El trastorno narcisista de la personalidad y su génesis en menores

La anomalía quizá más típica (no se quiere decir que frecuente) en menores infractores es el trastorno narcisista de la personalidad, caracterizado principalmente por el hecho de que debido a no haber sido enseñado el niño en la primera infancia por la madre incompetente (probablemente por sufrir también el trastorno) a controlar el impulso de satisfacer inmediatamente las necesidades, aplazándolo en la confianza de que aquélla las atenderá después (narcisismo sano), desarrolla posteriormente, en la fase adulta, una tendencia a sustituir a la madre ausente en el momento en que la necesitó para adquirir seguridad en sí mismo (primero a través de los padres, luego sustituidos por la conciencia dadora de metas propias y caminos para alcanzarlas) con otros objetos que la suplan = fijación a una imagen parental idealizada o a la propia grandiosidad (en sueños se puede hasta volar), lo que llevará a desarrollar algún tipo de adicción, tener dificultades de concentración en el estudio o trabajo (dificultades de adaptación a la realidad), cambio constante de relaciones interpersonales y actos antisociales.

Como consecuencia de la relación simbiótica con la madre que el niño desarrolla incluso antes del parto, su biografía se basa en la paulatina formación de una estructura psíquica alimentada continuamente por catexia libidinal que empleada por el niño de diversas formas a lo largo de su proceso de maduración (en las última fase en forma de sublimación al servicio de la formación del superyó) siempre está presente en forma de narcisismo sano que explica, p. ej., lo placentero que puede ser un éxito profesional conseguido en la adultez.

Durante los primeros meses de su vida el niño no distingue entre él y su madre, p. ej. el pecho, al que considera una parte de sí, no un objeto separado. El proceso de maduración por tanto consistirá en el paulatino aprendizaje de la separación, aprendizaje arduo dado que ha de discurrir un largo camino que va desde la irritación por todo lo que produce displacer (p. ej. saber renunciar al pecho de la madre entre toma y toma, por eso se produce la rabia y el llanto) y la búsqueda de sólo lo placentero, hasta la aceptación de que si sabe esperar será gratificado, aprendizaje en el que juega un papel decisivo la madre o figura sustitutiva que mediante empatía  (p. ej. mediante sonrisas y caricias) proporciona al menor la seguridad de que la espera no se va a convertir en una pérdida definitiva del objeto deseado. Por esta vía, el niño aprende a ver objetos que antes tuvo como parte de sí, los padres fundamentalmente, como objetos separados que, entre otras cosas, ha de compartir con sus hermanos. Pronto, ese mismo menor comenzará a ver que el objeto que idealizó en su día como prolongación de su propia grandiosidad y omnipotencia narcisistas no es tan perfecto, descubriendo fallo en él, que precisamente no harán que su total personalidad se desmorone ya que entretanto, fase edípica, junto a la atracción por el progenitor de distinto sexo, se ha comenzado a constituir el superyó, alimentado por catexia libidinal sublimada, en la terminología freudiana ortodoxa, a través del cual el yo maduro no necesita de objetos idealizados que le proporcionen seguridad de cara al discurrir equilibrado de la vida, ya que la encuentra en las propias metas que el yo se impone respetando las normas del superyó. Ambas estructuras, las del yo y la del superyó, sin embargo ya se ha dicho, contienen elementos de naturaleza narcisista.

En suma, la doctrina de la psicología profunda inaugurada por Freud a lo largo de la primera mitad del siglo XX ha encontrado uno de sus cauces más fecundos a lo largo de su segunda mitad en el estudio del desarrollo de la personalidad desde la primera infancia hasta la adultez, a través de las distintas fases en las que sucesivamente se va formando aquélla, centrada en el yo o mismidad y en el objeto (psicología del self), y que, precedida de una fase anterior en la que el niño no se sabe separado de los objetos (y personas como objetos) que le provocan placer y displacer, sólo adquiere autonomía tras la formación del superyó o instancia moral a través de la cual el yo controla los impulsos del ello o inconsciente que, presente siempre, de su regulación por el yo va a depender que se sepa aprovecharlo como fuerza creativa de la personalidad anulando su fuerza destructiva imparable en ausencia del tal control (lo que ocurre en la psicosis).

