Cómo se produjo la venta de España al mejor postor
En nota de 20 de enero de 1949 a Franco, su asesor Luis Carrero Blanco constataba que Truman “quiere quitar de en medio todas las dificultades que puedan ofrecerse para crear un mundo anticomunista, y amedrentar con él a la URSS o aplastarla en último caso mediante una victoria militar (…), dándose a España el espaldarazo y grado que le corresponde y conviene (…).
Debemos poner como condición para entrar en el Bloque Atlántico que nos devuelvan Gibraltar”. El alineamiento de Franco con la Coalición de la Guerra Fría se formalizó en 1953 con EEUU. Washington instaló bases militares permanentes e hizo reducir las funciones económicas del Estado español en los mercados interno y externo imponiendo la denominada estabilización financiero-monetaria.
El 30 de junio de 1959 franco dirigía un memorándum a la OECE (Organización Europea de Cooperación Económica) y al FIM (Fondo Monetario Internacional) comprometiéndose a “dar una nueva dirección a la política económica a fin de alinear la economía española con los países del mundo occidental” y ofrecía España para entrar en la Comunidad Económica Europea.
Muerto el dictador, la continuidad del vínculo con EEUU fue institucionalizada entre 1981 y 1986 por los gobiernos de Calvo Sotelo (UCD) y González Márquez (PSOE) mediante la absorción del territorio y recursos económicos españoles por la OTAN, la CEE y la Unión Europea Occidental, continuando Gibraltar bajo soberanía británica. Alberto Oliart, ministro de Defensa, podía sentenciar en 1982 que la adhesión a la OTAN aquel año fue “la culminación de un proceso histórico desde que se concibió la alianza transatlántica” esperado para perfeccionar una relación defensiva que existía, de hecho, desde hace casi el mismo número de años”.
Durante 35 años, “leales” del 1936 y de entre ellos los que entregaron Madrid con la Junta de Casado rivalizaron en proponer la mejor fórmula para convencer, primero a Londres y París y luego a Washington que era de su interés intervenir en España. En 1948, el encargado de negocios de EEUU en Madrid, Paul Culberston, respondía que “son unos insensatos los monárquicos deseosos de que Norteamérica asfixie económicamente a España. Si eso ocurriera, caería Franco, pero la monarquía no recogería sus frutos”.
Gil-Robles sintetizaba la idea el 30 de agosto de 1949: “socialistas y sindicalistas están convencidos de que nos hay más camino que apoyar al rey, sin exigir plebiscitos previos, consultas electorales ni gobiernos de concentración en un plazo de bastantes años”. Lo escribió el día en que se firmó el pacto entre la Confederación de Fuerzas Monárquicas y la facción que Indalecio Prieto escindió del PSOE, después de recibir seguridades del ministro del Foreing Office, Bevin, de que si los españoles renunciaban a elegir su forma de gobierno las Potencias Occidentales intervendrían contra Franco.
Y en realidad por entonces ya no creía en la intervención ni don de Juan Borbón, quien cinco días antes a bordo del Azor aceptaba el proceso de restauración deseado por Franco, cuyos términos coincidían con los auspiciados por EEUU desde 1944: “la monarquía es hoy todavía una solución para las potencias extranjeras anticomunistas, y una esperanza para las izquierdas no revolucionarias”.
Queda claro que EEUU nunca se sintió impaciente por acabar con la dictadura hispánica. Desde la década de los cuarenta EEUU se encargaría de ir estructurando la integración de España y Portugal en los mercados y espacios político-militares bajo su sola hegemonía, con la utilización sin trabas de bases permanentes y contando para ello con la solicitud de España de asociarse a la Comunidad Económica Europea.
Laureano López Rodó, comisario del Plan de Desarrollo, ratificaría esta idea el 5 de marzo de 1962: “la solicitud de ingreso en el Mercado Común Europeo es la fase que sigue a los acuerdos con EEUU de 1953 y al Plan de Estabilización de 1959 en cuya gestación jugó un importante papel (…) ahora esperamos que EEUU apadrine también el ingreso de España en el Mercado Común”. Cosa segura, una vez evitado el posible “retorno de España al aislamiento” que tanto preocupó a EEUU en 1959: “el retorno de España al aislamiento, abriría la puerta a la penetración comunista y haría retroceder o incluso destruiría todos los esfuerzos de EEUU por crear una Europa unida y fuerte”.
