Dictadura y democracia

Contrariamente a la difundida mitología de izquierda, las formas políticas democráticas y dictatoriales se suceden y se generan recíprocamente, sin intervención de la ciudadanía a la que le dijeron que era soberana, y se lo creyó. Las dictaduras no llegan al poder después de haber vencido a los explotados insurrectos en el curso de luchas callejeras: son las democracias y todo el movimiento reformista (político y social) quienes vencen a los revolucionarios, con las armas y el timo electoral que además los divide. Quien hace de la reacción militar el coco, como si se tratara de la única forma de contrarrevolución, debe reflexionar sobre el hecho de que no se derrota al proletariado sólo con la acción militar. Únicamente cuando el proletariado está ya vencido socialmente la contrarrevolución se torna militar y por lo tanto violenta. El fascismo italiano es buen ejemplo, se enfrentó a los trabajadores agrícolas e industriales, mas triunfó sólo después de que aquellos se hubiesen divididos por las votaciones, por los intentos de conciliación de los socialistas y por la intervención material del Estado democrático.
Las dictaduras no caen bajo los disparos de las masas por fin amotinadas contra la tiranía. Ceden por sí solas el puesto a la democracia. En Italia fue el propio régimen quien retiró los poderes al “dictador” Mussolini, quien decidió un retorno progresivo a la democracia, tomando contacto a tal fin con los partidos de la oposición hasta entonces proscritos y abriendo negociaciones con los Aliados para dejar listo el cambio. En el 45, en Alemania, fue la derrota militar la que hizo caer el régimen, que los Aliados sustituyeron por sus propios dirigentes, tanto en el Este como en el Oeste, antes de que los dirigentes “nacionales” retomasen las riendas del poder. En 1975, en Grecia, la caída de Chipre y la presión americana obligaron a los coroneles a dejar el puesto a los demócratas que esperaban su turno en el exilio y que fueron, naturalmente, a ocupar su nuevo puesto. Algo similar ocurre en Portugal y España, donde el propio dictador nombró con descaro a su sucesor. En tiempos más recientes, algunas facciones de poder en países como Chile, Filipinas o Sudáfrica han comprendido que la vieja fórmula política no se sostenía ya y han tomado la iniciativa de un cambio de régimen para volverlo más “suave”, proceso todavía en curso. A pesar de, y gracias a algunas oposiciones aún presentes, la puesta en marcha de una democratización progresiva, controlada y más racional se puede considerar ya imparable.
Ha una lógica igual de rigurosa tanto en “los suicidios de la democracia” como en los consiguientes “retornos” de la democracia. No se trata más que de un reparto de tareas y de una concentración en el tiempo de la violencia necesaria para liquidar la oposición que obstaculiza la buena marcha del sistema. La política, entendida en el sentido clásico del “arte de gobernar”, ha considerado siempre la dictadura como un medio excepcional adoptado por el Estado en caso de extrema urgencia, como una guerra civil o una grave crisis económica y social. En tales circunstancias el pluralismo democrático, el parlamentarismo, los partidos de masas y los sindicatos, que en otros momentos son incluso eficaces para contener el empuje revolucionario, pueden crear una situación de confusión, no ciertamente revolucionaria, pero que impediría una reinstauración rápida y adecuada del orden. Entonces la dictadura se vuelve fundamental para disciplinar a la sociedad, desarrollar la economía, aplacar los antagonismos generados, imponer la paz social. Carácter esencial de la dictadura la concentración de todos los poderes-político, militar, económico, administrativo, en manos de un único individuo o un pequeño grupo a cuyo arbitrio se deja por completo la dirección y gestión de la nación.
Sin control ni vínculos de tipo legal, la dictadura no tienes por qué temer situaciones embarazosas durante su actividad de gobierno y puede utilizar mano dura para salir de la crisis.
El fascismo fue un ejemplo de esta concentración forzada en países –como Italia y Alemania- en los cuales la unidad política era frágil, con la cuestión nacional mal resuelta, y en los cuales el movimiento obrero reformista había asumido demasiada importancia tras los momentos revolucionarios que había frenado (la ocupación de fábricas en Italia y el movimiento de los consejos en Alemania).