El  tratamiento del trastorno narcisista de la personalidad

En su estudio sobre la personalidad narcisista Kohut  ha desarrollado la problemática y tratamiento de personas que sin sufrir una neurosis ni una psicosis, carecen de sentido de la realidad debido a trastornos de la fase edípica y preedípica, casi siempre relacionados con la presencia de una madre que, por defecto o exceso de cuidados, ha impedido la normal evolución de la personalidad del menor desde lo que son las grandes fantasías y la idealización de la figura materna, a través de la cuales el niño lo puede todo, hasta la constatación de que la presencia / ausencia de la madre permite a la vez que aquél alcance la suficiente gratificación narcisista y la suficiente conciencia de la realidad dadas por la capacidad de consolidación del yo con que enfrentarse a la realidad desde la adolescencia y establecer relaciones normales individualizadas independizadas de los objetos, incluida la madre.

Se trata de personas que por carecer de un self maduro, tienen dificultades para abandonar el mundo de la idealización todopoderosa que al contacto con la realidad se traduce muchas veces en actos antisociales.

Para abordar los trastornos narcisistas de la personalidad, Kohut ha elaborado dos síndrome a los que denomina “imagen parental idealizada” y “sí-mismo grandioso”.

Aprovechando su experiencia clínica, y sin que un síndrome preceda al otro, no se explique muy bien cuáles sean las razones que lleven a desarrollarlos por el paciente y no siendo siempre fácilmente distinguibles, cuestiones todas ellas secundarias, la transferencia que quienes sufren trastorno narcisista de la personalidad hacen al analista adopta una de estas dos formas: Kohut denomina “transferencia idealizadora” a la que en el transcurso del psicoanálisis realiza quien activa el self rudimentario (transicional) consistente en preservar el equilibrio narcisista en peligro mediante la identificación con la imagen parental idealizada de la que no se separará, para evitar el vacío e impotencia que experimentó con anterioridad. La diferencia entre el narcisismo sano y el patológico estriba en que mientras el primero aprende a soportar la separación del objeto idealizado, la imagen parental omnipotente, experimentando pequeñas frustraciones que terminan con la recuperación del objeto idealizado —lo que evoluciona en forma de detección de defectos en el objeto, que se soportan porque el niño proyecta la idealización en el superyó y emplea la catexia o energía libidinal en el control de los impulsos—, el segundo, como consecuencia de la falta básica representada por un objeto omnipotente que no proporcionó en las fases pre-edípica y edípica la satisfacción necesaria del narcisismo primario y el aprendizaje de

separación progresiva, se transforma después, fase edípica y de latencia, en incapacidad de ver a los objetos como objetos reales y encontrar en el superyó, muy débil en sujetos que padecen esta carencia, motivos para actuar, en forma de valores, prohibiciones e ideales, por lo que harán con el analista una transferencia idealizadora, y frecuentemente desarrollarán una adicción, proyectándose en objetos no percibidos como reales sino como sustitutos del objeto omnipotente perdido.

Kohut denomina “transferencia especular” al revivir la fase en la que el niño intenta salvar el narcisismo omniabarcador concentrando en su propio self todo el poder, apartándose de la realidad a la que adjudicar todas las imperfecciones. El self grandioso, necesario en una fase de la vida para la maduración posterior, al igual que la imagen parental idealizada, alcanza el grado de lo patológico cuando el niño no aprende a reconocer paulatinamente sus limitaciones, no sustituyendo las fantasías de grandiosidad y la necesidad del más crudo exhibicionismo por metas y propósitos adaptados al yo, sus funciones y actividades propias y una autoestima real. La autoestima real, que perdura en la adultez, consiste en el equilibrio entre el narcisismo primero y las estructuras de la realidad, incluidas las propias limitaciones.

