El eslabón perdido de la ausencia repentina.

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Detrás de no sé quién hay alguien zumbando la badana a un angelote negro de alas rojas que dice no poseer el privilegio del Nombre ni la destreza del arco bien tensado.

Ese alguien desconocido prefiere mantenerse sorbiendo del néctar de la eternidad que someterse al incesante cambio del devenir. Se llama Tic Lorenzo de Yuso.

Tiene dos o tres posesiones raídas por los años y vive a tutiplén debajo de una nube que amenaza con descargar ranas, sapos y culebrinas torcidas hacia el eslabón de la punta.

Y no sé quién lleva veinte años intentando demostrar que la Tierra por fuera es redonda como un círculo cansado de gemelos concéntricos y por dentro es algo así como cuadriculada y medio declinada en dirección al apócope fundamental del Abismo.

Su tesis, leída ya en tres Universidades legendarias, razona con orgullo pero no convence ni al barrendero. El día menos terciado lo jubilan y se dedica a alimentar palomas en los parques y a preparar el día de la defunción solicitada silbando la melodía del “Defuntorum Parsimoniae Libriis”.

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