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Donde hay reyes hay esclavos, y donde hay esclavos no puede haber libertad civil.

Desde el alto observatorio de la historia vemos las constantes conmociones de la sociedad, ese movimiento borrascoso de los pueblos en las luchas de la ambición, y ese flujo y reflujo de la ignorancia después de la ciencia, y de la ciencia después de la ignorancia. Las civilizaciones se suceden, y pasan unas tras otras sin captar la esencia de la vida.
En los tiempos de barbarie, el hombre se hacía dueño del hombre por la superioridad de la fuerza( igual que ahora); más tarde, los pueblos se apoderan de los pueblos por el falso derecho de conquista; los ejércitos de diferentes razas, vestidos de distintos colores, luchan, se rozan, se confunden y se mezclan las nacionalidades, se cambian las costumbres, los vencidos toman de los vencedores lo que creen más conveniente, los vencedores de los vencidos lo que bien les parece, y en este incesante movimiento se cumple una ley precisa de la sociedad: la ley del progreso.
La patria de Ulises y de Sócrates fue la primera en buscar perfeccionamiento a este progreso. Allí se plantearon todos los sistemas políticos, filosóficos y económicos; pero en vano se buscó la fórmula de la perfectibilidad social, porque esta había de nacer después de las grandes catástrofes de los pueblos y del desprestigio de los poderes personales, porque en todas las instituciones, en todas las sociedades hay el bien y el mal, principios inherentes, no sólo a la humanidad, sino eternos en el universo. El bien y el mal constituyen en sí la vida relativa de todos los seres, la lucha continua de los diversos elementos, la eterna fatiga de la composición y de la descomposición. El ser luchando por conservar su existencia, y los centros de atracción que le rodean pugnando por destruírsela, es la causa del bien y del mal, de todas las pasiones, de todo el movimiento físico y moral del universo.
Por eso de los gobiernos primitivos, informes y sin ley, nació la monarquía de Grecia; la monarquía, desahuciada por su injusta existencia, entregó la corona a la aristocracia; la aristocracia perdió su cetro, porque el pueblo, en uso de su derecho y su soberanía, se lo arrebató, y pronto Pisistrato se hizo dueño del poder, abusando de la cándida inconsciencia de Solón.
La lucha entre el pueblo y los poderes personales no ha dejado de existir. El primero ama la libertad por instinto, porque nace con la conciencia de sus derechos naturales. Los reyes y sus adictos quieren la opresión, porque en todas las épocas, en todos los países, sólo por medio de la opresión han podido dominar.
Donde hay reyes hay esclavos, y donde estos existen no puede haber libertad civil.
El terror y el fanatismo sirven de pedestal a los tronos, y de ese foco de corrupción y de miseria brotan las sombras que trastornan la máquina del progreso en la civilización, y se consideran leyes y actos de justicia las violaciones del derecho público, y se pasa a cuchillo a los que se cogen con las armas en la mano en defensa de la libertad; se prende y se persigue, como se asesinaron a los embajadores de Jerjes y como Temístocles mandó cortar la cabeza de tres mancebos para vencer en Salemina; y se agarrota a Moreno y a Ruiz, porque eran enemigos del trono de Isabel de Borbón, y como el Papa decreta los asesinatos sagrados en Castelfilardo y San Gottardo contra los que condenaban el poder de la teocracia, y como el gobierno, que abrazaba la esperanza de reclinarse sobre un trono lleno de podredumbre, consintió y apadrinó los asesinatos bandálicos de Guillen, Carvajal y Bohorguez, y ametralló a las ciudades libres, porque condenaban las crueldades e injusticias que servían de base a tan malévola esperanza.
Así hemos visto cómo los reyes y los emperadores y ahora supuestos mercachifles legitimados por el voto de zombies, han dispuesto a su antojo de la libertad y autonomía de los pueblos; a Roma, capital del mundo, en una provincia italiana; a Polonia, madre patria de la libertad, cuna de los héroes de la independencia y de la soberanía del pueblo, repartida en jirones entre los emperadores que la robaron con criminales conquistas, y a España, esclavizada bajo el yugo de una monarquía que quiere ser eterna. La sociedad es una, una es la familia; pero si los hombres que aman la libertad de su patria y la independencia de sus naciones no pueden consentir la división de ellas para disponer de los pueblos como una propiedad absoluta, menos podemos consentir que los pueblos que unió la misma naturaleza sean separados por la mano caprichosa de hombres inmorales parapetados en el poder ajeno que han usurpado. ¡Como si los pueblos fueran su propiedad!
La ambición y el despotismo de estos reaccionarios buscan, no la unión fraternal de los pueblos para darles libertad, sino la extensión de su dominio, la dilatación de su propiedad, más garantías , más firmeza en su despotismo, más campo a sus iniquidades y su orgullo. En este país sabemos de sobra el defecto de las monarquías, que ha tratado al pueblo como esclavo de la corona.
Todos han ofrecido libertad en España a lo largo de la historia, y lo que han producido es esclavitud: ¡Narvaez! ¡O’Donnell! ¡González Bravo! ¡Prim! En España, desde Narvaez, que representaba el imperio personal, O’Donnell, el último golpe a las libertades y la deshonra de la nación en Santo Domingo, hasta el general Prim, que disponía a su arbitrio de las leyes y de las autoridades con el cinismo político más escandaloso.Cuarenta años de dictadura oficial con Franco y ahora treinta años de dictadura camuflada en monarquía democrática.
Hoy los honrados ciudadanos del planeta se deben abrazar desde las regiones más remotas en señal de alianza contra los tiranos; la fraternidad se ha de extender, las ideas fanáticas y el antagonismo de los pueblos debe finalizar, porque no existen causa para lo contrario, y rota la barrera de las castas, el género humano se regenerará, y desde Oriente hasta Occidente, y desde Sur a Septentrión, el mundo será algún día una sola sociedad y una sola familia, dentro del gran sistema moral de la fraternidad humana, en la república federal universal.


































