Siendo esta integración la que se ve perturbada en quienes no aceptan tales limitaciones impuestas por la realidad, para lo que desarrollan (reactivan) el síndrome

del self grandioso. De las tres formas de reactivación del self grandioso que menciona Kohut, asigna particular atención a la que denomina transferencia especular, que realiza el analizando frente al analista, en la que actualiza aquella fase normal del self grandioso en la que el niño ve el ojo materno como espejo de su despliegue exhibicionista, como forma de participación en el goce exhibicionista del niño, relación que cuando existe en la realidad y funciona sanamente servirá para que la misma madre, mediante selección y dosificación de la mirada y las respuestas, fuerce al niño a sentirse observado en términos realistas. En cambio, cuando faltó el contacto oral, táctil y en última instancia visual entre la madre y el niño de corta edad, se producirá una anormal integración del self, incluido el corporal además del mental, con percepción de fragmentación, que también se experimenta cuando el desarrollo es normal, que puede revivirse posteriormente en forma de temor a la pérdida de integridad contra la que el adulto luchará quizá en la forma de un volcarse excesivamente en el trabajo y ofrecerá síntomas de incapacidad de trabajar o tendencia al trabajo mecánico por no implicación del self.

Los trastornos narcisistas de la personalidad admiten un tratamiento caracterizado por el aprendizaje de la propia autonomía, para lo cual a quien lo padece hay que hacerle ver a qué motivos obedecen sus reacciones, por ejemplo, las mentiras que dirá para dar riendas sueltas a su yo grandioso y omnipotente. Ahora bien, el camino para ello pasa por hacer la “vista gorda” a los síntomas del trastorno hasta que sea el propio paciente, que conserva intacto un self rudimentario, quien se dé cuenta de sus contradicciones, terminando por reaccionar frente a ellas incluso con humor (sobre sí mismo). A partir de ese momento la cura ha comenzado. Incluso la realización de nuevos actos desviados, en estos casos, puede ser un síntoma muy positivo de curación, por obedecer a la “rabia” de quien habiendo descubierto algo de si mismo, inicialmente lo rechaza:

El mismo Kohut ha desarrollado, en la línea acabada de enunciar, un modelo de transferencia para el tratamiento de estos síndromes en el que conviene que el analista no corte de raíz los síntomas en que se manifiesta esta personalidad, dado que, en el transcurso de la terapia, con toda probabilidad, a los ojos del analizando, el analista aparecerá como la figura paterna idealizada o como el espejo en que se refleja (alter-ego), lo que, mediante transferencia, permitirá que él mismo (analizado) vaya desarrollando el proceso de maduración desde las grandes fantasías infantiles hasta aceptar y comprender los defectos que le aquejan.

Esa es la razón por la que Kohut muestra desde el principio lo adecuado de estos trastornos para el tratamiento psicoanalítico (podemos añadir: e incluso con mera empatía en un contexto educativo), al tiempo que advierte al analista de las peculiaridades de la terapia, una terapia en la que la mayor dificultad para el psiquiatra estriba en la necesidad de no cortar la manifestación del trastorno, algo sumamente difícil y que requiere de una gran capacidad de sintonía dado que entre otras cosas el analista revivirá a través del analizado su propio tránsito por esa fase de la formación narcisista.

Precisamente en uno de los capítulos dedicados a la transferencia pone de relieve Kohut cómo en el transcurso mismo de la terapia, debido a la identificación que el analizando entabla entre el analista y la figura paterna idealizada que le proporciona a él la única sensación de omnipotencia sin la que no sabe vivir (consecuencia de permanecer anclado en la fase edípica o preedípica en este aspecto del self), que se traduce en una gran suspicacia frente a las manifestaciones de supuesta falta de atención del analistas hacia su persona, es frecuente que en algún momento, sobre todo cuando p. ej. el analista ha aplazado la siguiente sesión por vacaciones, estas personas desarrollen recaídas en forma de regresiones, fantasías o actos antisociales que en realidad demuestran que el trastorno comienza a ser dominado, justamente lo mismo que con una intuición extraordinaria en su día dijo Aichorn de los jóvenes desamparados (vid. infra).

Se trata, en palabras de Kohut, de una descarga del “grosse Selbst” que más adelante el mismo analizando será capaz de comprender por si mismo, con la ayuda del analista, consistente en no darle excesiva importancia hasta que el propio analizando lo descubra, para lo que es capaz a poco que le transmita la seguridad que necesita y que manifestándola el analista el analizando se ve reflejado en ella.

Kohut pone de relieve en suma cómo personas que han sufrido estos trastornos y los han superado desarrollan una gran capacidad creativa que han sabido usar en algún momento del tratamiento para superar sus dificultades en otros ámbitos, como corrobora por lo demás la fuerte componente narcisista de los propios artistas y los grandes científicos.

