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Ciudadanía políticamente corrupta

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Hoy acudir a  votar es un acto de corrupción.

El sistema político impuesto en el 78 con la Constitución de esa misma fecha es un sistema de corrupción, pues no sujeta la representación al control de los representados. Es así de sencillo. Pues bien, esto a día de hoy, esta realidad, si siquiera es planteada por la sociedad en su conjunto. Su queja no pasa por acudir a la fuente del problema.

Lógicamente, el intervencionismo de un estado reaccionario en la economía, no puede producir otra cosa que  el enriquecimiento, ya  por tráfico de influencias, ya por uso indebido de información privilegiada. Sin embargo, el grado de cinismo llega a tales cotas que a esta corrupción la denominaron “política liberalizadora”.

La corrupción económica, como fenómeno colectivo, siempre será una consecuencia de la degeneración moral del vivero que alimenta las instituciones estatales, un fenómeno dependiente de la inmoralidad política de los partidos gobernantes (y de quienes le insuflan la vida: los votantes).
De ahí la  importancia que para los electores debería tener el conocimiento de la moralidad política de los artificiales partidos. Porque me parece que después de más de 30 años corrompiendo todo lo que pasa por sus manos, la ciudadanía desconoce o quiere desconocer está realidad corrupta que los gobierna. Prueba de ello es que siguen acudiendo cada cuatro años a legitimar la corrupción que los explota. Esquizofrenia política pura.

Se justifica que los electores españoles no pudieran conocer estas cuestiones en el momento decisivo inicial -  Los partidos eran siglas míticas de prestigio internacional que agrupaban a personas contrarias a la moralidad del régimen. El hecho de que el PSOE, tras las primeras elecciones, ocupara la función de líder de la oposición al Gobierno UCD, integrado fundamentalmente por franquistas, determinó que continuara acaparando la simbolización de la virtud política, que él mismo propagó con los “cien años de honradez” – Pero hoy no.

La opinión pública hace tiempo que percibió, o debió percibir, todo tipo de contradicciones políticas (gobernando en interés del gran capital y del militarismo partidista y sindical) y de contradicciones morales (propiciando la mayor promiscuidad que la historia española ha experimentado de gobernantes mundanos y especuladores).
Hoy, acudir a las urnas a votar se convierte en un acto de corrupción por parte de la ciudadanía. Porque los españoles saben que están siendo gobernados por personas carentes de ética racional y embotados espiritualmente. Con el argumento de que tienen más votos que nadie, se creen autorizadas a utilizar como factor de gobierno una especie degenerada de cínica moralidad, apartando a la ciudadanía de todo posible control de sus acciones.

Cuando falta esta rectitud, para los individuos genética o culturalmente insensibles a los dictados de la moral natural, las costumbres y las tradiciones de todos los pueblos, de todas las clases sociales, de todos los regímenes políticos, han inventado normas de urbanidad que coaccionan desde fuera a la conciencia bárbara para que, al menos por decoro, se comporte como civilizada. A este tipo de exigencia social responde la ética política. Nadie pretende que los políticos sean santos o simplemente buenas personas, aunque esto último sería deseable. Pero nadie puede admitir que sean indecorosos y menos aún corruptos.

La falta de educación moral es una cuestión política de primera envergadura y si la ciudadanía la desconoce no tenemos nada más que hablar. Porque la verdadera moralidad está en los instintos que accionan los comportamientos.

La falta de honorabilidad en los gobernantes denota el carácter reaccionario del poder que ejercen sin una ética que sirva de modelo social y quienes legitiman con su voto esa situación son tan corruptos como ellos.


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