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El nuevo terrorismo intrajudío

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La Inteligencia y la Contrainteligencia del mundo judío-occidental (o judío-cristiano) pretenden hoy ocultar el hecho histórico de que el chiísmo libanés es en verdad una expresión originaria del Sur del Líbano (incluyendo el sur del Valle de la Bekaa), difundiendo la imagen falsa por la cual esa “nueva frontera” es una exportación iraní hacia el Mediterráneo Oriental. Las dos grandes Iglesias occidentales, el catolicismo y el protestantismo, desde un punto de vista estratégico, actúan hoy como elementos subordinados del pos-sionismo o del hiperjudaísmo. Protestantes y católicos, los primeros desde siempre y los segundos recientemente, han aceptado como fundacional la versión del Antiguo Testamento, es decir la preeminencia ideológica del judaísmo sobre el cristianismo en tanto construcción de un “mismo mundo”, el Capitalista-Occidental.

La religión judía, y a partir de ella el cristianismo, según interpretaciones posmodernas, “fue construida según un plan preestablecido; aparece como la solución fría y calculada de un problema diplomático. Se conforma al programa: es preciso asegurar una religión al pueblo a cualquier precio. Y otro hecho que no debe perderse de vista para formular un juicio adecuado sobre la religión judía es éste: la misma reflexión fría, la misma conformidad a un fin preestablecido, presidieron el nacimiento de las doctrinas que, unas después de otras, se fueron agrupando con el correr de los siglos al núcleo principal” (Werner Sombart, Los judíos y la vida económica).

Lo que pone al judaísmo como principal impulsor del capitalismo, desde sus orígenes hasta nuestros días es “… la reglamentación contractual, la reglamentación comercial… de las relaciones entre Jehová (Yahvé) e Israel. Por otra parte todo el sistema religioso judío no es otra cosa que un tratado concluido entre Jehová y su pueblo elegido: un tratado con todas las obligaciones que se desprenden generalmente de un contrato. Dios promete algo y da alguna cosa a cambio de lo cual el hombre justo lo sirve” (Sombart, op.cit.).

La “ideología” hiperjudía tiene actualmente dos fuentes de alimentación. Por un lado prolonga una ya clásica proyección “profética” del Antiguo Testamento, es decir de una narración realizada e interpretada sobre hechos ya sucedidos, que sacraliza y proyecta hacia el futuro una corta experiencia política anterior, y que en verdad fue muy poco exitosa y de muy corta duración. A esa historia, deformada y sacralizada a la vez, se le suma luego la voluntad política de secularizarse, que fue planteada inicialmente por el sionismo, en todas sus ramificaciones. El poder secular (sionista) sumado a una proyección sacramental de un texto, es lo que termina conformando el hiperjudaísmo de este mundo en creciente desorden político, cultural y estratégico.

El nacional-judaísmo y no el sionismo es la ideología dominante en Occidente en esta etapa de globalización capitalista, es decir de neto predominio del capital financiero. Ello es así por la gran importancia que le asigna “… la moral teológica judía a la ganancia pecuniaria propiamente dicha; cómo alienta de un modo significativo la tendencia a la acumulación puramente cuantitativa de valores desprovistos en sí mismos de toda calidad, sin relación con un bien natural cualquiera…” (Sombart, op.cit).

Es que no sólo el judaísmo está en el origen del capitalismo. Es asimismo la auténtica “superestructura” ideológica del globalismo, ya que: “El judío es partidario neto de una concepción liberal del mundo, en el que hay lugar, no para hombres vivos, para hombres de carne y hueso separados por diferencias individuales, sino para ciudadanos abstractos con derechos y deberes, un pueblo semejante a otro y constituyendo el conjunto la gran humanidad que no es más que la suma de las unidades desprovistas de toda calidad” (Sombart, op.cit.).

Los intereses del judaísmo convergen con los del supercapitalismo global en un hecho básico y decisivo: en el interés común por convertir a las naciones en elementos despojados de propiedades, carentes de poder, incapaces de identificarse. Ello refuerza de manera clara la presencia mundial del único Estado nacional que importa, del Estado creado “por orden de Dios”, el de Israel.