De Boor informa del enorme éxito que tuvo en un período de varios años (1960/1975), un programa de terapia inspirado en el pensamiento de Kohut (poniendo especial énfasis en los problemas de empatía por transferencia de los propios cuidadores) en un centro holandés, programa que fue aplicado incluso a delincuentes que habían cometido delitos violentos graves, de los cuales casi todos se rehabilitaron y ninguno volvió a cometer delito de la gravedad de los anteriores.

El tratamiento de los delincuentes jóvenes con trastorno narcista de la personalidad

 Los síndromes frecuentemente desarrollados por quienes sufren un trastorno narcisista de la personalidad, la reacciones negativas que experimenta quien los trata (reactivación del propio narcisismo primario) y la necesidad de reaccionar con empatía a los síntomas del paciente, inclusión hecha de las nuevas infracciones, pone de relieve cuáles son las dificultades de incorporación a nuestro sistema penal de fórmulas curativas en lugar de las tradicionalmente punitivas. Ahora bien, la existencia de estudios rigurosos y sugestivos sobre la materia, principalmente a cargo como estamos viendo del psiquiatra Heinz Kohut, la comprobación por parte de estudiosos del tratamiento penitenciario como Garrido Genovés, de que el mejor enfoque es el aprendizaje de quienes frecuentemente presentan una autoestima por los suelos, los delincuentes juveniles, de entre los que los más inteligentes y creativos reaccionan con un yo grandioso e, incluso, lo que estos enfoques suponen para el aprendizaje en valores basados no sólo en la inteligencia sino también en el sentir, etc. (Martha Nussbaum), son datos alentadores que deben servir para imitar en España lo hecho en países como Holanda que como hemos visto al menos respecto a menores y jóvenes, disponen de centros de tratamiento organizados conforme a la terapia aquí brevemente presentada.

La aportación de Kohut, que puede entenderse como un esclarecimiento debido al desarrollo posterior del psicoanálisis de la problemática estudiada por Aichorn y otros sobre las juventud desasistida, supone una sensible mejora de los diagnósticos de aquél y ha abierto nuevas posibilidades, de las que él no se ocupa directamente, para el tratamiento de la delincuencia juvenil, dado que es frecuentísimo que jóvenes infractores sufran trastornos de la personalidad de signo narcisista por causa de una primera infancia perturbada por problemas de la madre (incluida su ausencia).

El libro de August Aichorn, Juventud desasistida, de 1925, tuvo el mérito indiscutible de haber aprovechado la doctrina de Freud para educar a jóvenes antisociales.

Aichorn, que no era psicoterapeuta de profesión, estimó aplicable la psicología profunda también a jóvenes antisociales, explicando su comportamiento por trastornos

afectivos de la infancia que podían ser corregidos en el reformatorio por empatía del tutor, sin necesidad de un largo proceso de análisis [111 ss.].— Es llamativo cómo casi todos los ejemplos que utiliza presentan la misma génesis, con un primer acto de fuga de casa acompañado o seguido de un pequeño hurto que él, Aichorn, interpreta como síntoma del conflicto emocional suscitado [39 ss.].— Las dificultades de estos jóvenes con el principio de realidad [159 ss.], explicada por el exceso o carencia de cariño para aceptarlo, y con el superyó [175 ss.], excesivamente severo por la debilidad del yo o personalidad, explican sus actos antisociales y la reforma que necesitan, de reelaborar la adaptación a la realidad, con cierta severidad si es necesario, y con empatía siempre [145 ss.], ya que como mejor se desactiva la agresividad de los jóvenes internados es haciéndoles ver lo absurdo de esa reacción [148 ss.].— Aichorn evidencia muy bien lo fácil y difícil a la par que es la labor del tutor en esos casos [153 ss.], anticipando lo que después dijo Kohut sobre las dificultades de la transferencia debido a que el terapeuta revive sus propios conflictos narcisistas y lo que sostuvo sobre la necesidad de no descubrir la mentira del analizando incluso en el comienzo y como síntoma de ella, de la cura [139 ss.].

