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July, 2010 Monthly archive

Una de las promesas electorales más celebradas del hoy presidente Barack Obama fue precisamente el cierre de la prisión de Guantánamo, estableciendo unilateralmente como límite máximo para el cierre el mes de enero de 2010, fecha harto simbólica que coincidiría con su primer año en la Casa Blanca. Toda la prensa europea, y especialmente la española, jaleó de manera entusiasta la promesa electoral, contraponiendo al demócrata y liberal Obama frente al autoritario y retrógrado Bush, lanzando cohetes porque de una vez por todas habría un mandatario norteamericano auténticamente “progresista” que daría la vuelta a la política estadounidense como quien da la vuelta a un calcetín. Guantánamo tenía ya las horas contadas, no en vano el “yes we can” entonado por los corifeos del afroamericano encontraron un altavoz en la prensa hispana, unánime en este sentido. Pues bien, ya hemos superado con creces el mes de enero de 2010 y Guantánamo sigue abierta, aunque la prensa española parece no haberse enterado. Ni una sola línea dedicada a este flagrante incumplimiento presidencial. Pero no es esto lo preocupante, sino el hecho de que la Casa Blanca ha orillado este tema, hasta el punto que el cierre de Guantánamo ha dejado de ser una prioridad y la Administración Obama ha orillado toda acción destinada a poner fin a tal base militar. De nuevo la prensa española no se ha enterado o no ha querido enterarse de este particular, quizá debido a que su enamoramiento del presidente norteamericano ha colocado una venda en los ojos y una mordaza en la boca de cada periodista para impedirle ver y contar todas aquéllas actuaciones que pueden contribuir a ensombrecer la figura de Obama acercándola a su predecesor.

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En Europa ni siquiera se conoce lo que significa libertad política, como libertad colectiva. Tampoco se sabe lo que es garantía institucional de la libertad, pues todo se confía, como en los tiempos de las Monarquías ejecutivas, a la idiosincracia mas o menos liberal de los gobernantes de turno. Si tuviera que elegir un solo elemento que distinga al espíritu europeo, no podría señalar el judeo-greco-romano ni el cristiano, pues también fueron integrados en el espíritu americano. Tampoco la inclinación a la ciencia y la tecnología o a la industrialización y el arte, puesto que son comunes. Somos distintos por la preferencia que damos a la cuestión social en la legislación, y a la demagogia socialdemócrata en el lenguaje. La elevación de los salarios por encima del mínimo vital se hizo allí por motivos económicos optimistas y aquí por razones políticas pesimistas.

Los pueblos no se unen por la identidad del factor histórico que los separó, ni para eliminar las rivalidades que agostaron sus posibilidades nacionales. Sin un peligro común que las amenace de inmediato, las naciones semejantes en desarrollo solo pueden unirse para superar la dependencia, impotencia o incertidumbre en que el presente las sitúa, ante un futuro de dominación globalizada. Si no es para hacer algo distinto en el mundo, bien está que las naciones europeas se constituyan en una unidad dominada. Así, la potencia americana no tendrá que desperdigar y coordinar su acción dominadora sobre 25 naciones.

Europa no ha sido la patria del humanismo ni suelo propicio para su arraigo. El humanismo europeo ha sido asunto de eruditos y filólogos. Grecia no tuvo conciencia de su humanismo, a no ser que confundamos cultura y civilización. En todo caso, lo agotaron los sofistas. En Roma, una familia aristocrática lo importó de Grecia para escándalo de la cultura republicana tradicional. El cristianismo, como las demás religiones reveladas, no puede ser humanista sin contradecirse. El espíritu europeo, con su dualismo cartesiano, dejó cojos los andares humanos. La pierna derecha, con botas de siete leguas, avanza sobre las cosas extensas de la técnica. La izquierda, de zocos en colodros, se arrastra, adelante y atrás, cargada con las cosas intensas del alma, sin moverlas una pulgada.

El humanismo nació en China como “armonía del ritmo de la hora física con el ritmo de la hora moral”. La conciencia del tiempo se crea en Asia con simultaneidad o duración. Por eso el brahamanismo, no siendo humanista, puede explicar el humanismo budista, donde la ternura de Buda, equivalente a la caridad de Cristo, permitió prescindir del sacerdocio. La diferencia del humanismo hindú con el chino consiste en que aquél es una religión y una moral sin historia, mientras que éste es una política, una historia y una ética. Ghandi introdujo la política y la historia con un ardid humanista. No el de su resistencia pasiva y boicot a las manufacturas inglesas, eso concernía a la acción práctica, sino el de una acción espiritual acorde con la religiosidad india. Convenció a las masas de que la Independencia era cuestión de dignidad y lealtad consigo mismo, de honorabilidad con los demás, antes que un asunto político o de logro material. La no violencia hizo protagonista de la historia a masas hasta entonces despreciables. En la misma época, Europa experimentó lo peor de la humanidad, y Asia, lo mejor del humanismo.

Aunque intervengan otros factores, los grandes fracasos políticos, como el de la Constitución de la UE, deben explicarse ante todo por grandes causas políticas. Más potente que la idea de federar a los pueblos bajo una sola bandera ha sido la idea nacionalista de mantenerlos no ya separados sino enfrentados a muerte. Esto explica que los federalistas europeos se inspiraran en los movimientos culturales y económicos donde el nacionalismo parecía inclinarse ante el internacionalismo, como en Francia bajo el Segundo Imperio, o había sido superado en federaciones interiores, como en Suiza o Alemania. Por eso, se debe transformar la UE en una Federación basada en la democracia de sus Naciones, y no en la oligarquía de sus Estados de partidos.

