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Si los partidos consensuan vosotros también: ¡Ponedlos en la calle!
Hola, desconcertante súbdito(con lo que ese significa). Habrás estado atento, supongo, a las noticias de los últimos días, algunas de ellas previsibles, otras simples amagos, a modo de titulares, de lo que está por venir: la temida reducción salarial.
Si ésta cristalizara, la ciudadanía habría sentido por fin en sus propias carnes, como una res marcada, el inconveniente de la falta absoluta de verdadera libertad (por ende, política) que caracteriza a los regímenes políticos que sufrimos. Si la larga mano del velado despotismo gubernamental llegó a alcanzar el bolsillo de la “sociedad civil” cuando se salió en auxilio de una Banca irresponsable y temeraria con el dinero de todos, ahora, de producirse finalmente un “ajuste” o “revisión” (según la jerga del poder) salarial, esa zarpa rasgará visiblemente el pellejo ciudadano, y la sangre sólo será ignorada por quienes miren a otro lado, es decir, por los cobardes.
El caso es que todos vemos cómo se va allanando el camino del “consenso”. Dado que los agentes implicados en éste no son sino los partidos políticos, los que todavía muestran recelo o dudas sobre la falsa representatividad del modelo parlamentario (que yo, como anarquista, que conste, extiendo a todo ejercicio de gobierno) acabarán por frotarse definitivamente los ojos con la lija de la realidad.
Resulta, una vez más, que los ciudadanos deben acatar las decisiones que en nombre del interés público, pero tomadas en el recinto privado del seno del partido, atentan notoriamente contra los intereses de una presumible mayoría. Con todo, la tergiversación sistemática del lenguaje, que llama “consenso” a lo que es un simple pacto entre sectas de poder, se impone a la evidencia de los hechos.
En el contexto actual (aunque tal y como yo lo veo, en todo contexto) las razones de la falsa representatividad de los partidos (más si consideramos los intereses en juego) son fácilmente comprensibles (la primera, la avidez por el poder), pero bastaría incluso una sencilla reflexión para intuir, cuanto menos, lo ilusorio de esa voluntad de representación: todo aquel/aquella que ha de acogerse a una disciplina verticalmente dispuesta, renunciará antes o después a sus ideas y propuestas, en aras de la cohesión del grupo al que se integra.
Constatar tal cosa no me parece que suponga, en absoluto, denigrar los principios democráticos (hoy limitados al campo de actuación de los partidos). Los partidos, sin duda por miedo a la libre competencia, se han arrogado hace tiempo el monopolio del ejercicio de la política ( y se encuentran posicionados dónde nadie en sus cabales imaginaria: se han incrustado en el Estado, cuando nacieron de la sociedad civil. Pura esquizofrenia: yo formó parte del Estado y defiendo tus intereses frente al Estado) , en un caso similar al que observamos ahora en las grandes fusiones empresariales. El individuo ha sido declarado objeto de caza, y olvidándose entonces el discurso oficial (y oficioso) de que una sociedad no se compone sino de una suma de individuos, sufre la ciudadanía la imposición de los intereses de las élites en nombre del bienestar común, justificado todo ello por la vía del “consenso”.
Ante tal situación, reclaman algunos ingenuos “listas abiertas”, ignorando que, de aceptarse sus demandas, no aspirarían sino a escoger entre los diversos candidatos que el propio partido (no los electores) propone para el ejercicio del gobierno (algo así, salvando las distancias, sucede en la Cuba castrista). Estos mismos críticos no se refieren, sin embargo, al tema capital que debía convertirse en diana de su ira: el término “consenso”.
No vamos a entrar ahora a analizar esta palabra, que en el ámbito de la política ha pasado a ser un eufemismo. Ya en el lenguaje científico, “consenso” suele aludir a la aceptación de un “dogma”, de una “ley”, entendiendo que se trata de un pacto entre investigadores acerca de una cuestión determinada, de forma que las distintas voluntades, veámoslo así, se acogen a un “marco común” en base a las pruebas empíricas obtenidas hasta entonces. La magnitud del problema cobra una mayor relevancia cuando este concepto migra al terreno de la política, por así decirlo. Entonces se revela todo el carácter eufemístico del término: “consenso” oculta, en la jerga oficial de los voceros del sistema, la realidad de un pacto entre aquellos grupos de poder que defienden sus intereses amparándose en la supuesta representatividad de los partidos.