Las nuevas formas que adopta el terrorismo intrajudío son hoy decididamente antiseculares. Más específicamente: se trata de reacciones antiseculares contra una historia ideológica anterior laica, que ahora es considerada como subordinada a una “modernidad” que es percibida, por los nuevos sujetos históricos, como el peligro más letal que existe para el mantenimiento de la propia identidad. Es así como surgen, entre otros, los principales grupos terroristas judíos (especialmente a partir de la conmoción que origina la guerra del Yom Kipur ): como una reacción violenta contra una historia anterior del judaísmo que ya había adoptado la forma de un sionismo modernizador y globalizante.

Las diferentes corrientes del integrismo religioso judío asumen actitudes especialmente agresivas, en particular con las formas “impuras”, “idólatras” o simplemente laicizantes existentes dentro del propio mundo judío. El enemigo del integrismo judío es hoy el sionismo laicizante y modernizador.

“No han de ser las leyes del Estado (de Israel) las que nos prescriban qué podemos o no hacer en la lucha revolucionaria, sino la Torah de Israel y la conciencia de la responsabilidad nacional que nos incumbe. Ambas determinarán el límite de nuestro reconocimiento de las leyes del Estado” (Myron J. Aronoff, The Institutionalisation and cooptation of a charismatic, messianic,religious/political revitalisation movement, en The Impact of Gush Emunin, Politics and Settlement in the West Bank, Edited by David Newman).

Los haredíes (creyentes de Dios) israelíes -las distintas corrientes de la ortodoxia religiosa judía, en especial aquellas que están cada vez más integradas al nacionalismo israelí- utilizan la violencia de manera permanente y en varias dimensiones: en primer lugar contra los grupos judíos laicos; en segundo lugar, contra otros grupos haredíes no nacionalistas (“Halcones” contra “Palomas”) y, en tercer lugar, hacia el exterior del mundo judío. Todas esas dimensiones de violencia, pero especialmente la última, tiene un fundamento territorial. El investigador francés, Ilan Greilsammer, refiriéndose a las luchas dentro de barrios ortodoxos o entre barriadas ortodoxas y laicas dentro de los grandes conglomerados urbanos que conforman hoy la casi totalidad del Estado judío, señala: “Esta brutalidad se sitúa en los confines del espacio que esos grupos (religiosos ortodoxos) ocupan. Ella nace de conflictos por el territorio, por el espacio vital. El espacio territorial es un factor dependiente del dinamismo demográfico de la población haredim y ello conlleva una fuerte presión por la extensión del dominio físico. No se trata solamente de expansionar un área habitacional y purificarla de impíos -judíos no religiosos- se trata sobre todo de crear un área de dominación cultural”.

Esta violencia intrajudía se asemeja a la violencia que ejercen los judíos contra los no judíos en el hecho de que en última instancia ella está fundamentada sobre la necesidad de ejercer un control territorial -dominar un espacio vital. Por lo demás existen numerosos ejemplos de acciones violentas entre grupos religiosos judíos a lo largo de toda la diáspora. Se sigue recordando el choque que se produjo en Brooklyn entre grupos hasedines opositores (Greilsammer, op.cit).

Existe también una dimensión demográfica de estos conflictos intrajudíos, fundamentada en la gran diferencia existente entre las tasas de natalidad de familias hasedines y las de familias no hasedines. La tasa de natalidad de la comunidad religiosa ortodoxa es extremadamente alta. La observancia de las leyes religiosas desaniman el control de la natalidad, mientras la tasa media del crecimiento demográfico israelí tiende a decrecer de manera continua. Entre los ortodoxos no existen prácticamente solteros jóvenes/adultos de ninguno de los dos sexos, y el primer niño nace generalmente durante el primer año de matrimonio. Las pirámides de edad indican un fuerte porcentaje de niños y de jóvenes en los nuevos barrios haredíes, de los cuales son expulsadas en forma sistemática las familias “laicas”. La media de hijos de las familias ortodoxas en Israel va de los 5 a los 10, un número extremadamente superior a los hijos de las familias no religiosas. El público laico se inquieta ante el crecimiento demográfico de esta población. Solamente en Jerusalén los habitantes ultraortodoxos sobrepasan en la actualidad a las 100.000 personas, sobre una población total ligeramente superior a los 500.000 habitantes (nos referimos a la ciudad y no al “distrito” de Jerusalén -Yerushalayim-, con datos de 1992).