El pasado colonialista, por ejemplo, puede justificar la desconfianza ancestral de África y Asia hacia Europa, pero el actual neocolonialismo de EEUU, que hace benigno al europeo, no es ya elemento diferenciador entre las madre-patrias de los pueblos occidentalizados. Esto no significa que la uniformidad de la industrialización, la tecnología, la economía de consumo y la comunicación instantánea hayan borrado por completo las diferencias culturales que la economía de producción produjo en los pueblos agentes de la civilización occidental. Las semejanzas formales son engañosas. Unas mismas instituciones y una misma legislación pueden encarnar diversos espíritus nacionales, así como recrear valores éticos tan divergentes como los de la Europa protestante y la católica. ¿Cuál es la identidad europea?

A.G.T.

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Elemental Watson. Al auténtico poder: “The Money”, le importa un rábano la patria catalana o la patria española, el dibujo político-patriótico es secundario siempre y cuando los grupos de poder económico mantengan y/o mejoren sus posiciones clave en el Circuito del Dinero. La Alta Burguesía de Madrid y la Alta Burguesía Catalana están totalmente internacionalizadas, y si están jugando con fuego barajando el naipe político, es porque les conviene, porque están seguros de ganar más de lo que pueden llegar a perder. Están manipulando sentimientos muy profundos y fuertes, recreando y exacerbando un escenario artificial y absurdo de enfrentamiento.
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Una de mis tesis favoritas es que casi todos los males que aquejan a nuestro mundo, desde la actual crisis económica al desempleo masivo, la crueldad, la violencia, el hambre, la injusticia y la desigualdad, tienen su origen en una fechoría histórica de grandes proporciones: “el gran robo de la democracia”, que fue creada por los hombres y las mujeres libres y que después nos fue arrebatada por los políticos. Ese es el pecado de origen que marca a la actual casta política y la convierte en despreciable. La historia de ese gran robo merecería estudiarse en todas las escuelas y ser la primera lección de la asignatura “Educación para la Ciudadanía”.

Cuando el empleado de una empresa hace mal su trabajo y causa daños a la organización, es despedido sin contemplaciones porque ha fracasado. Nuestros políticos han fracasado y hecho tan mal su trabajo que han arruinado la empresa (España), pero ellos no dimiten porque se han apropiado de la empresa y la gestionan sin ética ni decencia.

Ha tenido que llegar la crisis y la ruina para que muchos descubran la gran traición de la casta política a los ciudadanos, el gran robo de esa empresa común, creada por los ciudadanos, que es el Estado democrático.

“El robo de la democracia” es uno de los más sucios y vergonzosos episodios de la historia de la delincuencia mundial. Es un capítulo abierto en la Historia de la ignominia que algún día, cuando la Justicia vuelva a reinar, tendrá que ser castigado con todo rigor. Hasta que los ladrones no restituyan lo que un día rapiñaron, no son otra cosa que usurpadores ilegítimos de una propiedad ajena, simples ladrones impunes, amparados por una ley injusta que ellos mismos han dictado.

Un día, los ciudadanos libres y responsables del mundo, cansados de ser exterminados por el poder absoluto y de soportar agresiones, vejaciones, injusticias y desmanes de los poderosos, decidieron crear la democracia, un sistema equilibrado, basado en la ética y en la justicia, e ideado para que podamos convivir en paz, a pesar de las discrepancias, y para impedir que el poder volviera a ser despótico y absoluto.

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Las manifestaciones del arte actual oscilan entre la afectación y el mal gusto. Aquella proviene del intelectualismo de los artistas. Éste, de su defectuosa educación estética. La finalidad de la obra de arte no es transmitir conceptos o reflexiones sobre la vida, eso es lo propio del ensayo, sino sensaciones y emociones de calidad superior a las que sentimos de ordinario. El conceptualismo invade el arte cuando la inspiración se agota. La vulgaridad lo anega cuando los criterios del gusto se democratizan.

El gusto comienza siendo una inclinación natural y espontánea. No hay mal gusto en las maneras de cumplir las funciones elementales de la vida animal. Pero las reglas de urbanidad enseñan a no expresar naturalidad en la vida social. Esta no es, desde luego, la clase de educación que refina la sensibilidad artística. Incluso puede ser un obstáculo en aquellos géneros, como la pintura, donde la falta de respeto hacia las formas aparentes de la materia suele surgir de temperamentos poco gentiles con las apariencias constitutivas de la cortesía.

El camino de formación del gusto estético, como en las autopistas de peaje, tiene un recorrido de ida y vuelta. En la juventud, el artista selecciona y exagera, para acumularlos en la expresión de su obra, los aspectos parciales de la vida que le placen o repugnan por instinto, al que confunde con la intuición. Tiene un sentido privativo y acumulativo de la belleza. En la madurez, elimina de la naturaleza las formas y matices que estorban la reproducción de las emociones simples que impresionaron su corazón en el viaje de ida. Su intuición tarda en descubrirle el carácter universal y único de las bellezas singulares.

El gusto estético, a causa de su fase instintiva, tiende a mantener las preferencias iniciales. Y siempre asoma algún rasgo infantil en las más acabadas expresiones de belleza. La inteligencia intuitiva del artista puede elevar el rango de su gusto instintivo, haciéndolo más afín a manifestaciones de la excelencia en otros campos culturales, pero a fin de cuentas seguirá siendo su instinto natural quien elija las nuevas preferencias. La crítica que separa con radicalidad las obras de un mismo artista, según sus edades o estilos, cae en un doble olvido: el de la singularidad de cada obra de arte y el de la identidad final del gusto que sólo cambia de objeto.

No es diferente el proceso de formación del buen gusto en todos los individuos. Una cuestión de enorme importancia en los avatares de las vidas personales que, sin embargo, ha sido poco advertida, salvo en el terreno sexual. De ahí la gran atención que debe prestarse a las edades, la primera infancia y la pubertad, donde se fijan las atracciones instintivas del gusto personal y las imágenes concretas de las bellezas vecinales.

No es aventurado creer que la mitad de nuestras normas estéticas proceden de nuestros primeros tutores y la otra mitad de nuestros primeros amores. Esas experiencias pueden borrarse en el recuerdo, pero marcan para siempre los límites de los cauces estéticos por donde discurrirán, como si fueran libres, nuestros predeterminados criterios del gusto y nuestras prefiguraciones plásticas de lo bello.

El buen gusto resulta ser, en definitiva, una correcta adecuación a la edad del instinto natural, que elige las afinidades, y a la elevación cultural del carácter que realiza la creación artística. Como estos factores mudan, los criterios del gusto se adaptan adecuadamente a esos cambios, si no se dejan arrastrar por las modas. Un fenómeno que, al domeñar el gusto de lo diferente, crea una adición a los patrones comunes de seguridad electiva en los artistas carentes de un sistema inmunológico de suficiencia estética. El imperio de las modas impide seguir siendo fieles a la evolución del temperamento natural y al refinamiento del carácter por la amplitud de la liberación cultural del artista.

A.G.T.

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No se puede entender el Comunismo sin conocer la Agenda del Judaísmo Internacional. El comunismo fue “internacionalista” mientras al “ala izquierda” del Judaísmo le convenía que así fuera. La Revolución de Octubre fue un Golpe de Estado inconfundiblemente judío. Simplemente observando las estadísticas de cabecillas y comisarios soviéticos se advierte la desproporcionada cantidad de personas de este origen, lo cual verifica la hipótesis de una maniobra judía para derrocar a los Zares (muy hostiles con la minoría judía y reacias a establecer un Banco Central como patrocinaban los ingleses) y descabezar al pueblo ruso colocando a sus propios cuadros como dirigentes.

    Luego Stalin “rusificó” en parte la Revolución, dándole una impronta “nacionalista”, pero sin poder anular, ni mucho menos, el número y la influencia judía en la nomenclatura soviética. Esta influencia, y su entramado internacional, fue vital en la victoria rusa sobre Alemania, en la obtención de la bomba atómica, en la permanente transferencia de tecnología occidental, así como en el permanente auxilio financiero que Wall Street facilitó para sostener contranatura el régimen de los soviets, a cambio de suculentas ganancias a cuenta del sufrido pueblo ruso.

    Al margen de este factor, y de la multitud de bestialidades cometidas por el Pepe, el progreso material y la universalización del trabajo, de la sanidad y de la educación en la Rusia de Stalin es incuestionable. Digamos que durante Stalin hubieron tablas entre el nacionalismo ruso y el nacionalismo secreto judío. Pero los judíos siempre estuvieron sobre-representados en el Partido, el Gobierno y los Servicios Secretos del Estado soviético y constituían más de un 50% de los escalones superiores de la Checa, la GPU, el NKVD, y posteriormente el KGB.

    La cúpula internacional secreta del judaísmo, con poderosísimas influencias a ambos lados del Telón de Acero (de humo), fue la que decidió y orquestó el desmantelamiento de la URSS cuando el poder del Dinero Judío ya era omnímodo en Occidente y tocaba el turno a la Globalización, que es el paso previo al Gobierno Mundial explícito. Los camaradas-compañeros eran utilizados convenientemente, pero su caballito ganador era la Usura, expandida mediante los mecanismos del Sistema Financiero Internacional y sus armas de conquista masiva: el Dóllar Satndard y la Deuda. Todos estos procesos son funcionales a los avatares del Sionismo Político (Israel) y su proyecto mesiánico.

    El Internacionalismo del Comunismo, (como toda doctrina de origen judío para consumo de no judíos), es incuestionable, y la vertiente Trotskysta es la perfecta manifestación de esto. Cuando la Madre Patria soviética se disuelve, dicho Internacionalismo queda seriamente “tocado”, por falta de apoyo se cortan las líneas de suministro y se desactiva buena parte del aparato global, y es entonces cuando buena parte de las organizaciones comunistas (a excepción de los Trotskystas) comienzan a volverse Nacionalistas ya que estiman imposible, en el corto plazo, la Revolución Mundial, por lo que se conforman con el ámbito local. El caso de China es especial y supera este pequeño análisis.

Los trotskistas occidentales se mantienen a distancia de sus otros compañeros; sabotean la revolución local en nombre de la “revolución mundial”; son antipatrióticos, antinacionalistas, incapaces de atraer a las masas, y relacionados estrechamente con círculos nacionalistas judíos. Sus consignas apuntan exclusivamente a las minorías; piensan en gays e inmigrantes, en judíos y padres únicos; pero la mayoría de la gente no les interesa. Esta atracción explícita y obsesiva hacia las minorías es una tendencia no- comunista, incluso anticomunista. El comunismo, en su formulación ideal, está a favor de la mayoría contra la minoría; por el desposeimiento de la minoría en nombre de la mayoría. De cierto modo, el comunismo es cristianismo mutilado por la Navaja de Occam. San Pablo desposeyó a los judíos y entregó su tesoro espiritual a la mayoría, a toda la humanidad. Marx, con su teoría, intentaba desposeer a los capitalistas y entregar sus tesoros materiales a la mayoría.