Trasladada pues la investigación de Kohut a este problema específico, puede aventurarse la tesis de que el acto de dañosidad de quienes sufren trastornos narcisistas como consecuencia de que permanecen anclados en el objeto idealizado que no han madurado en el desarrollo del yo, es una descarga de ese “grosse Selbst” absurdo que puede servir para comenzar a conocer lo que se padece: el hecho como frustración por lo que no se domina.

Ahora bien, ¿por qué es tan frecuente que el comienzo del conocimiento tenga que ser un acto de esa naturaleza antisocial? La respuesta, a manera de tesis, sería: Porque las prohibiciones ejemplifican perfectamente el principio de realidad y probablemente estos sujetos sean más sensibles que los demás y están más indefensos (interiormente) a las prohibiciones. Pero se trata de un síntoma. Lo importante es lo que demuestran de creatividad, base de su terapia.

En cualquier caso, lo que evidencia el problema de la delincuencia juvenil y la forma de combatirla jurídicamente en la sociedad actual, de lo que es muestra elocuente lo que está sucediendo en España desde el año 2000 en que se promulgó la Ley de Responsabilidad penal de los menores y sus posteriores y continuas modificaciones, a la luz de las consideraciones que permite la psicología profunda, es que puede haber motivos relacionados con déficit educativos del menor en la sociedad actual que expliquen su comportamiento delictivo, como asimismo vías alternativas a las únicas en que la sociedad española quiere pensar de carácter puramente represivo que dudosas en su aplicación al adulto (que antes de adulto fue menor y cuyo comportamiento también lo explicarán frecuentemente los mismos déficit educativos de la infancia) pueden ser funestas en menores y jóvenes por contribuir a exacerbar la violencia en lugar de cortarla, e incluso algo de lo que todavía no se ha comenzado a analizar y puede ser demoledor como es el hecho de que quizá la reacción penal del Estado a la delincuencia juvenil más que mostrar su naturaleza que justifique la reacción, lo que está mostrando es la profunda inmadurez de la sociedad, su trastorno o narcisismo patológico colectivo que activado por la delincuencia juvenil reacciona con rabia allí donde el narcisismo colectivo sano le debería llevar a reaccionar con tolerancia y empatía si fuese una sociedad madura. Con lo cual se encontraría un motivo más para reactualizar las ideas que elaboradas un día por el psicoanálisis sobre el delito como acto neurótico de rebeldía y la reacción colectiva inconsciente a través del derecho penal obtuvieron un rechazo prematuro.

El hecho de que no todo delincuente es un neurótico y el hecho de que la psicología profunda no satisfaga los postulados más rigurosos de la ciencia empírica no deben ocultar la excelente perspectiva que el desconcierto de la sociedad actual ante el delito incluso y sobre todo cuando son sus hijos quienes lo cometen supone para ensayar con criterios interpretativos de ciencia del espíritu modelos inspirados en la psicología profunda basados en la idea de que las personas felices porque tuvieron un desarrollo sano no atentan contra sus semejantes (y menos contra la persona con quien conviven: violencia doméstica), razón por la cual los más jóvenes deben ser enseñados a ser felices consigo mismo con lo que aprenderán a respetar a sus semejantes, que es lo único que se necesita para asegurar la convivencia.— Es cierto que la sociedad necesita del derecho penal; pero como límite al que sólo acudir cuando no hay más remedio, lo que frecuentemente no es el caso tratándose de adultos (drogadictos) y nunca cuando se trata de menores y jóvenes. De ahí la justicia reparadora como alternativa complementaria del derecho penal en lugar de un derecho penal cada vez más rígido.— Basta pensar que hay muchos menores y jóvenes con graves problema de narcisismo, sin duda inducido por el modelo social individualista que hemos elegido, y basta pensar que hay también una inmadurez colectiva análoga a la del individuo, para darse cuenta de lo fructíferas que pueden ser hoy en día ideas que debemos originariamente a la psicología profunda inaugurada por Freud.

