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La política de extranjería aplicada a los españoles

A medida que el régimen de fronteras europeo se ha recrudecido cada vez más (firma del tratado de Schengen, directiva de retorno…), el cada vez mayor numero de críticos comenzaron a definir Europa como una fortaleza símbolo del horror en el que se estaba convirtiendo. Sin embargo, por más que el deseo de más de un legislador sea crear una fortaleza, lo cierto es que el impulso migrante, el empuje que lleva a desplazarse en busca de una vida mejor, es demasiado fuerte para detenerlo . Por eso, aunque el régimen de fronteras europeo, que se lleva vidas y legitima barbaries, no puede frenar este impulso, podemos aventurar que la Unión Europea, más que un gran muro alrededor de sus fronteras, lo que ha creado es un sistema de esclusas que va más allá de las figuras que utiliza la retórica migratoria de la Unión : por un lado el inmigrante ilegal que es deportado, por otro el inmigrante con plenos derechos que es integrado, sino que más bien instaura un largo camino, lleno de duras pruebas y peligros, que lleva desde la condición de clandestinidad total hasta la plena ciudadanía, sólo asegurada con la obtención de la nacionalidad, y pasando por diferentes tipos de tarjetas, cada una de las cuales asegura diferentes derechos.
Y además, ese camino de penumbras no es igual para todos los inmigrantes pues entran en juego criterios como el pais de origen y la relación colonial que haya podido tener España con él, o el tipo de racismo asociado al fenotipo. Pero como donde las dan las toman, esta misma gradación de los derechos que padecen los inmigrantes afecta también a los autóctonos, aunque impuesta por medio de otros mecanismos como la desregulación laboral , la reestructuración productiva, la densidad de las propias redes sociales o el capital cultural disponible. Del funcionario al profesional autónomo, del fijo discontinuo al contratado en prácticas, del eterno becario a la empleada de hogar o al parado de larga duración, los derechos que se garantizan no son los mismos. Y ello tiene consecuencias.
Gobierno de la complejidad
La idea de la exclusión (de la ciudadanía, de los derechos, de la riqueza, de las garantías mínimas de vida), que nos remite a la idea de una gran masa normalizada frente a sectores de la población marginales incapaces de adecuarse a ella y, por lo tanto, a los que habría que mantener a raya (de ahí también todas las formas de segmentación dura del espacio : de la cárcel a la segregación urbana) parece que no está permitiendo que acabemos de darnos cuenta de esta complejidad, que no es tan reciente. Más que de exclusión cabría que hablar de inclusión diferencial. Es decir, en lugar de la segmentación dura y binaria de la exclusión, tendríamos una segmentación múltiple y suave, donde habría mil posiciones de inclusión diferencial, con múltiples gradaciones. Es decir, más que dos caras de la sociedad, los incluidos y los excluidos, tendríamos una continua hipersegmentación con distintas franjas de población, diferentemente incluidas. ¿Y cómo se gobierna este espacio social, por un lado complejizado por la realidad de las migraciones transnacionales, por otro partido en mil pedacitos por los mecanismos de inclusión diferencial ? Desde luego, igual que la imagen de “Europa fortaleza” o la de rígida exclusión, no acaban de dar cuenta de la realidad a la que nos enfrentamos, tampoco la idea de Estados blindados, cuyos dispositivos policial-represivos se infiltrarían hasta en los espacios más micro de lo cotidiano, resulta del todo exacta. No por ausencia de estos dispositivos (que los vemos cada día en nuestras calles, como la prohibición de tránsito a miles de migrantes, y que incluye siempre la amenaza de un control policial en cada esquina), sino porque la eficacia pasa necesariamente también por mecanismos mucho más sutiles de gestión de las poblaciones. Mecanismos que, en lugar de moldear la heterogeneidad de lo social, toman esa heterogeneidad como punto de partida y se apoyan en las diferencias que la habitan como elemento de gobernabilidad.
¿Cómo ? Pues muy sencillo, no eliminando las diferencias, sino estandarizándolas : acotando y clasificando a la población en grupos bien definidos y estancos, convirtiendo las diferencias en categorías. Por tanto, la gestión se ejerce sobre grupos de sujetos concretos y etiquetados, ya que es más fácil gobernar categorías acotadas que hacerlo sobre una masa informe de ciudadanos que encierra una multiplicidad que asusta.
