Fernando VII reelegido decano del Colegio de Abogados de Gijón

En 1814, merced al tratado de Valençay, Napoleón reintegraba la corona española a Fernando VII, poniendo así punto y final a un periodo de seis años en el que el príncipe español se encontraba en situación de cautividad, si bien en una jaula de oro. Los españoles que habían resistido al invasor francés habían unido sus esfuerzos para elaborar un texto constitucional, el de 1812, que edificaba una nueva estructura política superando las arcaicas instituciones y sistemas del antiguo régimen. Bien es cierto que el texto constitucional gaditano adolecía de multitud de defectos que no le convertían precisamente en una norma idónea para la situación con la que España habría de enfrentarse, pero, en todo caso, era la norma adoptada por los representantes del pueblo.

Fernando VII, llegado a España, restableció de lleno el absolutismo declarando nulos y sin ningún efecto, como si nunca hubieran existido, tanto la Constitución como la obra de las cortes gaditanas. Pese a tan brutal golpe de mano, lo cierto es que el pueblo de Madrid acudió entusiasmado a tributar una calurosa y amigable bienvenida al rey felón, pues un grupo de ciudadanos españoles procedió a desengancha el tiro de caballos y pasaron a ocupar voluntariamente el puesto de los equinos, mientras el resto de ciudadanos recorría entusiasta las calles y plazuelas de la villa al grito de “¡vivan las caenas!”. Era el mismo pueblo que, pese a haber rechazado con las armas al invasor francés en 1808, recibía entusiasta al duque de Angulema y a los Cien Mil Hijos de San Luis, que en 1823 recorrieron la península ibérica de norte a sur para restablecer a Fernando VII en la plenitud de su soberanía, poniendo fin al trienio liberal que se había iniciado en 1820 con la sublevación de Rafael de Riego y el ejército de la Isla.

Hoy, tras una agotadora campaña electoral, Sergio Herrero Álvarez ha sido reelegido como decano del Colegio de Abogados de Gijón por un periodo de cinco años hasta el año 2014, curiosamente justo en cuando se celebrará el bicentenario del golpe del rey felón. Cualquiera que haya vivido desde dentro la evolución del colegio de abogados de Gijón durante los últimos cinco años habrá podido comprobar que el señor Herrero ha sido sin duda el peor decano de toda la historia del colegio. Cierto es que ningún dirigente colegial se caracterizó por una lucha numantina en pro del abogado, pero cuando menos sus antecesores procuraban no estorbar demasiado, mientras que el actual regidor pasó los últimos cinco años poniendo continuamente obstáculos a los abogados. A ello ha de añadirse que la interpretación de la legalidad vigente que tiene el reelegido decano es, cuando menos, peculiar, y prueba de ello me permito apuntar al amable lector algunas muestras:

1)      En la última Junta General de 6 de marzo de 2009 dijo públicamente que la Junta de Gobierno no se encuentra subordinada a la Junta General, sino que ambos tienen esferas de competencias distintas (¡!), lo que me lleva a pensar que cuando el personaje leyó (si es que lo hizo) el artículo 36 de la Constitución debió interpretar el adjetivo “democráticos” como referente a la democracia orgánica, aunque también cabe la posibilidad que antiguas simpatías juveniles le hayan estallado en el alma.

2)      Varios miembros de su anterior Junta de Gobierno cuyos nombres no han querido hacer públicos, distribuyeron (con menos de veinticuatro horas de antelación a la celebración de la Junta General de 6 de marzo) un presunto informe en el que decían textualmente que en caso de que todos los abogados de Gijón se dieran de baja del turno, la Consejera de la Presidencia, mediante acto administrativo, podría designar motu proprio abogados del colegio de Oviedo para que sirvieran en funciones de guardia en Gijón (les aseguro que no miento).

3)      En la tan traída Junta General del 6 de marzo trató a varias compañeras con modales de auténtico déspota oriental, aunque a mí me recordaron más al Humphrey Bogart de El motín del Caine. Con ello demostró que, además de autócrata, es un maleducado.

4)      Ha incumplido de manera reiterada y notoria acuerdos tomados por la Junta General. Por ejemplo, se acordó dar de baja con fecha 1 de octubre de 2008 a quienes, como medida de protesta, lo solicitasen expresamente al colegio. Pues bien, el propio señor Herrero reconoció en una Junta General posterior que unilateralmente no había ejecutado dicho acuerdo.