Pero es especialmente a partir de la guerra de 1967 que distintos grupos religiosos haredim se transforman en movimientos nacionalistas con gran capacidad operativa en el plano militar y con programas que giran todos en torno a la cuestión territorial. Los nuevos colonos nacionalistas religiosos provienen, en gran parte, de las escuelas talmúdicas creadas por el Partido Nacional Religioso que había fundado el ya mencionado rabino judío-norteamericano Zvi Yehouda Kook. La enseñanza en esas escuelas del PNR se fundamenta en que el territorio judío tiene una dimensión trascendente. No es un mero paisaje geográfico sino el Eretz Israel, es decir “…Dios mismo que continúa su obra mesiánica de Redención a través del milagro de poner esas tierras bajo la soberanía judía. Todo el territorio bíblico judío es un territorio sagrado. Es un mandato divino conservarlo, anexarlo y establecer sobre él un máximo de colonias judías”.

Como el restablecimiento de la soberanía judía sobre la tierra es un signo explícito de la proximidad de la Redención, todo compromiso territorial tiene como efecto retardar y diferir los Tiempos Mesiánicos. El movimiento ortodoxo judío Gush Emunin (la experiencia religiosa y territorial que condujo a los primeros actos demenciales de terrorismo contra judíos y contra no judíos), que se puede traducir como “Bloque de la Fe”, creado en 1974 bajo influencia del ya mencionado rabino Zvi Yehouda Kook, ha militado y continúa militando para que los territorios de la Judea-Samaria (Cisjordania, “West Bank”) no retorne jamás bajo soberanía no judía, aun al costo de una guerra civil dentro del Estado de Israel (The Impact of Gush Emunin, op.cit).

Una posición similar mantiene aún otro grupo religioso que es también uno de los principales fundamentos organizativos e ideológicos de los Halcones: el grupo Lubavitch. Bajo la directa influencia del antiguo rabino de Brooklyn (Nueva York) Eliezer Mizrahi, los “Lubavitch” señalaron que “…le está formalmente prohibido al pueblo judío entregar cualquier porción del Eretz Israel a los árabes, y asimismo comprometerse a entablar conversaciones con ese objetivo” (Greilsammer, op. cit).

Esta sentencia se la expuso el rabino Mizrahi a Shimon Peres antes de las elecciones de
1988, lo que nos señala que la evolución del “Plan de Paz” instrumentada por el actual gobierno laborista es percibida por los Halcones como un estado permanente de guerra interior. Para el grupo “Lubavitch” esta posición está basada en un principio vital del judaísmo: el pikouah’ nefech (el peligro por la vida). “Entregar los territorios, y aun discutir con el enemigo esa posibilidad, significa poner en peligro la vida de los judíos, y ello significa una terrible defección desde el punto de vista de la Ley religiosa… existe la obligación religiosa de un control estricto y anexativo sobre los territorios del Eretz Israel”. “Los Lubavitch, al igual que los Gush Emunim, u otros grupos religiosos y nacionalistas con acciones comprobadas y reiteradas de macroterrorismo, creen que el Mesías va a arribar de un momento a otro, y que estamos en las mismas puertas de la revelación del enviado de Dios. Ellos afirman ver signos anunciadores, como decadencias y guerras. Y si tal es la situación, si el mundo está verdaderamente en las puertas de descubrir la Gloria de Dios y la Luz de Israel, no existe ninguna necesidad de comprometerse en negociaciones con otras naciones o de hacer concesiones a los no judíos” (Greilsammer, op. cit).

Los Lubavitch militan activamente por una política de colonización intensiva de los territorios ocupados “con la fe que Dios, quien ha prometido esas tierras a nuestros padres, no permitirá que ella nos cause dificultades”. Para el rabino Eliezer Mizrahi toda concesión territorial es la verdadera causa que refuerza las posibilidades de una nueva guerra.

