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Una camisa de fuerza moral

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Docilidad política y eficacia productiva. Docilidad y producción, conforman el alma del buen ciudadano y las principales directrices de lo que hoy se entiende por sistema democrático. La vida del individuo queda segmentada en dos facetas: la producción y el consumo. Asimismo, el tiempo de su vida se divide en trabajo y tiempo libre. Por estos motivos el individuo queda sujeto a duras ataduras, queda reducido a una especie de funcionario del engranaje. Si bien, el tiempo libre tendría que ser utilizado para sí mismo, en atención a las necesidades que vienen dadas desde la independencia y autonomía. Sin embargo, esta independencia y autonomía es ilusoria, pues, en todo momento la vida queda atrapada en las redes de la industria.

En el régimen industrial, la cultura -vieja nodriza del espíritu- tendrá? por tarea transmitir semejanzas e uniformidad: la cultura marca hoy todo con un rasgo de semejanza. Todo resulta quedar sometido a la identidad, y por lo tanto, incorporado a la totalidad.

No puede quedar detalle suelto y todo se traduce en lo mismo, una sociedad enajenada, auto clausurante. Las actividades del hombre quedan subsumidas a la repetición de lo mismo, que viene a ser la sombra del proceso de producción. La eficacia productiva depende de la perfección con que se ejecuten los movimientos. Así toda acción tendrá? relación con la repetición de lo mismo, los mecánicos movimientos tendrán como fin un adiestramiento físico y mental destinado a la mejora en los procesos de producción. Cuando el hombre no se encuentra dedicado a producir, no sabrá? qué hacer, pues toda su acción se encuentra secretamente impulsada a la producción, por eso en su tiempo libre o se aburrirá o volverá a insertarse en el mecanismo de producir-consumir dado que se ha desacralizado el día de descanso.

Toda acción, va a estar sometida a las leyes del mercado, así como la división entre tiempo de trabajo y tiempo libre se inscriben en un mismo proceso: Es preciso que el tiempo de los hombres se ajuste al aparato de producción, que  éste pueda utilizar el tiempo de vida, el tiempo de existencia de los hombres.

El tiempo de los hombres queda convertido en tiempo de trabajo, y, a su vez son adiestrados para adquirir el mayor rendimiento de sus cuerpos en tanto fuerza de trabajo. Los individuos están sometidos a los aparatos de producción y, secundariamente, a las normas dictaminadas por los que detentan el poder para controlar esos aparatos. La vida no es vivida desde sí  mismo sino para otro, desplazando la satisfacción propia por las leyes de la productividad. El tiempo de trabajo, además de enajenar, es un tiempo doloroso, al desviar la gratificación personal en vistas al mantenimiento del sistema: el tiempo de trabajo, que ocupa la mayor parte del tiempo de vida individual, es un tiempo doloroso, porque el trabajo enajenado es la ausencia de gratificación.

Sólo en la medida en que se someta podrá? sobrevivir, por lo tanto su existencia se ve empequeñecida por la necesidad de generar actividades preestablecidas, alejadas de las necesidades individuales. Los hombres pierden su condición de fin en sí mismos y se resignan a su papel de meros medios intercambiables y despersonalizados-, para asi  poder adquirir una dudosa dignidad social. Resulta paradójico que la actividad destinada al desarrollo individual, sólo sea posible en la medida en que se entregue a un aparato independiente, frente al cual únicamente cabe adaptarse. Adorno entiende este sometimiento como una renuncia. La historia de la civilización, no es más que la historia de una renuncia, en la misma medida en que Freud la entiende como una historia de la represión.

