Caída y auge

“Caída y Auge de Reginald Perrin” es una de esas series fetiche del humor británico. En ella el gran Leonard Rossiter interpreta a un empresario frustrado e insatisfecho a pesar de su éxito que, sumido en un deprimente estado de ánimo, intenta suicidarse sin llegar conseguirlo. Tras la experiencia cercana a la muerte, decide reinventarse y empezar de cero, dejando a un lado su fructífera actividad para vender, literalmente, basura. Sorprendentemente tal imposible empresa resulta un lucrativo filón, lo que da pie argumental a una ácida crítica contra el consumismo desaforado y la hipocresía social que hace que la serie resulte impagable.

Como Perrin, Garzón, endiosado y ensalzado por la casta dominante del Estado de poderes inseparados se ha dedicado durante muchos años a vender basura judicial que era no sólo comprada ávidamente por la oligarquía de los partidos, sino propiciada y subvencionada como icono y paradigma de Juez modelo. Instrumento judicial implacable de la coyuntura política y contemporizador de los tiempos procesales, no dudó en dejar el estrado para ir al escaño y deshacer luego el camino andado cuando sus ansias de poder no se vieron satisfechas y ejecutar así su venganza. También, su suicidio político resultó frustrado, comenzando acto seguido su auge judicial de juez estrella. Traición a compañeros honrados, girasoleo continuo adaptando la decisión al tempo político, actuaciones inanes pero deslumbrantes… La entrada diaria a la Audiencia Nacional por su puerta principal, cuando ningún profesional, ni público, la utiliza de ordinario, abre los noticiarios.

El precio de éste laissez faire garzónico era remar conforme a la dirección del viento hasta incluso, quien sabe, el Premio Nobel de la Paz. Pero la cosa empieza a no pintar muy bien para Garzón. El apacible ICAM le acusa de la comisión de delito de prevaricación continuada y de quebrantamiento del secreto de las comunicaciones con lesión del derecho a la confidencialidad y secreto profesional en las relaciones Abogado-Cliente.

No olvidemos el carácter de Corporación Pública del reciente querellante, su carácter tradicionalmente pastueño del poder, y que en el Estado de poderes inseparados ningún movimiento judicial de lo estatal es casual.

Pedro M. González

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *