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Este año se cumple el bimilenario de la muerte del gran poeta Ovidio, consumado artista del dístico elegíaco y maestro del amor, dotado, además de una inmensa erudición de tradición alejandrina. Y en su honor uno repasa como homenaje sus libros en aleatorias calas en aquellas cuidadas ediciones oxonienses y teubnerianas, además de aquella entrañable Colección Hispánica de Autores Griegos y Latinos. Pocos autores clásicos conocen el alma femenina como su amante Ovidio que, sin duda, se esforzó en conocerla para sus conquistas, y que quizás fueron esas conquistas múltiples las que le llevaron al genial poeta relegatus a la ciudad de Tomi, para allí sufrir hasta su muerte el frío escita. Efectivamente Ovidio amaba a la mujer, pero también la valoraba como ser humano sensible y lleno de penetrante sabiduría, y en muchas ocasiones con mayor nobleza e inteligencia que el varón. Casi siempre con mayor nobleza, como nos indican las Heroidas, conjunto de epístolas en que heroínas legendarias escriben a sus amantes ausentes. Ya estaba presente la admiración a la mujer en su primera obra, Amores, sin duda homenaje a la obra del mismo nombre de Galo, el principal impulsor del movimiento de los “poetae novi” o neotéricos. En esta primera obra comienzan los peligros políticos para Ovidio cuando bajo el nombre de la protagonista de la misma, Corina, puede esconderse la mismísima hija de Augusto, Julia, cuya vida era un claro ataque en sí misma contra los grandes principios puritanos y tartufescos con los que quería el primer emperador regir la vida de los ciudadanos y ciudadanas romanos.

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cuervos

Cuando aparece un Cuervo medio negro, de mirada entre torva y rojo sangre a un tris de coagular, lo mejor es que te cobijes de nuevo bajo el pecho de tu madre y reces el gorigori de la sumisión al Infinito.
Los cuervos son malos consejeros, peor mensajeros, porciones en bruto, sin pulir, de maldad siempre al azar pordiosero del acecho.
Los cuervos mienten como zorras, como bocas heridas por la inefable e incontrolada farmacopea del cerebro recalentado y desperdiciado a causa de abusos, soles y faltas evidentes de delicadezas.
Los cuervos se lanzan a tu glándula pineal en cuanto la intuyen desprovista de ayuda incrustada entre sus ojos.
Pican, seducen al fantasma que llevas dentro y de su afán de poder hacen ellos la eternidad insufrible de su perpetuo planeo.

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China Moses


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