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La consolidación del socialismo estatal

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La crisis, la crisis real es la del paso del estado anárquico de la inteligencia humana al estado celular y gregario al que probablemente estamos destinados. Nos hemos acostumbrado a admirar los progresos intelectuales realizados por nuestra especie desde la edad cuaternaria hasta el siglo vigésimo: artes, ciencias, pensamiento, y demás progresos. Pero esa lozanía del espíritu humano quizá no sea más que un lujo infantil, una juvenil explosión de la raza humana, y que ha puesto en peligro hasta nuestra existencia – como podemos verlo claramente hoy en día, y el instinto de conservación cesará para dar lugar a una forma de vida enteramente diversa.

La inteligencia, que en su origen fue para el hombre un arma de defensa contra los peligros y amenazas de la naturaleza, desde hace unos veinte o treinta siglos se dedicó a trabajar por su cuenta, caprichosa y alocadamente, siguiendo dos orientaciones: la fantasía y el raciocinio. Todos los mitos, los inventos, las metafísicas, las artes, las utopías políticas y sociales, han procedido de ese doble juego de la libre actividad mental. Han proporcionado al hombre alegrías, diversiones, alivios momentáneos, entusiasmos y voluptuosidades, pero al cabo de treinta siglos de experiencia los resultados finales son pavorosos y desastrosos.

El hombre ha creado mundos imaginarios, ha construido edificios frágiles, se ha entregado a encantamientos debilitantes, se ha enviciado con estupefacientes espirituales nocivos, ha intentado evasiones que concluían duplicando  su esclavitud. Dicho colapso comenzó a manifestarse en el ochocientos. El romanticismo, el individualismo, el anarquismo, el esteticismo, el satanismo, todo ello el comienzo, mediante la disgregación de la sociedad, de la familia y del alma, de la disgregación del átomo operada por los físicos. La inquietud moral, la alineación progresiva, el pesimismo radical, la inestabilidad social, la ruptura con las tradiciones y la decadencia de las religiones, todo esto condujo a los hombres civilizados de nuestro tiempo a la amargura, al descontento, a la rebelión, al terror, a la manía del suicidio, a la previsión de un exterminio total de la especie humana.

Pero el hombre, al igual que el resto de los animales, posee todavía el instinto de conservación en que haya refugio. Hay dos fenómenos bastante recientes que representan el muro de contención contra el desastre y son señales premonitorias del próximo vuelco de nuestra vida; son de orden diverso pero concomitante: la sustitución de la máquina por el esfuerzo humano y el mantenimiento de los regímenes totalitarios, unos evidentes y otros revestidos de una pátina democrática.

El hombre es ya siervo y súcubo de las máquinas; los pueblos se están transformando en masas anónimas, movidas y niveladas por un poder central autoritario y sin “control”.

Las tentativas de las dictaduras de nuestro siglo parecen haber fracasado, por lo menos parcialmente. Pero su frecuente aparición y multiplicación es un hecho histórico indestructible y que no se agota. Lenin, Mussolini, Hitler, Pilsudski, Franco, Antonescu, Stalin, todos ellos pueden ser para los últimos fieles de la libertad, seres odiosos y odiables, pero sin duda alguna son los portaestandartes de un sistema social que, para evitar los errores, las demoras, los desórdenes, las dilapidaciones y los peligros de la edad parlamentaria, concluirá por reducir las naciones del mundo a hormigueros y colmenas.

Sin saberlo la imposición de los medios mecánicos en todas las actividades del hombre, hasta en las mentales tiende a la misma finalidad. El triunfo de la Cibernética, que ya se prevé como inminente, acabará con los últimos vestigios de la iniciativa humana. No hay más que observarlo en las grandes fábricas, en las que  hombre ya no es más que un adminículo de la máquina, aun cuando sea de carne, y forma parte de la gran máquina sin nada humana que algún día hasta prescindirá de él.

O sea: el hombre se está convirtiendo en una simple célula del Leviatán político y en un simple engranaje del inmenso monstruo de la máquina omnipresente y omnifactora. Presenciamos hoy un hecho que cien años antes hubiera parecido increíble, la supresión y la muerte del individuo.

El desencadenamiento del individuo ha llevado a la locura, al dolor, al desorden, a las guerras, al peligro del hambre y la muerte. El hombre, con tal de tener seguridad acerca de su alimento y de su paz está dispuesto a renunciar a todas las prerrogativas de la libertad, del genio, de la creación, del riesgo. El hombre, que hasta ahora había sido un joven movedizo e independiente, con todos los grillos e impetuosidades de la juventud, está pasando a la edad madura, a la edad de la renuncia, del orden, de la calma, del conformismo. Éramos aves libres en el espacio, fieras independientes en la selva, pero ya se ha visto que no era posible continuar así, resultaba demasiado caro, era algo que ponía en peligro la existencia misma de nuestra especie. El mundo del futuro será muy semejante a los hormigueros, a las colmenas, a las moradas de los comejenes. El yo morirá, se renegará de la fantasía, el individuo será reprimido y oprimido, la libertad y la iniciativa serán abolidas; sólo a costa de ese durísimo precio podrá sobrevivir el género humano.

Quizá también las hormigas, las abejas y los comejenes, que sin duda alguna son animales inteligentes, en tiempos antiquísimos disfrutaron de genio e iniciativa libre antes de reducirse a su condición actual de sociedades instintivas y gregarias. Tendremos que dejar a un lado cosas que para nuestros padres eran el tesoro más maravilloso del hombre la poesía, la libertad, la locura del genio, la autonomía del individuo. Pero no tendremos más remedio que hacer ese sacrificio si queremos salvar los bienes esenciales y primordiales: el pan, la seguridad, la existencia.

Se está consolidando un socialismo estatal que, a pesar de un disfraz parlamentario, tiende a hacer la vida social muy similar a la del comunismo. El individuo muere a fin de que pueda sobrevivir la especie.

A.H.


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