.
Los cuervos son malos consejeros, peor mensajeros, porciones en bruto, sin pulir, de maldad siempre al azar pordiosero del acecho.
Los cuervos mienten como zorras, como bocas heridas por la inefable e incontrolada farmacopea del cerebro recalentado y desperdiciado a causa de abusos, soles y faltas evidentes de delicadezas.
Los cuervos se lanzan a tu glándula pineal en cuanto la intuyen desprovista de ayuda incrustada entre sus ojos.
Pican, seducen al fantasma que llevas dentro y de su afán de poder hacen ellos la eternidad insufrible de su perpetuo planeo.

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hhjjuu

Detrás de no sé quién hay alguien zumbando la badana a un angelote negro de alas rojas que dice no poseer el privilegio del Nombre ni la destreza del arco bien tensado.

Ese alguien desconocido prefiere mantenerse sorbiendo del néctar de la eternidad que someterse al incesante cambio del devenir. Se llama Tic Lorenzo de Yuso.

Tiene dos o tres posesiones raídas por los años y vive a tutiplén debajo de una nube que amenaza con descargar ranas, sapos y culebrinas torcidas hacia el eslabón de la punta.

Y no sé quién lleva veinte años intentando demostrar que la Tierra por fuera es redonda como un círculo cansado de gemelos concéntricos y por dentro es algo así como cuadriculada y medio declinada en dirección al apócope fundamental del Abismo.

Su tesis, leída ya en tres Universidades legendarias, razona con orgullo pero no convence ni al barrendero. El día menos terciado lo jubilan y se dedica a alimentar palomas en los parques y a preparar el día de la defunción solicitada silbando la melodía del “Defuntorum Parsimoniae Libriis”.

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Mazokar

NO.
Daría cualquier parte de la carne que me cobija por ser normal. Pensar a su través. Comer como ellos comen. Fingir como ellas traman insinuaciones y fracasos. Hechos. Dónde se agazapan los hechos, tras que epidermis, sobre que llano deslizan su dosis de verdad innecesaria, en qué lado del cauce dejan reposar la erosión de su valía. No sé qué aguja atravesó la fisura en espiral bifurcada de mi cráneo para acariciar la pulpa con que la duda envuelve sus errores. Ni sé en qué espejo mirarme cuando sonrío, lloro o sacio un apetito. Siempre encuentro algo donde no se halla y hallo nada donde nadie encuentra. Es un modo de flotar en vida tan evanescente que piensas que cualquier sacudida menor del viento podría llevarse lejos el polvo que tapa las letras del epitafio de tu tumba…

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Pajarica

Me vienen las pájaras con metafísicas, dejando la física marginada, olvidada bajo el heno que el carro de la muerte lleva al impoluto vertedero donde se amorra la existencia y descongestiona. Viven en Manticornia, al lado del peligro, en cuyo centro neurálgico se aman las bichas y los bichos.

Irdisches Glück! Du Armer! – Irdisches Glück!

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oniana

También hay en mí, incidiendo en el cartílago denso y blanco que surte a mis deseos, una suave punta de acero inoxidable que me permite decir, sin dudarlo, que el Hombre es un accidente, una suerte de encontronazo frontal contra la pura ebriedad del Azar.
Un delito placentero del que chorrea a dosis casi iguales jugo de maldición y goma amorosa.
De la visión de sus ojos, en cuya sesera lo visto a veces pasea con rumbo y muchas otras deambula sin hallar otros asideros que la Perfección, el Orden, la Libertad y el ensangrentado y vil Presentimiento de que el Ángel Caído, en cada meditación, puso la flema purpúrea de su infecto rizoma.
¡Tras cada gesto de asunción de una jerarquía, sobre el velo que entierra a nuestros sueños…!
Hay algo fascinante en la existencia que nos mantiene circulando como sangre por oquedades de donde sale y entra la eléctrica aseveración de lo acertado a pensar con tanta ayuda como sumisión.
No es el sexo. No es la muerte. No es el horror zangoloteando en el océano cristalino del vacío de esta soberana Nada.
Es la inercia, el aleatorio encadenamiento y concomitancia de hechos y acontecimientos, la inmarcesible y mórbida verdad del porvenir, la mortal consecuencia de los sentidos; es, ¡cual una fuerza que siempre renovada jamás dejase de arrastrarnos en pos de su ciega voluntad!
¡La eterna puja del Poder! ¡Entre la Nada que siente y la que se perpetúa!