La ofensiva de los últimos años del frente nacionalista-independentista catalán (por derecha y por izquierda) invoca y moviliza los sentimientos patrio-catalanistas pero en el fondo se trata de un asunto mucho más prosaico: dinero. La Alta Burguesía Catalana sabe que la quiebra de España es un hecho consumado, y si bien se desconocen cuales serán las consecuencias concretas, simplemente se está posicionando convenientemente ante este escenario, sin descartar el escenario independentista.

La “izquierda” catalana en todas sus variantes, no es más que un peón, como siempre, están siendo hábilmente utilizados por el Gran Oriente al servicio del Gran Capital para socavar la unidad de resistencia de todos los pueblos de España. Los tontos útiles parecen no darse cuenta que le están siguiendo el juego a la Alta Burguesía Catalana, una minoría sectaria y muy poderosa, criptojudía, perfectamente acoplada al esquema de poder internacional del Capital. Reconociendo su particularismo, y con gran respeto hacia las inequívocas señas de identidad del pueblo catalán, creo han sido abducidos por un micro-nacionalismo histérico y hostil que tiene las patas muy cortitas y que está siendo utilizado por engranajes muy poderosos.

Cosas veredes amigo Sancho…

C. de S.G.

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El punto de vista de la clase política autonómica no debe perderse de vista. A ellos todos estos sesudos debates sobre las naciones históricas de la península Ibérica les aburren, no les interesan lo más mínimo. Excepto como herramientas de manipulación para conseguir el fin que persiguen. No son ningunos románticos idealistas libertadores.

Lo que quieren es sencillamente ser como el gobierno central, ser igual de impunes ante la no-ley que ellos. Todos esos rollos sobre segadores, chapelas y demás les dan igual, ellos se apuntan a lo que haga falta con tal de pillar.

No he conocido aún ningún independentista catalán, vasco, etc., que tenga alguna idea sobre qué forma de gobierno, y qué sistema electoral, quieren para su nueva nación recién independizada, parece como si eso fuera “lo de menos”. Están felices con los gobiernos autonómicos que ya tienen, piensan que son democráticos, que expresan la soberanía catalana, que les representan.

Los gobiernos autonómicos son tan oligárquicos como el gobierno español central, al que imitan. Aspiran a tener el mismo poder sin control, un poder ejecutivo con capacidad de gobernar, legislar, y juzgar. Quieren tener la misma impunidad ante la ley, que pactan entre ellos. Esos son los nobles fines que persiguen, apelar a los sentimientos nacionalistas no es más que una forma, como podría haber otras, de alcanzar ese poder.

Sería interesante analizar un hipotético escenario de una Cataluña(por ejemplo)independiente con un gobierno realmente democrático, representativo y con independencia de poderes. Imaginemos que Cataluña o el País Vasco pidieran la independencia de España precisamente para constituir esa forma de gobierno, ya que la forma de gobierno de España es una oligarquía corrupta irreparable. Por lo menos tendrían una buena razón para pedir la independencia.

¿Qué pasaría con el resto del país? ¿Se darían cuenta de que la forma de gobierno que quieren los catalanes para ellos es mejor? ¿Querrían para ellos lo mismo? ¿Si todos quisiéramos lo mismo qué pasaría con la independencia?

En España la democracia hay que buscarla con lupa, lo que tenemos son gobiernos oligárquicos herederos de nuestra tradición absolutista, por lo tanto ninguna de sus instituciones o leyes son legítimas. No son una expresión de la soberanía popular como tanta gente bienintencionadamente cree.

En una democracia descubriríamos si los catalanes, por ejemplo, son tan independentistas como su clase política y sus medios afines nos cuentan, igual sí igual no. En todo caso, nos gustase o no, por lo menos tendríamos la medida real de lo que hay, no una distorsión interesada de unos aspirantes a vivir de tú bolsillo y el mío.

Y es que:

1.- El derecho de autodeterminación tiene una concepción y definición en el derecho público muy específica, que es la destinada a la descolonización respecto a la metrópoli en el S. XIX. Su origen y finalidad fue dar cauce jurídico a las potencias europeas para cambiar soberanía por tutela comercial respecto los territorios de ultramar. No justifica ni es instrumento politico para la secesión por voluntad de una parte del territorio.

La secesión no puede ampararse pues en derecho internacional de autodeterminación alguno, si acaece, será por la fuerza de la violencia o de los hechos consumados.

2.- La apelación nacionalista a los sentimientos es una trampa dialéctica. Sabido es que contra los sentimientos no se puede razonar. Emboscado el rival dialéctico, la última trinchera del “es que yo me siento así”, es una treta de irreductibilidad ilícita por quedar extramuros a cualquier razonamiento.

3.- La apelación orteguiana del plebiscito diario que sustenta el nacionalismo es la más benévola de todas las consideraciones erróneas del planteamiento nacionalista, ya sea secesionista o españolista. José Antonio Primo de Rivera asume ese postulado nacionalista como proyecto sugestivo de vida en común o “unidad en el destino”.

Invocar al filosofo en lugar de al fascista en primer término da una suerte de legitimación intelectual inaceptable a lo injustificable por mucho que asumamos que Ortega en este aspecto de su filosofía, fue un desastre.

4.- La nación sólo puede definirse con referencia al estado. La organización judicial, policial y la emisión de moneda y aún las naturales, como la orografía, son referencias más válidas que el idioma o la religión para definir el hecho nacional como el elemento objetivo e invariable que es. España ha sido y es, por ahora, estado. Cataluña ni País Vasco, nunca lo fueron, jamás han tenido organización estatal propia.

