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Amapolbl

Me viene de abajo una suerte de furia indescriptible con nombre de insecto lisiado por la aleatoria contundencia del relámpago.

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He aquí un botón carente de patrón, y algo picaflor, del concepto artístico que esta persona humana toma y tiene de todo y de nada a la vez. De nada: ¡MÓNADA!. ¡Y No sé dónde nací. Alguien me encontró debajo de una bosta de sibila un día de primavera. Desde entonces padezco la incurable enfermedad de la vida, el odio y la venenosa castración de la paciencia.

Riolobos es un pueblo por cuyas calles corren corren ríos de tinta violácea y hemoglobina a medio coagular de olifante encelado, olímpico.

Riolobos me desfloró hincándome en la sien siniestra la punta de un pensamiento a flor de piel que se desangraba al escucharse en voz alta.

Riolobos es como una mermelada de perlas cautivas cuyo nácar enciende la mirada furtiva de unos ojos que osaron arrojar en él el desliz de su misterio.

Riolobos se asienta en el mapa espectral de las contradicciones, los dilemas y el feroz aullido de la materia.

Riolobos, nacido por mí en fecha remota, era antes un vertedero de orígenes inexplicables.

Hallo y encuentro a cada paso algo que aquietar y adormecer con el pensamiento.

Si es un insecto diabólico en forma de hombre le digo basta, y muere.

Si es una idea precoz pillada en fraganti dejo que delinca y luego intento convencerla de lo contrario aplicando a su desdicha el bálsamo de la Nada.

Hoy estoy tan lleno de furia: ¡y esta maldita Civilización aún no permite comer carne humana ni lavarse la cara con sangre caliente!

Embelecos de la trashumancia abstracta de los anuarios y las claridades!

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Érase una vez…

Soy doctor en Medicina Interna, y desde que confío en Hipócrates, lo revelo inspirándome en su fiel Conocimiento, recibo a diario todo tipo de energúmenas en la consulta que abrí al cabo de la calle treinta y dos.

La otra tarde, una de esas tardes nubladas que el aire olía a rabia reprimida y a trozo espachurrado de envidia, vino a consultarme no sé qué dificultad una rubia divorciada que decía sufrir la misma paranoia crítica que la reina madre de todas las batallas: doña Roncha de Lis García.

Las preocupaciones morales le salían como espinos por los ojos.

Dijo ver padres y madres por todas partes; hijos, hijas, vendas salpicadas de pus de doncella entristecida, esposos fieles despojando a sus amantes de vestidos manchados de flema mal batida, filigranas de oro que del cielo caían buscando en la tierra un destino donde reposar y vencer el empuje maléfico de la perseverante inquietud.

La rubia estaba de cintura para todos lados de rechupete y moja pan en vino…

“Que veo halos colándose por grietas, en espiral bifurcadas, como si pretendiesen escapando volver a algún lugar del que nunca pensaron regresar en vida.”

Quise ser médico y no pude. Me enamoré enseguida de esta mujer de ojos someros donde nadar y ser libre te serenan de igual modo.

Sólo deseaba sorberla, amarla descalzo, verterla en pomos púrpuras, metérmela en el eslabón imprevisible del pensamiento, domeñarla con fuerza, acobardarla arrinconándola contra el recodo recompuesto de la conciencia parda que los ilusos tenemos extraviado en algún pespunte de la fantasía…
Te quiero. Te quiero con pelele o enfaldada. Te quiero.

Jcp

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Pensando en permanecer varios días en el edén, y pasar pensando, mientras relees los ojos displicentes de difuntos sorbidos con fuerza por la eucaristía de la franca Moribundia, otros cuantos en medio del infierno, llegas a la siguiente conclusión: no se puede vivir sin el humo denso que los íncubos soplan al mentirte, o susurrarte al oído deseos insatisfechos y extrañezas en espiral y disociadas, esas mentalidades en blanco que jamás se acostumbrarán a vestir, respetar, fingir o comer cerrando la boca y mascando bien los alimentos…

Se dice en algún rincón bien limpio de la Biblia que el orden precede y no procede del Caos. Esto ayuda a reflexionar de lo lindo; y vale también para mantener cuadriculado tu entorno y en cada sitio colocada tal o cual cosa según el sitio y según la magnitud de la cosa.

Alguien dejó escrito en mi Diario que el domingo se levantó temprano para contemplar desde lejos el vuelo lento de la alondra alrededor de otro trozo desperdiciado de Nada. Serían las nueve y pico de la mañana. La noche había transcurrido entre vueltas y revueltas, sueños, apoteosis y curaciones de última hora; sobre ascuas… No creo que fuese el peor domingo de su vida cuando manchó el diario con semejantes abstracciones sin pies ni cabeza que a la postre, cuando sienten sed, bajan a beber en la fuente donde mana el agua fresca del instinto.  Por mucho que digan o se desdigan, o masquen verdad o rechacen el acerbo sabor de la mentira.

“No soporto la palabra Deseo”, susurraste a esa oreja que en la cabeza permanece a la escucha el día que aún no te conocía lo suficiente para enjuiciarte, pensarte desnuda y olvidarte violada sobre un lecho de pétalos lilas, dormida, por lunas versátiles acariciada debajo, en fetal espiral de desencanto acurrucada, no viva, sí profundamente soñada…

Decepcionéis a quien tengáis que decepcionar es algo fundamental. No te levantes cada día y manifiestes enseguida la posición del Sol. Deja que cansados de esperar en vano, sucumban al vil encanto de tu misantropía.