La modernidad es el tiempo cuya efectividad, el joven Rimbaud, se la otorgará  a los asesinos. Los asesinos cargan con la muerte del padre, pero no pueden cargar con la autoinmolación. No es el instante liviano del vuelo de las moscas, en el cual el árabe delirante descuartiza cristianos, sino el tiempo en que se necesita habitar en medio de una masacre. El capitalismo, lo envuelve todo, incluso los espacios del pensar nomadológico. Sus redes condicionan a los hombres a ser como los héroes trágicos, que, a sabiendas, son cómplices de su propia tragedia. Hacen exactamente lo que tienen que hacer para llegar a su punto culmine, a la catástrofe.
Por otro lado, la industria cultural tendrá? como objetivo atrofiar las facultades que posibilitarían la emancipación e independencia de los individuos.

Si bien la industrialización, ha aportado numerosas facilidades para la actividad productiva del hombre, en lo que se podrían abrir grandes esperanzas para el desarraigo creador y por lo tanto ser una amenaza para el sistema represor, éste se ha encargado de extender su dominio más allá del trabajo hacia el tiempo recreativo.

Para superar tal obstáculo, la civilización debe injertar un componente represivo en la conciencia de los hombres. En este sentido la industria cultural jugará un papel decisivo, pues ella, se encarga de regular el consumo de la vida espiritual, queda con ello cubierto tanto el consumo de la vida material como el de la vida espiritual, encerrando al hombre en una acojinada atmósfera donde la seguridad es elegida frente al desborde caótico de la total satisfacción.

Decía Marcuse, que mediante  “la promoción de actividades de descanso ajenas al pensamiento”, se logra una extensión de los controles hacia regiones de la conciencia supuestamente libres, “entonces el individuo que descansa en esa realidad uniformemente controlada recuerda no el sueño sino el día”. Por lo tanto el descanso se desenvuelve a la sombra del trabajo. Dentro de esta operación de control, el mayor objetivo será la imaginación. A través de ella, el hombre puede fabricarse mundos ajenos y lejanos a la realidad mediatizada e impuesta, lo que permite vislumbrar posibilidades distintas a las ofrecidas, junto con abrir alternativas que permitan alejar la vida de las normas mercantilistas. La fantasía queda vinculada con la frustración, pues su mundo es desplazado por la imposición de necesidades apremiantes para el normal desarrollo de la vida. Por consiguiente, la diversión es programada por la industria de la cultura.

La restricción de la fantasía hace que en el tiempo libre los hombres se sientan a la intemperie, debido a que su actividad no puede ser otra que la acción mecanizada destinada a la producción. Movimiento que se relaciona con la rutina. Cuando no se encuentran sometidos a ella, sólo podrán aburrirse: “Si los hombres pudiesen disponer de sí mismos y de sus vidas, si no estuvieran uncidos en la rutina no deberían aburrirse”.
Lo que se intenta alcanzar con la atrofia de la imaginación, es la disponibilidad y ciega adaptación de los hombres al sistema y a las normas que les son impuestas. El distanciamiento total de las influencias del mercado pareciera ser imposible, debido a que todo puede ser absorbido por la industria: “lo que extingue fuera como verdad, puede reproducirlo a placer en su interior como mentira”. De esta manera se encarga de producir la alteridad y de incorporarla desde los parámetros de la mismidad.
Además de poseer una enorme capacidad de incorporar elementos que pueden aparecer como subversivos: “la rebelión que tiene en cuenta la realidad se convierte en la etiqueta de quien tiene una nueva idea que aportar a la industria”, ello debido a que al producir la realidad, estará  también renovando los vehículos que tienen como meta atrofiar la imaginación y la capacidad emancipatoria de los hombres.

Aún queda una última posibilidad: la desconexión total. Pero esta última posibilidad resulta ser regulada por sí misma al ser presa de su propia impotencia: “quien no se adapta es golpeado con una impotencia económica que se prolonga en la impotencia espiritual del solitario”.
En las letanías pronunciadas frente al espejo sólo queda el sordo sonido de la impotencia, el delirio mudo de los ecos interiores que no obtienen ninguna resonancia en el exterior. La individualidad tiene valor en la medida en que es renuncia. En el curso de la historia el sacrificio se ha introyectado. Dominarse a sí mismo, significa destruirse. Es decir, renunciar a lo diferencial, siendo este un acto de reconocimiento de la propia derrota: no se puede acceder a la entera realidad, siempre se tiene que optar por la condición “desanimada” de lo dominado.