5.- Como hecho objetivo que es. Los españoles no lo son por nacer en España, sino porque son DE España. De la misma manera que los frutos lo son del árbol.

Ese hecho objetivo, hace inane la voluntad de una parte de separase. De la misma manera que los hermanos no pueden por votar democráticamente dejar de ser hijos de sus padres porque vienen marcados por la genealogía sea cual sea su postura al respecto, o como si mañana, porque queramos pasar un agradable día de campo, votáramos muy democráticamente que no lloviera.

No se puede federar LO QUE NUNCA HA SIDO UN ESTADO CON UNA ENTIDAD ESTATAL PREEXISTENTE, no es tan difícil de entender.

Charlemos sobre realidades y sentimientos, pero hagámoslo sin trampa ni cartón, como se suele decir. Si en el referéndum por el Estatuto de Cataluña votó un 49% del censo electoral y, si de esos 49 votantes de cada 100, 10 votan que no (el 20,74%) y 36 votan que si (el 73,92%), la forma más correcta de interpretarlo, a mi parecer, es que la mayoría del censo electoral catalán no está interesado en el susodicho Estatuto. No se puede decir en puridad que la mayoría de los catalanes están por la autodeterminación. Por otra parte si uno es hijo de vasco, es decir español y catalana, es decir española, el fruto de tal coyunda es 100% español, aunque él pueda sentirse como mejor le acomode. Creo que las discusiones sobre sentimientos no conducen más que a la melancolía. Y lo mismo que un interviniente se reclama independentista hijo de españolistas, puede a su vez engendrar patriotas españoles, pese a su insobornable amor a la independencia de su patria chica. Lo que desconoce el patricio catalán es que lo que el reclama, su patria en exclusividad, forma parte de la patria común de los españoles, es decir España y debería respetar al resto de sus compatriotas que no deseen cederle la exclusividad que reclama para un 36% del censo de los españoles que residen en Cataluña. Tampoco es tan difícil de entender.

MCRC

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Lo que se conoce, hasta ahora, de la sentencia del TC presenta los intereses políticos de la transición y, a la misma vez, la destrucción del sentido elemental de las palabras. A una confusión tal ¿ Se la puede seguir llamando Jurisprudencia ? Y, a los miembros del TC español, ¿ se les debe llamar “juristas” ?.

Lo del TC no es Jurisprudencia porque sus miembros no tienen ni que ser jueces. Basta su personalidad acomodaticia a la finalidad política de los deseos de la clase política a la que sirve. Sus miembros no son juristas sino sastres de la actuación interesada, haciendo trajes a medida.

A la ambigüedad y el disparate constitucional del Estado de la Autonomías, que permite que tales entes antidemocráticos decidan sobre el alcance de sus propias competencias políticas, se añade la politización extrema del Tribunal Constitucional, único freno posible en teoría, el cual puede sancionar cualquier tipo de tropelía, conforme al interés de los partidos (antidemocráticos) que lo mangonean para dividir a la Nación troceando el Estado. Todo empezó, recordémoslo, una vez más con aquellas primeras elecciones fraudulentas de lista de partidos y sistema proporcional de reparto de votos de 15 de junio de 1977. Es claro que la Constitución del 78, procedente de aquellas elecciones sin libertad política (secuestrada primero dicha libertad por los partidos, éstos se convirtieron después, sobre la marcha, en entes constituyentes) es antidemocrática, como lo es todo lo que se deriva de ella, incluido el comportamiento antinacional, antiestatal y antiespañol, al fin, de los partidos políticos (totalitarios), que imponen un dictador de turno al margen de cualquier método decente de selección democrática. Y, después, para reemplazarlos, hay que esperar a que la sociedad esté al borde del precipicio y recurrir a alguno de los siniestros expedientes en los que estos señores bárbaros de partido y de Estado, se han vuelto virtuosos.

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Augusto Monterroso imaginó una vez en uno de sus cuentos a un novelista inepto, Leopoldo Ralón, que no lograba describir por escrito una batalla entre un perrito de la ciudad y un puercoespín. Durante muchas noches en vela, he imaginado aquella lucha de los dos animales y del pobre Ralón con la página en blanco. Pero he aquí que los novelistas españoles han conjurado aquella vieja maldición de Monterroso, y por partida doble, puesto que han demostrado que los escritores malos pueden tener éxito, y que los perros vencen a los puercoespines, aunque no a las fieras literarias.
 

El sabio lector de La fiera sabrá perdonarnos el haber caído en una fabulilla a la antigua usanza, pero que tiene una moraleja. Repasemos, si no, los casos más señeros de perros literarios y de lobos esteparios.
 

Ralón-Reverte sería como un dóberman o como un perro siberiano enloquecido, que muerde incluso la mano de su amo. Uncido a la caseta de Alfaguara y de ABC con una larga cadena, ladra a los vecinos y al cartero.
 
Marías es uno de esos animales viejos y perezosos, obtusos, medio calvos y abúlicos, que sólo esperan a sus amos en un rincón fresco de la casa. Ya no pueden permitirse ladrar ni recoger pelotitas. Tampoco es que ladrasen mucho en su juventud…
 
También tenemos a la tropilla de perritos sin raza, de los de mucho ladrido y pocas nueces, de esos que moran con los gitanos del Sacromonte, renegridos y famélicos, nerviosos, ojo avizor por si salta la liebre de un premio, una cátedra o un carguito. Ladra LGM, para que no chiste la manada de canecillos.
 

Otro cantar son las falderitas letraheridas y atildadas que escriben cuentecitos, notitas y novelitas para lectoras cursis, llenas de emociones y con alguna escena tórrida también, para que no se note que son unas señoritas provincianas llenas de remilgos.
 
