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Kate Moss vino a verme esta noche subida en una lámina plateada.

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En ocasiones, creo adivinar mucha más miseria tras los seres que la que realmente hay.
Tanta falsedad, tanta defensa contra nada, tanta maldad gratuita, tanta bondad tan mal encauzada…
Uno más de mis errores. Tantos defectos libres de virtudes, atados tan sólo al hábito feliz de su terquedad…

Y cada vez más seguro de que sólo somos carne, carne aterida que a la osamenta se rinde e idolatra, pues la sujeta firme en contra de la gravedad, carne demente que del alma reniega…
Deseo tanto ser bondad en estado puro que a veces lloro frente a la maldad, aun reconociendo su necesidad, su inexorable consecuencia y su fatal congruencia.
Y el Amor siempre rondando al otro lado del espejo: delirio que como la plegaria de una sirena varada te atrae y finge aliviar tu angustia.
¡Hay tanto aún que descubrir sin descorrer la finitud de la Razón!
El Acto de Creación es una de las bobadas más cósmicas que existe después de la vida siempre en vilo que nos asiste y encrespa por igual.
Te está viniendo flujo durante todo el día al cerebelo y decides, en un momento no dado, transcribirlo u olvidarlo.
Una pendejada de tintes cómicos siniestros mucilaginosos perentorios que aliada con la violencia prestigiosa del Azar da como helicoidal fruto sublimes maravillas capaces de incordiar, amar o perpetuar.
Estoy cansado y viejo. No se me ocurre nada que llevar a la succión implacable de la mente y redimirla con ello.

Kate Moss vino a verme esta noche subida en una lámina plateada.

No dejó de danzar al compás de Bach hasta que la luz comenzó de nuevo a incordiar a vivos, muertos, almas en penas y destripadas intrigadoras de cabello lacio y flujo retenido en seco.

Me viene de abajo una suerte de furia indescriptible con nombre de insecto lisiado por la aleatoria contundencia del relámpago.

Hay tres cosas que, por encima de todas las demás, prefiero al abrir los ojos y sentir la gravedad aflojando y tensando estos condescendientes músculos y nervios: las burbujas de jabón que aspiran a bordear la aureola del Luna; las pesadillas soñadas en compañía de lobos y alcaravanes atónitos; el grito de lo infinito cuando, acompañado de monstruos, susurra en mis oídos que sólo la Nada amamanta de verdad a sus crías.

El Engendro, hermoso como una simetría aún no dañada por la mirada, estaba tumbado en una tumba al lado de la cama de matrimonio. No lloraba. No fingía. No bebía sino ida y venida fugaz de ideas y vibrátiles conjugaciones neuronales. Sí odiaba ya. Sí desea. Sí codiciaba; fuesen aves, alas o cofres para encerrar orígenes y larvas de éter, fe, lodo.

Durante aquellas siete semanas de libertad vigilada (dos hembras en celo y un eunuco rabioso eran los encargados de, conmigo, perder también más tiempo) solamente sostuve tres o cinco conversaciones serias con el malversador apócrifo y feo de mis inmuebles, bienes gananciales y zafiros esmaltados de sangre azul; y leí además al bello cascarrabias tuerto de Arturo Sch., eso me dañó el páncreas de modo tangencial y casi definitivo, no es apropiado tener lucidez meridiana y perder los modales criticando a propios y extraños, salvando obstáculos y túmulos a golpe de serenidad, con rectitud repartida entre los pliegues, repliegues y circunvoluciones cerebrales, intestinales y reflexivas. La opaca concavidad de la Serenidad…

Debe usted poseer cojones de magnitud menos confidencial y darse en semilla a todo sursuncorda que acuda a escucharlo mentir.
Sí.
O no.
O ambas, pero envasadas en ampollas vacías y esterilizadas de cristal amenazado por puñetazos y arañazos de hembra en celo.

Te tengo dicho que para un entierro no hay que hacer tantas gestiones como dice y pone en el Necronomicón de autos mortuorios. Dos, cuatro, cincuenta, calculando mal y pronto, te mueres, llamas solícito a la podredumbre de las cosas materiales, viene, goza, te extingue y en menos que entona el gallo Claudio o la vaca Romera su relincho o su mugido inveterado, ya estás tu disuelto, reflejado y desaparecido por doquier.

Si no te retuerces el gaznate enseguida es porque no te sale del embolado ése que reza entre tus patas. No me vengas con argumentos de segundo orden legislativo ni con zarandajas veloces y carnales como esposas apenas fornicadas. Eres lelo, consabido, mas tus razonamientos delatan el atolondramiento masivo de tu lento proceder, si nos referimos al extraño comportamiento que recreas para jugar, al menos un rato, contra la muerte y callar por los siglos.
Soy denso, mortecino y agrio como un fruto de tu seno, Melusina.
El ojo pineal para el guirigay experimental del Arte me funciona que da gusto, que honra, luce y da dolor de tanto gozo.

Y la glándula del dormir a pierna suelta también me rula a las tres mil aves fénix, o sea que esto del vivir ojalá no se finiquite jamás a causa de algún desliz del azar que en volandas me lleve sabe nadie por qué junglas.

From Amapolábilis( La Ciudad de las Amapolas)


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