Esto disuelve el movimiento positivo de la vida, dejando a los hombres convertidos en ilusos armatostes a la espera de una nueva orden. La pesadilla cartesiana de asomarse a la ventana y observar un mundo poblado por máquinas carentes de interioridad se ha vuelto una realidad.
Para Jameson, la primera y más evidente característica del mundo capitalista es el nacimiento de “un nuevo tipo de insipidez o falta de profundidad, un nuevo tipo de superficialidad en el sentido más literal”. Provocando así? una mutación del mundo objetivo en sí mismo, transformado hoy en un conjunto de textos o simulacros: no existen hechos reales, sino interpretaciones reales de los hechos. Se vive al interior de un simulacro, de una interpretación, que por carecer de referente su vuelve extremadamente frágil: es una interpretación de una interpretación, cuyo fundamento queda? enmarañado en la débil facultad de la memoria, buscar el origen es encontrar lo que desencadena  la mentira en el mundo de los hombres, es poner entre paréntesis al mundo para someterlo a la inspección sospechosa de la duda.

Con ello se descubre que los cimientos de la humanidad son tan inestables como las aguas tormentosas que intentan devorar a los sobrevivientes de un naufragio. Parece cada vez más difícil comprender la condición universal del buen sentido, si por ?éste se entiende una fuerza capaz de basar la dignidad del hombre en su autonomía, en solidaridad con un concepto amplio de humanidad: cada vez que se actúa de acuerdo con las normas demasiado humanas, se hace en desmedro de la propia autonomía. En el capitalismo tardío, el sentido común tiene como objeto – siguiendo a Adorno- mantener al hombre en lo que Kant denominaba minoría de edad, es decir, incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía del otro.

De manera que, el buen sentido consistirá  en el sacrificio de la individualidad mediante su identificación con los principios reguladores de la sociedad. Todo gesto de resistencia es eliminado al identificarse lo particular con lo universal, siendo el individuo su principal víctima. El sistema requiere ser una totalidad cerrada con falsas aperturas desde donde surge la fingida coherencia del orden que guarda un sano equilibrio de lo mismo y lo otro. As?, mediante el implante de la totalidad, todo detalle huidizo queda integrado. Los hombres pasan a ser un valor de cambio, y sólo en la medida en que ellos sean intercambiables ?por lo tanto uniformados- el sistema se puede mantener.

La forma en que se impuso la gran industria contó? con el beneplácito de los sometidos, además, de haber sido capaz de adelantarse a la conciencia de ellos, gracias a la estratégica utilización de un dispositivo en que se mezcla el saber y el poder. Es decir, un dispositivo de carácter ideológico. En el despliegue de esta red de poder, el saber fue paulatinamente incluyendo todos los fenómenos que conforman el espectro humano, no excluyendo nada, todo terminó? teniendo un lugar al interior del sistema. Frente a los riesgos de la vida trashumante el sistema prometía seguridad, por tanto se volvió? protector de las distintas amenazas que puedan cernirse sobre el horizonte de la humanidad: La vida mejor es compensada por el control total sobre la vida.

Asimismo, mediante el incremento de productos se empiezan a generar necesidades que mantienen atados a quienes los consumen, pues, los bienes y los servicios que los individuos compran controlan sus necesidades y petrifican sus facultades. Junto con la atrofia de las facultades, también se crean necesidades ficticias a partir de las cuales se genera goce artificialmente, se requiere entrar a una tienda y salir con más productos para satisfacer necesidades ilusorias antes de apremiantes reales: Estas necesidades han quedado integradas en una sociedad falsa y han sido falseadas por ellas. No negamos que encuentren satisfacción y una satisfacción múltiple, tal como había sido pronosticado, pero es una satisfacción falsa y engaña a los hombres sobre lo que es su auténtico derecho.