La actividad de los Halcones fundamentalistas judíos se verá notablemente incrementada a partir de la crisis del “Plan de Paz”. Y ello lo señaló con extraordinaria lucidez, antes del asesinato de Rabin, el escritor español Juan Goytisolo: “Es en el momento de su victoria -militar, política y económica- cuando Israel corre el riesgo de fracasar. Al mantener los asentamientos de Gaza y Cisjordania, torpedear a la ANP de Arafat, aplazar el calendario electoral fijado y prolongar así la presencia militar de Tsahal en las ciudades palestinas, etc., Issac Rabin manifiesta una sorprendente falta de clarividencia y de valor político. El tiempo no juega necesariamente a su favor, ni la demografía tampoco: la conversión de decenas de millares de palestinos en militantes de Hamás y su disposición a multiplicar los atentados suicidas no podrán ser combatidas con cercas electrificadas ni una separación imposible a causa de la capilaridad y mezcolanza creadas por la ininterrumpida colonización de Cisjordania… La carencia total de comprensión y respeto a la dignidad de los palestinos augura una permanente discordia que perpetuará a su vez ‘la Intifada por otros medios’, más duros y sangrientos… Después del diálogo de Oslo los israelíes abrigaban la esperanza de haber cumplido su sueño a costa de la pesadilla de los palestinos. Dicha esperanza se revela ya totalmente ilusoria”.

Los actuales grupos dirigentes israelíes, judío-americanos y, ahora, fundamentalistas evangélicos norteamericanos, piensan que una versión nacional, o más bien, nacionalista del judaísmo es la única alternativa para unificar cultural y políticamente a una nación demográficamente fracturada y físicamente encapsulada en un espacio geográfico muy pequeño. El nacional-judaísmo provoca fuertes lealtades pero también numerosas exclusiones. Durante los tiempos de la invasión a Líbano y, luego, durante la Intifada, el comportamiento internacional (occidental) respecto de Israel sufrió importantes alteraciones que ahora se están repitiendo de manera ampliada, en la medida en que el nacional-judaísmo tenga como principal base de sustentación una política crecientemente militarizada de naturaleza terrorista, tanto hacia el interior como hacia el exterior de las fronteras del Estado de Israel.

Al ser hoy el nacional-judaísmo una ideología de Estado -la ideología constituyente del Estado de Israel en esta época de pos-bipolaridad- todos los hechos que se sucedan tanto en el interior cuanto en el exterior de ese Estado desencadenarán -a través de diversos canales, incluidos los religiosos una serie de repercusiones en el conjunto de la política mundial. Cualquier situación que eclosione en el hinterland de Jerusalén, origen o referencia mítica de las tres religiones abrahámicas, hoy en proceso de judaización por medios militares, afectará directamente a los grandes espacios internacionales que cada uno de esos monoteísmos abarca, lo que representa una parte sustancial de la población mundial.

En una situación tal, la estabilidad del proyecto globalizador se verá seriamente afectada -en lo económico, lo energético, lo político y lo religioso- lo que haría peligrar el status y la influencia no sólo de los EUA, sino además de las otras grandes potencias, se encuentren éstas próximas o geográficamente alejadas del epicentro de los conflictos. Las repercusiones más intensas se producirán naturalmente en Occidente, aunque si analizamos los mapas de las rutas petroleras marítimas que nacen en el Golfo Pérsico, veremos con claridad que otras grandes potencias –como Japón- geográficamente alejadas, también se verán muy duramente afectadas.

Son los musulmanes los únicos que disponen de una verdadera red de seguridad teológica y política. Es el mismo Corán quien sostiene inequívocamente, en varias Suras y gran cantidad de parágrafos, el carácter apócrifo del Pentateuco y de los otros libros (TANAJ, Torah, Niviim, Kthuvim-Pentateuco, Profetas y Escrituras); su falsificación “por los perversos (que) sustituyeron la palabra que les había sido indicada por otra palabra…(Sura II, parágrafo 56). “…Alteraron la palabra, después de haberla comprendido, y lo sabían muy bien” (II, 71). “La generalidad de los hombres no conocen el libro (TANAJ), sino solamente los cuentos engañosos, y no tienen más que ideas vagas. ¡Desgraciados los que, al escribir el libro con sus manos corruptoras, dicen: He aquí lo que proviene de Dios…! ¡Desgraciados de ellos, a causa de lo que han escrito sus manos y a causa de la ganancia que de ello sacan!” (II, 73). Y un largo etcétera. No hay duda de que Muhammad (Mahoma) tenía bien claro el origen histórico-político concreto de la Torah: la pequeña élite hebrea “exiliada” en Babilonia.

