La Centralidad

La configuración estable del poder y la consagración del orden público fueron consolidándose a través de un proceso de centralización de los aparatos administrativos y coercitivos. La diversidad de intereses y los entramados de interdependencias son tejidos con el hilo de acero que fabrican los Estados, centros políticos sobre los que gravitan las distintas esferas de conflictos.

Tras ir eliminando a todos los posibles competidores, la concentración del poder real en organizaciones monopolísticas se fija en una capital (Londres, Viena) o en el lugar donde resida la Corte: Luis XIV prefirió asentarse o asentar el Estado (“El Estado soy yo”) cerca de París, en Versalles. Lisboa hubiera sido la elección más adecuada para cuidar los intereses ultramarinos del Imperio y podríamos imaginarla como capital de una futura Federación Ibérica. O Barcelona, si la monarquía absoluta se hubiera orientado hacia el Mediterráneo para atender la política europea heredada de la Casa de Aragón; una de las concesiones que podrían seducir a los catalanes que no quieren ser españoles sería establecer allí la capitalidad de un Estado peninsular renovado. Finalmente Madrid fue escogida por su equidistancia aunque Felipe II hubiese preferido emular a Salomón en un nuevo Templo de Jerusalén: El Escorial.

La etimología confunde; las naciones no nacen sino que se hacen: son creadas sobre la base de unas coincidencias previas por los Estados modernos. El esencialismo nacional devino espiritualismo soberanista durante la revolución francesa: la Nación ocupa el lugar del rey, pero todo se sigue cociendo o decidiendo en el Estado, y si antes pululaban a derecha e izquierda del monarca los intrigantes de la Corte, ahora son los representantes políticos de una u otra posición ideológica los que se insertarán en el Estado para medrar o influir.

Lo que al comienzo reviste las características de un conjunto de instituciones al servicio del pueblo se convierte en un pueblo al servicio de unas instituciones que con su propia inercia, establecen una lógica de supervivencia que entroniza sus fines. Las masas que toman partido no tienen otra función que la de obedecer órdenes de una estructura jerárquica o la de mantenerse fieles al centro político visible que es el jefe del partido y su alto mando o aparato. Las masas sólo sirven para maniobrar con ellas, y han de ser movilizadas con prédicas morales o incentivos sentimentales, con promesas fabulosas de tiempos en los que todas las contradicciones y miserias actuales se resolverán automáticamente.

Pues bien, Pablo Iglesias, en busca de una nueva hegemonía, quiere obtener plenos poderes de sus conmilitones para desafiar de tú a tú a los jefes de los partidos oficiales y ocupar la centralidad política, que como hemos visto, no es otra cosa que el Estado.

Rosa Luxemburgo decía que si toda la población supiese en qué consiste el capitalismo éste no duraría ni 24 horas. Que los españoles se hayan dado cuenta de la naturaleza ignominiosa del régimen político no garantiza su caída, puesto que saber, querer y poder rara vez coinciden; lo instituido, reprimiendo o seduciendo, poniendo obstáculos o canalizando el descontento, tiene una probada capacidad de autopreservación.

En su nacimiento, las ideologías reflejan o justifican una realidad subyacente, pero después adquieren vida propia, abren nuevos caminos; una vez expuestas, pasan a formar parte del repertorio moral e intelectual. Y a diferencia de las técnicas anticuadas, no desaparecen. Estos “momentos de la conciencia”, como los llamaba Hegel, pueden ser revividos o reformulados a lo largo de toda la historia de una civilización. El filósofo prusiano señalaba que los hombres son bastante necios como para olvidarse en su entusiasmo por la libertad de conciencia y la libertad política, de la verdad que reside en el poder. Pablo Iglesias sabe que esa verdad sólo la puede encontrar en el Estado constituyéndolo en centro de benefactora irradiación o reconstituyéndolo en “Estado social y democrático”, sea lo que sea eso.

Rafael Serrano

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