¿He oído Troilo? ¿Aquel perrillo baboso y miserable que acompañaba al peor Gala? ¡Nada de eso! ¡A otro hueso con ese perro… A otro Gala con ese hueso! Quizás haya que admitir que Delibes paseara con un buen perro de caza, que Gamoneda martirizara a su can o incluso que Pascual Duarte tiroteara a su perra; pero desde luego no cabe reírles las gracias a estos novelistas-perros de la actualidad, verdaderos perritos de la pradera de las letras, que horadan sus madrigueras hasta el sillón académico.
 
¿Y los lobos? Como los galgos, los mastines y los sanbernardos, apenas hay ya ninguno, porque todos han sido comprados y domesticados a base de huesecillos, de prebendas, de chiringuitos y de columnas en la prensa. Lo malo es que les pase como al otro perro con la sombra de la carne…
 

Proclamamos que la mala novela española es un hueso duro de roer, un perro inflado, una perrería literaria. Los lectores, en especial hoy, en el día del libro, compran atadijos de novelas más duras de leer que la carne de perro y más indigestas que las zarazas.
 
En el Reino de Redonda de la novela española actual todos son ya ralones de medio pelo, perritos canelos callejeros que se han convertido en reyes del carnaval literario a costa de todos los españoles. ¿Por qué, si no, muchos de estos iletrados se pasean por los Institutos Cervantes de medio mundo ladrando en sus tertulias y moviendo graciosamente el rabo ante los atriles, como el perrito de los gitanos en el taburete?
 
Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma decían que Blas de Otero era el oso hirsuto de la poesía española mesetaria: ¡cuánto no se hubieran reído ahora de estos perrillos malcriados y deshonestos, que sestean a la sombra de las editoriales, que lucen sus premios de concurso canino y que se mean impunemente sobre el árbol viejo y podrido de la poesía.

Recordemos al perrito que seguía al perro humano de Max Estrella: ¿Qué puede ser peor que ser el perro de un perro? ¡Basta entonces de las zalamerías de Juan Cruz, de Rico, de Basanta, de García Posada, de Pozuelo, de Mainer y los demás, que recogen las caquitas de sus amos y las depositan religiosamente en la papelera de El País! Porque hoy día se han unido en un sindicato perruno los perros-novelistas, los coyotes-periodistas y las hienas críticas, para desgracia de nuestra literatura. La Guardia Civil y la Perrera Municipal deberían acabar a tiro y a lazo limpio con esta plaga de cánidos.
 

Estos y otros falderillos de la narrativa española sólo se lamen sus heridas cuando los Fieras taraceamos sus novelas y sus entrevistas ridículas, donde se elogian unos a otros, y que ellos esconden como si fueran preciados huesos, en el jardincito de PRISA, en Babelia, en El Cultural, en el ABC de las Letras y en otras gacetillas que sólo sirven para que las mordisquee nuestro can. Porque nosotros, aunque no seamos ese perro grande y noble, ese lebrel que el conde de Niebla tenía bien atado con un cordón de oro mientras leía los versos de Góngora, por lo menos podemos ser como el perrazo que guiaba al Galdós ciego de los últimos años: una especie de cancerbero, de echaperros o de puercoespín de la crítica literaria.
 

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España siempre trato de preservar contra viento y marea, la fe de sus padres. Los hombres del siglo XVI no éran ,por cierto, muy distintos a los españoles de nuestro tiempo. Y por eso cabe preguntarse cómo una España menos poblada menos rica, pudo conocer un siglo de oro tan esplendoroso, engendrando tantos sabios de renombre universal, tantos poetas, tantos héroes, tantos Santos. Los hombres eran como los de ahora, pero la sociedad estaba organizada de cara al espíritu a Dios, dirigiéndose hacia un mismo fin, el Estado, la Universidad y el teatro, las leyes y las costumbres.

Si bien los hombres del siglo XVI no fueron distintos a los de hoy , el ambiente era otro. Vivian y morían para la mayor gloria del espíritu, pero con placeres terrenales. Así España conservó en su seno todo el ímpetu de la Edad Media ,ya en disolución en el resto de Europa , se auto-preservó de la corrupción protestante – cosa que nunca le sería perdonada – ,y corriente renacentista que provenía de Roma , realizando un renacimiento propio, de cuño español. Al tiempo que liberaba al testamento clerical de la tentación temporalista , neutralizaba el influjo de los espíritus intermedios y conciliantes al estilo de Erasmo , y propiciaba el cultivo intenso de los estudios teológicos y el cuidado del espíritu.

La savia católica, por otra parte, ya había impregnado la sociedad con su espíritu de aventura, la tendencia a intentar lo imposible, el menosprecio de los bienes materiales, el sentido de la hidalguía, elementos constitutivos del espíritu caballeresco, un estilo tan propio de la hispanidad. Así se pasó del logos sparmatikós (semillas del verbo) al logos pantós (la plenitud de la verdad). Todos los españoles del siglo XVI parecen misioneros.

En España cuaja la antigua noción romana del Imperio que consiste en considerar a todos los hombres como una gran familia. La Hispanidad era la impregnación del entero orden temporal, la cultura, la política, la economía. Las bibliotecas particulares que han podido ser reconstruidas revela que el grado de cultura de las clases superiores fue realmente de categoría.
La decadencia comenzaría a partir de 1806, en coincidencia con el hecho de las Invasiones inglesas en Hispanoamérica. Ecos de esa cultura popular han llegado hasta nosotros gracias sobre todo al ímprobo esfuerzo de Juan Alfonso Carrizo, quien logró reunir en diversos volúmenes las viejas canciones de nuestra tierra.