Es precisamente ese el sentido que tuvo la redacción de esos libros por la élite judía desterrada en Babilonia, luego de la destrucción del Primer Templo: construir a sangre y fuego, hacia el futuro, una comunidad política hegemónica tal como lo aconseja, entre otros profetas, Josué.

Con ese objetivo mesiánico (el fin de la historia exige la previa posesión de la tierra -Eretz Israel) reconstruyen desde el presente pos-exílico (del siglo VI al IV aC.) una falsa historia, un pasado básicamente mitológico que tiene como único objeto preparar psicológica y políticamente al “pueblo elegido”; primero para resistir una eventual nueva dispersión en el mundo (que se vuelve a producir en el año 70 dC.), que era una experiencia ya conocida por ellos. Pero sobre todo el Antiguo Testamento constituye la ideología perfecta para rehacer un poder político terrenal, con características muy similares a las que finalmente instrumentalizó el sionismo para la construcción del Estado de Israel, unos 20 siglos después de la caída del Segundo Templo. “El Antiguo
Testamento, en su conjunto, corresponde más a la época del Segundo Templo que a la del primero, a la del regreso del exilio que a la de la formación y desarrollo del reino de Israel. Constituye un caso extraordinario de reinvención de la historia pasada y reescrita en función del presente (un presente muy posterior a la historia narrada)”.

La continuidad teológica, ideológica y estratégica entre judaísmo y sionismo es absoluta y, en la práctica, sólo se manifestaron fisuras menores entre ambas concepciones. Y ya en la actualidad estamos constatando una nueva forma que adopta esa relación, que sólo en apariencia fue contradictoria durante cortos períodos de tiempo.

Todos los soldados de los ejércitos de Israel -originariamente laico y concebido como brazo armado de un Estado secular- llevan en sus mochilas el Libro de Josué, quien es quien asesina (los …”pasa por el filo de la espada al punto de no dejar ningún superviviente”…-Josué, X, 34) a todos los cananeos y a otras tribus de la Palestina histórica, que fueron los habitantes originarios de la región antes de la llegada de las tribus hebreas. Fue una de las tantas matanzas ordenadas por el “Dios de los ejércitos”, el mismísimo Yahveh (o Jehová), según la versión oficial de la Biblia hebrea o Antiguo Testamento.

Así está en verdad relatada una operación de “limpieza étnica” en el libro de los Nombres (XXXI, 7-18), que nos informa sobre las hazañas de los “hijos de Israel” quienes “… vencedores de los Medianitas, ‘como el señor había ordenado a Moisés matar a todos los hombres’, ‘hicieron prisioneras a las mujeres’, ‘incendiaron todos los pueblos’. Retornaron a Moisés, y éste se enfurece: ‘¡Qué, -dice- habéis dejado con vida a todas las mujeres! Bien, ahora mismo matad a todos los niños y a todas las mujeres que hayan conocido hombre… Pero todas las vírgenes…reservadlas para vosotros” (14-18). Esa minoría ilustrada no se propuso redactar la historia original de las tribus hebreas en Palestina (pasado), sino señalar el sendero de su unidad futura, de su permanencia en el tiempo y en el espacio a partir de una consolidación política sustentada en la vigencia sagrada de un Dios Único.

El orientalista italiano Mario Liverani (op.cit.) señala al respecto: “La conciencia de unicidad y diversidad de los descendientes del pueblo de Israel les ha llevado a resistirse a cualquier tipo de asimilación, algo que no tiene igual en un plazo tan largo. Si dejamos a un lado la explicación teológica del ‘pueblo elegido’, se impone una explicación de carácter histórico”. Resulta claro que la “metodología” empleada por los redactores y compiladores del Antiguo Testamento está basada en la “… antedatación anacrónica… La consecuencia es la congelación del proceso evolutivo, con un resultado final preestablecido desde el principio, con sus caracteres inmutables”.