El sentido de la felicidad es el vacío rellenado por la sonrisa plástica de la publicidad. Todo impulso que intenta fomentar la individualidad es capturado por los monopolios económicos y reincorporado como dato social, es decir, es reinsertado bajo los parámetros de medición social manteniendo modeladas las posibilidades de desviación. Así, la razón comenzó a establecerse bajo la garantía de los espacios disciplinados. Con el disciplinamiento de los hombres se asegura su docilidad y su eficacia productiva, estableciéndose una camisa de fuerza moral sobre aquellos impulsos y acciones que sean peligrosas o atenten contra el orden vigente.
Nietzsche, en la tercera de las consideraciones intempestivas, declara que si algún síntoma puede unir a los hombres de su tiempo, ese síntoma es la pereza. Sentimiento que les impide tomar conciencia de ese misterio único, conformado por el encuentro de múltiples elementos, que cada hombre es.
Por lo que, el individuo, termina asemejándose a productos fabricados en serie, indiferentes, indignos de evolución y enseñanza?. La vida, cuyo estandarte sea la pereza, es también más cómoda. Pero con esta comodidad ganada se pierde el verdadero sentido de la vida y es cubierta por una envoltura exterior carente de contenido, teniendo como resultado a una criatura vacía y repugnante que se deja llevar por la opinión pública  desembocando en “perezas privadas”.

Para salir de este aturdimiento, el joven filósofo afirma que es necesario que todo hombre reconozca su condición de milagro irrepetible  a cuyo eco resuena la liberación:  Sé tu mismo. Tú no eres eso que haces, piensas o deseas. Esta esperanza se hace presente en quienes no se  consideran ciudadanos de estos tiempos, pues se habrían hundido en la época de las virtudes públicas. Para lo cual se requiere un temple desafiante que se familiariza con una cierta temeridad y un cierto peligro, rompiendo con las dependencias y delimitaciones impuestas. Cruzar el río de la vida significa construir cada cual su propio puente, de lo contrario caerá y se dejará llevar por la corriente de ideas enajenantes, ahogándose para siempre la autonomía individual.

En esta descripción Nietzsche está haciendo alusión la gran tarea que cada hombre debe enfrentar: llegar a ser el que se es. Este es un asunto envuelto en múltiples peligros, lo que lo hace ser  oscuro y misterioso. En el prólogo de La genealogía de la moral, dirá “cada uno es para sí mismo el más lejano”. Y aquellos que se han ocupado del saber han despreocupado la parte más importante de sus vidas, es decir, sus propias personas. ¿Cómo recorrer esa enorme distancia que nos separa del conocimiento de nuestra propia persona? Tal vez, dejando de lado las preocupaciones epocales, siendo intempestivos y reconociéndonos en esas lejanías que son tales por ajenas a lo acomodaticio. La distancia que se debe recorrer es la distancia del temor al coraje, el arrojo de prestar atención a esas instancias que han sido señaladas por la civilización como peligrosas, dolorosas y carentes de sentido: el cuerpo, los instintos, la no – verdad, el devenir, etc.
Sólo así los hombres podrán acceder a esa naturaleza superior, al más lejano, al superhombre y con ello encontrar un nuevo sentido a la palabra “felicidad”. El horizonte de la humanidad se encuentra afectado por fuerzas disolventes frente a las cuales, el sistema intenta oponer mecanismos neutralizadores imponiendo una falsa estabilidad. Por ello el principio regulador de la civilización va a ser la represión. Se reprimen las fuerzas que tiendan a la dispersión y busquen un espacio de autonomía dentro de la cartografía cardinal. El placer autosuficiente queda anexado a una oficina de lo real, lo que hace imposible satisfacer la totalidad de las necesidades; siendo la felicidad – como lo pronosticara Schopenhauer- una ficción. Progresar quiere decir controlar las fuerzas disolventes, y producir satisfacciones ilusorias. La operación crítica, para Adorno, debe considerar las verdades como instancias que llegan a ser, como una constelación deviniente más que el automatismo facilitador que se reconoce en el reflejo de lo mismo.