Beneficios de la diferencia
Ahora bien, se trata de un gobierno ‘de’ la diferencia, pero también ‘por’ la diferencia. Y es que los mecanismos de gestión buscan también optimizar las diferencias haciendo que resulten productivas en sí mismas, que generen capital simbólico, dinero, votos…etc. Un barrio habitado por gentes que proceden de los cuatro puntos del planeta resulta muy complejo en términos de gestión, pero se vuelve productivo cuando la diferencia se convierte en marca y el barrio queda valorizado como “mercado de lo multicultural” (ejemplo paradigmático, el del barrio de Lavapiés en Madrid). La propia diversidad se convierte en negocio pues se ponen en marcha o prolifera el negocio de los cursos, másters, becas, títulos de expertos, empresas y figuras especializadas que compiten en la obtención de beneficios en el campo de la diferencia.
Hasta aquí hemos hablado sólo de diferenciación, concepto que no contiene en sí mismo la idea de desigualdad. De hecho, el lema “a necesidades distintas, soluciones diferentes” remite claramente a un principio de equidad. Sin embargo, el razonamiento oculta un proceso por el cual las diferencias pasan a distribuirse entre las múltiples posiciones, creadas por la inclusión diferencial, que divide a la población. Y es aquí donde la diferenciación se convierte en una segmentación jerárquica que, ahora sí, deriva en desigualdad. En ocasiones, este proceso se lleva a cabo abiertamente : la ley de extranjería vigente contempla que sean diez los años que debe esperar un marroquí para lograr el acceso a la nacionalidad española, mientras que son sólo dos años de espera los que le aguardan a un migrante procedente de cualquiera de las ex colonias españolas ; en otras, los mecanismos son mucho más sutiles : los programas de diversificación y compensación educativa desarrollados en los institutos nacen con la idea de dar respuestas que garanticen la inclusión del alumnado con necesidades diferentes, pero son muchas las ocasiones en las que esta separación acaba decidiendo un futuro laboral más o menos remunerado, más o menos reconocido, con más o menos derechos, para cada alumno, convirtiéndola, pues, en una separación jerárquica, que produce desigualdad.
Posiciones inestables
La posición que cada sujeto ocupa en esa escala que nos incluye de forma diferente y desigual en la sociedad, no es, en absoluto, estable. En cualquier momento, nuestra posición puede cambiar, moverse en sentido ascendente o descendente. Siempre se tiene un poco por encima a una franja de población cuya posición es mejor, y que nos invita continuamente a esforzarnos para lograr incluirnos en ella ; y un poco por debajo a una franja de población peor, que mantiene viva la amenaza de que podemos caer en un contexto en el que el futuro más inmediato se presenta en forma de incertidumbre (precariedad laboral, imposibilidad cada vez mayor de hacer frente a las hipotecas…Y esto, recordamos, no es solo para extranjeros. Pero, además, a las diferencias, estandarizadas, desiguales e inestables, se las hace jugar unas contra otras. ¿De que forma?. Las técnicas y dispositivos son múltiples y operan en diferentes niveles. Por ejemplo, desde las ayudas públicas : a la par que las prestaciones sociales universales se desmantelan, se multiplican las pequeñas ayudas para colectivos específicos, “en riesgo” y “de riesgo”, lo cual no hace sino que otros colectivos sociales, con condiciones igualmente duras, perciban al colectivo agraciado por la ayuda como a un rival. ¿Quién no ha oído la frase “los inmigrantes se llevan todas las ayudas” ?. En otro plano, la propia desigualdad de derechos sancionada por la ley de extranjería genera una vulnerabilidad ante el mercado de trabajo que puede hacer a unos (‘sin papeles’ o pendientes de la renovación de su permiso de residencia) trabajar por menos y a otros sentir a estos primeros como rivales desleales. Desempeñan también un papel crucial en este sentido los medios de comunicación, que, en aras del titular llamativo y de la noticia jugosa, insisten en las etiquetas sensacionalistas, y con aires peliculeros resaltan las identidades cerradas y los enfrentamientos, construyendo relatos hollywoodienses que presentan a determinados colectivos como amenaza para otros. Y ello tiene efectos subjetivos profundos, porque, ¿a quién no le gusta ser el protagonista de una película de gángsters, aunque le toque el papel de malo ?. Se genera así una rivalidad y una competencia entre diferentes grupos sociales que tiene un carácter disolvente de los vínculos de solidaridad. De este modo, la diferencia, en lugar de interpelación, motivo de aprendizaje y cuestionamiento de la propia forma de vida, posibilidad de mezcla y contagio, se convierte, pese a toda la retórica de la multiculturalidad, en enemiga, en amenaza y hace nacer la idea de que el diferente es aquel que me puede quitar lo que tengo: ayudas, trabajo, espacio…. El archiconocido slogan: divide y vencerás, que lo hacen con todos, emigrantes y nacionales.