Los redactores del Libro situaron, bajo una forma mítica, los hechos políticos y religiosos de esa época (desde el retorno del “exilio” babilónico) nada menos que en el siglo XII, es decir, unos seis siglos antes de que verdaderamente ocurrieran. Naturalmente que cuando ocurren los hechos carecen en absoluto de la forma mitológica fijada con seis siglos de “anticipación”. El siglo XII aC. fue la época de los orígenes étnicos de las tribus hebreas; en absoluto existía el grado de evolución religiosa que se verifica seis siglos más tarde. En el siglo XII aC. Moisés habría recibido directamente de manos de Yahvé (Jehová) las “tablas de la Ley”, “… de modo que el yahavismo no habría evolucionado nada de Moisés al judaísmo, entre los siglos XII y IV” (Liverani). La orientación nacionalista y racista del judaísmo revelado en la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento, en tanto monoteísmo religioso, hace innecesaria la recurrencia al sionismo como perversión secular muy posterior a la aparición del Libro.
Es evidente que esta posición conlleva gravísimas complicaciones teológicas y políticas.

No sólo las Nuevas Escrituras están unidas al Antiguo Testamento (incluso por decisión institucional de una Iglesia Católica progresista y posmoderna, aunque ambos libros hablen de dioses distintos); es muy conocida, además, la preferencia de las diferentes corrientes del protestantismo por la lectura sistemática de la Biblia Hebrea, en detrimento del Nuevo Testamento, considerado por Lutero como el libro católico por excelencia 221. A los protestantes en general habría que recordarles cuál fue la opinión final de Lutero sobre los judíos. Próxima, por cierto, a la doctrina nacional-socialista, y totalmente alejada del pensamiento del chiísmo contemporáneo. Los católicos activos
saben muy bien sobre los cismas terribles de los próximos tiempos, la mayoría de ellos originarios de una posmodernización apresurada por las exigencias ideológicas del capitalismo.

Un análisis contemporáneo competente no puede deslindar y ubicar en campos distintos al judaísmo y al sionismo. Desde un punto de vista no teológico la posición islámica puede ser aceptable, porque no cambia el hecho de fondo: es el propio actor histórico-social -el judaísmo quien proclama la sacralidad de Su Libro. Y a partir de Él proyecta -y sobre todo justifica- su accionar sobre su propia comunidad, sobre otras comunidades, y sobre su entorno geográfico cercano o lejano. El Libro se transforma así en el principal componente ideológico de una política (que se sacraliza a sí misma y demoniza a sus oponentes): la que instrumenta el Estado de Israel y todas las ramas de la diáspora judía dispersas por el mundo (occidental).

En sus orígenes, “La fidelidad a un Dios único nacional es la única esperanza de salvación”. “Cuando David y Salomón unificaron la región, la fundación del templo de Yahvé en Jerusalén, como edificio anejo del palacio real , conllevó la elección de una divinidad como centro del panteón oficial del reino y como divinidad dinástica. El Dios elegido, Yahveh, no debía ser nuevo en la religión. Seguramente se trataba de una de las divinidades mayores y más cualificadas, más vinculado por tanto a un ambiente particular y a un patrimonio mitológico y cultural arraigado” (Mario Liverani, op.cit.).

En verdad la experiencia política de David, que convertirá a Israel en una pequeña potencia política, fue muy marginal y hasta ignorada por los grandes Estados de la época. Es la naturaleza de esta decisión política -la necesidad vital de un dios nacional único, epicentro de una buscada unificación demográfica y geográfica- lo que se convierte en el nexo más sólido entre el judaísmo original y el sionismo, cuyo ciclo de vida es muy corto: desde mediados del siglo XIX dC. hasta fines de la “guerra fría”. Lo que origina continuidad entre ambas etapas, después de casi 20 siglos de diáspora, es su misma vocación mesiánica: el laicismo de algunos sionistas no convierte a éste en algo distinto del judaísmo.

Llegados a este punto, el interrogante central que se plantea, y al que será necesario responder, es: ¿cuál será el marco estratégico dentro del que se desarrollarán en el futuro los diferentes conflictos locales, nacionales y regionales?

No se trata en absoluto de una cuestión académica, sino de un problema de política práctica de primera magnitud, al cual se deberán enfrentar Estados y movimientos “contestatarios” a lo largo y a lo ancho de todo el mundo en los próximos tiempos. Según cómo se configure la estructura de la política mundial, las alternativas de cambio se incrementarán o disminuirán.

