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Los partidos políticos son facciones daltonianas enrocados en el Estado

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Antes del Estado de Partido Único, los partidos políticos eran de la Sociedad y solo estaban en el Estado si, y solo sí, ganaban electoralmente la facultad de gobernarlo. El Partido gobernante pasaba desde la Sociedad a ocupar una posición de gobierno en el Estado, y a la Sociedad volvía tras representarla transitoriamente durante su mandato.

El hecho de que sustituyesen la dictadura de la fuerza física por la del consenso moral e intelectual no esconde la identidad de finalidades del partido único y los partidos-facciones estatales actuales. Los  partidos políticos se han convertido en máquinas y mecanismos de lograr obediencia a la autoridad. Distinguir entre partido y facción no es fácil. La desintegración del Estado de Partidos, como sucede en esta Monarquía de Partidos, revela que los partidos estatales no actúan como partes de un todo, en virtud de principios y objetivos políticos inspirados en la unidad, sino como facciones de funcionarios que subordinan la función indiscriminada del Estado al interés faccionista, faccioso o fraccionario de su asociación de poder.

Nadie, que no defienda intereses espurios, dirá que los partidos políticos no son partidos del Estado. La única ley que puede deducirse de su desarrollo en el Estado, sin libertad política, es que son buenos productores de afanes de poder, corrupción, ineficiencia administrativa, incultura política y empobrecimiento del ocio, pero pésimos intérpretes de las necesidades de la sociedad civil.

Los partidos actuales dejaron de ser instituciones políticas, para convertirse en instituciones de derecho público. Y al desempeñar las funciones del Estado, de modo permanente y orientación parcial, los partidos renunciaron a su condición de parte de la Sociedad política y se hicieron facciones del poder estatal. Los partidos del Estado de Partidos no son, pues, verdaderos partidos ni tienen naturaleza política.

Aunque es difícil que una facción social alcance la categoría de partido, es muy fácil que un partido estatal degenere en facción. Felipe González lo logró. El caso del PSOE es paradigmático. Zapatero se alía con partidos independentistas de la periferia, es decir, pone en peligro la unidad nacional del Estado, para conservar el poder gubernamental en el centro. Hay facción cuando priman los intereses egoístas de partido sobre la perspectiva del interés público nacional. Aznar hizo faccioso a su partido en las Azores. Hay facción cuando el patriotismo de partido se antepone al sentimiento natural de la patria secular.

Para comprender la brutalidad cultural que supone llamar partidos políticos a puras facciones del Estado basta recordar:
a) que la pluralidad de partidos es consecuencia de la diversidad social que los legitima en el seno de una sociedad plural;
b) que el Estado, en tanto que monopolio legal de la fuerza, no puede ser plural ni partido, sino único; y
c) que si la política es la conquista y conservación del poder estatal, para gobernar toda la sociedad por una parte o partido de la misma, sería puro contrasentido que también fuera política la función del Estado y los órganos o elementos permanentes de su estructura jerárquica.

Una de las consecuencia de lo dicho es que la connotación nacionalista aparece en los partidos-facciones, como PP o PSOE, tan pronto como necesitan aliarse con fuerzas centrífugas de grupos periféricos para gobernar sin mayoría propia. Una facción del Estado, como la representada por el PSOE, que se apoya para gobernar en nacionalismos periféricos, incluso independentistas, no tiene posibilidades de evitar la reacción nacionalista tradicional. Por lo que la gran culpa de la existencia del terrorismo es de los partidos políticos.

¿Por qué la clase política se ha enquistado en el Estado?. Por su sistema de financiación, que permite que los partidos sean financiados por el Estado en lugar de por sus afiliados.  Esta situación es la que ha constituido, en el caso español, una clase política enquistada en el Estado. De ahí no querrán salir, habrá que echarlos.


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