La poesía de Hispanoamérica fue un estupendo trasplante del cancionero español, un trasplante cultural. Los centenares de poemas de elevada belleza teológica que Carrizo ha recopilado, nos muestra el acervo cultural con que España supo impregnar a los pueblos sencillos en Hispanoamérica.
Se podría repetir también aquí aquello que dijera Chesterton tras visitar unos pueblecitos de Castilla: “¡Dios mío, qué cultos estos analfabetos!” .  Las coplas son admirables: “El rico no piensa en Dios – por pensar en sus caudales; – pierde los bienes eternos – por los bienes temporales”.  Era la cultura con espíritu no materialista, o lo que ahora se ha dado en llamar “la catolicidad de la cultura”.

El proyecto religioso y cultural de España dejó sus huellas asimismo en el ámbito de la política. Según la vieja tradición hispánica, la justicia no se reducía como ahora a la aplicación casi automática de determinado artículo de cierta ley a cierto caso concreto, sino que en cada alegato , en cada sentencia los jueces se remontaban a las fuente, mismas de la moral y el derecho. Cada administrador de la justicia se sentía en alguna forma revestido de la dignidad del legislador, porque en cada dictamen apelaba de la letra de la ley al espíritu y propósito que la inspiraron. La especificidad de la Hispanidad, resplandece cuando se la compara con la colonización británica.

Resumamos lo principal de su desarrollo.
La historia nos muestra cómo España incorporó Provincias, Inglaterra instauró colonias. Esto cobra evidencia en algo bien concreto y hasta sintomático: La colonización inglesa fue siempre costera, instalando factorías junto al mar, la española es preferentemente mediterránea.

Basta ver el mapa de Argentina y la ubicación de sus ciudades antiguas, y compararlo con el mapa político de la India, por ejemplo. Sólo España se transfundió de veras, penetró las selvas, atravesó las montañas; a todos buscó para anunciar la buena nueva, para hermanar a los hombres. La colonización inglesa no se dirigió al hombre para elevarlo, sino en vista de posibles negocios. Inglaterra condujo adelante su tarea con ausencia de controles religioso o éticos, lo que permitió la eclosión de la mentalidad capitalista: en vez del “justo precio”, noción anclada en la visión tomista y católica, la búsqueda de gananciales cuanto más mejor, sobre la base de un nuevo tipo de ascetismo de carácter laico, basado en el hedonismo.

Cuando Montesquieu, apóstol del liberalismo, sobre el cual tanto influyeron las ideas británicas, se refiere a la significación de la actividad colonial., enseña: ” El objeto de colonias es hacer el comercio en mejores condiciones que con los pueblos vecinos, con los cuales todas las ventajas son recíprocas “.
Hay en todo esto un claro influjo de las ideas de los cantamañanas calvinistas, con su exaltación del trabajo y del consiguiente beneficio. La obtención de riquezas comienza a ser un fin, e incluso un signo de predilección divina, mientras que la pobreza es considerada corro un signo de fracaso, hasta de castigo divino.

Ese es el Calvinismo mongoloide, hasta hoy triunfantes, véase Suiza y el ámbito anglosajón, pero a que costo; hoy lo estamos viendo, el resultado de estos mastuerzos. Por eso no hay que extrañarse que el desarrollo económico salvaje, brutal y antihumano, haya sido mayor en los países protestantes que en los católicos. Pero los tontos, oligofrénicos que se creen listos y además sacan pecho, al final la lian, normal.

El espíritu del capitalismo liberal habría sido imposible con una formación Hispánica fuerte, porque ella nunca considero la economía como un menester ajeno a la moral. La influencia de la Reforma, especialmente en su versión calvinista, sobre las ideas políticas, abrió paso el liberalismo económico, y este rompió el equilibrio humano, en pro de la obtención de ganancias. En adelante el fin primario sería crear y acumular riquezas.

España ,signada por la Contrarreforma, está en las antípodas de Inglaterra. La Contrarreforma no fue sólo una reacción negativa contra la herejía, sino la decisión de superar las tendencias paganizantes del Renacimiento, para restaurar el espíritu de lo humano genuino, sobre el materialismo, la usura, la mundanización antisocial; enfrentar el desafío de los tiempos nuevos.
Inglaterra y España ,son dos universos morales. Cuando Inglaterra canta el comercio de esclavos ” que eleva hasta la pasión el espíritu de empresa comercial, forma excelentes marinos, y produce enormemente dinero”.

España, goza con los Autos sacramentales. Son dos mundos distintos, quizás con la diferencia que media entre cosmovisión del cutrerio ingles del mundo moderno y mecánico la de la Hispanidad, genuina, humanista y realista con la felicidad y el desarrollo de los hombres.

Por eso mientras Inglaterra disminuye al máximo los días de fiestas maliciosas, en aras de la productividad,(hoy siguen igual de cutres o más),España castiga severamente a los encomenderos que los violan. Este diverso concepto de las festividades muestra gráficamente la diferente manera con que la Reforma y la Hispanidad encaran la existencia. ….Frente a una Inglaterra que en ocasiones entregó directamente a compañías Comerciales la soberanía política de las zonas de colonización.  España insistió una y otra vez sobre el justo precio, tratando de poner en contacto directo al productor y al consumidor.

La teoría del justo precio o justiprecio, no es sino la aplicación del carácter católico tradicional de la Hispanidad, al área económica. No es que España se desinterese completamente de la economía. Sólo que la visión hispánica consideraba relativo a lo relativo y absoluto a lo absoluto.

