El judío internacional

“El judío internacional (un problema del mundo)” fue publicado por el empresario norteamericano Henry Ford en 1.920. Se trata de un extenso libro de cuatro volúmenes, traducido a seis idiomas, que tuvo gran repercusión y fue ampliamente distribuido entre los nazis, causando las delicias del propio Adolf Hitler, quien lo utilizó como una de sus fuentes de inspiración para escribir “Mi lucha”. Ford y Hitler se admiraron mutuamente y se coaligaron financiera, operativa e ideológicamente al punto de ser aquél el único americano citado en la obra del genocida alemán.

Esta obra, junto con “Los protocolos de los sabios de Sión”, argumenta la supuesta trama judía internacional para controlar finanzas y política mundiales, en conspiración invisible permanente, con el fin último de hacerse con el mundo. De ahí la justificación de su eliminación. Nariz aguileña, cara arrugada coronada por la “kipá”, mirada lasciva y manos huesudas abalanzándose sobre un globo terráqueo, eran su retrato aterrador, que ocultaba sacrificios humanos y rituales arcanos.

Hoy la caricatura es otra. Nariz porcina bajo sombrero de copa y panza embutida en chaqué con pantalones a rayas. La sinarquía financiera, tan abstracta como peligrosa en conjura internacional para acabar con nosotros y quitar el pan a los niños de la boca. El propio Fiscal General del Estado D. Cándido Conde-Pumpido nos advierte al denunciar la conjura de “formas de criminalidad económica internacional” consistentes en coordinados “ataques especulativos” extranjeros contra el euro y las finanzas europeas. Mientras, la legislación patria de la que es valedor público, privilegia el depósito bancario con coeficientes de caja que serían constitutivos de delito de estafa de realizarse entre particulares, y permite el préstamo especulativo sin referencia a valor estable alguno, multiplicando la inflación monetaria de papel hueco, que recae luego en los estratos sociales más humildes.
Es la imagen de la hipocresía y la cómoda crítica facilona y abstracta a “la banca”, como ente colectivo casi espiritual. Mientras, se patrocina muy concretamente el privilegio de los banqueros por razón de su negocio, llegando a la subvención y al escandaloso aseguramiento estatal “antiquiebra”, regalando el dinero del contribuyente al poderoso cuando el negocio va mal fruto del latrocinio o de la incapacidad, en una especie de Robin Hood invertido.

Pedro M. González

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