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El estilete islamista

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La necesaria fusión planetaria

Ni el islam ni el cristianismo son incompatibles con la democracia. Aunque los partidarios de la teocracia tengan mayor peso político en las sociedades islámicas hoy en día. Un ejemplo de esta compatibilidad es EE.UU. No estoy de acuerdo, sin embargo, con que sea preocupante que se plantee la supresión de los minaretes, ya que quien se lo planteo fueron grupos políticos de extrema derecha junto con la iglesia evangelista. Como en Suiza existe libertad constituyente, cosa que no existe en España, estos grupos fueron capaces de orquestar una campaña política muy bien elaborada y muy efectiva que llevo a las zonas rurales de Suiza a votar en favor de la prohibición con un cartel que asimilaba a los alminares con misiles y presentaba a una mujer cubierta con un burka negro. Lo cierto es que en Suiza no se ve ningún alminar por lo que la iniciativa no ha ido contra un exceso arquitectónico. La libertad Suiza hace que lo que hoy se ha aprobado pueda rechazarse mañana si surge otra iniciativa civil para tratar el tema.

Lo de Sarkozy puro chauvinismo.

La Península Ibérica, y en ella, España, es más que sabido que fue un crisol de afluencias de pueblos, cuyas culturas, impuestas por la sangre o por sus valores, han conformado en mayor o menor medida, como somos, como pensamos, como nos expresamos. No resultó una aleación, a lo sumo una mezcla o amalgama heterogénea, pero ahí quedó.

Aquéllos tiempos, pasaron. Ahora, estamos en otros. Sin embargo, hay algo que subsiste inalterado: la condición humana. Ella es la que produce los encuentros entre los que en el fondo somos tan similares, y los conflictos cuando priman los egoísmos y el miedo.

Existen individuos capaces de convivir, colaborar, y crear futuro en común, procedan de donde procedan y crean en lo que crean. El tiempo, y la voluntad de todos en lograr limar asperezas, lo hacen posible. Somos minoría.

Somos los que comprendemos que más allá de las particularidades asumibles, están las generalidades fomentadas por los que no están dispuestos a perder poder sobre las masas, y que por tanto -en tanto que conscientes de ello-, nos apartamos de tal influencia, en lo posible. Esa hermandad, debería poderse producir en democracia con más facilidad, pero también en cualquier otro régimen de gobierno, que no se sirviera despóticamente de sus gobernados.

Es fácil, para el que dispone de medios, avivar el fuego de la diferencia. Y es que motivos de querella, si se quiere, se encuentran sin dificultad. Por parte de unos, y de otros. El perdón, no es rentable. Es más, es lo más peligroso que existe, en tanto que manifestación de virtud.

Simplificando excesivamente, se sabe que el pretexto para el gran conflicto armado por venir, aunque ya estamos inmersos en él desde hace tiempo, es el del mundo superdesarrollado, contra el subdesarrollado. Una gran parte del segundo, tiene como fe el Islam. No será el conflicto definitivo, pero sí su extendido preliminar.  Todos los movimientos en el tablero de juego de la actualidad, han de descifrarse con dicha clave. Parece inevitable. Así que, por desgracia, seguiremos hablando y mucho de ello. Y también aquí.
Efectivamente, en democracia, podemos caber todos, pero substraerse de los efectos del vendaval, mientras se mantengan prejuicios radicales a ultranza, será muy difícil por no decir, imposible. Habría que decir, ¡¡Que Dios nos asista!!.

Si nos fijamos en los hechos, llama poderosamente la atención un afán de dominio desmesurado en comparación con las otras grandes religiones monoteístas. Doce años después de la Hégira (622), el califa Omar domina Arabia y marcha sobre Persia, Siria y Palestina. En un siglo, la conquista musulmana llega hasta el Indo por oriente y penetra en el reino de los francos por occidente.

Los cinco preceptos del Islam son muy sencillos y no exigen ningún cambio cultural profundo, aparte del conocimiento del árabe para leer el Corán, cuya traducción quedaba prohibida. Esta elasticidad, unida a la relativa libertad de los imanes, no sometidos a iglesia alguna, posibilita un dominio de amplios territorios y etnias en los que, aparte de la citada mínima homogeneidad religiosa, sólo parece interesar el tributo. La unidad política, de mano de la religiosa, o ésta para lograr aquella, no se pretenden en un primer momento —la interpretación de la Sharia es sociocultural y regional, no algo uniforme—, como tampoco su rotunda dislocación.

Será posteriormente cuando este acervo musulmán se invocará para buscar la unidad —la Yihad como sexto precepto—, generalmente como reacción a una amenaza o dominio —reales o así percibidos por algunos sectores— exteriores o extranjeros.

Por ello creo que en el ámbito colectivo, el islam se ha convertido en un mero instrumento capaz de repeler la racionalidad de la política. No veo posibilidad de evolución, ya que la creencia personal en Alá y el cumplimiento de los cinco preceptos es imposible por la presión grupal de los clérigos y correligionarios.