El antifascismo quiere empujar al poder (según los casos) a volverse o a permanecer democrático, para impedirle que se haga la dictadura. Pero las formas políticas del Estado dependen de las necesidades del momento: los partidos reformistas, los trabajadores, las masas no pueden hacer nada, suponiendo que quisieran hacer algo. No existe un “elección” hacia la cual los trabajadores podrían dirigirse o ser dirigidos a la fuerza. En ciertas fases, la organización estatal no puede seguir siendo pluralista, debe centralizar por la fuerza los componentes de la sociedad, hacerlos converger bajo una única dirección. Pero este exceso de poder de los gobiernos dictatoriales determina por lo general un carácter de provisionalidad. Un poder excesivo y sin control, estando particularmente influenciado por las cualidades de los individuos que lo encarnan, está mucho más sujeto a caer en errores que lo condenen a muerte. Además, con el paso del tiempo, la dictadura se crea muchos enemigos incluso entre las clases más acomodadas, las cuales -pasado el peligro que hizo necesaria la instauración de la dictadura- sienten la necesidad de liberarse del absolutismo, a fin de disfrutar del privilegio y del poder.
Es entonces cuando la democracia retoma las riendas del Estado. He aquí por qué en este juego de alternancias la dictadura aparece simplemente como una especie de “cura” para una democracia enferma, un terrible desfogue de sudor para sanar la fiebre y seguir chupando de la teta de los presupuestos. La alternación entre muerte(dictadura) y engaño(democracia).
El secreto del paso de la democracia al fascismo, y viceversa, se puede resumir fácilmente en la fórmula: “cambiar el régimen para salvar el Estado”. De hecho eso es exactamente lo que hacen en alternancia el advenimiento de las dictaduras y el retorno de las democracias a la cabeza del Estado, que aún así tienen la desfachatez de presentar, en cada ocasión, como una “victoria de la clase trabajadora”. Esta impostura se ha vuelto posible por el hecho de que ambas, dictadura y democracia, se presentan como superación de una situación social ya insoportable. Como diciendo “mejor la dictadura al desorden social y mejor la democracia a la tiranía”.
Estas dos formas de gobierno no sólo son similares por corresponder ambas a una necesidad contingente del Estado, sino que tienen más cosas en común. Por ejemplo todos los regímenes de cualquier continente organizan, más o menos a largo plazo, un simulacro de vida parlamentaria. Desdeñoso del “parlamentarismo podrido”, Hitler mantiene hasta el momento de la guerra una ficción de Reichstag soberano. En 1939 le hace votar la declaración de guerra, por otra parte no sin recurrir a un subterfugio ridículo: faltando demasiados diputados, hizo ocupar los puestos vacantes por funcionarios del partido. Stalin -y luego las democracias populares- han tenido que reproducir las formas electorales, vaciadas de todo significado. El partido único no era el único en liza, había candidatos “sin partido” y, en las democracias populares, partidos satélites distintos al PC, todo para obtener un resultado positivo casi unánime.
La fuerza-necesidad del régimen no está sólo en encontrar los jefes o una mayoría, sino también una oposición, en dotarse de un lugar donde poner en escena sus incertidumbres. La vida política en su conjunto es modelada según esa necesidad. En los países democráticos está vigente la alternancia de partidos cuyas acciones son poco menos que idénticas al posicionarse al servicio del estado y no surgir de las necesidades políticas de la sociedad, pero que tienen el valor no desdeñable de representar soluciones diversas. El tan cacareado pluralismo no impide de todos modos la presencia de personalismos que no por casualidad son considerados “pequeñas dictaduras”.
Que se puedan aprovechar estas “evoluciones” para manifestarse sobre un terreno subversivo o simplemente para poner en aprietos las racionalizaciones del poder político y económico no ha de excluirse, pero eso no asegura una perspectiva revolucionaria en la medida en que no se plantea más allá de la contraposición democracia/dictadura. El dominio no es nunca tan fuerte como cuando consigue movilizar a las masas en su provecho, convenciéndolas incluso de combatir por ellas mismas.
La tensión social que se vislumbra ya en España puede ser considerada un claro ejemplo. La fuerte “crisis” económica, aún en curso, que ha provocado despidos masivos, huelgas, enfrentamientos más o menos violentos -por lo menos en apariencia- si por un lado parece turbar los dulces sueños del Ministro del Interior, por otro muestra su inofensividad desde el momento en que lo que se reivindica es el derecho al trabajo, exactamente aquello sobre lo que se basan el Capital, el Estado, la explotación. Medio de ganarse la supervivencia en una relativa indiferencia al qué hacer para ello, el estado de asalariado necesita de una organización externa al trabajo, una organización que sea un encuadramiento contra la fuga adelante que dejaría atrás el trabajo. Un órgano externo es necesario para recomponer la unidad de la producción y asegurarle su ejecución, y este órgano es el Estado. Pedir trabajo significa pedir la presencia del Estado.





