Esas alternativas alcanzarán cotas máximas en un mundo completamente apolar, es decir, carente de una policía global respaldada por una ideología legitimante a escala planetaria elaborada y manipulada a partir de decisiones centralizadas. Inversamente, las posibilidades de cambio disminuirán en una relación directamente proporcional, en un mundo estrictamente unipolar, en el cual un mismo centro de poder centralice una política global unificada, en los planos económico, político, militar, cultural y religioso.

Los hechos que se suceden en la esfera de la política mundial de los últimos años señalan que una nueva situación estratégica está surgiendo de los escombros acumulados en el corto período de la pos-guerra fría. Existen los primeros indicios de que estamos entrando en un nuevo período histórico, de que ya hemos cruzado la frontera determinada por los efectos de la implosión del viejo mundo bipolar.

Sobre el nacimiento de esta nueva situación estratégica -que podríamos definir como tendencialmente apolar- ha influido decisivamente la naturaleza entrópica del sistema unipolar, es decir, la definitiva carencia de liderazgo de los Estados Unidos de Norteamérica, por un lado, y la naturaleza excluyente de un sistema económico globalizado, fundamentado en decisiones de empresas monopólicas transnacionales, que sólo puede funcionar a partir de la hegemonía impuesta por una fracción crecientemente minoritaria de la población mundial. La población incluida ya no está separada por las “fronteras” que durante la etapa bipolar dividieron a los distintos “mundos” (primero, segundo, tercero y cuarto). Hoy esa población, desperdigada en el norte, sur, este y oeste del planeta Tierra, pertenece toda a un mismo mundo, a una misma cultura: a la de los incluidos. El resto -la mayoría creciente- de la población mundial pertenece a “otro” mundo, el de los excluidos, cada vez más distante del mundo de los incluidos.

Esta nueva realidad social-global -originada en la economía de la pos-guerra fría- tiende a producir dos tipos de conflictos simultáneos. Por un lado, una guerra social global -un nuevo tipo de “lucha de clases a escala planetaria”- entre poseedores y desposeídos (entre “orgullosos” y “humillados”; por otro lado, la emergencia del factor nacional: la lucha de los humillados es, en primer lugar, una lucha por la recuperación de los espacios nacionales agredidos por la expansión de la globalidad.
En todos los puntos del Planeta donde esa lucha existe (y ello incluye a la totalidad del mundo + Europa Occidental y los Estados Unidos de América) las aspiraciones de los oprimidos (humillados) se manifiestan, en primer lugar, bajo la forma de una lucha nacional. La recuperación de los espacios nacionales no es sólo una exigencia económica insoslayable (hacer que los bienes que son propios produzcan hacia el interior y no hacia el exterior). Pero esa lucha económica es inseparable de la voluntad por adquirir dignidad.

En la base de los espacios nacionales por recuperar suele haber una cultura diferenciadora y resistente. Las exclusiones de la globalidad no son sólo de naturaleza económica. Son exclusiones de naturaleza estratégica. El neoliberalismo salvaje en Rusia y en Iberoamérica, las pretensiones del nacional-judaísmo en Oriente Medio y otras regiones del mundo (como por ejemplo, Argentina), tienen manifestaciones sociales y nacionales inequívocas: se trata de que determinados marcos nacionales, que son entendidos como barreras a la expansión de la globalidad, desaparezcan y, con ellos, grandes masas de la población mundial queden reducidas a la condición de esclavitud: de humillación perpetua.

Tres ejemplos inequívocos de este proyecto se manifiestan en:
a) la relación Rusia/Occidente;
b) la relación mundo musulmán/Estado de Israel;
c) la relación centro/periferia en otras vastas regiones del mundo excluido.

La lucha mundial de los oprimidos (desposeídos, humillados) no adopta la forma de lucha de clases con solidaridades horizontales (“proletariado internacional”) porque cada grupo de oprimidos está diferenciado entre sí por una cultura (diferente). Las diferenciaciones culturales son las que priorizan -en el plano de la política- la lucha por la recuperación de los espacios nacionales invadidos por los representantes locales del mundo incluido. Cada combate social es nacionalmente distinto, porque distintas son las culturas que los impulsan.

