La calamidad que comienza con Sócrates

Aceptar la vida es aceptar la existencia del Mal. Y el Romanticismo, como filosofía de la vida, no podía sino admitir las fuerzas demoníacas como algo positivo. William Blacke, que en muchos sentidos anticipa a Nietzsche y a Jung, creía que el hombre podría alcanzar una dimensión gigantesca cuando lograse integrar el cielo con el infierno, es decir su cielo con su infierno, puesto que, como ya lo había dicho Boehme todos los llevamos en nuestro propio interior.
Siendo el Demonio el señor de la tierra, este dilema es también el del cuerpo y el espíritu. Dilema que el racionalismo no fue capaz de superar; simplemente lo aniquiló suprimiendo uno de sus términos. Esta calamidad comienza con Sócrates, para luego propagarse en todo el Occidente y llegar hasta sus últimas consecuencias en esta mentalidad cientificista que nos ha llevado hasta la ruina. Los Tiempos Modernos, en efecto, se edificaron sobre la ciencia, y no hay ciencia sino de lo general. Pero como la prescindencia de lo particular implica la exclusión de lo concreto, los Tiempos Modernos se edificaron aniquilando filosóficamente el cuerpo. Y si los platónicos lo excluyeron por motivos religiosos y metafísicos, la ciencia lo hizo por razones heladamente gnoseológicas.
Entre otras catástrofes para el hombre, esta proscripción acentuó su soledad. Porque la proscripción gnoseológica de las emociones y pasiones, la sola aceptación de la razón universal objetivamente convirtió al hombre en cosa, y las cosas no se comunican: el país donde mayor en la comunicación electrónica es también el país donde más grande y aterradora es la soledad de los seres humanos.
No quiero decir que esta civilización ignore el cuerpo, quiero decir que le ha quitado aptitud cognoscitiva y dignidad metafísica. Lo ha expulsado al reino de la pura objetividad, sin advertir que al hacerlo cosificaban al hombre mismo, ya que el cuerpo es el sustento concreto de la personalidad. La reivindicación del cuerpo por obra de las filosofías existenciales, Nietzsche se había preguntado ya si debe dominar la ciencia sobre la vida o la vida sobre la ciencia.
En este interrogante y en la respuesta que le dio se sintetiza la revolución antropocéntrica de nuestro tiempo: el centro no será más ya el objeto, ni siquiera el sujeto trascendental, sino la persona concreta, con una nueva conciencia del cuerpo que la sustenta. Para Heidegger, ser hombres es ser en el mundo, lo que solo es posible por el cuerpo; el cuerpo es quien nos individualiza, quien nos da una perspectiva del mundo, desde el yo y aquí. No ya el Observador Imparcial y Ubicuo de la Ciencia sino este yo concreto encarnado en un cuerpo. En ese cuerpo que se convierte en un ser para la muerte. De donde la importancia metafísica del cuerpo.
Peck





