En la propia obra de Sigmund Freud, aunque él no se ocupó sistemáticamente del tema, y sobre todo en monografías de discípulos suyos como Theodor Reik, Frank Alexander y Hugo Staub, August Aichorn y Paul Reiwald, aparece la figura del delincuente neurótico, cuyo comportamiento delictivo, caracterizado casi siempre por dejar huellas de su crimen que permiten delatarle, y el Freud interpretó en 1915 (Das Verbrechen aus Schuldsbewusstsein) como encarnación de un superyó demasiado estricto (producto de un acentuado complejo de Edipo por no desarrollo normal en la fase edípica y de latencia que no hizo posible una relación objetual madura) que buscaría compensación a través del delito y de la consiguiente pena, mientras que Reik (Geständniszwang un Strafbedürfnis, 1925) desarrollaría la brillante tesis de la necesidad de confesar a que antes nos referíamos como descarga del complejo de culpa que tranquilice al infractor antes de cometer el delito (saber que va a ser castigado le libra para hacer lo que desea: la infracción, que a su vez quiere para hacer soportable mediante la espita de la infracción la carga que para él supone respetar las prohibiciones) en tanto que él mismo desarrolló la idea de que desde el punto de vista social la pena cumple una función de aplacamiento de las tendencias sociales a la infracción mediante su identificación con el infractor y el castigo de éste (chivo expiatorio) (vid. infra), y Alexander/Staub (Der Verbrecher und seine Richter, 1929) abundarían en esta última idea de Reik, añadiendo a la tipología representada por el delincuente neurótico la del delincuente con un yo y un superyó criminalmente impregnado, es decir, el delincuente habitual que carece de conciencia, y el delincuente situacional, el normal, que no puede explicarse desde a psicología profunda.— La obra de Aichorn Verwahrloste Jugend, 1925, dedicada a la delincuencia juvenil, a la que caracteriza como producto de defectos en la formación del superyó y escaso control del yo, lo que hace que dominen los impulsos, es mas bien, como ya vimos, una obra sobre cómo deben ser tratados estos infractores.— Finalmente, la obra de Reiwald (Die Gesellschaft und ihre Verbrechern 1948), continua insistiendo en los aspectos psicoanalíticos de la sociedad punitiva.

Lo que sí hizo Freud en la segunda fase de su vida intelectual, larga y fecunda (1856-1937), fue desarrollar una teoría de la sociedad de base psicoanalítica en obras como Tótem y tabú (1912), Más allá del principio del placer (1920) y El malestar en la cultura (1930).— En el primer ensayo, Toten y tabú, auténtica incursión de Freud en el mundo de la Antropología, desarrolla su famosa tesis sobre el nacimiento de la sociedad en base al complejo de Edipo y el tabú del incesto. Según Freud, la horda primitiva se habría caracterizado por la sumisión total, incluida la sexual, de todos los miembros de la familia a los deseos del padre, lo que habría determinado la rebelión de los hijos varones, que se confabularon para asesinarlo, fundando después la sociedad en base a la prohibición del incesto, tabú, desarrollando así Freud la tesis de que en el origen de toda sociedad hay un asesinato, el del chivo expiatorio, que después se oculta (represión). La norma social que prohíbe el incesto o deseo de yacer con el progenitor del sexo opuesto, es el origen de la vida social.— Esta última construcción justifica y explica las normas penales en un doble aspecto: el de establecer las prohibiciones básicas de la sociedad, que resultan, así, sacralizadas, y el de la función de chivo expiatorio del infractor, en cuya punición se sacia por el resto de la sociedad la frustración del propio deseo de haber violado la prohibición (tabú).— Este aspecto de la teoría freudiana, muy criticado después por especulativo, es reivindicado en la actualidad por el antropólogo René Girard, para quien no deja de ser sintomático que en la base de toda cultura haya un mito en el que aparece un asesinato (p. ej., en el Cristianismo o en la fundación de Roma). Los continuos deseos que experimentamos de asesinar (mentalmente) a quien en el fondo envidiamos (rivalidad mimética) y la agresividad destructiva desarrollada masivamente en situaciones de guerra (que inspiró a Freud) son pruebas bastante convincentes de que las tesis de Freud no tienen por qué ser puramente especulativas, Aunque sí demasiado sutiles para la sociedad. En cualquier caso explican muy bien aspectos de nuestra justicia penal disfrazados de prevención general. ¡Esto es lo que hoy debe ser reactualizado a la luz de la evolución del derecho penal de menores!

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