El consenso como modo anestésico del poder, o, democracia médico-pastoral.

Para quienes no lo conozcan. Volvamos a 2003 – resulta interesante viajar hacia atrás- y desde ese momento temporal podríamos decir: Las últimas décadas se han caracterizado por una proliferación de las críticas a lo que Hannah Arendt denominó “totalitarismo”. Pero al mismo tiempo se ha producido un silencio abismal en cuanto a la posibilidad de una deconstrucción radical de lo que llamamos “democracia”. Es posible que el triunfalismo finisecular de la democracia neoliberal a escala planetaria haya contribuido en gran medida a dicho silencio.
Sin embargo, las investigaciones situadas en el horizonte de la biopolítica (las de Giorgio Agamben, Roberto Esposito o Toni Negri) han contribuido decisivamente a interrogarse sobre la mentada “democracia”. Y es lo que se propuso también el filósofo francés Alain Brossat (en su libro La democracia inmunitaria).
De manera que, tomando el concepto de “inmunidad” propuesto por Roberto Esposito, Brossat caracteriza la estructura misma de la democracia:
“la democracia, entendida como régimen de la política, pero, más ampliamente, como régimen general de la vida de los hombres, es fundamentalmente un sistema de inmunidad. Las personas, los cuerpos, las opiniones, ven como se establecen las condiciones de existencia y acceden a un estatus que los asegura y los garantiza –al menos en principio.”
Brossat no sólo trabaja desde el paradigma “inmunitario” propuesto por Esposito, sino que además le superpone los destinos de la medicina moderna tal como ésta se habría desarrollado a partir del siglo XIX con la utilización de la anestesia. Esa es pues, la frágil distancia entre Brossat y Esposito: el sistema de inmunidad permite a Brossat designar la condición general de la democracia moderna que, sin embargo, parece complementarse decisivamente con la moderna anestesia que, a mediados del siglo XIX comienza a transformarse en un paradigma político y cuya expresión sería, la “democracia”:
Al igual que la democracia, tal como la define Renan, la anestesia moderna viene de América, de Estados Unidos. Y como medio para neutralizar los violentos accesos intempestivos sobre los individuos, según él, la anestesia actúa de modo negativo –en el sentido del “no”: no a los dolores inútiles, al igual que la democracia a la americana permitiría descontar la desaparición de las vocaciones y ocupaciones inútiles (…) En suma, vemos acrecentarse una técnica médica al rango de paradigma civilizatorio…
Para Brossat, la anestesia como mera técnica médica se emancipa en la modernidad hasta convertirse en un verdadero “paradigma de civilización” cuya expresión política sería, exactamente, la democracia moderna.
A través de Brossat se puede inteligir de qué modo la democracia –ese régimen político cuya apología finisecular repite incansablemente que su diferencia respecto de la dictadura, la monarquía o el totalitarismo consiste en respetar la singularidad del otro otorgándole garantías para su libertad– se vuelca sobre su contrario: la democracia inmunitaria es precisamente aquello que nos distancia del otro porque nos inmuniza de él, privándonos, pues, de su experiencia. De ahí que la democracia inmunitaria no sólo abogue una y otra vez por la no-violencia –con lo que deslegitima a la violencia como acción política– sino que defienda, ante todo, al consenso como modo anestésico del poder: se trata de evitar el dolor de la violencia a toda costa. Según Brossat, en ello residiría la aporía misma de la democracia: a mayor protección respecto del otro, menos experiencia hacemos de él; esto es, menos nos sentimos como grupo. A esta luz, Brossat advierte sobre el carácter “bífido” de nuestro mundo “democrático”:
Sin embargo, de lo que nosotros debemos dar cuenta, en un mundo en que ya no es el del pasado totalitario, sino de un equívoco presente democrático post-totalitario, es de ese movimiento mucho más global de una historia bífida en donde se anuda el doble lazo entre la inmunización creciente de unos y la exposición galopante de otros.
La democracia inmunitaria divide la vida social en un “doble lazo”: por un lado aquellos que yacen inmunizados frente a cualquier dolor y, por otro, aquellos que se presentan totalmente expuestos a él. Inmunización y exposición constituirían, entonces, los dos polos de esta democracia que Brossat llama “democracia-médico-pastoral”. El anestesiamiento o inmunización va de la mano con la radicalización de la exposición de los “muchos”: a mayor exterminio y desastre inminente del mundo, mayor la insensibilidad frente a él.
En suma, es la catástrofe la que, en nuestro tiempo, se nos aparece como un mero espectáculo, una mala película que en algún minuto, simplemente, concluirá. Así se vuelve posible que el homo democraticus contemple el desastre pero nunca se vea interpelado por él. Se ha transformado así, en un espectador del mundo cuya únicas experiencias pasan, en el fondo, por una anulación total de la experiencia.





