De manera que, pensar legítimamente, significa introducir una ruptura entre lo que es considerado como verdad, para atender aquellas instancias que quedan fuera del proceso reflexivo, es como ser interferido por eso que no es pensamiento. En el ejercicio del pensar tiene que haber resistencia a la acomodaticia adaptación, a la sucesión automática de operaciones reguladas.

Tiene que ser una operación que escape a la reproducción del mismo proceso del trabajo. El pensar será identificado con el pathos nietzscheano de la vida peligrosa, pathos cuyos primeros lineamientos aparecen en la tercera intempestiva. Para Adorno, pensar es “pensar peligrosamente”. Pensar, quiere decir estar obligado a correr riesgos: no retroceder por nada ante la experiencia de la cosa, no dejarse atar por ningún consenso de lo previamente pensado.

Este trabajo exige la continua renovación de sus resultados, por lo tanto nunca llega a la tranquilidad de una conclusión. El pensar lo que intenta hacer presente es una experiencia y, como tal, contiene elementos que no se dejarán reducir, instalando algo pendiente, el aun no. Con ello se asegura de abrir posibilidades no previstas por el automatismo, que están grávidas de elementos irreductibles a los esquemas epocales. Es decir, que contengan el germen de lo que Nietzsche denominó? intempestivo: poder escapar a los dictámenes de la época y, en ello, reservar una dosis de esperanza en un futuro mejor.

El tranquilo sueño de la razón no dejará de generar monstruos, pero monstruos que son consecuencia de la domesticación, del conformismo y de la seguridad. La felicidad total se ha vuelto imposible, sólo se puede optar por compensaciones a medias. En cada sonrisa se rememora el sacrificio: para ser feliz hay que renunciar a la felicidad. El extremo de la felicidad es la inmovilidad de la muerte, el cese del baile, el fin de la fiesta. La entrada en razón conduce inevitablemente al dolor de la impotencia, al destierro de los sueños, a la miseria social con todo su peso.
Frente a la salida, quedan dos actitudes, la pérdida del alma en los engranajes de la maquinaria social, o la auto- inmolación como única actitud en que se podría rescatar la dignidad de la inminente miseria: Lo moderno tiene que estar en el signo del suicidio, sello de una voluntad heroica que no concede nada a la actitud que le es hostil. Ese suicidio no es renuncia sino pasión heroica.

Por medio de este último acto, se puede vivir de un extremo a otro el nihilismo: se es un perfecto nihilista. Porque, tal vez, el gesto que enfunda la propia muerte, ya no en manos ajenas ni destinando las fuerzas en la entrega brutal a la riqueza externa, representa el mayor logro de la autonomía. En esta pequeña muerte se delata el fracaso del sistema, ya no podrá? adueñarse de las fuerzas productivas. En esta hazaña el nihilismo se purifica: desaparece su efecto negativo. Pero en un acto heroico que reclama la vida de su agente: resistir a la catástrofe no asistiendo a su ritual.
El tiempo libre es el tiempo de la destrucción. Es la línea de fuga que no puede ser reducida por la cuadratura social, se vuelve a la dispersión caótica configurada por las fuerzas creadoras, se absorbe el caos dentro de sí como cantó Zaratustra para quedar diseminado en el polvo de las estrellas danzarinas. El tiempo efectivamente libre, es el que se inaugura con la propia destrucción, la acción autónoma de la mano, que trémula, hace su último gesto: un gesto alejado de la gracia de las costumbres y del recato de la sobrevivencia.


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