No siento inclinación hacia la tristeza. Si lo intento, bendecido por alguna diosa suplicante arrecida de celo, me aburro y desisto como huye el cuervo del banquete donde sólo fueron invitados banqueros, viudas y corifeos.

En mi estado de cosas, procedencias y mendacidades está prohibida la abulia a buen precio y la tristeza empleada o no como cebo.

Una amiga, desdichada ella, utilizó ese ardid para derribar de un certero golpe a un magnate que olvidó dormir y, a cuenta de ello, se pasaba los días velando armas, cerraduras y leyes.
Al compás de reflexiones ominosas no hay quien piense callado lo que el público dice en alto cuando acaba la función.

Estoy procurando ser un triste de los de podium y marca y no puedo porque alguien, en contra de este deseo arrebatado que me cuece, pretende alegrarme el día llenándome el bolsillo de oro y la mente de pensamiento.

De ese pensamiento adulterado que sitúa los nombres bajo la trama artificiosa del concepto, la verdad en boca de la voraz ansia del instinto.

Hace días que no me zambullo sino en agua, y algo turbia, déjese dicho y remembrado, bien mirada desde la perspectiva del ocio, eso si se fijan los ojos en su cara licuada y jugosa de niña buena y mansa.

El rostro del agua es el mismo que aquel que don Demonio pone cuando aprieta sentado en el trono y maquina ya otra nueva embestida de sangre contra el mundo a medio hacer. Te digo yo, Prudencia enorme, que ambos son la misma flema, el mismo trabaollas, la misma contingencia calada de poder y vicio.

No miento. Ni difiero el proceder del pensamiento cuando en cavilar se ha enmendado el tuétano del cráneo… Que no.

Agua igual a Satán.

O Satán igual a agua clara de las fuentes, de tu boca recién besada, del claroscuro del chocho de la Bernarda, del riego que de tus ojos se derrama al sentir el corazón la dicha que otro hombre te regalará cuando el tuyo tenga que remar para sacar del pozo lágrimas de compasión y monedas gratas al porvenir y a la aurora.

 

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Hoy, ayer, o siempre, en la rutinaria visita a mi siempre disponible y afable vizconde y compañero de la planta superior, que no deja de reptar y trepar, me doy cuenta de que ni el mundo es comprensible a través de los sentidos, ni los conocimientos en él alojados, a causa de la inexactitud de la potencia bruta, son tan limitados…

Al ir a buscar en mi chistera granate la entrada correspondiente a la enajenacion diaria, este personaje, de cuyo nombre no quiero acordarme, aun ebrio de naftalina y uva pasa, (no por nada exacto o preciso, sino porque posee ya tanto renombre que proporcionarle más puede ser hasta adictivo) me ha sacudido con el varapalo didáctico que faltaba en este lindo anochecer de hibernales contornos… Me enseña, ¡el muy extraordinario arrebato de pura energía bien filtrada!, a añadir una introducción nueva sin necesidad de editar a cascoporro lo ya escrito antes, deprisa y desangrándome. ¡¡¡Qué gran HOMBRETÓN, y qué grande CAPULLÓN!!!

Y aún expresa y dice el muy tirano:”Nos veremos en el Fondo, no sé de quién ni de dónde, como en espejos rotos se reflejan esposas en celo distraídas, raras; pero en el Fondo de ese Algo brillarán nuestras miradas, al final de días y noches que no pertenecen a nadie (eso, y esto mismo, si lo mascas con la prudencia de aquélla que lleva ya veinte partos, viene siendo lo idéntico a aquello que reza del modo siguiente:”Arrieritos somos y en los caminos del demonio desatado nos encontraremos”).

Todos venimos de la Ubicuidad y detenemos nuestro pulso añorando la Inmortalidad: de la Nada y a la Nada, tiempo que se desliza por los entresijos de la Eternidad… ¡Qué salvajes y a la vez abstractos soñamos con ser los humanos!

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La esposa se acuesta temprano. Puede conciliar el sueño, si bien tiene de diez a una docena de pesadillas por minuto. Da vueltas, como es lógico, en la cama, y suda, trepa témpanos de patrañas tan odiosas que a la postre se allanan en lugar de rematar en punta, ya saben… ¡Ley de vida! ¡Ley de raíces mal sembradas! Se enreda entre las sábanas. Enciende un cigarrillo. Lee un poco prospectos donde los descritos efectos de analgésicos y excipientes rebajan la dignidad de la vida a ras de suelo o… Vuelve a apagar la luz. Pero no puede dormir. Sólo sueña en voz baja cómo se ahogan sus hijos en garras de amapolas sedientas de más sangre, ellas… A las tres de la madrugada se levanta. Despierta al amigo de al lado (buen miembro, pensamiento zángano y desconfiado como una jaca tuerta) y le confía que no puede dormir. Le pide consejo. El amigo le aconseja que haga cincuenta flexiones o castillos en el aire a fin de cansarse un poco. Que en seguida tome una taza de tila manchada de lid y misantropía y que apague la luz. Hace todo esto pero no logra dormir. Se vuelve a levantar. Esta vez acude al médico. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero ella, esposa y desmadre, no se duerme. A las seis de la mañana carga el revolver del padre de sus hijos, un olvidadizo borracho que nunca supo en qué tajo apoyar su cabeza para ser ejecutado, y se levanta la tapa de los sesos. La esposa está muerta pero no ha podido quedarse dormida. El insomnio es una cosa muy persistente. Como la mugre, el Orden, la Eternidad, la fatal capacidad de imaginar a todas horas…
La historia de la hª. es la evolución de la maldad. Interesante forma de redoblar por todo lo audible las pezuñas del diablo en celo contra atmósferas, hados y servidumbres…

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