¿Y qué sucede entonces? Que las diversas cotorras, urracas, cuervos, etc., que graznan desde el púlpito mediático, imponen la certeza, la creencia, de que es la ciudadanía, o el “pueblo” quien se gobierna (en su conjunto) gracias al “consenso” entre sus representantes.
Esta misma ciudadanía, adormecida, se olvida de que este “consenso” se limita al ámbito del Estado, de modo que, entonces, el Estado, lejos de ofrecerse al servicio del ciudadano, se postula como autoridad máxima cuyas decisiones deben ser acatadas sí o sí por el hecho de que los supuestos representantes sociales (los hombres de partido) lleguen a acuerdos en principio provechosos para el conjunto ciudadano. Dicho de otro modo: el ciudadano pierde toda posibilidad de competencia en la toma de decisiones ya que sólo desde el Estado, copado por los partidos, gozan éstas de credibilidad a ojos de una inmensa (y mal informada) sociedad. La única vía por la que podría acceder al ciudadano a la defensa de sus intereses sería precisamente la del… partido, pero entonces, una vez acatada la inevitable y severa disciplina, tendría que retractarse o abandonar sus postulados y proyectos iniciales.(la pescadilla que se muerde la cola).
La posibilidad (reconociendo que existiera tal cosa) de una representatividad innata a los partidos, queda además anulada en un contexto como el actual, donde la alianza Estado-Gran Empresa sacrifica al individuo (ciudadano) por el beneficio, moldeando la Ley al antojo del “fuerte” según varíen las circunstancias.
El “consenso” les ha servido a los partidos (un ejemplo paradigmático es España) para repartirse el Estado, así de sencillo. Socialistas, comunistas, “populares”, fascistas… han visto defendidos sus intereses de grupo o clan en esta repartición. No así ciertos separatistas (aludo a la izquierda vasca independentista), razón fundamental de la supervivencia de ETA. Deteniéndonos en este último punto, nos quedarán pocas dudas sobre la naturaleza oportunista del “consenso”.
Al aceptar este “consenso”, las mutuas concesiones de los diversos grupos de poder posibilitan un reparto amistoso del “pastel”, aunque de cara a la galería se represente una lucha sin cuartel por el poder (que de ser sincera, obedece en muchos a la vanidad y objetivos particulares de personas físicas concretas, a veces dentro de un mismo partido; ejemplo: la guerra abierta entre R. Gallardón y E. Aguirre).
Pero esas mutuas concesiones, ¿acaso representan a la ciudadanía? ¿Le representan a usted, que no encuentra ya, después del trato de favor dispensado al vampiro bancario, la forma de pagar a tiempo sus facturas; de cumplir los plazos con que le desangra la hipoteca? ¿Acaso ese “consenso” defiende a capa y espada los intereses de una sociedad endeudada y desnortada? ¡Cómo, si cada nueva decisión que se toma supone una llamada a “apretarse el cinturón”, a “hacer un esfuerzo por el bien común”, de forma que todos pierden excepto aquellos que integran el Estado y sus aliados (Banco, Gran Empresa)!
El “consenso” es la falacia de la que se valen los falsos representantes de la sociedad, del “pueblo”, para meter las manos en las arcas del Estado, para legislar contra el ciudadano, para, en una palabra, defender el cortijo de sus intereses particulares, de clan, casta, partido. La prueba la tenemos en una abrumadora mayoría de decisiones que contradicen las más elementales promesas lanzadas durante las campañas electorales. Ignorar esto es como considerar hermosa a una jorobada llena de verrugas. Amor ciego. Vanidad de ese ciudadano cero que aspira a integrar la prolongada farsa del poder.
Ahora, por fin, esas verrugas deberían volverse nítidas incluso a ojos de los ciegos de conveniencia: el “consenso” empieza a zumbar de nuevo, como una colmena de abejas, en dirección a un recorte salarial. Sabemos que es la aurora de una nueva esclavitud. Sólo nos queda asumir, a todos, que, si tiene lugar, ello no se debe sino a la falta de libertad, de dirección real de la ciudadanía en la toma de decisiones políticas; en fin, a la invisible jerarquía que pretende dividir el mundo en amos y vasallos, al más puro estilo de la Roma Imperial.
Lobo Estepario (anarquista )

































saludos todo cierto admiro la anarquia aunque desde mi humilde cojea
un texto aleccionador