Nada sería después así. No obstante preocupaba cómo controlar a los ciudadanos terminada la dictadura. Ello llevaría a crear las mediaciones de una transición al posfranquismo que mantuvieran los recursos de España dentro de la Alianza bélica y a merced de los intereses del capital transnacional. El apoyo a la dictadura fue proyectado por EEUU más allá de la persona del general Franco, según directrices elaboradas para el área mediterránea por el Consejo Nacional de Seguridad el 24 de abril de 1952: “debemos procurar usar los instrumentos socioeconómicos de que disponemos de modo que reduzcan el poder explosivo de fuerzas que presionan a favor de cambios revolucionarios (…) Esto puede significar que tengamos que trabajar con y a través de los grupos dominantes actuales y, al tiempo que respaldamos su permanencia en el poder, usar nuestra influencia para inducirles a acomodarse a las nuevas fuerzas que vayan emergiendo. A medida que surjan nuevos grupos de liderazgo, debemos también obrar para asociar sus intereses a los nuestros y, en el momento que alcancen el poder, cooperar con ellos en la ejecución de programas que les ayuden a alcanzar objetivos constructivos”.
La onda expansiva de la revolución social y nacional de Fidel Castro estimuló a los estrategas del Ejército de EEUU a mirar más lejos y elaborar planes para el mundo hispánico cuyos efectos se prolongarían durante el resto del siglo: “Para cuando deje de mandar Franco deben hacerse preparativos para asegurar que España continúa bajo un gobierno fuertemente prooccidental (…) En la próxima reunión del grupo de trabajo del OCB (Operations Coordination Boarding) sobre España debe considerarse incorporar este problema y recomendar al NSC la orientación de política a seguir”.
Algunos ofrecimientos a colaborar en estos planes llegaron espontáneamente a los servicios de EEUU. Carlos Zaya Mariátegui, disidente con la fracción del PSOE asentada en Toulouse, aparece informando asiduamente a la embajada de EEUU sobre personas de sensibilidad socialistas suceptibles de sumarse a combatir al Partido Comunista, entre otros, Joan Raventós Carner en Barcelona, José Federico de Carvajal y Mariano Rubio Jiménez en Madrid. “A Zayas le gustaría entregar a la policía española a “Federico” (alias de Jorge Semprúm) si se le presentara la oportunidad”.
Durante el posfranquismo, Felipe González, sentó a Zayas en el Parlamento; hizo embajador en Francia a J. Raventós, a F. de Carvajal presidente del Senado y gobernador del Banco de España a Mariano Rubio. A “Federico” -convertido al anticomunismo- lo hizo ministro de Cultura. El agente interlocutor de Zayas recomendaba a Washington que “sería buena cosa que los socialistas vieran a oficiales de la Embajada norteamericana para que perciban que pueden esperar ser oídos por éstos al menos con igual simpatía que la que ellos piensan hallar sólo en el Labor Party británico”.
Entre las mayores víctimas de la guerra fría, de sus precedentes y de sus consecuencias se encontraba la zona Sur (el caso de los pueblos hispánicos), donde “lo que acaece no cuenta“, como llegó a precisar Henry Kissinger a Gabriel Valdés, ministro de Exteriores (democristiano) de Chile.
Y cuenta aún menos un Estado como el español en el que sus dirigentes, desde el siglo XVIII., no generan más estímulos que ver garantizada su protección por una u otra de las Potencias de turno. Hasta tal punto que los españoles terminaron aislados de su mundo cultural en América..
En el XX los intereses que derrocaron el sistema democrático-representativo en 1936-1939 han mantenido su dominación local, sin solución de continuidad en la medida que se subordinaban a las sucesivas Potencias dominantes.
Así, las posibilidades que abría el fin de la guerra fría eran difíciles de alcanzar, lo mismo para españoles que para portugueses y latinoamericanos en la medida que continuaban uncidos a rejuvenecidas zonas, o subzonas, de influencia. “Ne soyez pas myopes, l`Espagne est en vente“, fue un eslogan de la campaña impulsada después de 1986 entre consorcios empresariales por el francés Jacques Delors, presidente de la CEE.
Ningún solo responsable español le salió al paso. A nadie en el establishment español se le oyó balbucear que los dirigentes de otros países no podían dictar su política a los ciudadanos de otro Estado. Nadie replicó ni sintió vergüenza oyendo decir a Delors en el verano de 1988, que el 80% de las decisiones sociales y económicas de los Estados de la CEE se tomarían en Bruselas.
¿Qué destino esperaba a los pueblos sin Estado digno de tal nombre, gobernados desde un centro de poder que ni les responde democráticamente ni pueden controlar? Bastó que en marzo de 1994 el gobierno español tratara de mantener el porcentaje hasta entonces vigente en la toma de decisiones -limitado a 23 el número de votos susceptible de bloquear una resolución- para que Klaus Kinkel, ministro de Exteriores alemán, afirmara que estaba “dispuesto a romperle el espinazo a España. Una semana después, el 27 de marzo, Felipe González Márquez aceptaba que la minoría de bloqueo se levara de 23 a 27 votos.