5)      Ha denegado el uso de la biblioteca colegial un jueves a las 13:00 para que un grupo de letrados celebrase una reunión informativa sobre el turno de oficio, con el argumento de que la biblioteca no está para esos fines. No obstante tal precedente, el decano no tuvo empacho en colocar un cartel con el sello colegial en la entrada de la biblioteca el día 14 de noviembre de 2009 con el siguiente tenor literal: “Jueves 12 de noviembre de 13:00 a 14:00 la biblioteca estará reservada para reunión de miembros del Consejo General del Poder Judicial” (quien suscribe tomó una fotografía de dicha hoja). Los jueces tuvieron bastante más seso que el decano y, pese a ello, celebraron la reunión en otra dependencia, aunque ignoro si esto último se debió quizá a que se enteraron que su colega de Contencioso 1 de Gijón avaló la actuación colegial con el potísimo argumento de que los colegiados nos podríamos haber reunido en cualquier otro sitio.

6)      Ha denegado una y otra vez toda la información que se le ha solicitado como, por ejemplo, los emolumentos que percibe el secretario general técnico (argumentando que ello vulnera la ley de protección de datos), o incluso las propias cuentas del colegio, basándose en que todo ello es competencia de la Junta de Gobierno.

7)      Ha manipulado absolutamente la información con vaguedades, mentiras e insidias en forma de circulares informativas, utilizando medios colegiales para fines absolutamente de promoción personal.

8)      Ha denegado sistemáticamente información a un compañero que continuamente la solicitaba, si bien cuando a éste compañero le presentó una queja una ciudadana en su día beneficiaria de la asistencia jurídica gratuita venida a mejor fortuna (queja, por cierto, auspiciada por el siniestro secretario general técnico, y que tenía su fundamento en que la ciudadana no quería abonar minuta alguna) en el tiempo record de diez días se tramita la misma. Cuando el compañero va a pedir explicaciones al secretario técnico éste ni corto ni perezoso llama a la policía nacional.

9)      No ha tenido el más mínimo rubor en atribuir implícitamente culpas propias a Juntas anteriores, ni en asumir como propios logros ajenos.

10)   Ha permitido que un Juzgado de lo Mercantil ideado para Gijón se fuese para Oviedo.

11)   Durante el último año y medio se ha puesto continuamente del lado de la Administración en la reivindicación del turno de oficio. Este movimiento auténticamente popular, iniciado por cuatro amigas y compañeras (cuyo nombre es de justicia reseñar: María Rivas, Mavi Cuesta, Laura Llano y Susana Pérez) y que no tenía otra aspiración que mejorar las condiciones del turno de oficio, fue contemplado siempre con recelo por el señor Herrero, quien desde el primer momento se tomó el asunto como una afrenta personal. Sin embargo, en una entrevista que en su día ofreció en el Canal 10 de televisión, cuando se le preguntó expresamente por el tema no sólo no tuvo recuerdo alguno para las cuatro letradas que iniciaron este tema, sino que se lo atribuyó expresamente como mérito propio.

En fin, son tantas y tantas las cacicadas perpetradas durante el último lustro por el señor Herrero que el enumerarlas todas exigiría cinco gruesos volúmenes en papel biblia. Pese a todo lo anterior, ha sido reelegido y en modo alguno cabe poner peros al resultado o cuestionar su reelección y, por tanto, su legitimidad, siendo lo único que nos queda a los críticos paciencia y resignación. Leo en el diario El Comercio del día 2 de noviembre de 2009 que el señor Herrero espera los resultados sean aceptados democráticamente por todos. Es chocante que quien ha venido olvidando la democracia durante los últimos cinco años se acuerde ahora de ella, no obstante lo cual no le quepa la menor duda al candidato electo que, al menos en lo que a mí respecta, acepto totalmente las reglas del juego y, en consecuencia, su victoria y su legitimidad. Por mucho que la misma me recuerde aquélla legitimidad auténticamente popular que la población española ofreció a Fernando VII en 1814 cuando le recibió entusiasta al grito de “Vivan las caenas” y en 1823 cuando el duque de Angulema vino a restablecerle en la plenitud de su soberanía frente al “secuestro” liberal.

Monsieur de Villefort

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