La lucha política culturalmente diferenciada es lo que resume y sintetiza, es lo que expresa con mayor contundencia todas las reivindicaciones económicas de los humillados contra la globalidad (sistema unipolar). Las reacciones de la población rusa empobrecida hasta el paroxismo por esa exigencia económica del globalismo que es el liberalismo salvaje, pasan inexorablemente por la reivindicación de un espacio estratégico propio eliminado por el sistema unipolar. Las reinvindicaciones de los humillados del mundo árabe-musulmán pasan por una lucha sin cuartel contra el Estado judío, es decir, pivotan sobre la construcción y/o reconstrucción de módulos nacionales también propios.

Los módulos nacionales a construir o a re-construir forman parte de una cultura, de un espacio cultural, pero no se reducen a él. Como lo demuestra la cotidianeidad del mundo árabe musulmán, una cultura -el Islam- de hecho abarca diversos módulos nacionales, como lo demuestra la reconstrucción del Líbano, hecha en base a una guerra nacional contra un agresor “extraño”, el israelí. No es una guerra que puedan hacer -en representación de los libaneses- otros árabes u otros musulmanes. La recuperación del marco nacional es un hecho personalizado y personalizador en la escala internacional.

Existe una cultura genérica de la clase de los incluidos o amos del mundo (Herrenvölker) –que mantienen entre sí un sistema de solidaridades horizontales. Esa cultura está siendo elaborada por los intelectuales orgánicos de esa clase global, representados por los restos de las izquierdas centrales y urbanas. Desde ese viejo pensamiento iluminista pretenden imponer a los excluidos una convicción principal: toda revolución -es decir, toda diferenciación- es imposible en tiempos de globalidad. Sin embargo, nunca como hoy la revolución -esto es, la diferenciación o identidad- es
tan necesaria y urgente.

Pero no estamos hablando desde el punto de vista ciego y descerebrado de una izquierda
reconvertida al neo-liberalismo cuyos fragmentos aún pretenden opinar sobre las cuestiones del mundo. Los estallidos revolucionarios que hoy sacuden e impactan en y sobre todos los puntos del planeta no tienen su referencia ni en el racionalismo filosófico ni en las eclosiones norteamericana y francesa del siglo XVIII. La continuidad del iluminismo francés estuvo representada por el posterior fracaso del marxismo a escala planetaria. Pero el fracaso del marxismo y la debacle de la “izquierda” -racionalista y, ahora, “humanista” 184- no significa el fracaso de la revolución misma.

Lo que ha quedado eliminado del horizonte es la revolución como pura desestructuración social. Lo que hoy se plantea como necesidad urgente es la revolución como reestructuración social. Una revolución mucho más ligada a la dignidad de los humillados que a la indignidad de los humilladores. Una revolución como construcción de lo nacional y popular y no sólo como destrucción de la dominación “burguesa”. Una recuperación de culturas antiguas y propias. Una relación entre la dignidad y la trascendencia. Una conservación de las identidades como base de la acción política.

El altísimo nivel de depredación económica que introduce la globalidad señala lo obvio: que la dominación económica se manifiesta a través de la dominación política de un Estado sobre otros (Israel/Mundo árabe). Y que por lo tanto la liberación -en términos de futuro- se está sustentando, cada día con mayor claridad, en la recuperación de las capacidades estatales agredidas. No hay hoy en el mundo, ni lo habrá en el futuro, ningún grupo social emergente que no plantee la recuperación del Estado nacional. ¿Cómo habría de existir una política revolucionaria fuera de un Estado y de una cultura recuperados? Sólo la izquierda liberal en el mundo contemporáneo plantea lo contrario:
el cambio social y, aun, internacional, en base a una disolución progresiva del poder.

Ello indica que esos grupos hoy carecen de cualquier tipo de sustentación social y que, por lo tanto, son expresiones camufladas de la verdadera contrarrevolución. Es decir, manifestaciones ideológicas de los grupos dominantes y de los Estados hegemónicos. Todas las políticas “humanitarias” se proclaman “democráticas”, y la mayoría de ellas, al menos en Occidente, están controladas por agentes del poder judío, es decir, por miembros de una cultura autodesignada “superior” y, por ello mismo, represiva por naturaleza.


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