¿Cabe hablar de independencia de un Estado cuando no se tiene conciencia de estar intervenidos? En el régimen de partidos de la España posfranquista las pocas personas que confeccionaron las listas cerradas y bloqueadas que dominaban el Parlamento nacieron con estipendios alemanes, y rivalizaban entre ellos por recibir más deutsche-marks. Durante los días anteriores al referéndum de 1986 sobre la extensión de la OTAN a España, el ex canciller Willy Brandt (socialdemócrata) hizo publicitar lo que los españoles debían votar. A esta campaña se sumaron el canciller Kohl (democristiano) y el ministro de Exteriores Genscher (liberal) diciendo a los españoles que el ingreso en la CEE obligaba a subordinarse a la OTAN.
Todo iba a seguir siendo como en la España de 1796 con la alianza europea y el Tratado de San Ildefonso; igual que con la absorción en 1939 de España en la alianza germano-italiana contra la URSS; y ahora con su ingreso en la OTAN y en una concepción federal de la CEE, en 1981-86, que entrañaba potencialidades de deslegitimación y desintegración del Estado comparables con el intervencionismo secularmente aceptado por élites dominantes, que razonaban y seguían razonando conforme a la premisa de que la soberanía popular y nacional habían históricamente fenecido.
Aquella dictadura a la que los españoles fueron sometidos había deslegitimado el Estado y la conciencia de identificación con la Nación a tal grado que, fallecido Franco en 1975, el régimen que le sucedió se protegió bajo el alero político-económico de la CEE y el militar de la OTAN.
Cuando Ralph Dahrendorf previno a Felipe González Márquez sobre “el altísimo precio que tendría que pagar España para entrar en la CEE si aceptaba las condiciones de que Alemania y Francia le imponían (en 1985)”, González le contestó que “estaba dispuesto a aceptar cualquier acuerdo”.
Pero, ¿quién imponía cada acuerdo?. Recordemos que González había sido cooptado desde el Eje París-Bonn en la operación de Suresnes de 1974, parte de un proceso en marcha en el que las élites dirigentes de la Dictadura, ya desgastadas y moralmente aisladas de la sociedad, estaban siendo necesariamente relevadas por equipos estipendiados, venidos de la política que generó la guerra fría.
Alberto Oliart, el ministro de Defensa que suscribió la extensión de la OTAN a España en 1981, postulaba que “una Europa efectivamente unida (…) podría convertirse en una gran potencia militar (…) si la Unión Europea fracasase, la misma existencia de España entraría en peligro (…) Si se rompe el proceso de unidad europea, vamos al desastre”.
Ya no hacían falta élites ni organizaciones verdaderamente representativas, democráticas. De todo se ocuparía la burocracia de Bruselas, nada realista, y aún menos para los intereses, a los que estaba imponiendo políticas económicas recesionistas, subordinando las condiciones sociales de la población al capital financiero, cuando en España el desempleo sobrepasaba el 22%, y sometiendo a España a la lógica de los mercados tendente a desmantelar los Estados al considerarlos un estorbo para la especulación de capitales flotantes, provenientes de la escalofriante mundialización financiera a duras penas controlada.
Ni la CEE ni la OTAN nacieron para preservar la libertad nacional de los Estados y la de sus ciudadanos. Las naciones deben darse los medios propios de frenar la ambición de quienes desean dominarlas. Españoles y portugueses fueron puestos bajo la férula de dictadores, personajes cooptados fueron situados al frente de “partidos” dedicados a mantener la sociedad al margen de la toma de decisiones sobre su presente y su futuro.
A los españoles el derecho al voto secuestrado en 1936 les sería devuelto en 1977, pero obligándoles a pasar por los filtros políticos elaborados por personas pagadas -directa o indirectamente- desde el seno de la Coalición de la Guerra Fría. Financiación oculta y, por tanto, de origen inconfesable, usada discrecionalmente por los cooptados para sentar su dominio sobre el sistema político local. Fallecido el Dictador, lo españoles continuaron dentro de la CEE y la OTAN bajo la tutela de las mismas Potencias que respaldaron a Franco.
Aquella “Europa” idealizada durante la larga dictadura, siempre vista como una vía de escape y salvación democrática, se haría presente ahora vía de élites y organizaciones surgidas de la espontaneidad. Personas comprometidas e independientes, volvieron del exilio dispuestas a mantener el país enrolado en las coordenadas que les impusieron mediante una dictadura militar, la guerra mundial y la guerra fría. ¿Pueden todavía crear los españoles, proyectos nacionales? Difícilmente, si sus élites y organizaciones representativas no son endógenas. Esta es la realidad que nos rodea y domina. Para preservar su libertad nacional y la de sus ciudadanos, las naciones deben darse los medios de frenar la ambición de quienes desean dominarlas.






