La rivalidad y la competencia, junto con la inestabilidad de todas las posiciones, generan ‘miedo’, un miedo que recorre todo el continuo social, dentro de esa segmentación social suave y múltiple que hemos descrito. Directamente podemos hablar de un ‘miedo- ambiente’ como líquido amniótico en el que vivimos en nuestras ciudades, donde la promesa de seguridad, esgrimida por los poderes públicos, pero también por todas las organizaciones que aspiran a representar a la población, aparece como único pegamento social posible. Lo cual explica el éxito actual de los discursos securitarios. Pero también da carta de naturaleza al racismo institucional, inscrito en el régimen europeo de fronteras : “si los inmigrantes son mis rivales, si pueden quitarme lo que tengo, está bien que se haga lo que sea para evitar que entren, para protegerme”. Es decir, el miedo incluye a los nacionales, sin darse cuenta, en la misma cadena. El ‘miedo-ambiente’ explica asimismo la extensión de diferentes formas de racismo popular.
Racismo
Hablamos de racismo porque, aunque la idea de una humanidad dividida en grupos absolutamente diferenciados y estancos, jerarquizados en función de su patrimonio genético (es decir, dividida en razas) parezca superada, lo cierto es que en la actualidad siguen operando procesos muy semejantes : donde antes se hablaba de superioridad “natural” de unos grupos sobre otros, ahora opera una retórica de la inclusión y la exclusión que enfatiza lo distintivo en función del patrimonio cultural de los distintos grupos. Es decir, las diferencias entre los distintos grupos humanos se interpretan en términos culturales, a la par que la cultura se racializa, pasando a convertirse en un símbolo inmutable de diferencia, lo mismo que antes era lo biológico. De esta forma, la cultura, indisolublemente ligada al territorio de origen, atraviesa irremediablemente a inmigrantes y nativos y separa en este proceso a los unos de los otros y a los distintos otros entre sí, colocándolos en universos claramente diferenciados, cuando no opuestos. Éste es el imaginario social desde el que se interpreta en muchos discursos populares y populistas esa segmentación múltiple y diferencial que atraviesa a la sociedad, desde que se sitúa al “diferente” como enemigo y desde el que se legitiman todo tipo de políticas securitarias. Un racismo popular (culturalizado) cuyo campo semántico nos remite resultado de un proceso histórico de colonización, aún latente en nuestros días, si bien reactualizado y resignificado en función de las dinámicas de las migraciones transnacionales y su gestión a través del gobierno de la diferencia, de los discursos mediáticos y de los desacoples producidos por transformaciones sociales que no afectan por igual a los distintos grupos humanos. Ahora hagalo extensible al globo terraqueo y verá que se trata de una jugada maestra de dominación universal.
Débora Ávila y Marta Malo
No puede olvidarse que la filosofia del poder se basa en considerar que “Si a la pluralidad de voces se hubiese de fiar la decisión de las verdades, la sana doctrina se habría de buscar en el Alcorán de Mahoma”. Esa sana doctrina es la suya, la de unos pocos nada más.


































