Respecto a la prohibición de construir alminares, si es estrictamente arquitectónica y no implica la revocación del lugar de culto, no interfiere en la libertad religiosa. O ésta no puede reducirse a un elemento cuya utilidad —la de convocar a los fieles— ha sido rebasada. Respecto al principio de reciprocidad, es algo que hay que evaluar desde el punto de vista de los hechos en las relaciones internacionales; no tiene nada que ver con la justicia material aunque sea una respuesta formal.

A lo largo de los tiempos, excepto en ciertos momentos, y en contados lugares, la exégesis del texto sagrado no ha sido una actividad incentivada por los líderes, y más bien al contrario, obstaculizada y hasta perseguida. A menudo, las creencias anteriores a la conversión al Islam, han persistido más o menos explícitas, y por lo general, el texto se ha aprendido de memoria sin conocimiento de la lengua en que se redactó. Los tributos, y la apertura de vías de comercio seguras, han sido el principal motivo de expansión del Islam.

Mantener los intereses preservados, con poblaciones tan territoriales y belicosas en muchos casos, ha requerido de una “Regla” inflexible para cuando se precisase, pero laxa en según qué casos, y hasta permisiva, según las conveniencias.

Éstas características, las han tenido todas las masas unidas por una fe, de una u otra forma. Los imperios, al fin y a la postre, utilizan la fe como un instrumento al servicio de los intereses: es una constante.

El problema serio, lo creó el Colonialismo europeo y las potencias emergentes del momento. Y como se suele decir, “de aquéllos barros, estos lodos.” Siguen presentes los conflictos que en su progresión, fácilmente dan argumentos a aquéllos que justifican sus desgracias por la intromisión y explotación “occidental”, y a la que se van sumando otras potencias a las que las mueve la misma desaforada ansia: la codicia.

¿Quién puede asegurar que sin el fenómeno colonialista, el Islam, en algunos lugares al menos, no hubiera podido evolucionar paralelamente a la moderada progresión que ha sucedido en la “cristiandad”…?
Se equivoca quien pretenda descalificar a quien diga que grandes conflictos hay ahora, y más pueden haber, contra intereses insumisos, aunque manipulados, que enarbolen el estandarte del Islam.

Tenemos el indefinido conflicto en Palestina; tuvimos la controlada fragmentación de Yugoslavia por parte de Rusia y Alemania, con un baño de sangre, una minoría musulmana pagando el pato, y todas las potencias mirando a otro lado hasta que estuvo todo hecho…

Tenemos la merienda de “negros” de Iraq en dos fases. Del que quién va a salir ganando sin riesgos, es China; tenemos el Afganistán-Pakistán, en que los aliados están haciendo verdaderos equilibrios para que no se implique la India…, lo que desestabilizaría totalmente Asia.

Tenemos los territorios musulmanes de China, donde hay luchas y tensiones que no pueden ni compararse con las que sucedieron en el Tibet en su momento…; tenemos los territorios musulmanes de la antigua URSS, que de momento parece que no dicen ni pío, pero que veremos cómo responden si hay conflicto abierto con Irán.

Tenemos muchos conflictos en África, en activo, y larvados. Argelia pudiera ser hoy perfectamente una república islámica si no se hubiese abortado el resultado de unas elecciones hace unos años.  Marruecos, que si no ha caído su monarquía, igualmente, es por la tutela de las potencias desarrolladas.
En Filipinas no cesan de tener graves conflictos con los Moros… En Indonesia, no cesan las acciones de los fundamentalistas… ¿Hay que seguir…?

El problema es que, es Occidente el que está fomentando ese malestar, porque interesa que para una reestructuración general del modelo, estallen esos graves conflictos. No olvidemos que en Europa, hay millones de musulmanes: en los Balcanes desde hace mucho, en el resto de países, en algún caso desde hace tres generaciones. En Alemania, hay una comunidad turca importante, entre otras. Y no olvidemos Turquía, y qué política mantiene Europa respecto a su ingreso en la CEE…

Ésto, es una olla a presión: me temo que los “cabezas de huevo”, llevamos razón. Desgraciadamente, desde mi óptica. Puede que otros se alegren de que puedan ir así las cosas, pero no es mi caso.

Evidentemente, en Suiza ha sucedido un resultado plebiscitario inducido por elementos ultranacionalistas, triunfadores mayoritariamente en el sector germano de la confederación, y en minoría en los demás cantones, pero el germen subyacente es el que he expuesto…

Por suerte, cuando a otro colectivo le dé por defender una tesis distinta, y obtenga suficiente soporte, realizarán otro referéndum, y se volverán a construir minaretes, y hasta cúpulas doradas.

Para finalizar decir que, si bien podría interpretarse el vocablo “islam” como paz, sería “paz interior”, necesaria para la “aceptación” de Dios y sus designios. Por supuesto que si todos los individuos tuvieran en sí ése ánimo virtuoso, existiría también la paz social, pero no es lo que significa esa palabra inspirada por Dios al Profeta para describir su mensaje a cada hombre.


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