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El canon accidental
Hace unos treinta años que las tres o cuatro grandes editoriales de este país decidieron destruir nuestra literatura, y en especial nuestra novela. O quizás no decidieron tanto destruirla como convertirla en un negocio, que es casi lo mismo. En todo caso, el momento no pudo ser mejor: la llamada Transición trajo, con el destape en el cine y la televisión, el descaro literario o la confusión de literatura y comercio. Todo esto es tan sabido que no hace falta entrar en detalles: los viejos premios de la posguerra se vaciaron de contenido, se llenaron de millones de las antiguas pesetas y se convirtieron en un intercambio de honorarios por favores supuestamente literarios. Los planeteros y los alfaguareros compraron a los más mediocres escritores disponibles, los encerraron en las famosas cuadras y los sometieron a sus aberrantes criterios comerciales.
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Dice Antonio García-Trevijano, cuando se refiere al término Mendacidad, que:

“ Todo el mundo puede mentir. El mérito no es demasiado grande. Pero sólo el poderoso puede hacerlo con impunidad. El poeta legitima la mentira por su belleza, como por su utilidad el amo la consagra ante el esclavo, el padre frente al hijo, o el gobernante respecto a los gobernados. La estética y la moral utilitarias legitiman la falta a la verdad si, y sólo si, el mentiroso ocupa una posición de poder artístico o social frente al mentido. La mentira del inferior al superior, peligrosa para la relación de dominio, debe ser castigada.

Es sorprendente que los filósofos que han tratado la mendacidad política, desde Platón y San Agustín, hasta Popper, pasando por Maquiavelo, no se hayan percatado de la existencia de esta regla social. La mentira por razones de Estado (mentira “oficiosa”), la mentira colectiva de la clase política (presentar como rapto la huida de Luis XVI) y la mentira individual de un político (Nixon) están sujetas a esta misma ley universal que no conoce excepción que la invalide.

En cumplimiento riguroso de esta ley histórica que premia, como habilidad, la mentira del señor y castiga como inmoralidad, la del esclavo, los vicepresidentes, ministros y barones autonómicos, etc., al mentir como “esclavos”, deben ser castigados por inmorales, mientras que el Jefe del Ejecutivo, o de Partido Estatal, al hacerlo como “señores” que hablan a sus gobernados y tutelados, deben mantenerse en el poder por habilidosos.

El hallazgo de esta ley, criterio de mendacidad para príncipes y deleite intelectual para maquiavelistas, priva de fundamento a la hipótesis del juego que explica, en la mala suerte de ser descubierto, la eventualidad del castigo político de la mentira.”

El domingo 20 de junio de 2006 los catalanes fueron convocados a referéndum por su parlamento autonómico para que aprobaran un nuevo Estatuto de Cataluña. El resultado fue el siguiente:

La participación del electorado catalán se situó en el 49,91%. Votaron a favor del nuevo estatuto el 36,51% del censo, en contra el 10,31%. El 0,09 votó en blanco o nulo.

Aunque la participación no alcanzó el 50% del censo electoral, La Generalitat, CiU, PSC e ICV se felicitaron por una victoria que, según Maragall, fue “rotunda e inapelable”.

En aquel momento nadie, dada la minoritaria participación y que solo el 36,51 por ciento del censo votó favorablemente el texto de nuevo estatuto, hablo de una crisis autonómica en Cataluña, pero hoy los catalanistas, los mismos que presentaron los resultados de aquel referéndum como una “victoria rotunda e inapelable”, sí hablan de crisis de Estado. Es evidente que no saben lo que es una crisis de Estado.

Antes de que se pueda producir una crisis de estado, así lo indica la historia, toca crisis de régimen. En un país verdaderamente democrático los resultados del referéndum del estatuto hubieran supuesto un fracaso sin paliativos de los proponentes, la sucesión de dimisiones hubiera tenido dimensiones astronómicas y, finalmente, tal resultado hubiera hecho reflexionar a toda la clase política.

En Cataluña en particular, y en España en general, el régimen político vigente se pasa por el arco del triunfo los valores, principios, ideales y dogmas de la Democracia en beneficio exclusivo de la clase política, pues es ella, y solo a ella la que el estatuto pareció interesar. Desconocemos la voluntad política del electorado que no acudió a las urnas, ese 50,09% de catalanes con derecho a voto que se abstuvo. Lo que si sabemos es que la clase política catalana se apropió indebidamente de sus votos y cantó un “gloria et magnificat” que no le correspondía pues tenía que haber presentado la dimisión.

EL Tribunal Constitucional de España tiene la misma legitimidad democrática que ese estatuto de Cataluña que fue aprobado con el voto del 36,51% de los catalanes.

Un tribunal que es trasunto pseudojurídico de los partidos políticos. Sus miembros, designados en proporción la presencia en el parlamento nacional por los partidos políticos. No hace justicia, pues no es independiente del poder político, hace política revestida de formalismo “juridificante”.

La falta de legitimidad y garantías democráticas del Tribunal Constitucional no puede ser el ariete de los representantes de los partidos políticos con presencia en el parlamento de Cataluña en contra de la sentencia de ese Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, pues esos mismos partidos y sus representantes en las instituciones políticas de Cataluña adolecen de igual falta de legitimidad y de garantías democráticas.

Tampoco pueden esos partidos reclamar el apoyo del pueblo de Cataluña, pues cuando el pueblo de Cataluña debió pronunciarse lo hizo, en el referéndum, cuyos resultados no resisten la criba de los mínimos y elementales principios democráticos.

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