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Sentido y Saciedad.

Hemos llegado a esa época capada de raíz donde gemir nos diferencia de las alimañas y nos reproduce sin apenas contactar con el contrario.

Nadie se sacia jamás. Tenemos tantos apetitos respirando como serpientes bajo toda nuestra piel que alimentarlos nos supone ese esfuerzo y aquel coraje capaces de deshincharnos, como desinfla una niña el globo amarillo del que el aburrimiento ordenó deshacerse hasta la próxima…

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Tensión

Sentirse frente al mundo tiene de fragor de batalla y de paz de égloga lo que la imprevista lluvia de pitonisa taciturna. Hay que abrir despacio, primero, los ojos de la Carne con el fin de situarse, y después realizar los gestos pertinentes, dejar caer los reprimidos hilitos de baba especializada en simular, mostrar los dientes cuando sufres un mordisco de la rabia en plena nuca, masticar con degustación comedida el pezón de la abnegada madre que sin saberlo, mas adivinándolo, cayó en el insondable abismo de la existencia.

Debes abrir también los ojos de la mente, del plasma cerebral que padece hambre, sed y celo; defenderse con la viscosa lengua de las agresiones, competir con el fuerte y azotar con obsceno regodeo al débil, experimentar la insípida adaptación de las especies, enroscarte en rededor de halos voraces de Nada, y sólo a veces, mecerte bajo la lápida musgosa que te impide escapar de la putrefacción, mascullando en silencio, abajo, pensamientos esenciales, variados y concisos: de dónde, adónde, por qué, cómo, cuántos más he de someter para sentirme el dueño del mundo…

La guerra es una tensión descendente en espiral que nos enfrenta a todos olvidando el pozo donde dejó caer el hacha de la última tregua. Como en el pantagruélico festín de la Araña Mancha, somos alimento e insaciables vasallos de nuestro propio poder casi infinito. Todo continúa. Todo crece. Todo se multiplica.

¡No hay final para los ojos que luchan por escapar de sus cuencas vacías!

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Lupe

La sobrina del hombre del saco odia a los seres humanos porque dice hallar en ellos tanto vicio como en la tierra excesivamente estercolada.

Debajo de sus seseras, sobre su verdad, encima de sus alardeadas mentiras de repugnante consistencia, metido entre los resortes de su desmedida ansia de poder y voracidad.

Quien presume de ser bondadoso llega un momento en que se aburre de excederse en el Bien y comienza a comerse crudas las entrañas del vecino, la vulva de su santa madre y hasta se traga el aliento de Dios si se tercia.
¡Tanta necesidad de hacer algo que contradiga todo lo hecho hasta entonces!

Quienes practican el reverenciado Arte del Mal a causa de un golpe en la sien cuando eran niñas o niños, por un aporte genético que no soporta tanta tranquilidad como regala la Naturaleza si se contempla subido en la cumbre de una montaña, debido a la impaciencia propia de seres que se saben irremediablemente condenados a la impía sucesión perpetua de la Muerte, son incapaces de dominar sus impulsos, sus ambiciones, su hastiada visión de un mundo que sólo bajo el peso viscoso de sus cerebros parece adquirir sentido.

Esta sobrina, aunque pequeña e inquieta, tiene más razón que un santo varón embriagado.

Cualquier día la matarán circunstancias conjuradas, se la llevará un aire súbito o éste mismo la destripará ante el altar de la eterna consunción para que las deidades respiren en paz y se serene la torva capacidad de su mente a la hora de engendrar ideas absurdas y fango abstracto como las ecuaciones…

 

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