Nihilistas, pasivos y cínicos
Por ese motivo aún necesitamos una creencia en algo tal como el pecado original, a saber: que hay algo ontológicamente deficiente en lo que significa ser humano. La concepción Judeo-Cristiana, profundamente Paulina, del pecado original encuentra sus analogías modernas en la variación de Freud de la disyunción Shopenhaueriana entre deseo y civilización, las ideas de facticidad y perdición de Heidegger y la antropología Hobbesiana que nos lleva a la defensa del autoritarismo y de la dictadura de Schmitt, la cual ha seducido ilusoriamente a ejércitos enteros de indultados de Izquierda y derecha.
Sin la convicción de que la raza humana es esencialmente defectuosa y peligrosamente rapaz, no tendrían modo de justificar la decepción y nada pone más que saciar el sentido de agotamiento y hastío puliendo los barrotes de las celda leyendo un poquito de Adorno o, más recientemente, de John Gray. En cuanto a Gray, este representa una variante Darwiniana muy convincente de la idea del pecado original; se trata de la teoría de la evolución, teoría que explica que lo único que somos es “homo rapiens”. Es decir homínidos rapaces. En fin, la humanidad es una plaga.
Queremos sacudir al cielo con nuestros puños, ¿en nombre de qué?, ¿De más verdad? No lo sé. La política ya no es, como lo era en el denominado movimiento anti-globalización, únicamente una lucha por y para la visibilidad. La Resistencia tiene que ver con el cultivo de la invisibilidad, la opacidad, el anonimato y la resonancia. Dado el infierno en el que vivimos uno tiene que avanzar enmascarado si quiere provocar resonancia.
Entonces, la consecuencia está clara: ¿ estamos atrapados en el modo de ser de las cosas, o posiblemente en algo incluso peor, en el modo en el que las cosas son?. En las circunstancias políticas que nos rodean en este momento en Occidente, abandonar el impulso utópico en el pensamiento político implica resignarse a la democracia liberal, la cual es la norma de la norma, el reino de la ley que deja impotente a cualquier cosa que pudiera rajar la ley: a lo milagroso, al momento del evento, al romper con una situación dada en nombre de lo que nos une.
¿Qué ha pasado? ¿Por qué la teoría crítica de Frankfurt tiene tan poco que ofrecer al pensamiento y política radicales hoy? Bien, es probable que sea porque se ha normalizado a sí misma con éxito dentro de la filosofía académica política, mainstream y en la teoría política y social. Lo que distingue a los críticos teóricos contemporáneos de sus predecesores es que no intervienen en la cultura del modo en que lo hacía Adorno o lo hacía Habermas con sus innumerables artículos en Die Zeit.
¿Cuál es el futuro del pensamiento radical? Bien, tenemos que resistir al futuro, quiero decir resistir la idea del futuro, la cual es la baza suprema de las narrativas capitalistas del progreso. Pienso que tenemos que resistir al futuro y a la ideología del futuro. ¿En nombre de qué? En nombre de la pura potencialidad del pasado radical y el modo en el que el pasado puede dar forma a la creatividad y la imaginación del presente. El futuro del pensamiento radical es su pasado, y el radicalismo siempre ha conducido un coche cuyo conductor está mirando constantemente por el espejo retrovisor. Algunos objetos pueden parecer más grandes, otros más pequeños.
El capitalismo es un mal que se presenta a sí mismo como inevitable, un destino para aquellos a quienes el futuro pertenece. El capitalismo, a nivel de ideología, se ha convertido en una forma de amnesia de autoayuda Budista, nihilistamente pasiva; una jerga de autenticidad cuyos agentes son el Dalai Lama, Deepak Chopra y el resto.
Todo lo que tenemos para resistirlo es un entendimiento de la historia, una visión clara de las injusticias estructurales actuales y una voluntad de pasar a la acción, una necesidad de afrontar la descomprometida satisfacción bovina con la urgencia de un compromiso angustiado, la angustia de una exigencia como la que prepara la posibilidad de la acción.
Tal acción no debería tan sólo soñar con una no-relación entre ley y vida, y una secesión de una civilización supuestamente maldita, sino que requiere que la relación entre ellas sea repensada de modo decisivo. El mundo es una mierda, estoy de acuerdo, el problema es que los detritos son nuestros.






































